jueves, 22 de junio de 2017

La fiera de mi niña, de Howard Hawks

Referirse a La fiera de mi niña (Bringing up Baby, 1938) no es sólo entrar en el universo de sus grandes protagonistas o de la excelencia de la filmografía de Howard Hawks. En el guión, otro nombre propio del cine, Dudley Nichols, uno de los guionistas más prolíficos de Hollywood, guionista de directores como John Ford, con uno de sus más famosos guiones: La diligencia (Stagecoach, 1939);  Elia Kazan, Sam Wood, Fritz Lang, René Clair, Leo McCarey, George Cukor, Jean Renoir... Cobró aún más celebridad al ser uno de los primeros galardonados con un Oscar (por el guión de la película El Delator (The Informer, 1935) de John Ford) que rechazó el premio, por su pertenencia al Gremio de Guionistas, entonces en huelga contra los grandes Estudios. Paradójicamente, junto a Nichols en esta película figura como coautora del guión Hagar Wilde responsable del relato Bringing Up Baby en el que se inspira la famosa película y de efímera carrera en Hollywood; apenas hay reseñas en la web sobre ella, salvo su nombre en otros escasos films. Una triste metáfora  de la fragilidad laboral que subyace en Hollywood, incluso con películas tan exitosas como la que nos ocupa.
La filmografía Howard Hawks es un absoluto festín cinematográfico, que goza, entre otras muchas virtudes, de una intemporalidad sólo posible en esos clásicos del cine resistentes al paso del tiempo y que además se constituyen en obras maestras, presentes en la memoria cinéfila de tantas generaciones que han visto y han vuelto a ver, sólo por citar algunas de sus famosas películas: Bola de fuego (Ball of Fire, 1941), con Gary Cooper y Barbra Stanwyck; Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes1953), con Jane Russell y  Marilyn Monroe; Río Bravo (1953), con John Wayne, Dean Martin, Ricky Nelson y Angie Dickinson; Hatari! (1962), con John Wayne,  Hardy Kruger, Elsa Martinelli y Bruce Cabot, película homenajeada por Jean Luc Godard en El desprecio (Le Mepris, 1963); Su juego favorito (Man's Favorite Sport?, 1964), con Rock Hudson y Paula Prentiss... Western, cine bélico, musicales, cine de aventuras, comedias... Las películas de Howard Hawks tienden a reiterar, de un film a otro, características que definen el estilo del director: dinamismo y vitalidad en las escenas, preferencia por la acción y afán por entretener, aparente simplicidad narrativa, concesión de libertad al actor desde el punto de vista interpretativo, profunda caracterización psicológica de los personajes definidos por sus acciones e interacciones, en esa vitalidad narrativa propia de Haws; con frecuencia  un enaltecimiento de la amistad como referente de las relaciones de los protagonistas y en relación a las mujeres, las mismas nunca pasarían inadvertidas, influyendo considerablemente en los comportamientos masculinos, con frecuencia de manera decisiva, a pesar de su aparente servidumbre al hombre. El el caso de La fiera de mi niña, un slapstick fundacional, dada su enorme influencia en no pocas películas posteriores, de sus personajes y estructura narrativa, como la divertidisima Qué me pasa doctor? (What's Up Doc?, 1972) de Peter Bogdanovich, donde  Katherine Hepburn es el motor de esta screwball comedy desplegando un escenario dominado por un caos ilógico pero humorístico donde un puñado de personajes sofisticados, excéntricos y atractivos quedan enmarañados en una y mil aventuras delirantes, a causa del impulso arrollador de su personaje, Susan Vance, en fiel representación de las heroínas de Hawks, mujeres autónomas, libres y pudientes en obstinada persecución de sus deseos y anhelos sentimentales y sociales, va a desplegar sobre David Huxley, papel interpretado por Cary Grant, un tímido panleantólogo de vida gris y monótona cuyo universo existencial va a sufrir un cambio absoluto cuando accidentalmente conoce a Susan y ... a su tigre. Un soplo de felicidad al ritmo de "Todo te lo puedo dar menos el amor, baby..."

