sábado, 9 de diciembre de 2017

Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clásicas, muy seleccionadas, en un sofá más que acogedor. La previsión de trabajo durante aquellos días se había desmoronado por completo y el cúmulo de trabajo postergado, inexorablemente, iba seguir su natural crecimiento exponencial. Había que saber parar, de vez en cuando, así como vivir y disfrutar de la maravillosa cotidianeidad del hogar, la familia, las compras y sobre todo de la contemplación y el crepitar de esos leños que ardían y cuyas llamas me desplazaban, consciente o inconscientemente, a territorios oníricos, justo allí donde las fronteras entre lo vivido y lo fantasioso se extinguen, dando paso a los sueños.

Todos los años adquiero, vía una exitosa web de venta entre particulares, algún juguete de los que disfruté en mi infancia. A modo de ejemplo, un fuerte de madera, con sus soldados, indios y pistoleros varios. Un juego de magia muy popular en su época y desde luego mucho antes de Harry Potter. Varios muñecos disfrazados de diferentes temáticas, listos para la acción. Y si no encuentro el juguete que busco, siempre encuentro la colección completa de algún cómic (o tebeo, como se decía antes) característico de aquellos años. Un ritual que no sé si es nostalgia, añoranza o afán de coleccionismo, quizás todo al mismo tiempo. El hecho es que volver a tener entre mis manos algún objeto asociado al ocio que viví y disfruté siendo niño me proporciona momentos de singular placidez, entre cataratas de imágenes que parecen despertarse, adormecidas en la memoria, jaleadas por una sensación cercana a la euforia, que debería caracterizar esa infancia que consigue tener entre sus manos ese objeto de deseo que, al menos en otros tiempos nada lejanos, en el contexto de otra sociedad con una precaria economía en todos los hogares, había que contentarse con mirar y volver a mirar, generalmente con la nariz pegada a algún escaparate o a escasa distancia de aquel kiosco abarrotado de tebeos, juguetes y chucherías, esos paraísos soñados de la infancia.

Durante uno de estos días de puente, contacté con un particular que ofrecía una caja, sin abrir, de las más grandes que se vendían en su tiempo, recopilando hasta cincuenta y cinco juegos de mesa clásicos. Un juguete que fue un referente en todos los hogares, en su tiempo: esos juegos de mesa podían ocupar toda una tarde, incluso fines de semana, entre tableros, cubiletes y dados, al calor del hogar con amigos y familiares y entre meriendas interminables.
De la primera comunicación mediante correo electrónico y dado que este particular residía en la misma provincia, enseguida hablamos por teléfono, convenciéndome que visitara su casa, reconvertida en una especie de juguetería y librería particular, dado que tenía a la venta centenares de juguetes clásicos y tebeos de diferentes épocas. Tentado por la curiosidad, al día siguiente visité a este señor, dispuesto a asombrarme, como así ocurrió. Aquel piso era, en todo los sentidos, un auténtico museo de la historia del juguete, con objetos en estanterías, esparcidos en alfombras o directamente guardados en aquellas innumerables cajas que se amontonaban en todas sus estancias, incluidos los pasillos. Deslizándome con temor, a cada paso, a dar con mi pie en alguno de esos objetos o desmoronar una montaña de ellos, admiré juguetes de hojalata, espléndidamente conservados, trenes eléctricos, el universo entero del western con carretas de madera y lona incluidas, las mil y un caras de los agentes secretos, castillos que se montaban pieza a pieza, cajas de tamaño impensable repletas de tramos para su ensamblaje y disfrute de réplicas de deportivos a toda velocidad... No era menor el volumen de tebeos, prácticamente cualquier editorial y personaje imaginable, estaba a mi disposición, primorosamente preservados en plástico las correspondientes coleccione, en colecciones amontonadas en estanterías infinitas.

Conversando con aquel individuo de edad indefinida y cuyo aspecto afable generaba enseguida confianza, me contó que toda su vida se había dedicado al coleccionismo para su venta. Su familia había sido dueña de una famosa juguetería, una referencia obligada durante décadas, que vino a menos según los hábitos de ocio fueron cambiando. Él fue el único miembro de aquella familia interesado en seguir con la tradición familiar pero desplazando aquella ubicación tradicional, escasamente rentable desde la década de los noventa, al universo digital. Una acertada decisión, según contaba que le había sido muy rentable económicamente. Siempre hay personas dispuestas a vender y personas dispuestas a comprar, es así de sencillo, el secreto consiste en que cualquiera de esas personas te tenga como referente y tampoco somos muchos los que nos dedicamos a esto profesionalmente... me contó, mientras me mostraba aquella caja de juegos reunidos en la que estaba interesado. Viajero incansable, había estado por toda Europa, adquiriendo aquello que estaba a la venta y que pudiera tener interés para futuros compradores. La persona que vende es por mera necesidad, se lo aseguro. Y la que compra, impulsado por la nostalgia. Como usted mismo, supongo
- Debo confesarle que no estoy seguro de por qué lo hago; mi referente son las navidades, exclusivamente. Creo que no es tanto nostalgia como querer revivir, durante unos instantes, aquellos sentimientos de niño, en aquél día tan esperado - confesé. 
- ¿Pero creía usted en los Reyes Magos, realmente? - me preguntó con picardía mi interlocutor. 
- Siempre, se lo aseguro; en mi infancia, todos los niños éramos bastante más ingenuos que ahora - respondí, sin poder apartar los ojos de un espectacular autobús de dos pisos de latón. 
- Sin ingenuidad, es difícil la fantasía. La magia en la infancia es una mezcla de inocencia y deseo. Y la felicidad, colmar esos deseos desde la perspectiva del candor. Cuando dejamos de ser niños, sólo nos quedan los recuerdos de esas sensaciones. Un objeto sin valor emotivo, para un adulto, es un objeto sin encanto. Somos producto de ese resquicio, dentro de nosotros, en la que todavía quedan restos de nuestra memoria sentimental... - el discurso profundo de aquél hombre, me conmovió, en su sensibilidad. Un filósofo de su profesión, que me mostraba un juguete tras otro, según nos desplazábamos por aquella vivienda, que parecía no tener fin.

