sábado, 21 de abril de 2018

Maternidad

Me contaron una historia: una mujer, madre soltera, fue acogida en una institución benéfica. En aquel tiempo, lo peor que le podía ocurrir a una mujer era tener un hijo sin padre reconocido y su destino, repudiada por su familia, pasaba por estar al servicio de las monjas del lugar, básicamente como criada de las mismas. A pesar del trabajo a destajo, no se quejaba,  podía ver a su hijo una vez al día, durante dos horas y ambos tenían un techo donde dormir. 

Aquél día que le comunicaron bruscamente que su hijo había sido adoptado y que en consencuencia debía irse, sintió un dolor punzante en la espalda del que no lograría desprenderse jamás, en cada día de su vida en el que no cesó de buscar a aquél bebé que le habían arrebatado aquellas monjas hurañas y enfadas con el mundo.

Sobrevivió a duras penas, haciendo lo único que sabía hacer, servir de criada en las casas donde quisieran contratar sus servicios. El mundo, su mundo, se habia acabado a los veinte años y antes de ser apenas consciente de ello, ya tenía cincuenta y un cuerpo arruinado por la artritis. El día que se miró en el espejo y sintio que la vida comenzaba a huir de ella, tomó la decisión de invertir sus ahorros para localizar a aquel hijo que nunca olvidó: contactó, tras preguntar aquí y allá, con un detective de cierta fama y contrató sus servicios, a condición que ella estaría junto a él, en todas sus pesquisas. 

Ambos comenzaron una búsqueda que se inició con aquellas monjas carcomidas, a su vez, por el tiempo, dispuestas a crear un muro inquebrantabe de silencio ante cualquier demanda de información sobre niños adoptados, extremo que negaban por completo. Pero el detective era un hombre tan habil en su profesion como amante del teatro:amenazó con llevar, ese mismo día, todo el asunto al ámbito judicial y abrir aquella institución a todos los medios de comunicación con el enfoque más morboso posible al respecto de bebés dados en adopción sin consentimiento de sus madres solteras, prácdticametne analfabetas y desvalidas ante acciones que ni podían sospechar que estuvieran completamente al margen de la Ley. Una frase del detective fue especialmente convincente: "... sólo queremos un nombre. Uno solo. En caso contrario, van a tener que dar muchos nombres y muchas mas explicaciones. Muchas mujeres van a reconocerse en la propia tragedia de mi cliente, cuando el nombre de su institución salga en todos los informativos de la television..."

Consiguieron el nombre y la búsqueda comenzó a acelararse. La familia, de muy buena posición social, fue fácil de localizar, en una localidad distante en la que aquella mujer esperaba encontrar a su hijo, al que imaginaba como un joven de treinta años, bien parecido y en la mejor de las circunstancia de la vida, habiendo crecido en un hogar como aquél, que una mañana ella y el detective contemplaron: una enorme y esplendorosa casa señorial rodeada de jardines. Una esperanza de vida que sin embargo, se veía ensombrecida por un detalle que la inquietaba: a pesar de sus esfuerzos, su fantasía no lograba poner rostro a aquél hombre que imaginaba como su hijo. 

El mayordomo les hizo pasar a una fastuosa sala en la que esperaron con impaciencia hasta que al fin, una anciana se presentó ante ellos. El detective quiso explicarse, pero fue la propia mujer la que pacientemente fue desgranando su triste historia ante los ojos incrédulos de aquella anciana que sin embargo, escuchó con paciencia todos los detalles de la vida de aquella madre desesperada. 
Tras un largo silencio, la anciana asintió. Ella y su difunto marido habían ejercido de padres adoptivos del bebé de aquella mujer, todos los datos coincidían y las fotografías no dejaban lugar a dudas. Allí estaba el bebé, más tarde un niño sonriente y feliz y después, un jóven atractivo, de aspecto algo melancólico. 

- Tuvo conciencia de que era un niño adoptado muy pronto y por él mismo. Encontrarse con usted, su madre biológica se convirtió en una obsesión. Me quería también, así como a su padre adoptivo, pero llegó un momento que en sus ojos sólo se reflejaba la melancolía. Al terminar sus estudios, se hizo abogado y prácticamente desapareció de mi vida... - relató con entereza y sinceridad aquella mujer, deteniéndose en cada palabra. Ella también estaba sola, lejos del hijo que había criado y amado, cuyo rastro se perdía en la casa de beneficiencia a la que se había dirigido dispuesto a buscar sus orígenes. Es lo que había esccrito en la última carta que aquella anciana había recibido de él, sin tener más noticias suyas en los ultimos dos años. 

La mujer emprendió el camino de regreso con la firme convicción, que no reveló al detective, que conducía el coche sumido en sus propios pensamientos, de que su hijo había fallecido, pero aún así, anhelaba estar a su lado, reencontrarse con él, al menos por última vez. 

Al día siguiente, volvieron junto a las monjas. Esta vez, la mujer preguntó directamente por la antigua monja superiora. Y lo hizo con tal determinación que a los pocos minutos, estaba frente a ella, una anciana postrada en una silla de ruedas que miraba al infinito. 

- Dígame donde está enterrado mi hijo. Y dígamelo ahora. Sé que estuvo aquí antes de morir. No me importa que cuanto estuvimos aquí usted se escondió de nosotros. Sólo quiero saber en qué lugar yace, nada más. Dígamelo y nos iremos... - gritó a aquel rostro imperturbable. Transcurrieron algunos minutos eternos, antes que aquella monja pareciera cobrar vida con sus palabras. 

- Vino varias veces preguntando. Estaba enfermo de sida, muy enfermo. Pero yo no sabía nada de usted, absolutamente nada. Nada podía revelarle que le sirviera para localizarla. Alquiló una casa en la localidad y fallecio al poco tiempo. Está enterrado en el patio, hay una lápida con su nombre...

- Madre, usted me miente, como siempre lo ha hecho. Si hubiera dicho mi nombre, simplemente mi nombre a mi hijo, él me hubiera encontrado, estoy segura... No tema, la perdono. Usted ya tiene bastante con su propia conciencia y yo lo único que quiero es encontrarme con mi hijo... - respondió con entereza aquella mujer, dirigiéndose rápidamente hacia el encuentro que tanto había deseado. 

Fue el detective quién localizó la lápida, entre tantas ocultas por una maleza salvaje que convertía aquél lugar en un sitio inhóspito y descuidado. La mujer corrió al escuchar el nombre de su hijo y se arrodilló ante la tumba, sonriente, eufórica. Sus ojos, después de tantos años sumidos en el pesar, al fin cobraban de nuevo vida. Habló en silencio con su hijo, expresando sus sentimientos, su vida, sus pesares y sobre todo ese deseo irrefrenable, eterno, de volver a estar con él. Y al fin, tras toda una vida, ambos volvían a estar juntos. Así transcurrió el tiempo, con un susurro apenas perceptible de una brisa invernal interrumpiendo con timidez aquel silencio lleno de palabras de cariño de una mujer que había cumplido el único deseo que la habia mantenido con vida durante todos aquellos años. El detective, transcurrido el tiempo, se atrevió a interrumpir: 

- ¿Cómo ha podido perdonar a aquella monja? No lo comprendo, lo que hizo con usted y con su hijo, en el pasado y en el presente, ha sido una monstruosidad... 

- Yo sólo quería volver a estar con mi hijo. Lo he deseado toda mi vida y al fín lo he logrado. Es lo único que importaba. Y no quiero pasarme el resto de mi vida odiando, nadie debería hacerlo. Sobre todo cuando por fin, los dos estamos de nuevo juntos ... - susurro aquella mujer, interrumpiendo sus oraciones. Sonrió con gratitud al detective y volvió a sumirse en ese silencio que sólo su hijo escuchaba. 

lunes, 16 de abril de 2018

Vivir para vivir



Encontrar una llave en el fondo del océano
Recitar versos nocturnos, en la cima de una montaña
Dormir bajo una lluvia de estrellas
Bailar un tango con tu pareja bajo una lluvia de primavera
Contemplar el amanecer tras una noche de amor
Acompañar con absenta los crujidos de la leña ardiendo en la chimenea
Descubrir una mirada cómplice entre la multitud
Perderte por las calles de Paris, de Roma, de Shanghái​, de Munich, de Sintra, de Brujas
Detener el tiempo contemplando los cuadros del Museo de Orsay
Andar con una mochila en la espalda, entre árboles majestuosos
Ver el paisaje desaparecer, desde la ventana de un tren
Deleitarte con un helado, en la orilla del mar
Embriagarte con el olor a jazmines, en la plaza de un pueblo
Nadar y bucear en el Mediterráneo
 Sellar un acuerdo con un apretón de manos
Emocionarse con el aria Un bel dì vedremo, de Madama Butterfly
 Sentir bajo los pies el césped mojado o la arena húmeda
Meter la cabeza en el cauce de un rio cristalino y abrir los ojos
Correr por las calles con tu pareja, cogidos de la mano

...
Vivir para vivir



jueves, 12 de abril de 2018

Mi musa

 


La dame brune, de Georges Moustaki

Pour une longue dame brune, j'ai inventé
Une chanson au clair de la lune, quelques couplets.
Si jamais elle l'entend un jour, elle saura
Que c'est une chanson d'amour pour elle et moi.

Je suis la longue dame brune que tu attends.
Je suis la longue dame brune et je t'entends.
Chante encore au clair de la lune, je viens vers toi.
Ta guitare, orgue de fortune, guide mes pas.

Pierrot m'avait prêté sa plume ce matin-là.
A ma guitare de fortune j'ai pris le la.
Je me suis pris pour un poète en écrivant
Les mots qui passaient par ma tête comme le vent.

Pierrot t'avait prêté sa plume cette nuit-là.
A ta guitare de fortune, tu pris le la,
Et je t'ai pris pour un poète en écoutant
Les mots qui passaient par ta tête comme le vent.

J'ai habillé la dame brune dans mes pensées
D'un morceau de voile de brume et de rosée.
J'ai fait son lit contre ma peau pour qu'elle soit bien,
Bien à l'abri et bien au chaud contre mes mains.

Habillée de voile de brume et de rosée
Je suis la longue dame brune de ta pensée.
Chante encore au clair de la lune, je viens vers toi.
A travers les monts et les dunes, j'entends ta voix.
 
Pour une longue dame brune, j'ai inventé
Une chanson au clair de la lune, quelques couplets.
Je sais qu'elle l'entendra un jour, qui sait demain,
Pour que cette chanson d'amour finisse bien.

Bonjour, je suis la dame brune, j'ai tant marché.
Bonjour, je suis la dame brune, je t'ai trouvé.
Fais-moi place au creux de ton lit, je serai bien,
Bien au chaud et bien à l'abri contre tes reins. 

jueves, 5 de abril de 2018

El sendero

Es evidente que la escritura es una suerte de terapia y en mi caso, la más efectiva de todas. Cuando logro escribir, a pesar de los posibles sinsabores del día y de los días, logro, en cierta medida, deshacerme de esa sensación creciente, siempre terrible, que tiende a apoderarse de nosotros, a modo de tela de araña, hasta dejarnos insomnes, cuando los problemas parecen irresolubles. 

Intento escribir, que significa centrar todos tus sentidos en la búsqueda de esas palabras que con suma frecuencia, tienden a tener malas relaciones entre si. No es sólo una imágen, que da lugar a unos pensamientos que quisieran extenderse, crecer. Es cruzar varias puertas, por laberintos bifurcados hasta aproximarte, al menos, con párrafos que con suerte serán afortunados, justo al centro de ese jardín oculto, allá donde el texto, ajeno al fin a una timidez inicial, comienza a crecer, dando lugar al milagro: el escrito toma forma. Quizás lejos de los pensamientos iniciales y aún más lejos de unos propósitos que se perdieron, irremediablemente, en ese laberinto, pero así es la fragilidad de la memoria, tan debil como cualquiera de las voluntades que por la noche se sueñan así mismas como férreas, sólo para despertar sumidas en el extravío del día siguiente. 

Cruzo puertas, en consecuencia. Las abro con timidez, esperando que tras ellas, se encuentre esa imagen que consiga transportarme a esos territorios en los que las cualidades propias de la naturaleza humana, descubran al hombre y al sentido racional de la vida. Busco el más elemental humanismo y desespero a veces al descubrir que la mayoría de esas puertas sólo me ofrecen tristes espejos de la irracionalidad, resistiéndome a ver reflejada mi imagen en cualquiera de ellos. Cruzo por esos senderos del jardin borgiano, en el que se bifurcan tantos sueños olvidados y aún más vanidades. Y cruzo los dedos para no toparme con paraísos soñados por otros que sólo sueñan con ellos mismos, al menos mientras mis propios sueños reclamen, en compañía de otros soñadores, su propio vergel en el que soñemos todos juntos. 

Quisiera abrir la última puerta, aún extenuado por el esfuerzo. Una intuición disfrazada de esperanza me insufla no tanto energías, como una suerte de certidumbre que tras esa puerta, las promesas pueden materializarse, al menos en forma de sueños que sueñan con ser acariciados. No puedo evitar aguantar la respiración, agitado por tan dulces expectativas y cierro los ojos cuando mis dedos se deslizan por ese pomo que giro muy despacio. Abro la puerta. 


miércoles, 28 de marzo de 2018

Vivir lentamente

- Nunca me planteo qué forma tendrá aquello que estoy concibiendo con mis otros sentidos y con la imaginación. Simplemento, me dejo llevar por mis sensaciones. Todo es una cuestión de mera sensibilidad... 
Arturo mientras habla, parece entonar una canción, tan musical es su voz. Se quedó ciego hacia los tres años y no recuerda nada del mundo que alcanzó a ver sus ojos antes de la oscuridad. Su mundo que es distinto del mio no tiene colores, quizás no tenga formas definidas. Es un mundo interiorizado mediante sensaciones y toneladas de recuerdos almacenados en su interior, como alguna vez me ha explicado. Sea como fuere, no conozco a una persona más feliz: siempre sonríe, al hablar, usando esa voz melodiosa y pausada que a veces parece una nana. Cuando tengo problemas, hablar con él es la mejor de las terapias. 

Paseamos por un agradable parque al que da nombre el poeta de Granada, durante una mañana por donde se asoma, al fin, una aún timida primavera. Arturo tiene una autonomía absoluta mientras anda, pero a veces coge mi brazo, sobre todo cuando aquello que va a contarme requiere de una especial atención, justo cuando en la conversación se asoman confidencias. 
- Tú sufres porque eres sensible. Sufres incluso por los demás, porque no puedes evitar identificarte con desgracias ajenas. Pero debes recordar que las fuentes de esos pesares no están dentro de ti. Y que siempre son personas, otras personas las que causan esos sufrimientos. Sin dejar de sufrir, porque si no lo hicieras no serías tú, serias otra persona, intenta sufrir menos
Pienso detenidamente en esos consejos, como siempre lo he hecho: no es la primera vez que los escucho. Sin embargo, siempre captan mi atención, quizás porque nunca he sido apaz de ponerlos en práctica. Arturo recita, mientras buscamos un banco soleado, algunos versos de Lorca: Tengo pena de ser en esta orilla, tronco sin ramas, y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla, para el gusano de mi sufrimiento. Mi amigo sonríe abiertamente, deleitándose con cada palabra y yo apostillo el verso, con una frase de Houellebecq: el sufrimiento nos devoraría, por completo, si no lo pusiéramos en un poema. 

Seguimos andando, emulando a los poetas, pensadores y filósofos que tanto nos gustan a ambos. Hablamos de cómo pasan los años para ambos y él me recuerda que no puede mirarse en un espejo:  Como los animales, no soy consciente de la muerte, por lo tanto soy inmortal
Hablamos también de nuestro proyecto común: recorrer el mundo en tren, con una mochila, pero el tiempo que hemos vivido y sentido nos susurra que ya no somos tan jóvenes. Pero desde luego, tampoco somos unos ancianos, matiza mi amigo, vivimos en pleno floruit, coo decían los griegos. Me muestra una fotografía reciente de sus hijos y de su mujer, Manoli. Todos desprenden una felicidad plena, contagiosa, como salida de un cuento idealizado o de una película de Frank Capra. No hay secretos, sólo ganas de vivir, dando valor a todo lo que te rodea. Ser dichoso es una elección: decidimos, con frecuencia, si queremos ser felices o no. ¿Qué has decidido tú hoy?, me pregunta con ironía Arturo, justo cuando nos sentamos en la terraza de un bar. No puedo responder: siempre he sabido que Arturo ha sido, durante su vida, una persona infinitamente dichosa. Y si ha sido así es porque tomó siempre esa decisión, según su sencilla pero deslumbrante teoría de la misma vida.  Y mientras apuramos nuestras cervezas, me pregunto justo en que momento mis dudas han podido influir siempre en mi propia decisión, consciente o inconscientemente. Cierro los ojos y me veo a mí mismo como un adolescente con melena y barbalampiño, dispuesto a comerse el mundo, pedaleando en una bicicleta reluciente y con los mayores propósitos en la vida: profesionales, personales. Me sentía como una héroe dotado de la mayor íntegridad frente a los desafíos, como el personaje interpretado por Gregory Peck en Horizontes de Grandeza (The Big Country, 1958) de William Wyler, pelicula que por alguna razón siempe ha estado en mi inconsciente cinéfilo. Me sigo viendo proyectando en mis estudios, en mi profesión, en las mujeres de mi vida y en el ahnelo constante de seguir aprendiendo. El ritmo de la vida misma: unas oposiciones, una actividad profesional, un matrimonio, una casa, un hijo... La vida y nada más. Tu único problema son las personas, entre ellas tú mismo, por ser débil ante ellas. El día que comprendas que tu fortaleza reside no sólo en asesorar integridad y honestidad, sino además, defender estos valores ante los demás, serás realmente Gregory Peck.  El valor, pues, es mi problema, como diagnostica mi amigo. El valor entndido como una virtud, no como un forzado rol. Hay una gran diferencia entre ser valiente y simular valentía, por más convincente que pueda ser esa representación. 

Arturo recita a Walt Whitman, cuando una brisa repentina nos acaricia. Me dejo arrastrar por su voz y por los versos, hasta territorios oníricos en los que la naturaleza nos abraza a ambos. Me veo corriendo, entre casas torcidas, rumbo a la plaza de un pueblo, justo a la hora en que llegaba un artesano del helado portando una granizada de avellanas deliciosa. Y de nuevo corriendo, hacia una finca en un barrio de la ciudad en la que transcurrió gran parte de mi infancia, entre juegos que se sucedían sin descanso y siempre acompañado de los mejores amigos, compartiendo heridas en las rodillas, tebeos, bocadillos y juegos de mesa. En definitiva, te ves caminando, sin cesar por la misma vida, comenta mi amigo. Justo entonces, ambos decidimos recordar los versos de otra gran poeta, Martha Medeiros: 
Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos
trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su
vestimenta
o bien no conversa con quien no
conoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión y su remolino
de emociones,
justamente estas que regresan el brillo
a los ojos y restauran los corazones
destrozados.
Muere lentamente
quien no gira el volante cuando esta infeliz
con su trabajo, o su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir
detrás de un sueño
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos…

Nos abrazamos al despedirnos. Ambos nos vamos contentos, por el encuentro y el paseo y en mi caso, regreso a mi casa más sabio, quizás más feliz, gracias a que mi amigo ciego me ha hecho recordar que hay que resistirse a  morir lentamente. Dichosa amnesia, que nos ata al rígido ritmo de la vida. En mi salón, me desnudo, pongo la música a todo volumen y bailo de forma salvaje junto a Blue Swede Hooked On A Feeling. Recuperemos la memoria, para ser felices. Seamos valientes, para lograr esa felicidad. Y sobre todo, no dejemos de vivir.




domingo, 25 de marzo de 2018

Jauría humana


Dedicado a una amiga que sufre

Volviendo a ver la magnífica película de Arthur Penn La jauría humana (The Chase, 1966), es inevitable llegar a la conclusión que el guión, punzante, agresivo, de Lillian Hellman no ha envejecido en absoluto. Al contrario, la trágica situación que se plantea, todo un pequeño pueblo sureño simbolizando la mayor de las intolerancias y el arribismo frente a contadas personas íntegras, con el detonante de un preso fugado que esa jauría de personas desea abatir, destruir, es una tan triste como poderosa metáfora que simboliza lo peor de la sociedad del siglo XXI. Desde los medios de comunicación, a estas alturas absolutamente contagiados del periodismo amarillo, las tragedias se convierten en horas y horas de relleno de programación televisiva, en pleno prime time, vía rostros desencajados que profieren gritos, increpan, lanzan exabruptos e interrumpen constantemente a su interlocutor; de ahí a esa masa, arropada o no en el anonimato, que se convierte en una verdadera jauría para con los demás o con alguien, apenas un paso, en el que la angustia, impotencia y desazón ante el comportamiento humano nos devuelve la más cruel de las imágenes frente al espejo de una civilización dispuesta a devorarse mutuamente, desaparecida la identidad individual,  como aquella masa de personas en el estadio de Heysel de Bruselas matándose, literalmente, unas a otras en uno de las más desoladoras, estremecedoras imágenes que caben recordar en el contexto de la sociologia de masas: el mismo infierno.
La violencia está sufriendo una progresiva"autonomización", es decir, pasa de ser tratada como una cuestión tangencial, aconstituirse como un auténtico fin informativo, a ser una noticia por sí misma. Ha sido inevitable que finalmente, se haya socializado la misma, a fuerza de convivir con ella a diario, vía mass media y sobre todo en una nueva conceptualización de las relaciones humanas en una sociedad en la que las tecnologías de la información y la comunicación están omnipresentes. El desarrollo y definitiva consolidación de la sociedad de la información y del conocimientoestá estableciendo la posibilidad de generar nuevos modos de relación social, modificar las identidades sociales y sentar las bases para la emergencia de nuevos riesgos, así como de redefinir los preexistentes. En tal sentido, los especialistas de todo el mundo han comenzado a interesarse por cómo estas nuevas formas de relación social online están afectando y modificando los comportamientos y prácticas habituales existentes previamente en la sociedad y, a la inversa, estudian cómo las estructuras de relación social propias de las relaciones offline de la vida cotidiana se están trasladando al ámbito digital de Internet y las redes sociales. Estas últimas consustanciales al ocio y la vida cotidiana de un gran porcentaje de la población, inherentes a todas esas personas jóvenes que han nacido con ellas. El  ciberacoso está teniendo un desarrollo exponencial; es un  problema que afecta a la libertad y a la igualdad entre las personas, no en vano es una forma evidente de limitación de la libertad de las personas acosadas y de una forma de generar dominación y relaciones desiguales entre personas constituyendo hoy día un grave  problema social, considerando el impacto emocional o social de las víctimas, el supuesto anonimato de los que acosan y el sentimiento de unidad y causa común, sin prejuicios de ningún tipo, de todos éstos: de nuevo el estadio de Heysel.
En la  brechtiana Dogville (2003), de Lars Von Trier, los aldeanos conforman un pueblo de perros, de animales hambrientos que con el tiempo abandonarán sus máscaras para abusar de una fuente de bondad, Grace (Nicoke Kidman), la protagonista, de la que obtienen todo tipo de satisfacciones —en un principio acceden a pagar los servicios de Grace pero luego optan por, simplemente, tomar de ella todo lo que consideran que les pertenece—. A través del sufrimiento y la humillación de la heroína se nos ofrece la peor visión del mundo, reflejando que más que un código moral lo que guía a todas esas personas es lo que el grupo concreto al que pertenecen establece, según sus propios intereses, como bueno o malo. Y cualquier decisión, por más inmoral que sea, siempre que beneficie al conjunto puede maquillarse con palabras, excusas, incluso argumentos: lo importante es que suenen y parezcan razonables, que alejen cualquier sentimiento de culpa de la más inmoral de las actitudes, en ese pueblo de perros en el que todos y cada uno de ellos tiene la mayor opinión de si mismos.

¿Qué se hace frente a una jauría humana, frente a un pueblo de perros, frente a ese grupo de indeseables que día a día, en nuestra vida cotidiana, nos hacen la vida imposible? En las dos películas citadas, la violencia es la única respuesta posible frente a la sinrazón, aún más violenta. El problema, de gran calado, es que si recurrimos a ella, cabría preguntarse si a partir de ese momento no hemos pasado a ser parte de aquellos a los que deseamos combatir. Pero  en tal tesitura, ¿qué clase de respuesta podemos ofrecer a la furia, a la irracionalidad, para que ésta se extinga, antes de que lo haga la víctima? Difícil responder: pero sea como fuere, que la moral y la razón sigan siendo nuestro patrimonio argumentativo frente a la violencia, en todas sus manifestaciones. Aunque esa violencia sea el único código de comportamiento de tantos, sigamos siendo nosotros mismos. Nuestra mejor arma, para no dejar de ser humanos, será siempre la palabra, frente a los ladridos.







Maternidad

Me contaron una historia: una mujer, madre soltera, fue acogida en una institución benéfica. En aquel tiempo, lo peor que le podía ocurri...