viernes, 16 de junio de 2017

La Costilla de Adán, de George Cukor

Es inevitable regresar al universo cinematográfico que película a película, generó Hollywood en su Edad de Oro, hasta 1960 en sus famosos estudios: Twentieth-Century Fox, Metro Goldwyn Mayer, Warner Brothers, etc., en un vaivén constante de unos a otros de esos nombres propios de la Historia del Cine, que fueron logrando, vía géneros cinematográficos y talento a raudales, la concepción del cinematógrafo como el llamado Séptimo Arte. Dichos estudios tenían a miles de personas en nómina, entre actores, directores, escritores, especialistas, mecánicos y técnicos y sobre todo productores como el mítico David O. Selznick que concebían toda esta industria al servicio de películas de calidad incuestionable que finalmente tuvieran a su vez un buen recorrido comercial. La industria, al servicio del arte. Todo iba a cambiar con la irrupción de la televisión como competidora del cine y sobre todo fiascos comerciales asociados al cine de autor capaces de hundir económicamente a un estudio, como fue el caso de La puerta del cielo (Heaven's Gate, 1980) de Cimino y la United Artists, paralelamente a la irrupción de Spielberg y Lucas y el descubrimiento de Hollywood del concepto del blockbuster y el merchandising asociado a un público, el adolescente, destinado a llenar las salas los fines de semanas vía películas muy lejanas de aquellos productos teen serie b o incluso z de antaño (por recordar una de las más conocidas y más visibles: Yo fui un hombre lobo adolescente (I Was a Teenage Werewolf, 1957), de Gene Fowler Jr.). 
El ingenio, la agudeza, la inteligencia de los guionistas de la Edad de Oro era el pilar básico en el que se sustentaban las buenas películas: no hay película sin una buena historia, como le contaba John Ford a Peter Bogdanovich en uno de esos libros imprescindibles que todo cinéfilo debe leer. Entre esos guionistas destacados, cabe mencionar al matrimonio formado por Ruth Gordon y Garson Kanin, responsables del magnífico guión de La costilla de Adán (Adam's Rib, 1949) de George Cukor, quizás la película más representativa del género de comedia americana "guerra de sexos"al servicio  de Katherine Hepburn y Spencer Tracy y de esa famosa química que desprendieron como pareja cinematográfica en todas las películas que protagonizaron juntos. El humor inteligente, el ingenio, la ironía como vehículo feminista y como vía de exploración sobre el significado y practicidad de la ley al respecto de la desigualdad entre el hombre y la mujer, con secundarios de lujo, como Judy Holliday y Tom Ewell, en un escenario de eficaz comicidad, la sala judicial donde se celebra la causa que enfrenta a los dos protagonistas (otro género cinematográfico en sí mismo), tanto en el ámbito profesional como en el privado. George Cukor filma a sus protagonistas con una precisión de cirujano y esa maestría para la composición de los planos tan característica, dejando espacio libre a las personalidades de los dos famosos protagonistas. A recordar, en tal sentido, la secuencia magistral con la que arranca la película: Cinco minutos de cine mudo, con suspense y comedia a raudales, en los que seguimos a una mujer en su plan de vengarse de su marido infiel y que generará toda la trama de esta inolvidable película, un clásico imprescindible. 