Seguimos conversando, asombrándome con sus profundos conocimientos técnicos sobre cualquier juguete que reclamaba mi curiosidad. Sabía perfectamente el año de producción, las piezas empleadas, el año en que dejó de fabricarse así como la suerte de la empresa correspondiente. Antes de darme cuenta, ya había anochecido. Pensé que tenía que despedirme de él, cuando volvió a sorprenderme, con un regalo inesperado.
- Como puede observar, es una caja de madera, estilo lapicero, de dos pisos, con una pequeña llave y pintada con vivos colores y grabados que recuerdan a la simbología egipcia. Le pido un favor: espere a estar de nuevo en su casa, tranquilamente, para dar unas cuantas vueltas a la llave. 
No quiso revelarme nada más, dejándome absolutamente intrigado. La caja era exquisita en su ejecución, pero no podía imaginar qué mecanismo podía ponerse en marcha y cómo, dada la aparente rigidez de la misma. Tras aceptar aquel inesperado regalo, que no pude rehusar y despedirnos, inicié mi regreso, sorprendiéndome que lo hacía con anhelo. Ardía en deseos de estar en mi casa, instalarme tal como había prometido y descubrir en qué consistía mi regalo misterioso.

Ya muy entrada la noche, me encontraba frente a un mesa sobre la que descansaba la caja. El interés por los juegos reunidos había quedado completamente desplazado por la intriga creciente que me había causado aquel pequeño misterio.  Por razones incomprensibles, temía dar cuerda a aquél objeto, al que observé desde todos sus ángulos. La descripción realizada por aquél singular vendedor era más que adecuada; incluso en sus dimensiones, aquella caja era muy parecida realmente a un plumier de madera, muy característico en la década de los setenta entre los escolares, de dos pisos, aparentemente completamente sellada. Tras leves intentos de los que desistí enseguida, ante el temor de estropear lo que adivinaba era un mecanismo complejo, desistí de intentar abrirla, dado que aquel objeto, por otra parte, era más pesado de lo que se podría sospechar. Aún más intrigante que aquellos pequeños jeroglíficos, realizados con suma precisión por todas sus caras, me resultó el hecho que al agitar ligeramente el objeto, se dejaba escuchar un sonido metálico apenas audible, como si algo se deslizara imperceptiblemente de un lado a otro. Todo un misterio al alcance de aquella pequeña llave, que temía girar, hasta que al fin, impulsado más por la ardiente curiosidad y venciendo esa sensación de inexplicable temor que me asaltaba, di varias vueltas a la misma.

Muy lentamente, los dos pisos giraron noventa grados, alineándose y mostrando el interior del objeto: hasta tres  cilindros de metal dorado, de escaso diámetro, por los que se deslizaban, ensartadas en los mismas, con ínfimas dimensiones, lo que parecían ser unas gemas de diferentes colores que desaparecían a la vista por un extremo y volvían a aparecer por el otro, mediante el mecanismo que debía estar oculto en la base. Conté hasta cinco en cada una de las varas de metal y comprobé, aunque fuera inexplicable, que tras cada nueva aparición, las gemas se renovaban, tanto en forma como colores, en cada uno de aquellos cilindros dorados. Sucumbí, durante bastante tiempo, a aquella magia deslumbrante y sólo salí de mi aturdimiento cuando fui consciente que el salón se estaba llenando de un humo de color azul que se desprendía de aquella caja mágica, por orificios invisibles a los ojos. Antes de que pudiera reaccionar, toda la estancia estaba completamente cubierta de aquel humo impenetrable a la vista. Aquél color había hecho desaparecer todo lo visible. Intenté desplazarme, torpemente, pero era como si no me moviera, a mi alrededor sólo aquella bruma y ese color casi tangible. Sentía que el pánico me invadía, cuando de repente, una voz surgió desde las profundidades de aquella niebla, una voz que no podía estar ahí, pero que se dirigía a mí, llamándome por ni nombre.

Continuará...

viernes, 8 de diciembre de 2017

El poema de Frost

Limpió la barra con un trapo que había vivido mejores tiempos y cumpliendo con el ritual de todos los días, abrió la puerta del bar, esperanzado con hacer caja y aliviar las deudas que le habían quitado el sueño en los últimos meses. Maldecía el día en que había cedido ante las presiones de su hijo, para hipotecar no sólo el bar, sino su propia casa para aquel crédito millonario que se había esfumado en escaso tiempo, devorado por un negocio ruinoso que sólo había servido para que el banco estuviera a diario instándole a pagar o a ser desahuciado y para que se le rompiera el alma ver a su hijo ingresar en la cárcel. Desde aquél día sabía que el fin se avecinaba, también para él. No había vuelta atrás: su modo de vida se desmoronaba, el negocio que había logrado dar de comer a él y a toda su familia, ya estaba prácticamente en manos de otros.

Recordó, mientras servía el desayuno a un cliente de los habituales, sus comienzos tras la barra del bar. Allí instalado sirviendo el café, la cerveza, las tapas, el anís y el coñac de toda la vida, se sintió en paz consigo mismo, tras una infancia difícil en la que su madre luchó por él y sus hermanos toda su vida, día a día limpiando todo aquello que le ofrecían, desolladas literalmente las manos y las rodillas, pero siempre con una sonrisa amable para con sus hijos. Cocido, lo mejor del mundo, repetía siempre que conseguía ofrecer esa comida a los suyos. Falleció de puro desgaste, no sin antes dejar bien colocados, al menos desde el punto de vista de una mujer que había renunciado a tener vida propia desde que su marido desapareció completamente de su vida, a él y a sus dos hermanos, en trabajos que podían ser ejercidos por personas sin la más mínima cualificación, como era el caso: tanto él como sus hermanos habían dejado los estudios siendo aún niños y toda su vida había transcurrido como aprendices en cualquier negocio que les daba trabajo. Habían crecido en la más pura miseria, con sueldos que apenas eran propinas y sin aprender gran cosa de ninguno de los segmentos profesionales que habían vivido, que fueron muchos. Sólo la perseverancia de aquella madre abnegada y envejecida con apenas veinte años, a base de labrar amistad, logró lo que ellos mismos nunca lograron ni buscaron, unos contratos fijos y un sueldo mensual en diferentes empresas. Uno de sus hermanos, en un negocio de maderas; otro, como aprendiz de una pequeña tienda de electricidad y a él, el más negado de todos, un puesto en un bar que con el paso de los años, sería suyo. El bar que estaba a punto de perder o que ya, de hecho, había perdido.

Aquél bar consiguió transmitirle, desde el primer día, lo más parecido al bienestar personal. Se sentía útil y el trato diario con tantas personas era de su agrado. Su vida, tras la barra, se sucedió durante años, sin que apenas fuera consciente de ello. Un día, el dueño falleció sin que nadie de su familia tuviera interés en seguir al frente del negocio y desde aquél día, gracias a el escaso dinero que tenia ahorrado y la ayuda también de sus hermanos para el traspaso, se sintió completamente realizado. Su vida le pertenecía, fruto de su trabajo, de su esfuerzo personal, fruto de sus propias decisiones sin interferencia de nadie, salvo su mujer, una prima lejana con la que estuvo obligado a casarse tras dejarla embarazada. Una mujer que como su madre, hacía todo lo posible por contribuir a la economía del hogar que habían conseguido montar con abnegado esfuerzo, fuera limpieza, arreglar ropa usada, cuidar niños o incluso ejercer de pinche de cocina: un piso de protección oficial, cuya hipoteca pagaron puntualmente, cada mes. Dichoso autobús, maldito mil veces, susurró entre dientes. El autobús que se llevó por delante la vida de aquella mujer que llegó a amar con el tiempo, cuando el hijo de ambos apenas tenía diez años. 
- ¿Qué tenemos hoy de tapeo? - preguntó uno de los mecánicos del taller de enfrente, un grupo de clientes que nunca le fallaban. 
- De todo: tortilla de patatas, magro con tomate, papas a lo pobres con huevo frito...

La mañana había pasado rápidamente, como era habitual en aquellos días en los que no podía dejar de recordar, de reflexionar. La tristeza había hecho mella en él hasta tal punto que la vida parecía pasar por su lado, apenas rozándole. Simplemente, hacía su trabajo, comía, dormía y se recreaba en recuerdos que pudieran menguar esa desazón que lo devoraba. Una rutina que solo rompía una vez por semana, cuando iba a visitar a su hijo en la prisión, portando la comida que había elaborado con mimo, el día anterior. El rato que estaba con él, volvía a vivir, a sentir sensaciones, emociones. Era ya un hombre adulto, de treinta años, pero él lo seguía viendo con aquellos diez años que fue la edad en la que perdió a su madre y tuvo que recibir como único cariño el de su padre, que se entregó a él cada día. No podía tolerar carencias en su hijo, como las que él mismo había vivido, de ningún tipo, sobre todo afectivas y ejerció de padre y de madre día a día, recreando a la suya propia en todas sus acciones: su hijo creció feliz, finalizó una carrera universitaria, hecho éste que no se cansó de repetir a todos sus clientes y parecía encaminado a una existencia dichosa, cuando consiguió aprobar unas oposiciones. ¿Quién le metería la idea de aquél negocio ruinoso?,  se repetía a sí mismo, cada día. Miró el reloj: la noche había ya transcurrido, con la película en televisión finalizada. Era el momento que más temía, acostarse y no poder conciliar el sueño. No podía alejar de sí mismo la imagen, inexorable, de sí mismo, viviendo en una residencia de tercera categoría, la que pudiera permitirse con el dinero de su jubilación, sin techo propio, deambulando entre otros desgraciados que como él, estaban destinados a morir entre extraños. Le aterrorizaba sólo pensarlo, pero había logrado aminorar el miedo inventando una fantasía en la que veía a su hijo salir algún día de la cárcel y prosperar, convirtiéndose incluso en una persona de prestigio profesional. Una quimera que había construido noche tras noche, en forma de lejana esperanza y que le permitía, no sin dificultad, lograr conciliar el sueño, según transcurrían las horas nocturnas.

Pronto llegó el día en el que el banco cumplió sus amenazas. Ni siquiera los muebles de su casa le pertenecían, ni los enseres de cocina de su bar. Sólo le quedaba para sí los álbumes de fotos, así como su propia ropa. Toda su vida había quedado reducida a una maleta, que transportó hasta esa residencia que había gestionado, confirmando desde la primera visita, sus peores sospechas. Un sitio de aspecto cochambroso, con funcionarios vencidos por la rutina y una habitación que se asemejaba a la de cualquier pensión económica.

Allí transcurrieron los días, los años, en una rutina sin fisuras: desayuno, juegos de mesa, tiempo libre que prácticamente nadie usaba para salir, almuerzo, televisión, cena... Se había ofrecido para ayudar en la cocina, explicando toda su experiencia en el bar, pero fue inútil: él había venido a descansar,  que era la frase que repetían, constantemente, todos los que allí trabajaban. Había logrado, no obstante, hacer amistad, entre muchas de las personas que como él, estaban allí olvidadas por el mundo y aficionarse, obligadamente, a la lectura, para matar las horas, en aquella escasa, incómoda y mal iluminada biblioteca. Cada día, el espejo le devolvía su propia imagen, más que envejecida, destrozada. Todo su rostro se había descolgado, su pelo era apenas un recuerdo y todos los huesos de su cuerpo crujían, al menor de los movimientos. Se sentía cerca del final, que para su sorpresa, transcurría con calma, sin sufrimientos, con una conciencia ajena al desasosiego. Todos los que compartían sus días en aquella residencia se habían contado, muchas veces, la historia de sus vidas y había logrado relativizar la suya propia. Como él mismo, la mayoría apenas tenía visitas de familiares y el dolor que le provocó su hijo, tras salir de la cárcel, que prácticamente nunca fue a visitarle, fue a menos gracias a esa solidaridad compartida, obligada, entre todas aquellas personas de edad cada vez más avanzada.

Jamás había escrito apenas un párrafo, pero aquella inédita afición por la lectura le llevó de una manera natural a escribir un diario. Se lo regaló, unas navidades, un hombre culto cuya vida había transcurrido entre avatares aún más desgraciados que los suyos. Escribir te ayudará, pero hazlo siempre con juicio, dejando atrás la ira, le dijo éste, aquel día de navidad. Y eso hizo: convertir aquel dietario en su propia voz, que contuvo siempre para que fuera reflejo de sí mismo, no así de su simple estado de ánimo. Escribió cada noche, antes de dormir, al menos una página y a ese dietario le siguieron otros dos. Todos ellos los recibió su hijo, cuando le comunicaron el fallecimiento de su padre, por causas naturales. Había expirando en pleno sueño nocturno.

El destino del hijo de aquél sencillo hombre, contra todo pronostico, había transcurrido de forma afortunada, según transcurrieron los años. Había dejado atrás la fausta experiencia de la cárcel y se había situado, esta vez con fortuna, en el negocio de las inmobiliarias, rehaciendo por completo su vida tras casarse con una compañera de trabajo. Aquella fantasía que había alimentado su padre, para lograr conciliar el sueño entre tanto infortunio, se había materializado: su hijo era realmente una persona bien considerada en el sector de su profesión. Un hijo entregado a su trabajo, a su propia familia, huyendo hacia adelante de su pasado y que nunca tuvo tiempo para su padre, que había fallecido sin apenas saber nada de su nueva vida, quizá porque formaba parte, precisamente, de ese pasado que no quería volver a recordar. Decidió, consciente o inconscientemente, romper con todos los recuerdos, volver a empezar para poder volver a vivir.

Aquella noche, de vuelta a casa tras el entierro, al que sólo acudieron él y su mujer, comenzó a leer los diarios de su padre. La sorpresa inicial se transformó en rendida admiración, sin dejar de dar crédito a lo bien que escribía su padre, una persona prácticamente analfabeta, así como a la profundidad de sus reflexiones, una lección de vida que se desprendía de cada una de aquellas páginas en las que volvió a vivir su infancia, volvió a sentir a su madre junto a él y a recordar tantos y tantos días de su propia vida, entre recuerdos que se volvían intensos y emocionantes. Comprendió que había cometido el mayor error de su vida, al desprenderse de todos ellos y sobre todo de su propio padre, al que ahora anhelaba profundamente, pero que le volvía a hablar, desde aquellos párrafos que leía y releía con fruición. Amanecía cuando su mirada recorrió cada palabra de las últimas escritas por su padre, horas antes de fallecer. Había copiado un poema de Frost:

"La naturaleza verde es como el oro, es difícil retener su color. Su primer brote es una flor, pero solo dura un instante, luego una hoja sustituye a otra y el edén se torna melancólico. Así le ocurre al amanecer. El oro no permanece". Creo que significa que eres oro cuando eres niño como la hierba. Cuando eres niño todo es nuevo como el amanecer. Lo mismo ocurre con la puesta de sol, es oro siempre que nos paremos a mirar, que nos detengamos para contemplar que el mundo está lleno de cosas buenas. Debemos evitar que el edén de nuestras vidas se marchite, basta con detenernos, mirar a nuestro alrededor y sentir que nosotros también somos, si queremos, oro reluciente. No importan los infortunios, sólo cuenta lo bien que logremos sentirnos, cada día de nuestras vidas... 


martes, 5 de diciembre de 2017

Godot


Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?
Estragon: Sí, vámonos.
No se mueven. 

