miércoles, 18 de octubre de 2017

Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño. Pero la inercia, es la inercia: sigo andando, apresuradamente, sintiendo esa brisa que parecía tan lejana y ese goteo intermitente que no cesa. Incluso tras los cristales, transcurridas las horas, sigue lloviendo delicadamente, mientras mi mirada se pierde, incapaz de concentrarme, en el trabajo minucioso de esa agua que quisiera asemejarse a espejos largos y delgados sobre las calles. Es la soñolencia resignada y amable de Lorca, difuminándose en un anochecer ajeno a la poesía, que transforma la lluvia en una serena luz suave, pero nunca silenciosa, abriéndose paso incluso tras la voz de Lena Horne y su versión de Stormy weather, que me acompaña en este feliz momento onírico. Así que me pierdo, en el manto que acribilla los silencios, ya en la plena noche de un telón que difumina el tiempo y extingue los colores, dejándome llevar por esas otras lluvias enigmáticas que siempre nos sorprende, sintiendo las gotas en el corazón, en el alma. Bienvenida, lluvia, al fin. 






lunes, 16 de octubre de 2017

Madrid

Madrid: gente por doquier y algunas personas. Gente en los metros, gente en las calles, masas humanas con mucha prisa. Madrid es sobre todo cultura, grandes museos, teatros, jazz en vivo. Madrid es también el famoso rastro, con aún más gente. Madrid es un conjunto de librerías de visita obligada, incluso aquellas desgraciadamente venidas a menos, como la mítica 8 y 1/2, , durante muchos años una referencia europea de bibliografía cinéfila. Madrid es consumismo desaforado, a todas horas, cualquier día. Madrid es gastronomía, generalmente a precios muy elevados. Madrid ha sido, durante todo el puente, un maravilloso apartamento en la Gran Vía, semejante a un oasis entre la jungla de asfalto y una inmersión diaria en el Museo del Prado, el Museo Reina Sofía y en menor medida, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Extraordinarios, los sentidos visuales, cuando no dejan de recibir estímulos continuos desde esos lienzos que deslumbran, que emocionan a cambio de una imprescindible sensibilidad que permitan recibir tantas e intensas emociones. Madrid es teatro, repartidos los escenarios por toda la ciudad y en el caso, por ejemplo del teatro Marquina, una exhibición de talento a raudales de las protagonistas de El florido pensil: niñas, una feliz recuperación, en clave femenina, de la adaptación escénica del exitoso libro de Andrés Sopeña. Madrid es jazz en vivo: el Bogui Jazz, la sala Clamores, el Plaza Jazz Club, entre otros. El primero de ellos, un local en el que la música y los músicos son protagonistas de momentos únicos, irrepetibles, en un maravilloso ambiente de complicidad con los espectadores. Madrid es una ciudad para gozar, si bien tengo dudas de si realmente es una ciudad para vivir. De un modo u otro, se debe reconocer lo evidente: Madrid es una cita ineludible, cada cierto tiempo, si somos capaces de sustraernos de la marea de gente y quedarnos, exclusivamente, con las personas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Luces en la ciudad

