domingo, 20 de agosto de 2017

El terror y lo cotidiano


El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terrorista en Barcelona. Lo cotidiano: ha pasado muy poco tiempo, apenas horas del mismo, pero, tal como me comenta un conocido que vive allí, nadie podría adivinar, si ignorara el hecho, que en efecto, el terrible suceso transcurrió en las Ramblas, de nuevo repleta de miles de turistas que pasean tranquilamente por sus calles e innumerables comercios. Simplemente, no queda el menor rastro en las calles de Barcelona, salvo en los medios de comunicación, del atentado. La vida sigue, es una frase que me ha parecido escuchar, de manera reiterada, estos días, por parte de los propios habitantes de Barcelona en los numerosos reportajes de televisión. La mayoría de los comercios estaban de nuevo abiertos, al día siguiente del atentado; el turismo apenas se ha resentido (se calcula apenas un 1% de cancelaciones) y ...  la vida sigue. Es lo que ha debido pensar la clase política en Cataluña: en la lista de fallecidos, se diferencia a catalanes de españoles. Una formación política se niega a suscribir el pacto antiterrorista, dado que se coartan libertades (sic) y otra formación, a su vez, se niega a secundar la manifestación de repulsa al terrorismo convocada por el Ayuntamiento de Barcelona si el Rey de España acude a la misma, dado que, según siempre dicha formación, el Rey contribuye a financiar el terrorismo (sic). No hay dudas: la vida sigue, después de escuchar mensajes de paz, solidaridad, convivencia y de Cataluña somos todos. El triunfo de lo cotidiano, cabría aventurar. Pero antes que dicha cotidianeidad se imponga de un modo absoluto, intentamos no olvidar a las víctimas del terror: personas de todas las edades, incluso niños/as, que un día cualquiera estival, paseaban tranquilamente por una ciudad en la que dejaron sus vidas de la forma más trágica; una ciudad que desde ciertos sectores de la misma, parecen tener prisa, mucha prisa, por volver a lo cotidiano. Demostremos, el resto de personas, que lo más importante, para que, en efecto, la vida siga, es rendir memoria a las víctimas, plantando cara a sus asesinos y a cualquier forma de terrorismo, todos unidos en una conciencia global y solidaria: sin muros, sin banderas, sin limites geográficos, sin ideologías abundantes en muros, banderas y límites geográficos. Sigamos saliendo a calle, con este compromiso moral. 

lunes, 14 de agosto de 2017

Emily Dickinson

Extraordinaria, la película de Terence Davies, Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016), en la que se narra la singular vida de la poetisa estadounidense Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 10 de diciembre de 1830-ibídem, 15 de mayo de 1886). Prisionera de sí misma, se impuso una reclusión en casa de sus padres, entregándose por completo a la creación literaria, descubriéndose tras su muerte que era la autora de unos 1800 poemas, de los que llegó a publicar, en vida, apenas una docena. La difusión de su obra situó a Emily Dickinson como una de los más importantes poetas estadounidenses de todos los tiempos; una poesía naturalista, abundante en sensibilidad, loas a la vida misma, a la naturaleza, el amor  y al tiempo que transcurre como promesa de eternidad, núcleos temáticos que agrupan sus poemas en las correspondientes ediciones. La biografía de Dickinson alterna hechos fehacientes que se desprenden de sus abundantes cartas y de datos producto de habladurías y teorías emanadas de sus poemas, como sus amores platónicos, a los que se entregó en su imaginación, durante el aislamiento que tuvo en vida, primero en su pequeña aldea y luego en su habitación, sin salir de ella ni recibir a nadie. La película de Davies construye una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía, que se deja oír en off durante todo su metraje. El propósito de Davies es relatar la existencia de una compleja y singular mujer a la que en sus últimos años, desde la reclusión que había elegido para sí misma, bastaba con observar la vida desde la puerta de su habitación del primer piso, vislumbrando unas escaleras que daban a un mundo que quizás ya no le interesaba más que a través de sus propios versos y oyendo voces familiares o de visitas que, tenues y apesadumbradas, opinaban sobre un universo personal, brillante e intransferible que, en realidad, solo es un misterio objeto de toda suerte de conjeturas. Davies realiza todo un ejercicio de estilo, dotando al magnífico diseño de producción de una suerte de austeridad narrativa, elegante, sutil, abundante en momentos simbólicos en los que la gran actriz Cynthia Nixon (conocida por el gran público por su papel en la serie Sexo en Nueva York) expresa el desasogiego y la genialidad que caracterizaron a Dickinson. Sólo dos ejemplos de la capacidad narrativa de Davies, uno de los pocos exponentes de cine de autor en activo, en la actualidad: al principio de la película, las alumnas de la Academia de Amherst, entre las que se cuenta la poetisa, atienden a una clasificación impuesta por una de las profesoras, agrupándose según se van sintiendo afines a las opciones propuestas por la misma. En ninguna de las mismas encaja Emily Dickinson, que se queda sola en la estancia. Davies acerca en un primer plano la cámara al personaje de Dickinson, que defiende con tenacidad sus propias ideas, sus ideales, la igualdad de su condición femenina frente al hombre. Dickinson es una mujer independiente, con gran personalidad y extremadamente inteligente pero aislada de la sociedad de su tiempo, metáfora de lo que será su vida. Otro gran momento: una magistral elipsis, mediante un zoom de acercamiento que envejece  a cada miembro de la familia de Emily, con ocasión de una sesión fotográfica, situando a Emily desde su juventud hasta la madurez en la que se centrará la película.  
Una película magistral y una obra poética, imprescindibles. 


Embriaguez

En jarros tallados en nácar
apuro un licor ignorado...
Tal vez ni del Rhin en las cavas
pudiera mi sed encontrarlo. 

Con una embriaguez de rocío,
borracha de incógnitos hálitos,
tabernas de azul diluido
recorro en perpetuos veranos.

Cuando las abejas
y las mariposas,
agobiadas, ebrias, 
vuelen de las pomas,
aún libaré yo mi vaso
de extraño licor...
Hasta que los ángeles
me agiten su níveo penacho,
y a los ventanales
celestes se asomen los santos
para contemplarme
borracha de azul y de sol.

Poema 128

Dame el ocaso en una copa, 
enumérame los frascos de la mañana 
y dime cuánto hay de rocío, 
dime cuán lejos la mañana salta- 
dime a qué hora duerme el tejedor 
que tejió el espacio azul. 

Escríbeme cuántas notas habrá 
en el nuevo éxtasis del tordo 
entre asombradas ramas- 
cuántos caminos recorre la tortuga- 
cuántas copas la abeja comparte, 
disoluta del rocío. 

También, ¿quién puso la base del arco iris, 
también, quién guía las esferas dóciles 
por juncos de azul flexible? 
¿Qué dedos atan las estalactitas- 
quién cuenta la plata de la noche 
para saber si nadie está en deuda? 

¿Quién edificó esta casita albana 
y cerró herméticamente las ventanas 
que mi espíritu no puede ver? 
¿Quién me dejará salir un día de gala 
con implementos de vuelo, 
fugaz pomposidad?

Podría estar más sola

Podría estar más sola sin la soledad,
estoy tan acostumbrada a mi destino,
tal vez la otra- La Paz,
podría interrumpir la oscuridad
y llenar el pequeño cuarto,
demasiado exiguo en su medida
para contener el sacramento de Él.
No estoy habituada a la esperanza,
podría entrometerse en su dulce ostentación,
violar el lugar ordenado para el sufrimiento.
Sería más fácil fallecer con la tierra a la vista,
que conquistar mi azul península,
perecer de deleite.


sábado, 12 de agosto de 2017

Alack Sinner

La editorial Salamandra acaba de publicar una edición integral de Alack Sinner, del guionista Carlos Sampayo y el dibujante José Muñoz, dos argentinos que en 1975 crearon, desde Barcelona, una serie negra magistral que poco a poco fue transformándose, desde sus inicios en el marco de las claves del género, en todo un espejo de la civilización occidental: el componente criminal fue dejando paso, al sucederse los títulos de la serie, a la lectura social, el drama humano, la tragedia de la propia existencia, abundante en frustraciones; lo importante no era el suceso delictivo en sí mismo, sino las personas que protagonizaban el mismo, con sus componentes ideológicos, políticos, generados por las propias sociedades, recorridas por la corrupción. En los cómics protagonizados por Sinner, nadie es inocente, nadie es neutral y el precio por intentar mantenerse al margen de unas reglas inmorales que rigen el comportamiento de todos los miembros de una organización, metáfora de la supervivencia de la propia civilización, supone no solo la marginación absoluta; además, es el fin de la inocencia para alguien que, como Sinner, comienza su carrera de policía con un alto sentido de la honestidad, de la ética profesional . "... Con frecuencia, la Ley no basta. La democracia es un gran sistema, pero a veces se mueve con lentitud,   sobre todo cuando se trata de aplicar o no aplicar dicha Ley. Así que es importante que los miembros de este Cuerpo utilicen... sus propios criterios personales...", le comunica el Jefe de la Policía de Nueva York a Sinner en Conversando con Joe, uno de los títulos de la serie. Sinner deja de ser policía, forzado, sobrepasado por las circunstancias y comienza su periplo como detective privado, marcado por un nihilismo en su rol de hombre duro que sin embargo albergará, durante toda la serie, una suerte de sensibilidad que acompañará siempre al detective; Sampayo definía a su personaje de la siguiente manera: "No es un héroe-antihéroe como los que ahora están de moda. Alack no lucha, tiene una rabia impotente que existe en su ambiente y que no puede transformar o canalizar (…) No es un reaccionario pero tampoco un revolucionario, se da cuenta de las cosas pero no ha pensado en una solución: no elige”. Sinner, simplemente, sobrevive y envejece dentro un sistema pervertido que sólo favorece a los más poderosos. No puede cambiar una realidad que aplasta al resto de personas, a diario, peones de juegos en los que los poderes fácticos siempre harán todo lo posible por sobrevivir.
En la serie que se sucede entre 1975 y 2006, con diversas editoriales en España publicando y reeditando la misma, es posible distinguir tres grandes núcleos argumentales. El primero se corresponde con la etapa propiamente de género negro, grandes historias en los parámetros propios del género literario y cinematográfico de EEUU; comprende desde la historia inicial, El caso Webster, hasta Chispas incluyendo la precuela Conversando con Joe, un punto absoluto de inflexión en la serie, avanzando temáticamente hacia un segundo tramo, más enfocado al análisis político y social que incluye la extensa y dramática historia titulada Encuentros y reencuentros, una obra maestra absoluta, paradigma de la serie y del noveno arte al que representa. Finalmente, un tercer segmento mucho más filosófico y humanista que se extiende desde Norteamericanos hasta El caso USA. Una profunda evolución argumental y una fascinante evolución artística en el arte de José Muñoz para la serie, en constante experimentación. Son evidentes las influencias de Alberto Breccia y Hugo Pratt, este último en el primer tramo de la serie, así como, fundamentalmente, la de nombres propios del expresionismo figurativo, predominando en las viñetas la deformación pictórica y una gran ambigüedad en el plano intencional: Francis Bacon, George Grosz, Otto Dix...
Una de las historias agrupadas con el título Encuentros y Reencuentros incluye la reaparición en la vida de Sinner del teniente de policía Randy Rademaker Jr., coincidiendo con una huelga de la policía.  Ambos se encuentran en la entrada del edificio donde vive Sinner, que ignora los insultos y provocaciones de un enajenado Rademaker, que antes de subir hasta el piso donde vive el detective, profiere toda suerte de insultos racistas y xenófobos, disparando indiscriminadamente contra transeúntes y habitantes del edificio, a los que señala como comunistas. La progresión del clímax no deja de crecer en las viñetas que se suceden, alternando la carnicería de Rademaker en la calle y el interior de las viviendas del edificio; en una de ellas una mujer está dando a luz, mientras los gritos del policía se abren paso por la ventana; en otra un hombre amenaza a su mujer, con una escopeta: "me has hecho sufrir mucho, Gladys"; en una vivienda, un cadáver momificado, yace frente a una televisión encendida; hasta todas ellas llega la voz amenazante de Rademaker, que abate a tiros a todo aquel que tiene la desdicha de cruzarse en su camino. Un chico negro, un vendedor de periódicos, la mujer que ha asistido al parto dentro de una de las viviendas y que cae desde la ventana, al mismo tiempo que los autores rompen la unidad narrativa de espacio y tiempo y el propio José Muñoz se dibuja a sí mismo como uno de los habitantes del edificio. En otra vivienda, una pareja hace el amor, mientras Sinner espera en la suya, con resignación, que Rademaker llegue hasta él. El detective dispara contra el policía y es rematado por el anciano que amenaza a su mujer, Gladys, que le vuela la cabeza.  Una de las últimas viñetas, con ecos de Taxi Driver, de Scorsese, muestra a Sinner, hundido en el sillón mientras varias pistolas apuntan hacia él: "Entren sin miedo. No habrá más". Otra de las viñetas, previamente, ha mostrado un plano general de la ciudad; el edificio donde está ocurriendo la tragedia es un símbolo, una metáfora de la gran urbe, repleta de personajes definidos hasta sus últimas consecuencias por el pincel prodigioso de Muñoz. En las habitaciones se respira humo, sudor, alcohol, miseria material, humana y moral, suciedad, polvo, desengaños, frustraciones. Cada una de las extraordinarias viñetas descritas cuenta una historia, un drama distinto (con una planificación de las escenas afines a la narrativa propia del micro relato propuesto; en el argot cinematográfico: picados, contrapicados, primeros planos, profundidad de campo....) y se inscribe en el trágico relato gráfico conformando un calidoscopio del alma humana, repleto de personajes secundarios, de la alienación de la vida en las grandes ciudades, de la fragilidad de la misma frente a una violencia exarcebada, inmoral,  que estalla de repente y que nos alcanza a todos, como peones de una sociedad que no deja de descomponerse. Alack Sinner es género negro al servicio de un personaje perdido entre las decepciones constantes del ser humano para vivir su propia vida, prisionero de una sociedad enajenada e irremisiblemente perdida en sí misma, en la que el protagonista, a pesar de todo y en su rol de férreo detective privado para ocultar su extrema sensibilidad y lucidez, transcurrido el tiempo y envejecido, sigue buscando en su propia redención, algo parecido a la felicidad.
Una serie, en definitiva, absolutamente imprescindible, una obra maestra absoluta del cómic: disfrutemos con esta edición integral de Alack Sinner.  








miércoles, 9 de agosto de 2017

La invasión de los ladrones de cuerpos

 

Jack Finney publicó en 1955, por entregas, en el Collier’s Magazine La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers), Según el escritor de novelas de terror Stephen King: "Una sola novela le basto a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror", si bien Finney siempre afirmó que sus libros buscaban, básicamente, entretener al lector, sin más matices. Sin embargo, la exitosa adaptación cinematográfica rodada por el famoso cineasta Don Siegel justo al año siguiente, una de las cult movies más celebradas del género de ciencia ficción, generó entre la crítica especializada, al igual que su original literario, unas lecturas semióticas sustancialmente asociadas a la Guerra Fría que durante los años 50 recorrió EEUU y la Unión Soviética. Gran parte de la sociedad de EEUU pensaba que el fin del mundo estaba cerca, en forma de guerra atómica. Dicha Guerra Fría, la amenaza comunista y un indescriptible individuo, el senador McCarthy y su caza de brujas (absolutamente imprescindible la lectura de McCarthy contra Hollywood: la caza de brujas, de Roman Gubern) fueron acrecentando, en su conjunción, un clima de temor y desconfianza cercano a la paranoia en determinados sectores de la población.   
Precisamente, el guión de la película fue obra de Daniel Mainwaring, uno de los desdichados guionistas de la lista negra de Hollywood. El argumento del libro y la película narra el cambio en la personalidad de los habitantes del pueblo de Santa Mira, que van perdiendo, progresivamente, sus características más humanas ante los ojos de sus propios familiares y amigos, que no los reconocen: comienzan a comportarse como personas sin sentimientos ni sensibilidad alguna, desprovistos de cualquier rasgo de personalidad propia. Todos estos extraños sucesos comienzan a relacionarse con la aparición en el pueblo de unas vainas vegetales (presumiblemente procedentes del espacio en la versión de Siegel y explícitamente expuesto dicho origen en la versión de Philip Kaufman, en 1978), de las que surgen unos extraños seres que duplican y sustituyen a los habitantes del pueblo cuando éstos duermen. Se acaba formando una sociedad sin sentimientos y donde los problemas comunes de los seres humanos no existen: todos los seres que han sustituido al original humano tienen el mismo comportamiento. En definitiva una sociedad totalitaria, sin libre albedrío, "perfecta" en su ausencia de humanidad, una crítica a los totalitarismos y al menos en la versión de Don Siegel,   una parábola anticomunista acorde a los tiempos de la Guerra Fría, crítica a su vez al aberrante mccarthismo imperante en la época. 
La película de Siegel, genuina serie B, fue rodada en apenas tres semanas y con un presupuesto de 250000 dolares. El magnífico actor Kevin McCarthy representa al ciudadano medio que va descubriendo los sutiles cambios de la normalidad cotidiana, transmitiendo ese desasosiego, el gran logro de la novela y la película, ante lo inexplicable de la ruptura progresiva de los canones del comportamiento humano: concentraciones inexplicables de ciudadanos en la plaza del pueblo, a primera hora de la mañana; un niño inquieto, travieso que no reconoce a su madre pero que al adquirir, de un día para otro un comportamiento tranquilo y sosegado transmite al protagonista la sensación inefable que ese niño ya es otro niño, que en definitiva ha dejado de ser humano. Durante buena parte del metraje los protagonistas (Kevin McCarthy y Dana Wynter) huyen de las hordas de ciudadanos que se han transformado en otros seres, intentando desesperadamente no dormir, puesto que es durante el sueño que se completa la temida transformación,  hasta el momento final en el que McCarthy besa a su amada y comprende que en esos labios no hay sentimientos ni amor, no hay pasión, ella también finalmente es uno de ellos, momento escalofriante y sutil, más logrado que en la versión de Kaufman, donde la protagonista, Brooke Adams, se desintegra entre los brazos de Donald Sutherland: de ella sólo ha quedado una especie de envoltura de carne, mientras su duplicado se aparece ante él, desnuda, invitándole a unirse al universo de ellos
En la película de Siegel, la fotografía abundante en contrastes en blanco y negro, obra de Ellsworth Fredericks, juega un papel fundamental, ligada a los parámetros propios del cine negro y las películas de terror, con los juegos de luces y sombras y los encuadres inclinados, muy característicos de Siegel, que contribuye definitivamente a generar un aura de pesadilla y  terror, de desesperanza creciente. Más allá de un epílogo al parecer impuesto por la productora, el verdadero final de la película se ha convertido en un icono de la historia del cine: Kevin McCarthy enloquecido entre filas de automoviles, intentando inútilmente avisar a los conductores de lo que está ocurriendo, mirando a la cámara en un primer plano y gritando: “Tú serás el siguiente”. El mismo actor vuelve a repetir esta escena, como un homenaje a la película original en el remake de Kaufman, película que se conserva a su vez, magníficamente, a pesar de los años transcurridos, trasladando la acción, un cambio sustancial, de la pequeña localidad del film original a la ciudad de San Francisco. Se acentúa, respecto a la película original, la incomunicación en las grandes ciudades, el estilo de vida de las grandes urbes donde sus habitantes, en calles permanentemente abarrotadas no saben ni lo que comen (el rol de Sutherland es de un minucioso inspector de Sanidad) y que permanecen impávidos a un accidente de tráfico. Una deshumanización ya existente en el tejido social de la época donde transcurre el film, asociado, inevitablemente, con la moda del cine setententero del género de películas de zombis. Las hordas de seres duplicados cuando persiguen a nuestros protagonistas lo hacen como autenticas jaurías, incorporando un grito escalofriante, con el que se cierra la película, un final absolutamente desolador en el contexto de la metáfora presente en el film: "puedes confundirte con uno de ellos, pasar desapercibido si no muestras emoción alguna, si te comportas exactamente como ellos lo hacen", le dice a Donald Sutherland otra de las protagonistas, Veronica Cartwright, antes de ese terrible final. Terribles las lecturas de alienación en torno a grupos humanos en cualquier contexto: laboral, ideológico, social, hace 30 años. No caben dudas, de posibles y trágicas conclusiones sociológicas a fecha de hoy. 
Las otras dos versiones del libro son películas con escaso interés, en su plasmación final en la pantalla. La realizada por Abel Ferrara en 1993 sobre el papel prometía muchas posibilidades, al trasladar la acción a una base militar: cómo diferenciar a duplicados, en tal contexto, de los que no lo son, en una actitud permanentemente hierática y falta de sentimientos de los militares de la base, como patrones asociados a sus roles profesionales. Sin embargo, ese potencial es desaprovechado absolutamente por Ferrara, desplazando la historia y todo su potencial dramático hacia las relaciones románticas de sus dos protagonistas. Algo más interesante pero absolutamente fallida, es la versión protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por Oliver Hirschbiegel en 2007 (director de la exitosa El Hundimiento, que transcurría en el búnker en el que Hitler pasó sus últimas días). El film, caracterizado por cierta arritmia narrativa destaca sobre todo en un tratamiento fotográfico de las escenas con una paleta en colores azulados y grises que da a la película un tono frío y depresivo, acorde a la naturaleza de los hechos que se narran con  los mismos dilemas claves de esta historia, pero sin lograr transmitir el miedo, la emoción, el desasosiego in crescendo que las películas de Siegel y Kaufman, aún siguen transmitiendo; probablemente, el futuro (o quizás el presente), sin necesidad de vainas de origen extraterrestre, en una sociedad alineada por los medios de comunicación de masas se parezca terrible, tragicamente al trazado por Jack Finney en 1955 en su magnífico libro, que cabe recuperar, junto a las dos primeras y admirables adaptaciones cinematográficas del mismo. 
 

jueves, 3 de agosto de 2017

La ciudad perdida de Z, de David Grann

Fascinante, el libro La ciudad perdida de Z, de David Grann, publicado en el año 2009, con edición en España de la editorial Plaza y Janés. Ha vuelto a cobrar actualidad con la reciente adaptación cinematográfica dirigida por el cineasta James Gray, que aún no he visto, tras años de permanencia en los ránkings de best seller de EEUU y todo un historial de premios de los críticos literarios nortemericanos. David Grann, periodista de The New York Times, tras acceder y analizar en profundidad todas las fuentes posibles al respecto del teniente coronel Percival Harrison Fawcett, describe en su libro la azarosa vida del mítico personaje y se adentra, expedición al Amazonas incluida, como otros tantos que le precedieron, en el misterio irresoluble del destino final, en 1925,  en el transcurso de una expedición que recorría el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil, de P.H. Fawcett, su hijo Jack y un amigo de éste llamado Raleigh Rimell. Tras su desaparición, nunca se supo más de ellos ni de la suerte que corrieron, a pesar de otras muchas expediciones que intentaron localizarlos en los primeros años de la desaparición de los mismos, muchas de ellas a su vez desaparecidas en la espesura del Amazonas, o al menos encontrar sus restos, según las décadas fueron transcurriendo. 
Muy célebre en vida, Fawcett, explorador, militar y arqueólogo, nacido en 1867 en la localidad de Torquay del condado de Devon, Inglaterra, representó, en su faceta de viajero y aventurero, el estereotipo de caballero victoriano exponente fiel del imperio británico de la época y del anhelo, como primera potencia del mundo, con la Royal Geographical Society a la cabeza, de cubrir todas las regiones inexploradas del mundo. Fawcett exploró el Amazonas aportando abundantes datos científicos mientras una obsesión fue creciendo en su interior: localizar los restos de una fastuosa civilización extinguida, una ciudad a la que denominó Z. Como Francisco de Orellana, Pizarro, Juan Díaz de Solis y otros conquistadores en la época de la colonización española, la búsqueda de una suerte de El Dorado ocupó sus investigaciones, incluyendo todos los documentos generados por los conquistadores españoles, particularmente por cronistas como fray Gaspar de Carbajal. Un manuscrito de diez páginas, conocido como 512, que se encuentra en la biblioteca de Río de Janeiro y que relataba con toda claridad que en algún lugar de la inmensa región del Mato Grosso (un millón de kilómetros cuadrados: dos veces España) existía una inmensa ciudad perdida, fue definitivo para Fawcett en su imparable obsesión. Descubierto en 1753 es el testimonio de un grupo de cazadores portugueses que en el siglo XVIII había recorrido la zona. La descripción contenida en dicho manuscrito coincidía con las propias observaciones de Orellana cuando abrió el Amazonas en 1542.
El libro de  David Grann es un calidoscopio histórico, que paralelamente a la biografía de Fawcett (surgida de los numerosos escritos del propio explorador), describe la sociedad inglesa de la época, la Primera Guerra Mundial, así como los avances científicos en un contexto europeo ávido de conocimiento: cada logro de la Royal Geographical Society suponía un acontecimiento nacional y sus exploradores eran revestidos con la aureola de héroes. Paralelamente, nombres famosos, contemporáneos de Fawcett y amigos del mismo, aparecen en las páginas del libro, como Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes y H. Rider Haggard, autor a su vez de Las minas del Rey Salomón que facilitó al explorador una pequeña estatua de basalto negro y origen desconocido. Fawcett hizo que la estudiara un psicometrista, es decir un vidente, que vino a aseverar que el origen de dicha estatua estaba ligado a un linaje atlante. Por otra parte, el ex cónsul británico en Río de Janeiro, coronel O´Sullivan Beare, aseguró a Fawcett que tenía constancia, por muchas fuentes indígenas de toda confianza, de que la gran ciudad perdida con la que soñaba éste existía realmente y que era posible dar con ella recorriendo el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil. Desde el siglo XVI, decenas de miles de hombres habían buscado en la espesura del Amazonas civilizaciones perdidas que albergaran oro y riquezas inimaginables. Españoles, ingleses, alemanes y franceses habían recorrido de punta a punta la inmensa, impenetrable Amazonia siguiendo el rastro de mitos y leyendas majestuosas que hablaban de calles pavimentadas de oro. Nadie consideraba que fuera un mito: todas las tribus amerindias coincidían en avalar su existencia real. Los conquistadores españoles buscaron en el norte las Siete Ciudades de Cíbola y en el sur, el mito de los mitos, Eldorado y otros muchos siguieron su estela. Era el turno de Fawcett, que en su caso, había unido a todos las leyendas anteriores la de la Atlántida.
Fawcett, su hijo adolescente y un amigo de éste, desaparecieron en alguna región indeterminada del inmenso Mato Grosso, en tierras de las tribus kalapalo, baciary, arumá, suyá, aloique, xavante… Tribus que en aquella época aún eran salvajes y, algunas de ellas, caníbales. La mujer de Fawcett, que confiaba en las constatadas virtudes de su marido como explorador, estuvo esperando su regreso y el de su hijo toda su vida: Fawcett, con el paso de los décadas tras su desaparición, se había convertido, a su vez, en otra leyenda asociada a la selva amazónica, buscado por incontables personas (entre ellas un actor de cine), dado que la teoría más extendida era que el explorador seguía vivo, en contacto con la civilización atlante que había logrado descubrir. David Grann, el autor del libro, en su último capítulo, toma contacto con Michael Heckenberger, de la Universidad de Florida, habitante de la región de Xingú, plenamente aceptado por los nativos; Heckenberger había descubierto las ruinas de una gran ciudad amurallada, una monumental civilización precolombina de los siglos VIII y XIV de nuestra era y que posiblemente se extinguió andando el siglo XVI, víctima de las epidemias y/o de la llegada de los europeos. El tiempo había dado, finalmente, la razón a Fawcett, ocultando posiblemente para siempre, el destino que corrió el famoso explorador, víctima de sí mismo y de quimeras impregnadas de columnas de piedra erosionadas por el tiempo y de sueños de gloria.

miércoles, 2 de agosto de 2017

En el balneario


En el balneario (1977), de Herman Herman, el autor establece paralelismos entre los mecanismos de la vida cotidiana, tanto psicológicos como los propiamente derivados de la mera rutina diaria, con su estancia en un balneario, al que no logra habituarse pero en el que desea seguir estando. Las visitas al médico, las terapias sustentadas en los baños termales, el placer de un relax permanente, se convierten en el epicentro de cada uno de sus días, en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a rituales de placer: las comidas, los tratamientos, la observación azarosa de otras personas, las conversaciones que surgen con éstas, las sensaciones que parecen acariciar al autor en esos días en los que se entrega al deleite de los tiempos muertos. Hesse reflexiona sobre el mundo, la vida cotidiana, sobre sus propios pensamientos y las actitudes de las personas con las que se cruza, siquiera de forma momentánea, sobre la importancia, en definitiva de los pensamientos positivos para mantener un cuerpo saludable y viceversa. 
La sociedad actual parece estar confrontada con los tiempos muertos: la vorágine de las redes sociales, los medios de comunicación en general, han transformado usos y costumbres, de forma exponencial desde la década de los 90,  hasta convertir al ciudadano en un engranaje activo al servicio del ruido informativo diario, constante, en que ha acabado convirtiéndose la realidad. Los nuevos dioses, a los que una gran mayoría veneran, tienen forma de 70 caracteres, fotografías que viajan de forma incesante por las redes y de titulares sesgados. Un contexto en el que, además, los padres combaten el aburrimiento de sus hijos como si estuvieran gravemente enfermos: malos tiempos, en definitiva, para compartir tiempos y espacios con uno mismo, sin más elementos que no se reduzcan a un buena compañía de carne y hueso y aún peores para la reflexión, los pensamientos, las sensaciones propias de la vida misma, en su esfera más humana y tangible, que no es otra que la que se deriva de nuestra propia sensibilidad utilizando todos nuestros sentidos, lejos, muy lejos, de mundos y ámbitos virtuales. Debemos volver, cabría preguntarse cómo, a aprender a estar con nosotros mismos, el mundo necesita de nuestro humanismo, no de nuestra capacidad, que parece infinita, de provocar griterío para sustituir a las palabras. 
Durante varios días, hemos disfrutado de una estancia en el balneario de Alhama de Granada. Como Hesse, nos hemos entregado al paso de los días ausentes de relojes, quedando el tiempo reducido a momentos y experiencias siempre gratas: en los copiosos almuerzos, los baños de algas, de chocolate; los masajes, los chorros de agua, la piscina termal; el agua a alta temperatura en contraste con la ducha fría; los exfoliantes, los aceites, las cremas... todo ello servido por las manos expertas de un personal especializado muy voluntarioso; los paseos a pie por los sugerentes alrededores, la siesta, el sueño profundo nocturno. El baño de la reina se realiza en una terma romana original, con aguas a muy alta temperatura y necesario contraste de agua fría, al menos, en mi caso, cada cinco minutos en ducha circular o directamente bajo un buen caudal en las duchas colindantes. Sensaciones que según se han ido acumulando, nos han envuelto, acariciado y mimado, logrando, no sólo los pensamientos positivos a los que se refería Hesse, sino al mismo tiempo, regenerar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Días en los que los medios de comunicación dejaron de existir, incluida la televisión y los smartphones, ni siquiera un periódico, ni uno de esos titulares aludidos.En el contexto del balneario, todo ello eran elementos superfluos, inútiles para conseguir nuestro objetivo:  el placer pleno de sentirse consigo mismo, en la mejor de las compañías, sintiéndonos como el Ave Fénix; sin duda, volveremos, para renacer de nuevo, periódicamente. Y recomiendo a quién esto lea y pueda permitírselo, que haga lo mismo. Un brindis por el tiempo estival y por esta maravillosa experiencia.  

domingo, 23 de julio de 2017

XXX Festival de Jazz de Almuñecar

Treinta años cumplidos, este verano, por el festival de jazz de Almuñecar, uno de los festivales más veteranos de Europa y un referente absoluto en Andalucía para los amantes del jazz. Se echa de menos, en su página web, algún texto que hubiera rememorado la singladura del festival durante todos estos años desde sus orígenes, más allá de los programas de cada año y no he logrado encontrar referentes al respecto, pero es evidente que durante todo este tiempo, se ha dado un salto exponencial cualitativo y cuantitativo, desde un festival que posiblemente tuvo un origen modesto, desconozco qué personas han estado ligadas a su historia, con un fundamental apoyo de las correspondientes instituciones, hasta lograr, desde hace ya bastantes años, la presencia en sus programas de artistas de primer orden acompañada de una entrega incondicional de un  público, que al igual que ayer sábado, ha abarrotado, literalmente, las instalaciones del Parque El Majuelo, un maravilloso marco para las noches mágicas de cada una de las ediciones del festival, agotando las mil localidades, si no me equivoco, puestas a la venta cada noche y con entrega absoluta al artista o la artista correspondiente. Hace algunos años, paralelamente al festival, se celebraba un curso de la UGR, en su sede del Centro Mediterráneo, con el epígrafe genérico de Historia y lenguaje del jazz, si mal no recuerdo, de una calidad incuestionable como marco de divulgación del jazz y con el placer añadido de ver y escuchar a referentes absolutos, en España, de críticos de este género musical, como esa figura, me temo insustituible, que fue Claudio Cifuentes. Asistí a dos ediciones y en uno de esos días, en la Casa de la Cultura de Almuñecar, ocurrió algo que no puede ser mero azar, un momento mágico, tan asombroso como extraordinario: se hablaba, quizás en una mesa redonda, de Charlie Parker, Bird; la tarde anterior se había proyectado la magnífica película de Clint Eastwood y se analizaba la singular biografía y el virtuosismo del genial saxofonista y compositor estadounidenses cuando, de repente, un pájaro comenzó a revolotear por el escenario, con insistencia hasta detenerse... encima del piano. No, no pudo ser un mero azar y todos los asistentes estuvimos de acuerdo: Parker estuvo allí. Sólo uno, de tantos momentos fascinantes, no me cabe la menor duda, ligados al festival que yo he gozado, como espectador, dejándome hipnotizar por las voces e instrumentos de los Four Brothers: Jon Hendricks, Kurt Elling, Mark Murphy (pienso que uno de los momentos más involdables de la historia del festival); Arturo Sandoval; Kenny Barron Quintet; Stanley Jordan Trio; Charles Lloyd Quartet.... nombres que escribo a vuela pluma, de entre tantos y con los que no era posible dejar de emocionarse, de levitar. 
Para despedir esta XXX edición, los organizadores eligieron, para su cierre, a Myles Sanko, básicamente soul comercial con no pocas influencias de funk, el hip-hop y con derivaciones momentáneas a algunas baladas sureñas. El soul clásico y las sonoridades jazzísticas quedan muy diluidas, por no decir que inexistentes en un estilo de sonido irremediablemente british y Northern Soul e influencias abundantes de Staple Singers e incluso la música disco más ochentera, En definitiva, un artista, desde mi punto de vista de relativo interés y absolutamente desconextualizado del género que caracteriza al festival, pero... al que las mil personas allí presentes siguieron, corearon y bailaron con absoluta entrega todos su temas. Y eso quizás, sea lo más importante, por encima de todo. Que el festival nos siga acompañando cada verano, al menos durante otros treinta años.  

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