Vladimir: Si no nos movemos, no podremos irnos. 
Estragon: Es lógico.
Vladimir: ¿Nos movemos?
Estragón: No estoy seguro, he acabado sintiéndome a gusto aquí sentado. Déjame pensar.
Se quedan inmóviles.

Vladimir: ¡Qué! ¿Nos movemos? ¿Nos vamos? 
Estragón: Podemos movernos, sin necesidad de irnos
Vladimir: ¿Si no nos vamos, para qué queremos movernos?
Estragón: Puede ser divertido. Probemos: nos levantamos, hacemos palmas y volvemos a sentarnos. 
Vladimir: Vamos a probar. A la de tres: uno, dos y tres.
Se levantan, tocan palmas simultáneamente y se vuelven a sentar.Se miran fijamente, en silencio.

Estragón: ¿Qué decías? Vayámonos, ahora.
Vladimir: Me has despertado, dormía plácidamente. He soñado con una ciudad en la que todos sus habitantes acordaban dar un zapatazo contra el suelo, el mismo día, a la misma hora.
Estragón:  Eso me recuerda que hace semanas que no me corto las uñas de los pies (se descalza)
Vladimir: Me estoy preguntando: ¿Acaso duermo en este instante? Mañana, cuando crea despertar, ¿qué diré acerca de este día? Por cierto, tus pies huelen horriblemente. 
Estragón: Recordarías el olor de mis pies y este único árbol, en el que no se posa ningún pájaro.
Vladimir: Sin embargo, cabe la posibilidad de no estar equivocado. Todo esto es un sueño, nada existe. 
Estragón: Si así fuera, ¿qué hacemos esperando a que venga alguien que no existe? 
Vladimir: Porque quizás venga, a pesar de todo. ¿Nos vamos? 
Estragón: Si, vámonos. Pero si viene, no nos encontrará. 
Vladimir: Entonces, debemos seguir esperando, por si acaso viene.
Se quedan en silencio. Irrumpe un muchacho. 

Muchacho: Soy otro muchacho, distinto a los que ustedes han conocido en otras ocasiones. Vengo a anunciarles que Godot aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde.
Estragón: Oye, muchacho, ¿ha sido Godot en persona quien te lo ha dicho?
Muchacho: Es algo que no podría inventarme. Demasiada responsabilidad y aún soy un niño. 
Vladimir: Está bien, esperaremos a mañana
El muchacho desaparece. Vladimir y Estragón miran al vacío y acaban mirándose entre sí.

Estragón: ¿Y si el muchacho miente? A mí no me parece ningún niño.
Vladimir: Más bien parecía un adulto que quiere seguir siendo un niño
Estragón: ¿Cuántos años tienes Vladimir?
Vladimir: Nací en el 52. Muchos
Estragón: Los mismos que yo. Y desde luego, no me siento niño. Aunque tampoco un anciano.
Vladimir: Ojalá recordara mi infancia. Supongo que fue feliz. O quizás no, cuando eres un niño, no eres capaz de distinguir entre felicidad e infelicidad. 
Estragón: ¿Es capaz de hacerlo un adulto? 
Vladimir: Claro que sí. Prueba a ello: ¿eres feliz o infeliz? 
Estragón: Feliz no sé; infeliz no sé; pero me gustaría estar enamorado, eso sin duda.
Vladimir: A mi no, demasiada responsabilidad. Preferiría ser artista de circo.
Estragón:  Puestos a elegir, sería artista callejero. Siempre me he preguntado cómo es posible tragarse un sable.  
Aparece Lucky, dando saltos.

Lucky: Os vengo a anunciar que ya no soy un esclavo. He dejado a Pozzo.
Vladimir: Incluso hablas. ¿Cuándo recuperaste la voz? 
Lucky: Ocurrió justo en el momento que me puse a correr y dejé atrás al cruel Pozzo. 
Estragón: Eso merece un aplauso. No todos los días hay un Pozzo al que despistar. 
Los dos aplauden a Lucky, que hace una reverencia y se sienta en el suelo, entre ambos. 

Vladimir: ¿Vas a esperar tú también a Godot?
Lucky: ¿Por qué no? No tengo nada mejor que hacer
Estragón: Si vas a esperar junto a nosotros, cuéntanos qué tal el mundo, para entretenernos. 
Lucky: No hay mucho que contar. Sigue igual que siempre. Unos mandan, otros obedecen y los días pasan. 
Vladimir: Ah, como nos aferramos a las tradiciones. 
Estragón: Tradición es mi sombrero hongo y también el tuyo.
Lucky: Yo no tengo sombrero. Me temo que no podremos hacer el famoso número. ¿Sabéis que ya nadie lleva sombrero, salvo las mujeres en ocasiones muy especiales?
Vladimir:  Lo sabía, lo sabía
Estragón: ¿Qué es lo que sabías? 
Vladimir: Sabía que algo iba a ocurrir. O al menos, deseaba que algo ocurriera. 
Estragón: Ah, te comprendo. ¿Quién no tiene deseos, de vez en cuando? 
Lucky: Yo aprendí a vivir sin deseos; pero en cuanto tuve la oportunidad de tener uno, me puse a correr. Me pregunto qué vida habría tenido, caso de haber corrido mucho antes. 
Vladimir: No me gusta correr. Me gusta estar aquí, sentado. Es cómodo.
Estragón: Se me ocurre un juego mientras esperamos. ¿Seremos capaces de sincronizarnos y decir todos, al mismo tiempo, una palabra o una frase? 
Vladimir: ¿Qué palabra, qué frase?
Lucky: Se me ocurre una. Vamos a probar los tres, repetid conmigo: Moses supposes his toeses are roses
Estragón: Moses supposes his toeses are roses. Ya lo tengo.
Vladimir: Moses supposes his toeses are roses. Yo también.
Lucky: Muy bien. Ahora, los tres a la vez.
Los tres repiten la frase simultáneamente. Lo vuelven a hacer. De nuevo, levantándose y bailando. Finalizan, enmudecen y se vuelven a sentar. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Aprendices de brujo