El hombre se para delante del escaparate e intenta encontrar un asidero visual para esa respiración que le hace jadear. Se seca la frente y enciende un cigarro, mira preocupado la hora y concluye que no logrará superar la entrevista de trabajo. Demasiados años a sus espaldas y demasiados años en paro: la inseguridad, los nervios han hecho demasiado mella en su estado de ánimo. Recuerda, mientras contempla las portadas de aquellos libros, qué sencilla parecía la vida, antes de ser despedido y qué difícil es todo desde entonces. Su modesto sueldo de antaño, le parece ahora una fortuna. Su piso embargado, una mansión a la que nunca podrá volver. Y su mujer, hastiada de tanta miseria, absolutamente inalcanzable, perdida de su vida irremediablemente. Se pregunta qué habrá sido de ella y no logra, a pesar del tiempo transcurrido, evitar que su imaginación le traicione, materializándola en otros brazos. "He encontrado a alguien que quiere que luchemos juntos; tú has dejado de luchar incluso por ti mismo...", recuerda la última frase de ella, por enésima vez y sigue andando, más preocupado por el sudor en el cuello de su camisa que por sí mismo.
Nada peor, piensa, que un hombre sin autoestima, que no deja de caer, a diario, en ese pozo sin fondo en el que parecen concentrarse tantas personas desesperadas en el paro. De nuevo otro cigarro y otro escaparate, un apático deambular que le lleva a un barrio que no conoce y al olvido absoluto de su entrevista de trabajo. El sudor ha hecho estragos: su camisa, maltrecha de tanto lavado, está empapada, la chaqueta ha desaparecido, olvidada en algunos de los bancos en los que ha descansado; nota el hedor de sus pies. "Pisha, espabila....", se lo repitió hasta la saciedad Antonio, su amigo de Cádiz, antes de romper, por orgullo cualquier contacto con él  y con todos los demás. Vender el coche a precio de saldo le acabó por sumir en una mezcla fatal de orgullo, desesperacion y una inexplicable nostalgia infantil. Entre las cuatro paredes de su cochambrosa habitación, había revivido su infancia, aferrándose a ella, cerrando los ojos al presente y a un futuro que parecía haberse extinguido.
Una fuente, de repente, que refresca su nuca, que empapa su cabeza. Y otro cigarro, para intentar menguar el hambre que le devora. No sabe qué hora es, ni dónde está, pero intenta recordar quién es o al menos quién fue. "Vivir la vida, tal como viene", la frase preferida de su abuelo, bastón en mano y andares imposibles a sus noventa años de edad, lanzando aún guiños a las mujeres de cualquier edad. "Lo importante, es vivir", repetía una de sus tías, mientras las demás asentían en aquellos veranos lejanos en los que todas las mujeres de la calle sacaban sus sillas al exterior y hacían causa común frente al calor, entre conversaciones impregnadas de humor sobre la vida misma. Noches eternas en las que él corría de casa en casa, junto al resto de los niños, viviendo aventuras imaginadas, entre bocados de fruta fresca.
Recuerda su adolescencia, su madurez y sutilmente, las raíces se van extinguiendo de su memoria y contempla el parque donde los pasos perdidos lo han llevado.  "Qué fácil es renacer cuando te desprendes de los recuerdos", se dice a sí mismo, sentado sobre el césped, mientras una mujer mayor se detiene a su lado, abre el carro de la compra y le obsequia con una manzana, que devora con intensa fruición. 
Sólo le falta deshacerse del resto de su ropa, que no sólo le estorba, siente que le corta la respiración. Su destino se cruza con un vagabundo con perro e intercambian ropa; la suya, prendas cuidadas pero desgastadas por las del otro, casi andrajosas: una camisa y un pantalón vaquero que devuelven el oxígeno anhelado, la flexibilidad de movimientos. Tras celebrar el trueque vía lingotazos de coñac de una petaca, comienza a andar apresuradamente y corre, eufórico, en busca de otros parques, de otras plazas., de sí mismo.
"Se necesita camarero", lee, de repente. Un bar de tantos, una terraza de tantas y un camarero que recorra sin descanso sillas y mesas. Una miseria de sueldo, posiblemente. "Su café, señor", "La cuenta de la señora".  Nada que ver con los conocimientos, supuestamente especializados, de su titulo universitario; aún menos con esa mesa y el aire acondicionado con los que soñó volver a encontrar. "¿A qué estoy esperando?", se dice a sí mismo mientras entra decidido al bar y se encuentra a una mujer tras la barra, que le sonríe, mientras suenan las notas de Morena Mía de Miguel Bosé. 