domingo, 11 de junio de 2017

Déjame salir, de Jordan Peele

Déjame salir (Get Out, Jordan Peele, 2017) es una muy singular película de bajo presupuesto (siete millones de dólares) que ha suscitado admiración entre la crítica especializada, a pesar de ser una opera prima de un actor secundario en películas de escasa calidad y que se trate de un film fallido. Sin embargo, son más las virtudes que los posibles defectos, los ofrecidos por Déjame salir, una sorprendente mezcolanza de ciencia ficción, terror y de denuncia social hacia una xenofobia omnipresente en EEUU, incluso en los sectores de izquierda aparentemente más progresistas, en los que se focaliza la película. Las influencias cinematográficas, por otra parte, presentes en el film, son abundantes: John Carpenter, John Frankenheimer y su Plan diabólico (Seconds, 1966), impresionante película injustamente olvidada, Stanley Kramer y su fundacional Adivina quien viene esta noche (Guess Who's Coming to Dinner, 1967), Roman Polanski y La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968), entre otras. Peele combina las líneas narrativas de su película con un notable pulso narrativo y una brillante composición de las escenas al servicio de una narrativa fílmica cuyo objetivo es sugerir y provocar, in crescendo, inquietud en el espectador; es ejemplar, en tal sentido, cómo se filma la llegada del protagonista y su novia, Chris y Rose al hogar de ésta: un plano general, lejano, en el que los personajes se saludan, a la entrada de la casa, sin poder distinguir a los padres de la chica; un breve travelling de retroceso que permite entrar en el plano a un criado negro, visto de espaldas: hemos visto la escena desde su punto de vista subjetivo para que finalmente, el verdadero protagonismo de la escena sea la casa misma, una mansión sureña inquietante. El terror que Peele nos plantea es el sugerido por las situaciones cotidianas: una aparente amabilidad de los padres de la chica y una naturalidad ante su condición de hombre de color que parece generalizarse a todos los vecinos. Una aparente ausencia de prejuicios en una amplia comunidad de personas progresistas y sonrientes pero con elementos que no dejan de provocar desasosiego al protagonista: la presencia de personas de color, bien en tareas de servicio doméstico o como uno de los miembros de la comunidad de vecinos, cuyas actitudes con Chris son sorprendentemente groseras; la madre de Rose, capaz de hipnotizar al protagonista... Como en la película citada de Polanski, el terror se oculta bajo la superficie de una cotidianeidad que se intuye artificiosa y en el caso de esta película, descubriendo sustratos donde la posición social y el color de la piel son elementos al servicio del sector más acomodado de la raza blanca, incluso de su inmortalidad, cuando el film se adentra en las vertientes del género de ciencia ficción sin dejar de constituirse como una cruel metáfora de la pervivencia de la esclavitud. Los únicos elementos que deterioran el impecable pulso narrativo de Peel son las secuencias oníricas, innecesarias y la introducción, forzada, del humor, a través del esperpéntico amigo del protagonista, así como su secuencia final, un singular anticlimax escasamente convincente. Pero por encima de todo, una película ejemplar en su propuesta y sobre todo su puesta en escena, sin duda uno de los más originales films de terror del año, muy recomendable.  


viernes, 2 de junio de 2017

Edén al Oeste, de Costa Gavras

Edén al Oeste (2009) es una coproducción de Grecia, Francia e Italia en la que se narra las desventuras de un inmigrante ilegal, Elías (Riccardo Scamarcio), que busca su oportunidad vía utopía europea y París como destino de sus sueños. El tratamiento de fábula de la historia no oculta, en el ejercicio de estilo Costa Gavras, la tragedia del protagonista y el drama de los inmigrantes que buscan desesperadamente una oportunidad para una vida mejor; lejos del tratamiento trivial y rehuyendo tópicos, el protagonista se ve obligado a sobrevivir en situaciones delirantes y premeditadamente chapliniescas, huyendo constantemente de la policía en un recorrido por toda Europa, con evidentes referencias a Homero y a su Ulises.: varias mujeres se enamoran de Elías e intentan retenerle, como Calipso y Circe en la Odisea. Más adelante es víctima de la explotación laboral en una fábrica de reciclaje de televisores, episodio que recuerda al de la cueva del Cíclope, pero también a Tiempos Modernos, de Chaplin. Cruza una frontera escondido en los bajos de un camión, igual que Odiseo escapa de Polifemo oculto entre las ovejas. Las situaciones se suceden entre la fábula, la aventura y el dramatismo; Elías arriba a una playa nudista que pertenece a un resort veraniego donde el contraste entre su precariedad y el lujo se revela a medio camino entre el drama y la comedia, gracias a la magnífica interpretación de Scamarcio en la dulce composición de su personaje, constantemente sorprendido ante unas circunstancias que le desbordan y a las que debe hacer frente con improvisación e imaginación, logrando bondades (la mujer con la que tiene una relación en el resort, la transeunte de Paris que le regala una chaqueta, los camioneros que le dan cobijo) y venciendo maldades (el conductor que le arrebata su dinero, el matrimonio que tras acogerlo, obligan a que se baje en mitad de un paisaje nevado). La xenofobia, por otra parte, es explícita, en toda la película: “En Francia hay mucha gente que pregunta indignada a los inmigrantes si se sienten franceses. Es una cuestión mal planteada. De lo que se trata es de si ellos los consideran como tales. A partir de ese momento es cuando lograremos crear una verdadera integración. Cuando se habla de este asunto es fácil olvidar que un 30% de la sociedad francesa está compuesta por personas que provienen originariamente de otro país”, declaraba Costa Gavras en una entrevista, extranjero él mismo en Francia. El realismo mágico impregna toda la película, al servicio de una tesis de múltiples lecturas sobre el drama de la inmigración, rehuyendo el dramatismo exarcebado, en un magnífico ejercicio de estilo que convierte a este film en algo muy especial, todo un festín de semiótica cinematográfica, en una película necesaria e imprescindible, con un final abierto: si bien el mago al que busca Elías en París rechaza a éste (con un ejército de policías situándose simultaneámente tras el protagonista, de nuevo Chaplin), la magia parece continuar: Elías cree iluminar la Torre Eiffel con la varita que el mago que le ha regalado y se dirige, ilusionado, hacia ella. La esperanza, es el mensaje de Costa Gavras,  debe continuar.
  
 



domingo, 28 de mayo de 2017

Lion, de Garth Davis

Un niño llamado Saroo, de cinco años, interpretado magistralmente por Sunny Pawar, vive en una pequeña población de la India, en condiciones míseras pero sin embargo feliz junto a su madre y hermanos. Por una serie de circunstancias, se quedará dormido en un tren que le llevará hasta Calcuta, en la que perdido y desemparado, sobrevivirá durante meses hasta que es llevado a un hogar abarrotado de niños abandonados en el que será adoptado por una pareja australiana  (Nicole Kidman y David Wenham). Transcurridos los años, el niño se ha transformado en un hombre (interpretado por Dev Patel) cuyos recuerdos de una infancia truncada le persiguen y le obsesionan: utilizando herramientas digitales logrará localizar el pueblo que abandonó con cinco años y emprenderá un largo viaje desde Australia para reencontrarse con su pasado. 
Saroo Brierley escribió su libro autobiográfico sobre su singular singladura vital, A Long Way Home y se publicó en 2014. En la pequeña villa cuyo nombre desconocía, llamada Ganesh Talai, ubicada en Khandwa, Madhya Pradesh transcurrió su infancia hasta los cinco años, hasta ese día en que toda su existencia cambia abruptamente.  Garth Davis, en su primer largometraje, tras ciertas experiencias en televisión, demuestra un notable pulso narrativo y sobre todo un sentido de la elipsis magistral, al plantear en imágenes los hechos descritos por Saroo en su libro. Resulta ejemplar, en la escena de la estación del tren, en la que el hermano de Saroo deja a éste que duerma en un banco prometiendo que volverá enseguida, la mirada subjetiva del protagonista: su hermano desaparece, literalmente, en la oscuridad, como tragado por la misma; es la última vez que verá al mismo, antes que sus ojos se cierren, vencidos por el sueño. Al despertar, la soledad absoluta ha invadido dicha estación, metáfora visual del destino del protagonista. Por otra parte, lejos de la truculencia, las visicitudes de Saroo perdido en Calcuta son sutil y trágicamente sugeridas visualmente : huyendo, desesperadamente de unos hombres que se dedican a capturar a todos los niños que como él, duermen en los túneles de la estación de tren. Huyendo del destino incierto que le brinda una pareja de actitudes inquietantes que en principio, parece acogerle en Calcuta. Observando como los guardias del orfanato estatal despiertan por la noche a un niño, que grita desesperado. El horror está presente en todas las situaciones que vive Saroo durante los meses que mendiga por Calcuta, omitiéndose en la película su concreción: el horror se evidencia en sugerir las mismas. Cabe reseñar la interpretación de Sunny Pawar, al respecto: una mirada que refleja desesperación, tristeza y un instinto de supervivencia que le permitirá sobrevivir a duras penas a un destino cruento, del que escapa, rumbo a Australia, adoptado por una pareja con la que vivirá hasta cumplir los 21 años. Con la llegada de otro niño indio al hogar, con evidentes problemas de salud y un abrazo de Saroo a su madre adoptiva, Garth Davis introduce una eficaz y eficiente elipsis que mostrará a Saroo, ya un hombre, interpretado por Dev Patel, integrado en las coordenadas de su nueva vida en Australia y con una obsesión que marcará la segunda parte de la película: la vuelta a sus orígenes, a sus recuerdos, el verdadero tema de fondo del film.
La memoria sentimental del protagonista gira a torno a su infancia truncada, a sus recuerdos, que se visualizan intensos: la cantera donde trabaja su madre, las peripecias en busca de una supervivencia día a día con su hermano mayor, sus carreras por las calles de esa localidad cuyo nombre desconoce pero que las nuevas tecnologías van a permitir que la encuentre, convertidos sus recuerdos en una obsesión que arrastra a Saroo a buscar y reencontrarse con sus orígenes. Un reencuentro marcado por las emociones y la conmovedora necesidad del protagonista de regresar allá donde sus sentimientos reclaman su vuelta. El montaje alternativo Saroo adulto / Saroo niño en su regreso a  Ganesh Talai muestra la esencia de la naturaleza humana, asociada a la intensidad de las emociones y los recuerdos de la infancia, indisoluble de nuestra propia personalidad, de nuestra manera de ver el mundo, de nuestras propias existencias, pero también del afán de superación vital que marca toda la vida del protagonista, que logra finalmente abrazar a su verdadera madre y posteriormente, en una escena documental, lograr que sus dos familias se encuentren en esas calles en que transcurrieron su infancia, nunca olvidadas, encuentro que cierra la película, desbordante de emotividad, ternura y una lírica que contagia, que forma parte inherente de nuestras vidas, a condición, como hace el protagonista, que la dejemos crecer en nuestro interior y que forme parte de nuestra manera de ver, sentir y vivir. En los títulos de crédito, finales, un alarmante dato: Más de 80.000 niños se pierden en India cada año. La productora de Lion, See-Saw, espera llamar la atención mundial sobre este problema y sobre la necesidad de ayudar a las organizaciones que trabajan para resolverlo, a través, necesariamente, de una solidaridad activa y comprometida, como la que personifican la señora Sood, que dirige orfanatos en Calcuta e hizo posible la adopción del protagonista por ejemplar matrimonio que acogen en su hogar a Saroo y a otro niño indio, una historia paralela de fraternidad y fidelidad que encarna, en el rostro de Nicole Kidman, el mejor y más loable ejemplo de compromiso hacia los más necesitados, en su entrega al protagonista y la más contundente de las acciones humanitarias frente a la xenofobia: no en vano, tras sus desventuras y desgracias vitales, Saroo vuelve a sonreir, de nuevo, al contemplar por primera vez a la que será su segunda madre. Una película magnífica, necesaria, ejemplar, de múltiples lecturas al servicio de la sensibilidad y una toma imprescindible de conciencia ciudadana al respecto de la infancia más desprotegida.  
 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Los frustrados


No toleramos que nuestros proyectos, metas incluso deseos se conviertan en irrealizables. Convertimos, con frecuencia, dichos deseos en una necesidad de resolución inmediata que nos lleva, con frecuencia, a sentimientos de decepción que amenazan con volverse perennes, cada vez que nos sentimos defraudados con la consecución de los mismos. De la impotencia a la ira, la respuesta emocional recorre un camino que nos sume en una pronunciada desmotivación y a continuación, en el peor de los casos, si no somos capaces de canalizar nuestras propias emociones, dificultades y limitaciones, a una percepción distorsionada de la realidad, que se vuelve nuestra peor enemiga: es el muro en el que chocan, a diario, nuestros deseos. La realidad es objeto, a continuación, de toda suerte de acciones que tienen como objetivo irrealizable que acabe transformándose para parecerse, lo más posible, a nuestros propios intereses, por imposible que sean los mismos. Los problemas nunca son oportunidades para crecer con ellos, son vistos y sentidos con una intensidad desmesurada ante cualquier inconveniencia vital: al poco nos hemos convertido en monstruos, capaces de vilezas inimaginables, aún con suficiente lucidez, sin embargo, para justificarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, los culpables siempre serán los otros, convertidos en nuestro enemigo cotidiano. Los frustrados, en definitiva, tienden a destruir su hogar, transmitiendo absurdas exigencias a los suyos y transmitiéndoles a todas horas todo un torrente de impulsos negativos; impulsos que con frecuencia, se convierten en acciones absolutamente perjudiciales para la estabilidad emocional de las personas, que sufren la irracionalidad de alguien que expresa, con vociferios, su propia intolerancia a una frustración o frustraciones, convirtiendo la sinrazón en una forma de existencia. El lugar de trabajo del frustrado es una suerte de terapia para éste: en la medida que, en su distorsionada mente, todos son sus enemigos, la irascibilidad contra todos y cada uno es constante, con frecuencia visceral, acompañada de deseos inherentes de hacer justicia:  ellos son los que no saben hacer su trabajo, ellos son los conspiradores, ellos son los que quieren destruir toda esa organización laboral: el frustrado se ve a sí mismo como el héroe destinado a limpiar el mundo de semejantes personas, impropias de estar junto a él, en el mismo lugar de trabajo. Y esa ironía nos lleva a la mayor de las tragedias: al ser incapaces de canalizar nuestras propias emociones, nos convertimos en héroes imaginarios, dispuestos a llevarnos, en nuestra última caida a todos y cada uno de esos villanos que nos hemos inventado: seguimos despedazando la realidad, solo para sentirnos mejor ante la incapacidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Qué fragil, el camino que nos lleva de la cobardía al fingido heroísmo, o al revés. Y qué tiempos más complicados, como decía Julio César en La guerra de las Galias, nos ha tocado vivir, tan complicados que adultos de edades impensables se transforman a sí mismos en niños malcriados, entre rostros desencajados y vanidades que sueñan y se recrean consigo mismas. Con lo sencillo que resultaría ponerse un chandal y correr entre árboles, respirando profundamente, entregándonos, sin más, al placer de sentir nuestros propios pasos, un ratito a pie y otro caminando....   

domingo, 14 de mayo de 2017

Ragtime, de Milos Forman



E.L. Doctorow (Nueva York, 6 de enero de 1931 - Nueva York, 21 de julio de 2015), escribió Ragtime (1975) a modo de fresco histórico del Siglo XX, centrado en un un fiel retrato de los primeros quince años en Nueva York Las páginas de este magnífico libro se impregnan de la situación política y social, la inmigración, la pobreza, y un omnipresente racismo que marcan gran parte de un relato a caballo entre la ficción y la crónica histórica; por sus página aparecen  Houidini, J.P. Morgan, Pancho Villa, Freud, Henry Ford, la anarquista Goldman, como exponentes significativos de de la historia norteamericana reciente. Es precisamente el tratamiento de la trama uno de lo logros de la novela, pues de múltiples líneas aparentemente documentales e inconexas, Doctorow, va haciéndolas converger en un único argumento de consecuencias trágicas, durante los años previos a la Primera Guerra Mundial en los que se gestaron algunos de los movimientos que marcarían los grandes cambios sociales de dicho Siglo XX: la situación de los inmigrantes, las primeras huelgas obreras, la oposición de las personas de raza negra contra la discriminación racial o el papel de la mujer en la sociedad. La historia al servicio de una ficción dramática, dando vida a unos personajes que viven sus destinos marcados por toda esa sucesión de acontecimientos sociales que conforman el preámbulo de una conflagración mundial. El autor de El arca del agua (1995) publicó esta obra maestra de la literatura consolidando todas sus virtudes que la crítica especializada ya había observado en El libro de Daniel (1971): su escritura se caracterizó por un formalismo realista emparentado con el nuevo periodismo estadounidense, pero con una tendencia a lo experimental y una profundización psicológica en sus personajes que siempre le dio heterogeneidad a su obra. Un constante candidato al Nobel de Literatura, sospecho que desgraciadamente muy olvidado fuera de las fronteras de EEUU. 
En 1981, Dino de Laurentiis ofreció al director checo Milos Forman la realización de Ragtime. Forman ya había estrenado, con un clamoroso éxito crítico y comercial Alguien voló sobre el nido del Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975) y antes de su exilio a EEUU cuando la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para poner fin a lo que se llamó la Primavera de Praga, había rodado varias películas en formato comedia que lo habían convertido en una celebridad dentro y fuera de su país y uno de los máximos exponentes de la nueva ola de autores cinematográficos en Checoslovaquia, como Los amores de una rubia (Lásky jedné plavovlásky, 1965). Forman declaró, al respecto de su sintonía con la novela de Doctorow: ‟El dilema de Walker me era demasiado familiar ya desde Praga. En la Checoslovaquia comunista, uno siempre tenía que enfrentarse a los tontos que tenían poder y se regocijaban humillando a los demás. Quien se les enfrentaba, arriesgaba su sustento y, a veces, también su vida.”. Para la interpretación del comisario de policía  Forman convenció al legendario  actor James Cagney que abandonara por un momento su jubilación artística, actuando junto a Pat O`Brien, otro gran actor clásico. El diseño de producción de Laurentiis, majestuoso, junto a la magnífica fotografía del gran Miroslav Ondříček, se pusieron al servicio de las grandes dotes de Forman para recrear en imágenes el drama de Doctorow, logrando una película cuidadosamente estructurada y refinada. El planteamiento como un extenso y abigarrado puzzle de personajes (todos magníficamente interpretados), es sutil hasta su convergencia en imágenes que poseen una fuerza indudable gracias a una narrativa clásica capaz de tejer las vidas de unos personajes con hilos invisibles vía incidentes aislados que poco a poco adquieren grandes dimensiones en un drama coral que se desencadena por la lucha por el derecho a ser respetado o recibir justicia, en un contexto histórico en el que las personas de raza negra sabían que el empeño por defender una causa justa, por muy pequeña o simple que pudiera parecer, les podía costar incluso la vida. Matizar que recibe el nombre de Ragtime un tipo de música negra, generalmente a piano, surgida en el Siglo XIX en EE.UU., con sus raíces en el jazz; dicho estilo musical se hizo muy popular y comercial a principios del siglo XX, época en la que transcurre la película, a la vez que nacían también las primeras películas de cine norteamericano (nacimiento que se recrea en esta película). Cabe recordar como un ragtime muy popular, el que sirvió de banda sonora en la película El golpe, (The Sting, 1973), dirigida por George Roy Hill. En esta imprescindible película, la música de ragtime es el marco musical de la toma de conciencia de la población negra estadounidense de la primera parte del Siglo XX para reinvidicar sus derechos ante una xenofobia social por desgracia aún no superada. Absolutamente magnífica.

La fiera de mi niña, de Howard Hawks

Referirse a La fiera de mi niña  ( Bringing up Baby , 1938) no es sólo entrar en el universo de sus grandes protagonistas o de la excelen...