Los aprendices se reúnen alrededor del brujo y se invocan a ellos mismos. En definitiva, se trata de hacer y deshacer sin más contemplaciones que el propio interés personal. Ellos no se rigen como el común de los mortales, sometidos a las Leyes. Para los aprendices no hay reglas, no hay normas y si las hubiera, basta con ser omitidas,  rechazadas o pospuestas, en última instancia, basta con no aplicarlas.
Lejos de la imaginería usual no hay sotanas ni sombreros en forma de cucurucho. Ni siquiera la música de Paul Dukas. En su lugar, trajes, corbatas y despachos con aire acondicionado, como único sonido de telón de fondo a las conjuras propias de aquellos que un día decidieron que las decisiones estaban en sus manos: cosas del poder, en definitiva. En cualquiera de estos escenarios, el brujo hace un ademán y descansa los codos en la mesa, gesto que es automáticamente imitado por el resto de aprendices. Baja ligeramente la cabeza y todos hacen lo propio. Habla y el silencio es sepulcral: su voz inspira, su voz es el summum de ese conocimiento al que todos aspiran y por otra parte son aprendices gracias a que el brujo así lo decidió. Bastaría su dedo índice para precipitarse al triste mundo donde el poder deja de existir y cualquiera de ellos daría las dos orejas para que eso no ocurriese.  Un peligro acecha: al fin y al cabo para jugar a aprendices hay que saber esquivar los riesgos que conllevan las acciones de los que se resisten a ser aprendices, esos descerebrados que invocan a la ética personal y a la profesionalidad. Constituyen el elemento más molesto de todas las molestias concebibles y desde luego, desde la mentalidad de los aprendices, el más incomprensible: ¿por qué, si es tan sencillo hacer y deshacer, pueden concebirse personas que pongan objeciones, basándose en absurdos criterios de conciencia profesional?, se preguntan los aprendices. El problema, alega uno de ellos, con aún más ganas de destacar que el resto, es que el sistema permita, lamentable error, que junto a ellos, los elegidos, puedan coexistir ésos otros que vienen a estropearlo todo, con su dichosa profesionalidad a cuestas. Por otra parte, acierta a decir otro de los aprendices, nunca he comprendido absolutamente nada cuando hablan de deontología, ¿qué es eso?, pregunta con una expresión en su rostro que refleja no sólo ignorancia, sino además un concentrado de ira, cólera y furor asesino que ha vuelto completamente rojas sus orejas.
- Bueno, bueno, no es tan grave... - clama el brujo, preocupado por los suyos - ... basta con bloquear, obstaculizar todas sus acciones, marginándolos por supuesto. O están con nosotros o están contra nosotros. La mayoría, afortunadamente, son personas inteligentes, que comprenden enseguida que una organización sobrevive gracias a que todos sus miembros acatan las reglas de la misma. Sus reglas, no otras. Y para esa escasa minoría que no quiere entender, que se resiste a comprender que esas reglas son áureas, indiscutibles y axiomáticas, simplemente os digo que la condenaremos a la más absoluta inanición... - El líder recibe una salva de aplausos y sonríe satisfecho, al comprobar la sonrisa de felicidad en el rostro de sus brujos: son como niños, piensa. Sin embargo, algo le preocupa. Sabe que no existen héroes, salvo en el imaginario popular; que cualquier persona tiene, simplemente, un precio. Y sin embargo, por increíble que pueda parecer ha podido intuir no sólo francas resistencias, en alguna de esas personas indeseables que se resisten a engrosar las filas de los aprendices de brujo. Además, esas personas, por más que pase el tiempo, por más que se arremeta contra ellos, siguen permaneciendo fieles a sus malditos principios, independientes  e impermeables a las reglas de la organización.
El brujo despide a sus aprendices y se queda en la soledad de la gran estancia, ante una mesa de grandes proporciones. Por unos instantes, ha sentido un temor desconocido. Un miedo subliminal que por unos segundos le ha sumido en hondas preocupaciones. Ha pensado que quizás, sólo quizás, ésos pocos que no quieren formar parte de la organización quizás puedan ser más en el futuro. ¿Pero tantos como para hacer peligrar unos cimientos construidos durante décadas, a base de perseverancia y un aprendizaje constante que incluye el paso de la oca? No, no es posible, se repite a sí mismo. La organización seguirá, somos ese  perpetuum mobile, inherente al poder. Y el poder seguirá siempre en nuestras manos: los aprendices de brujo somos muchos y aún son más los que desearían serlo. El brujo mira por la ventana, se relaja por completo y contempla el paisaje del mejor de los futuros. Pero la suerte hoy no está con él: identifica, a lo lejos, a uno de esos escasos y odiosos héroes, que maleta en mano, camina con paso seguro por la calle, imperturbable a coacciones, marginaciones e incluso insultos. La sonrisa que había esbozado, desaparece y de nuevo, una sombra de preocupación, se apodera de él...


martes, 28 de noviembre de 2017

Llegar

El hombre siente que "está llegando". La mujer, a su lado, tiene una expresión que se traduce como "llegar... ¿era esto?". Fuera como fuese, ambos están obligados a seguir el protocolo, allí donde quiera que hayan llegado. Sonríen, de oreja a oreja, al fin y al cabo para eso están allí, mientras contribuyen a hacer bulto alrededor de ese Mesías que micrófono en mano promete y arremete, en monótona cadencia verbal, con estudiados crescendos que deben aplaudirse y vitorearse para que el discurso vuelva a empezar de nuevo. El hombre saca pecho, sonríe aún mas si ello es posible y empuja con delicadeza a los que junto a él, forman la masa humana que aparecerá en televisión, arropando al líder. El sueño del hombre es, por supuesto, una instantánea en los medios de comunicacion, con suerte un primer plano en que se muestre, además de sonriente, interesante e inteligente. Aguantando la sonrisa, intenta elevar las cejas, para parecer interesante y a continuación se pregunta qué hacer para mostrarse, además inteligente: instintivamente, cierra ligeramente el ojo izquierdo y petrifica, de tal guisa, el rostro, evitando la mirada de incomprensión de la mujer, que alterna los aplausos con las aclamaciones reprimiendo un bostezo. La suerte hay que buscarla, piensa el hombre, impotente para dibujar en el desencajado rostro un nuevo matiz de heroicidad, empujando con delicadeza a la mujer y a todos los que se interfieren en su camino para llegar junto al líder, justo allí donde la fotografía de su vida le espera. Aplaude y empuja, arremete y logra unirse, sin desdibujar la sonrisa, al clamor milimétrico de la multitud cada vez que el líder acentúa la inflexión de su potente voz, hasta desgañitarse. El sudor recorre el rostro del hombre, pero erre que erre, rostro desencajado, avanza lentamente hasta llegar a su meta, allí donde las cámaras de televisión, los fotógrafos, hacen su trabajo. Aquí me quedo, piensa el hombre, mientras sueña despierto: un alto cargo, faltaría más; coche con chofer a su disposición; un sueldo elevado que ya se encargaría él de elevar a millonario. Pero el sueño se desvanece justo cuando la lluvia comienza a arreciar: el discurso finaliza, abruptamente, la masa humana, junto al líder, se dispersa y lo peor de todo es que es incapaz de volver a poner en orden su descompuesto rostro. La sonrisa pugna por seguir allí, las cejas y el ojo izquierdo han decidido no alterar esa composición imposible. Mira alrededor, buscando ayuda, pero la mujer también ha desaparecido. El hombre corre en cualquier dirección, bajo la lluvia, que comienza a menguar y llega hasta una plaza en la que otro mitin comienza a desarrollarse. Ya puestos, piensa: comienza de nuevo a empujar a su alrededor, mientras pletórico, vuelve a sentir que está llegando.  


sábado, 25 de noviembre de 2017

Preferiría no hacerlo

Bartleby me miró sin verme. Su mirada perdida navegaba, quizás, entre funestos recuerdos de vivencias nunca superadas, por brumas amargas de retazos de vida en forma de puñaladas, entre mares de profundas tristezas. Su única frase conocida, la única que acertaba a pronunciar, junto a esa mirada que conmovía, definían al más infeliz de los hombres, que tras su mesa de despacho, imperturbable, parecía extinguirse a ojos vista, en la más absoluta inmovilidad, inmerso en sí mismo, indescifrable a la razón si bien sus sentimientos se volvían omnipresentes en aquella estancia sumida en la penumbra, en mezcla de aciagas sensaciones e infaustas sensibilidades al servicio de la más profunda de las aflicciones.
Recuerdo mi primer encuentro con Bartleby, en un día de almuerzo familiar, en el campo. Tras la paella cocinada con leña, el café al atardecer y todo esos maravillosos tiempos muertos entre paseos, recolección de flores silvestres e improvisadas escaladas a los árboles, el atardecer se caracterizaba, en aquellos domingos, por un rato de lectura coincidiendo con el día tocando a su fin. La lectura del libro de Melville, elegido para la ocasión, constituyó una de las mayores experiencias de inmersión literaria que recuerdo. Yo estaba allí, junto al infeliz escribiente, contemplando su tragedia, compartiendo la perplejidad del narrador ante aquel indescifrable personaje y viviendo, junto a él, la tragedia de un hombre que un día prefirió no hacer nada, absolutamente nada, salvo quizás dejarse extinguir por la más absoluta inanición. La tristeza me invadió, profundamente, aquella tarde de domingo y la imagen propia que creé de aquél, el más desdichado de los hombres, me acompañó siempre, como símbolo del desconsuelo humano, si bien evité volver a leer posteriormente el magistral relato, en un intento inútil de dejar atrás tan vivos recuerdos surgidos de mi propia imaginación. Hasta hoy, que una nueva edición cayó en mis manos y la tentación superó mi débil voluntad. De nuevo, ante mi, Bartleby había aparecido, con sus ojos vidriosos y apagados, prefiriendo fallecer junto a reyes y consejeros, víctima quizás de la lectura de tantas y tantas cartas que jamás llegaron a su destino, portando esperanzas para aquellos que probablemente murieron antes de poder recibirlas, de sentirlas. 
Triste humanidad, capaz de volver aún más tristes a los hombres, devorándolos hasta el fin.

jueves, 23 de noviembre de 2017

A la sombra de Bukowski

El empleo era aún peor de lo que me imaginaba. Una estación de gasolina olvidada por el mundo y solo frecuentada por taxistas, prostitutas y algún conductor despistado. A diferencia de otras gasolineras, sus puertas estaban abiertas, a cualquier hora de la noche, para inspirar confianza entre la clientela, según singulares teorías del dueño de aquel antro, un anciano desvencijado cuya vida había transcurrido entre aquellas cuatro paredes, como un pez en una pecera. Mi trabajo consistía en recibir al cliente, llenar el depósito de su coche y cobrarle el importe en el interior de la tienda, animándole a consumir bollería industrial, refrescos, lotería e incluso charcutería. Cada noche de cada semana, a cambio de un sueldo miserable pero que en mi precaria situación económica, ese dinero se me antojaba una auténtica fortuna.
La primera noche me pareció eterna. Las horas parecían no transcurrir en un escenario desolado, por la ausencia absoluta de clientes. En efecto, aparecía algún taxista de manera ocasional, pero nada más. La zona de polígonos industriales cercana rebosaba de prostitutas pero ninguna hacía acto de presencia. Un negocio ruinoso: habían pasado cuatro horas y sólo habían repostado dos clientes. Tuve que vencer las tentaciones continuas de cerrar y ponerme a dormir y quizás lo hubiera hecho si no hubiera aparecido, de repente, en el umbral de la puerta, una de las furcias que me miraba fijamente. 
- ¿Puedo entrar? - preguntó. Observé la escasa ropa que llevaba y por lo demás, su lamentable aspecto físico. ¿Qué clase de hombre podría buscar sexo en una mujer como ella? 
- ¿Por qué no podrías hacerlo? - respondí, intentando mostrarme amable con ella. Al fin y al cabo, ambos éramos despojos. 
- El anterior empleado nos prohibió la entrada; decía que no quería sida en los lavabos... - me confesó, mientras se acercaba a mí. Visitó los lavabos, compró una lata de cerveza que consumió allí mismo sin dejar de hablarme de sus clientes, sus servicios y su independencia - Los chulos son para las más idiotas; para vender mi cuerpo, me basto y me sobro... 
Al día siguiente, ella volvió, acompañada de más mujeres que como ella, buscaban los lavabos, bebida fresca y sobre todo un descanso de la calle. Hablaban entre sí, se contaban sus penurias y sobre todo bromeaban con el penoso anecdotario a costa de clientes que rehuían mirarlas a los ojos. Entre ellas destacaba Lucy, una chica joven, de Senegal, que era como el alma de aquel grupo que fue en aumento, según transcurrieron los días. Lucy tenía liderazgo, personalidad y un cuerpo que exprimía, cada noche: necesitaba dinero, mucho dinero. 
- Quiero volver con los míos, cuanto antes; pero quiero hacerlo con dinero. Montaré un buen negocio, me casaré y tendré una vida normal, con niños - contaba cada noche al resto de mujeres. Un sueño compartido por todas, una quimera para la mayoría, desgastadas por un trabajo del que nunca podrían escapar. 
En un cajón disponía de un revolver, listo para usarse pero con la prohibición expresa de usarlo. Sólo podía exhibirlo en caso de peligro, nada más. El dueño no disponía de licencia y yo aún menos: un arma persuasiva, para situaciones extremas, que se habían dado en el pasado. Lucy acostumbraba a beberse su cerveza descansando su espalda sobre un expositor que estaba justo al lado de la puerta, mostrando, quizás exhibiendo su perfil, enmarcado en un voluptuoso cuerpo del que gustaba hablar continuamente. Dinero invertido en tetas y culo, explicaba, entre risas. Una noche tuve una visión y le cedí la pistola, a condición que posara en su sitio habitual y que pusiera imaginación al hecho de portar un arma cargada. No andaba equivocado: Lucy se convirtió, con sus posados, en una letal presencia, tan sexual como mortal, una fascinante mezcla que en su rol de mantis religiosa, no tenia rival. 
Cada noche venía buscando la pistola y cada noche representaba su papel, para jolgorio de sus compañeras. Los escasos clientes que venían a repostar no salían de su incredulidad, la gasolinera parecía regentada por prostitutas y Lucy era la líder absoluta de aquél tinglado imposible del que escapan  a toda prisa. 
Una noche, el dueño y un fornido taxista se presentaron en el local, justo en medio de la fiesta habitual. El anciano me dijo de todo y me despidió, mientras el taxista la emprendió a patadas con las chicas, que huyeron despavoridas, entre ellas Lucy, con la pistola y maldiciendo. 
Me fui a mi casa: el enésimo empleo perdido; dormí profundamente y al despertar, me obsequié con un desayuno copioso, mientras escuchaba la radio. Una estación de gasolina había ardido durante la noche. No constaban  víctimas, se habían escuchado disparos y era posible que los mismos dieran origen al fuego. Recordé a Lucy, el umbral de la puerta, dibujando su figura en el contraluz de la noche, enfrentándose sola al mundo y a los hombres, cada día. 





Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clá...