jueves, 5 de octubre de 2017

De la inspiración

A lo lejos, un destino: tu hogar, tu lugar de trabajo, el cine, el supermercado, el centro comercial... y a pocos metros, metas que se suceden imperceptibles, entre días que se tornan semanas y años. Un tiempo que a veces se pliega y nos permite recuperar el pasado, casi siempre feliz entre ingenuidades y vislumbrar apenas un futuro que no logramos reconocer como nuestro: creemos lo que hemos vivido, no podemos dejar de ser escépticos con los sueños. Así que atravesamos dichas metas, desde el semáforo a sortear con habilidad a los transeúntes que confunden sus pasos con los nuestros y llegamos a ese destino que, una vez consumado, en breve nos devolverá a las metas que dejamos atrás, para ser afrontadas de nuevo. Un círculo existencial que no admite lirismo alguno, en su reiteración, salvo que una especial sensibilidad nos acompañe, permanentemente, a cada paso, piensa el poeta, mientras sus ojos, ocultos tras las gafas de sol, centran su mirada en una mujer joven que parece levitar sobre la acera. Entonces clama, a medio voz, sin dejar de caminar apresuradamente: "... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla...". Parado en el semáforo, intenta completar la frase, buscando una inspiración huidiza que le lleva a observar con curiosidad el aspecto desaliñado del dueño de una frutería qu,e cigarro en mano, bosteza algo desaliñado en el umbral de la puerta del comercio. Ese hombre tuvo que conocer mejores tiempos, así como su negocio, pero qué singular es el tiempo que nos hace olvidar quiénes fuimos y tener conciencia de quiénes somos, acierta a reflexionar mientras cruza apresuradamente el paso cebra. Entonces, acierta a extender aquella frase que no le abandona: "... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla. Me convertí en esclavo de sus pisadas, en un anhelo irremediable de alcanzarlas. Nunca me atreví a ello, pero creo que fui más feliz con el deseo que si hubiera convertido éste en un hecho...". El poeta repite feliz la frase, abstraído de un mar abundante en murmullos y ruidos de motores y aún tiene tiempo de contemplar a un hombre ciego que parece sonreír para sus adentros, a un adolescente casi harapiento que camina decidido, transportando en sus espaldas una guitarra y a una mujer madura que canta en voz alta. Entonces, llega a su destino.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Mis pasos se pierden entre hojas de otoño

Salgo a la calle, percibo las tímidas brisas otoñales, promesas de un frío agazapado entre temperaturas que se resisten a dejar de ser estivales y unas gotas de lluvia saludan a mis pasos. Un ritual se despliega ante mis ojos: los transeúntes van y vienen, reiterando unas inercias reflejo de la misma vida. La señora y sus hijos, todos dirigiéndose apresuradamente al colegio; los comercios, que reviven al día; los quioscos, ya revividos, cercados por publicaciones; las cafeterías y sus terrazas, abundantes de clientes ávidos del café matinal; el mendigo, resignado a que ese día no se diferenciará de los anteriores. Mientras me deslizo por una calle que conduce a mi destino, piso las hojas secas que adornan las aceras y pienso que la vida se forja de pequeños detalles, incluidas las miradas furtivas, que sustancian lo cotidiano. Recuerdo el verso de Eduardo Galeano: "... Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una." Me pregunto por qué, al andar, nunca miramos al cielo, obsesionados con mirar de frente, aquello que siempre miramos, entre meras inercias que nos esclavizan. Prisioneros de nosotros mismos, entre encrucijadas de caminos asfaltados, la vida se sucede mientras yo hago mías las calles que llevan hacia ti y sigo pisando las hojas de otoño.


jueves, 21 de septiembre de 2017

El sueño del guerrero

El guerrero descabalga muy lentamente, deposita con pereza su escudo, sus armas en el suelo y como un ritual, procede a quitarse una armadura incrustada en su piel. Desnudo, mira la luna y murmura para sí canciones de la infancia, antes de bajar corriendo una ladera que le conducirá a un río con el que soñaba desde hacía días. Las frías aguas lo envuelven y por fin, tras mucho tiempo, siente de nuevo que la vida es mucho más que toda esa sangre derramada durante años por su espada. Pocas millas de distancia le separan de su casa, de sus tierras, de una mujer cuyo rostro borró el tiempo, de un hijo que jamás conoció, de una vida que quedó muy atrás y que se esfuerza por recordar.

"Recuerdo un sillón, al lado de la chimenea, una sopa humeante y un galgo que se tendía a mis pies. Pero quizás, no son realmente recuerdos, sino meros anhelos...", reflexiona, mientras nada. La noche estrellada invita al guerrero a hacer un fuego y en escasos minutos, devora sus últimas provisiones y se deja llevar por estrellas fugaces que, de nuevo, ve o cree ver. El sueño acaba venciendo a la débil vigilia y entonces las imágenes comienzan a solaparse entre sí: recuerda o cree recordar, el último beso a su mujer, antes de su partida; las lágrimas de ésta y las lágrimas veladas de él, sintiendo el horizonte al que se encamina como una amenaza; sueña con su espada, sesgando extremidades y nota o cree notar, el terrible hedor al finalizar una batalla. Pero de nuevo, un rostro femenino que enmarca unos ojos en los que desea perderse. "Maldita guerra que me apartó de tu lado. Mil veces maldita, al convertirme en una bestia, que luchando cada día por sobrevivir,  acabé olvidando quién era...". Y de nuevo, unas manos de mujer que acarician su rostro. Y unos labios en los que encuentra el mayor de los consuelos, para tanta desdicha en todo ese tiempo desperdiciado, para una vida destrozada. Sueña o cree soñar, que lo que queda de esa maltrecha vida, comienza a extinguirse. "Señora, en vuestro regazo encontré la vida y lejos de él, la muerte se cierne, sigilosa. Pero no puedo irme así, como un despojo, venid a mí, os lo ruego: que mis últimos momentos sea en vuestros brazos; durante todo este tiempo, lejos de ellos, no he querido sino llorar, la pena mi corazón encadena porque tus lazos han sido, día a día, mi libertad...". El guerrero sueña o cree soñar que exhala su último suspiro, entre lágrimas, desbordado por una pena inmensa que no puede soportar y que atenaza sus miembros, que siente o cree sentir, rígidos, inmóviles. Y entonces despierta. Allí sigue el cielo estrellado, allá su caballo. Olvidando todas sus pertenencias, completamente desnudo, comienza a cabalgar hacia el encuentro soñado con su hogar, con su mujer, con su hijo. Espolea el caballo y comienza a reconocer los paisajes, los lugares, por los que cabalga. Se emociona al contemplar el perfil de una fortaleza que identifica como su hogar y vuelve a llorar cuando abraza a esa mujer con la que soñaba, en el umbral de la puerta. Llora como nunca lo había hecho, besa los labios anhelados y entonces, vuelve a despertar. El hombre abandona su cama, abre la ventana y contempla la ciudad nocturna, mientras una música de saxo, a lo lejos envuelve de sensual melancolía la estancia. La melodía trae recuerdos de noches cargadas de humo y alcohol, de miradas en la penumbra de un escenario en el que los músicos manejan sus instrumentos con el alma. De besos apasionados en una calle desierta, de una lluvia repentina y de un soportal que acoge a dos amantes que viven el uno para el otro. El hombre acaricia el pelo mojado de la mujer, se deja perder en la mirada de ésta y entonces, despierta de nuevo...


sábado, 16 de septiembre de 2017

Aprendamos a convivir


"Será necesario, sobre todo, recordar a los padres y a los maestros que un educador que no siente gusto por su trabajo es un esclavo de su medio de sustento y que un esclavo no podría preparar hombres libres y audaces; que no podréis preparar a vuestro alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños si vosotros ya no creéis en estos sueños; que no podréis prepararlos para la vida si no creéis en ella; que no podríais mostrar el camino si os habéis sentado, cansado y desalentados en la encrucijada de los caminos", Freinet, Una pedagogía moderna de sentido común. Los dichos de Mateo, primera edición en francés, 1959.

Es el problema de los grandes ideales: que se antojan, con frecuencia, como meros tópicos. Parece indudable que todos deseamos vivir en la más ejemplar de las sociedades, justo aquella cuyos miembros representan por sí mismos la quintaesencia de la convivencia democrática en un marco de relaciones regidas por unos principios éticos que sean reflejo de una civilización moderna en la que el equilibrio de derechos y deberes, tras siglos de ensayo y error, nos permita a diario convivir en el marco de un conciencia global de respeto mutuo. Sólo es posible vivir aprendiendo de los demás, pero para que ello sea posible,  no dejemos de cultivar, a diario, la tolerancia, reflexionaba Walt Whitman. Anhelos y sentido común, en la voz del poeta. Difícilmente es concebible una persona que discrepara al respecto y cabría preguntarse, en consecuencia,  qué impide que estos deseos comunes, universales, sean una realidad y no una simple proyección colectiva del imaginario popular, universo al que se relegan tantos sueños imposibles.
Quizás el problema, paradójicamente, seamos nosotros mismos; nuestra propia esencia humana que nos convence a todos/as de que esa sensación que nos acompaña de forma cotidiana y que se traduce en que tengamos la mejor de las opiniones sobre nuestra propia forma de ser y comportarnos en sociedad, invariablemente muy superior al resto de personas. En la celebrada escena final de La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles, una metafórica sala de espejos devuelve imágenes de sus protagonistas, distorsionadas o no, reflejo de la ambivalencia humana: todos tienen sus razones, sus deseos y luchan, pistola en mano, por la consecución de los mismos; no hay personajes eminentemente buenos, aún menos malos de manual, ni fines, en apariencia, moralmente superiores a otros. En tal tesitura, la destrucción mutua parecería inevitable, en un mundo, como el nuestro, que en pleno siglo XXI ha acabado por socializar la violencia como algo inherente al comportamiento humano. Triste cotidianeidad en la que antes de escuchar las razones del otro, procuramos interrumpirlo con gritos. El reto no es otro que aprender a convivir, uno de los desafíos permanentes de la especie humana que una comisión de la Unesco, presidida por Jacques Delors plasmó en el esencial libro La educación encierra un tesoro en el año 1996.
Las ciencias experimentales como la sociología y la psicología han estudiado en profundidad la complejidad de los grupos humanos en el contexto de las organizaciones. Fuera de las mismas, basta invocar el infausto recuerdo del  Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, con 32 personas pisoteadas, literalmente, por una masa humana descontrolada. Y dentro de dichas organizaciones, bastaría, en muchos casos, con vivirlas día a día para experimentar como se materializa la peor esencia humana a las órdenes del narcicismo, la envidia, el mero orgullo o la sangre, no tanto la herida: las frustraciones, en definitiva, que nos hacen rechazar, odiar visceralmente a nuestro/a compañero/a. Y si ese odio particular no basta, que el mismo se generalice al resto de miembros de la organización, utilizando generalmente las más burdas estrategias a nuestro alcance, vía las peores manifestaciones de civismo imaginables, incluyendo el voceo y la difamación constante incluida. Y si la organización debe caer, para ver cumplidos nuestro afán de destrucción, que caiga a su vez.
No hemos dejado, desde nuestros ancestros, a lo largo de la historia de la humanidad, de destruirnos recíprocamente. Si nuestros orígenes estaban marcados por la mera supervivencia, cabe concluir que, probablemente, el falso orgullo ha venido a sustituir las necesidades básicas de antaño, para dejar rienda suelta a un odio cotidiano que se enciende en nuestro interior de forma súbita, en cualquier momento, en cualquier situación. Nos convertimos en guiñoles movidos por los hilos de la ira, el rencor, las frustraciones.
La convivencia debería ser ese fascinante ejercicio existencial que proponga una reflexión sobre el los derechos humanos y la situación del ciudadano en una sociedad que se ha construido con herramientas democráticas. Negar la convivencia significaría rebelarnos contra ella y convertir los lugares donde vivimos, donde trabajamos, en organizaciones decadentes y en el peor de los casos sin esperanza. Debemos aprender a dar sentido a nuestras vidas por nosotros mismos, utilizando nuestra propia sensibilidad, en un esfuerzo diario que debería hacernos sentir plenos, pues seríamos finalmente el resultado de nosotros mismos. Si los problemas emocionales, por el contrario, condicionan nuestra existencia, estaremos a un paso de una profunda desesperación  y de ese status de Orlando, furioso que parece caracterizar a todas las sociedades modernas, como símbolo de lo más nefasto de la naturaleza humana.
Aprendamos a convivir: es un reto urgente, imprescindible, quizás el mayor de los retos sociales y educativos. Y aprendamos a transmitir a las nuevas generaciones, al menos, que si nosotros no lo hemos logrado, ellos sí podrán hacerlo, en un mundo mejor que el actual; ese mundo en el que mirándonos a los ojos, seamos capaces de ser, simplemente, mejores personas, para con los demás pero también para con nosotros mismos. 




Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño...