sábado, 16 de septiembre de 2017

Aprendamos a convivir


"Será necesario, sobre todo, recordar a los padres y a los maestros que un educador que no siente gusto por su trabajo es un esclavo de su medio de sustento y que un esclavo no podría preparar hombres libres y audaces; que no podréis preparar a vuestro alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños si vosotros ya no creéis en estos sueños; que no podréis prepararlos para la vida si no creéis en ella; que no podríais mostrar el camino si os habéis sentado, cansado y desalentados en la encrucijada de los caminos", Freinet, Una pedagogía moderna de sentido común. Los dichos de Mateo, primera edición en francés, 1959.

Es el problema de los grandes ideales: que se antojan, con frecuencia, como meros tópicos. Parece indudable que todos deseamos vivir en la más ejemplar de las sociedades, justo aquella cuyos miembros representan por sí mismos la quintaesencia de la convivencia democrática en un marco de relaciones regidas por unos principios éticos que sean reflejo de una civilización moderna en la que el equilibrio de derechos y deberes, tras siglos de ensayo y error, nos permita a diario convivir en el marco de un conciencia global de respeto mutuo. Sólo es posible vivir aprendiendo de los demás, pero para que ello sea posible,  no dejemos de cultivar, a diario, la tolerancia, reflexionaba Walt Whitman. Anhelos y sentido común, en la voz del poeta. Difícilmente es concebible una persona que discrepara al respecto y cabría preguntarse, en consecuencia,  qué impide que estos deseos comunes, universales, sean una realidad y no una simple proyección colectiva del imaginario popular, universo al que se relegan tantos sueños imposibles.
Quizás el problema, paradójicamente, seamos nosotros mismos; nuestra propia esencia humana que nos convence a todos/as de que esa sensación que nos acompaña de forma cotidiana y que se traduce en que tengamos la mejor de las opiniones sobre nuestra propia forma de ser y comportarnos en sociedad, invariablemente muy superior al resto de personas. En la celebrada escena final de La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles, una metafórica sala de espejos devuelve imágenes de sus protagonistas, distorsionadas o no, reflejo de la ambivalencia humana: todos tienen sus razones, sus deseos y luchan, pistola en mano, por la consecución de los mismos; no hay personajes eminentemente buenos, aún menos malos de manual, ni fines, en apariencia, moralmente superiores a otros. En tal tesitura, la destrucción mutua parecería inevitable, en un mundo, como el nuestro, que en pleno siglo XXI ha acabado por socializar la violencia como algo inherente al comportamiento humano. Triste cotidianeidad en la que antes de escuchar las razones del otro, procuramos interrumpirlo con gritos. El reto no es otro que aprender a convivir, uno de los desafíos permanentes de la especie humana que una comisión de la Unesco, presidida por Jacques Delors plasmó en el esencial libro La educación encierra un tesoro en el año 1996.
Las ciencias experimentales como la sociología y la psicología han estudiado en profundidad la complejidad de los grupos humanos en el contexto de las organizaciones. Fuera de las mismas, basta invocar el infausto recuerdo del  Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, con 32 personas pisoteadas, literalmente, por una masa humana descontrolada. Y dentro de dichas organizaciones, bastaría, en muchos casos, con vivirlas día a día para experimentar como se materializa la peor esencia humana a las órdenes del narcicismo, la envidia, el mero orgullo o la sangre, no tanto la herida: las frustraciones, en definitiva, que nos hacen rechazar, odiar visceralmente a nuestro/a compañero/a. Y si ese odio particular no basta, que el mismo se generalice al resto de miembros de la organización, utilizando generalmente las más burdas estrategias a nuestro alcance, vía las peores manifestaciones de civismo imaginables, incluyendo el voceo y la difamación constante incluida. Y si la organización debe caer, para ver cumplidos nuestro afán de destrucción, que caiga a su vez.
No hemos dejado, desde nuestros ancestros, a lo largo de la historia de la humanidad, de destruirnos recíprocamente. Si nuestros orígenes estaban marcados por la mera supervivencia, cabe concluir que, probablemente, el falso orgullo ha venido a sustituir las necesidades básicas de antaño, para dejar rienda suelta a un odio cotidiano que se enciende en nuestro interior de forma súbita, en cualquier momento, en cualquier situación. Nos convertimos en guiñoles movidos por los hilos de la ira, el rencor, las frustraciones.
La convivencia debería ser ese fascinante ejercicio existencial que proponga una reflexión sobre el los derechos humanos y la situación del ciudadano en una sociedad que se ha construido con herramientas democráticas. Negar la convivencia significaría rebelarnos contra ella y convertir los lugares donde vivimos, donde trabajamos, en organizaciones decadentes y en el peor de los casos sin esperanza. Debemos aprender a dar sentido a nuestras vidas por nosotros mismos, utilizando nuestra propia sensibilidad, en un esfuerzo diario que debería hacernos sentir plenos, pues seríamos finalmente el resultado de nosotros mismos. Si los problemas emocionales, por el contrario, condicionan nuestra existencia, estaremos a un paso de una profunda desesperación  y de ese status de Orlando, furioso que parece caracterizar a todas las sociedades modernas, como símbolo de lo más nefasto de la naturaleza humana.
Aprendamos a convivir: es un reto urgente, imprescindible, quizás el mayor de los retos sociales y educativos. Y aprendamos a transmitir a las nuevas generaciones, al menos, que si nosotros no lo hemos logrado, ellos sí podrán hacerlo, en un mundo mejor que el actual; ese mundo en el que mirándonos a los ojos, seamos capaces de ser, simplemente, mejores personas, para con los demás pero también para con nosotros mismos. 




lunes, 4 de septiembre de 2017

Héroes de lo cotidiano

La ciudad comienza a llenarse de personas y los rituales sumergen de ese asfalto que cede en temperatura, adormecido aún por un tiempo estival que se resiste a desaparecer del todo. Entre acordes y notas invisibles, el ritmo de la calle renace, contagiando o quizás obligando, a la vitalidad a todos los transeúntes, forzados bailarines del marcado compás de la vida misma. Quizás un ballet, adecuadamente ejecutado, a base de ensayos diarios y cronómetro: abrir los ojos, ducha, desayuno y esa puerta que se abre, deslumbrando una mañana que se sueña heroica mientras se torna inevitablemente monótona, sin dejar de anhelar una épica que se abra paso entre los pliegues de un tiempo que parece reciclarse en acciones, personas, palabras y gestos. Un feroz guerrero que corre para tomar el autobús a tiempo; una princesa amazona que antes de portar su arco y flechas, prepara el almuerzo para su familia; un coloso cuyos puños de acero se depositan en las estanterías de material escolar; un poeta legendario que anda por la calle, con un maletín y la cabeza repleta de Leyes e informes; un sensible y enamoradizo juglar, que llave inglesa en mano, sueña con melodías en su laúd. "Ah, mi señora, en territorios recónditos he buscado al unicornio, en tierras inhóspitas me enfrenté a todos los elementos que se interponían en mi camino y el del Santo Grial y al fín, mi camino me llevó hasta tu regazo", acierta a confesar el anciano a la anciana, que lo mira con dulzura; "No es la batalla, ni la victoria, es el valor ante fieros y templados enemigos, el fragor de las armas, el sonido de mi espada", piensa el estudiante, que cuenta con preocupación las monedas que tiene en el bolsillo; "Vuestra cinta lucirá en mi brazo y exhibirá ante el fiero enemigo toda vuestra belleza que yo transformaré, lanza en mano, en un huracán invencible de conquistas", sueña el conductor del autobús; "Recorreré el mundo, describiré con mi pincel aquella naturaleza que me enamore, escucharé el sonido del viento entre las hojas, pisaré con mis pies descalzos los mares de hierba", recita la cajera del supermercado. El día 1 de septiembre, mientras mis pasos se acercaban a mi lugar de trabajo, noté el peso de la armadura bañada en oro. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Interstellar, de Christopher Nolan


Interstellar, dirigida por Christopher Nolan y estrenada en 2014 es una obra maestra de su género cinematográfico, una ciencia ficción que no alcanzaba estas cotas desde la famosa película de Kubrick, 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odysse, 1968), innegable modelo de Nolan y del científico Kip Thorne, asesor científico y productor ejecutivo de la película, una las voces más destacadas en el campo de la física gravitacional y la astrofísica, junto a Stephen Hawking y el añorado Carl Sagan. Nolan propone un viaje emocional a los espectadores, en el fastuoso marco temático y visual de una epopeya espacial que deslumbra en la pantalla, desbordando sentimientos a través de la historia de nuestro mundo moribundo, la necesidad de buscar otras alternativas de vida fuera de él y sobre todo de un padre que debe luchar contra los elementos, pero sobre todo con el tiempo para reencontrarse con su hija, tiempos distintos para ambos: la teoría general de la relatividad, la teoría de la gravedad de Einstein, explica la dilatación del tiempo gravitatorio; conforme la intensidad del campo gravitatorio crece, el tiempo corre más lento. Cooper, el protagonista (Matthew McConaughey) debe recorrer, a través de un agujero de gusano que conecta nuestra galaxia con otra, un sistema planetario con siete planetas en órbita alrededor de dicho agujero negro. Y debe hacerlo sorteando toda suerte de peligros, incertidumbres y serias amenazas que se vuelven contra lo que más teme: que cada hora que transcurren en su propio espacio tiempo, la alejen definitivamente del reencuentro que prometió a su hija (Jessica Chastain): cada hora de vida del protagonista en el espacio significan siete años de vida en la tierra.  Una de las escenas más celebradas de la película explica con nitidez esta cuestión: Cooper y Amelia, otra científica (Anne Hathaway) bajan a uno de los planetas (que se comprobará que es inhabitable) que deben explorar; todos ellos están sometidos a una distorsión espacio-temporal inmensa, mientras que otro de los astronautas, que se queda esperando en el satélite en el que viajan, está suficientemente lejos para no notarla. El tiempo para Cooper y Amelia pasa extremadamente despacio comparado con el del tercer astronauta: cuando se reencuentran, este último ha envejecido varios años. La ciencia, al servicio de un magnífico drama en el que brilla el característico pulso narrativo de Nolan y la recreación, por primera vez en la pantalla, de un agujero de gusano que permite un atajo en esa distancia física, temporal y emocional que debe recorrer Cooper para cumplir su promesa. Nolan propone toda una experiencia estética al servicio de las emociones y un final mesiánico en el que el pasado y el presente se funden entre los pliegues y las estanterías de un cubo tetradimensional que permitirá, gracias a CASE (un muy celebrado, desde ámbitos científicos, diseño de robot), dar una respuesta a la supervivencia de la especie humana para su inevitable éxodo a otros mundos. Ciencia, ciencia ficción y sobre todo humanismo para una película imprescindible.  


domingo, 20 de agosto de 2017

El terror y lo cotidiano


El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terrorista en Barcelona. Lo cotidiano: ha pasado muy poco tiempo, apenas horas del mismo, pero, tal como me comenta un conocido que vive allí, nadie podría adivinar, si ignorara el hecho, que en efecto, el terrible suceso transcurrió en las Ramblas, de nuevo repleta de miles de turistas que pasean tranquilamente por sus calles e innumerables comercios. Simplemente, no queda el menor rastro en las calles de Barcelona, salvo en los medios de comunicación, del atentado. La vida sigue, es una frase que me ha parecido escuchar, de manera reiterada, estos días, por parte de los propios habitantes de Barcelona en los numerosos reportajes de televisión. La mayoría de los comercios estaban de nuevo abiertos, al día siguiente del atentado; el turismo apenas se ha resentido (se calcula apenas un 1% de cancelaciones) y ...  la vida sigue. Es lo que ha debido pensar la clase política en Cataluña: en la lista de fallecidos, se diferencia a catalanes de españoles. Una formación política se niega a suscribir el pacto antiterrorista, dado que se coartan libertades (sic) y otra formación, a su vez, se niega a secundar la manifestación de repulsa al terrorismo convocada por el Ayuntamiento de Barcelona si el Rey de España acude a la misma, dado que, según siempre dicha formación, el Rey contribuye a financiar el terrorismo (sic). No hay dudas: la vida sigue, después de escuchar mensajes de paz, solidaridad, convivencia y de Cataluña somos todos. El triunfo de lo cotidiano, cabría aventurar. Pero antes que dicha cotidianeidad se imponga de un modo absoluto, intentamos no olvidar a las víctimas del terror: personas de todas las edades, incluso niños/as, que un día cualquiera estival, paseaban tranquilamente por una ciudad en la que dejaron sus vidas de la forma más trágica; una ciudad que desde ciertos sectores de la misma, parecen tener prisa, mucha prisa, por volver a lo cotidiano. Demostremos, el resto de personas, que lo más importante, para que, en efecto, la vida siga, es rendir memoria a las víctimas, plantando cara a sus asesinos y a cualquier forma de terrorismo, todos unidos en una conciencia global y solidaria: sin muros, sin banderas, sin limites geográficos, sin ideologías abundantes en muros, banderas y límites geográficos. Sigamos saliendo a calle, con este compromiso moral, siempre juntos y unidos.

lunes, 14 de agosto de 2017

Emily Dickinson

Extraordinaria, la película de Terence Davies, Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016), en la que se narra la singular vida de la poetisa estadounidense Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 10 de diciembre de 1830-ibídem, 15 de mayo de 1886). Prisionera de sí misma, se impuso una reclusión en casa de sus padres, entregándose por completo a la creación literaria, descubriéndose tras su muerte que era la autora de unos 1800 poemas, de los que llegó a publicar, en vida, apenas una docena. La difusión de su obra situó a Emily Dickinson como una de los más importantes poetas estadounidenses de todos los tiempos; una poesía naturalista, abundante en sensibilidad, loas a la vida misma, a la naturaleza, el amor  y al tiempo que transcurre como promesa de eternidad, núcleos temáticos que agrupan sus poemas en las correspondientes ediciones. La biografía de Dickinson alterna hechos fehacientes que se desprenden de sus abundantes cartas y de datos producto de habladurías y teorías emanadas de sus poemas, como sus amores platónicos, a los que se entregó en su imaginación, durante el aislamiento que tuvo en vida, primero en su pequeña aldea y luego en su habitación, sin salir de ella ni recibir a nadie. La película de Davies construye una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía, que se deja oír en off durante todo su metraje. El propósito de Davies es relatar la existencia de una compleja y singular mujer a la que en sus últimos años, desde la reclusión que había elegido para sí misma, bastaba con observar la vida desde la puerta de su habitación del primer piso, vislumbrando unas escaleras que daban a un mundo que quizás ya no le interesaba más que a través de sus propios versos y oyendo voces familiares o de visitas que, tenues y apesadumbradas, opinaban sobre un universo personal, brillante e intransferible que, en realidad, solo es un misterio objeto de toda suerte de conjeturas. Davies realiza todo un ejercicio de estilo, dotando al magnífico diseño de producción de una suerte de austeridad narrativa, elegante, sutil, abundante en momentos simbólicos en los que la gran actriz Cynthia Nixon (conocida por el gran público por su papel en la serie Sexo en Nueva York) expresa el desasogiego y la genialidad que caracterizaron a Dickinson. Sólo dos ejemplos de la capacidad narrativa de Davies, uno de los pocos exponentes de cine de autor en activo, en la actualidad: al principio de la película, las alumnas de la Academia de Amherst, entre las que se cuenta la poetisa, atienden a una clasificación impuesta por una de las profesoras, agrupándose según se van sintiendo afines a las opciones propuestas por la misma. En ninguna de las mismas encaja Emily Dickinson, que se queda sola en la estancia. Davies acerca en un primer plano la cámara al personaje de Dickinson, que defiende con tenacidad sus propias ideas, sus ideales, la igualdad de su condición femenina frente al hombre. Dickinson es una mujer independiente, con gran personalidad y extremadamente inteligente pero aislada de la sociedad de su tiempo, metáfora de lo que será su vida. Otro gran momento: una magistral elipsis, mediante un zoom de acercamiento que envejece  a cada miembro de la familia de Emily, con ocasión de una sesión fotográfica, situando a Emily desde su juventud hasta la madurez en la que se centrará la película.  
Una película magistral y una obra poética, imprescindibles. 


Embriaguez

En jarros tallados en nácar
apuro un licor ignorado...
Tal vez ni del Rhin en las cavas
pudiera mi sed encontrarlo. 

Con una embriaguez de rocío,
borracha de incógnitos hálitos,
tabernas de azul diluido
recorro en perpetuos veranos.

Cuando las abejas
y las mariposas,
agobiadas, ebrias, 
vuelen de las pomas,
aún libaré yo mi vaso
de extraño licor...
Hasta que los ángeles
me agiten su níveo penacho,
y a los ventanales
celestes se asomen los santos
para contemplarme
borracha de azul y de sol.

Poema 128

Dame el ocaso en una copa, 
enumérame los frascos de la mañana 
y dime cuánto hay de rocío, 
dime cuán lejos la mañana salta- 
dime a qué hora duerme el tejedor 
que tejió el espacio azul. 

Escríbeme cuántas notas habrá 
en el nuevo éxtasis del tordo 
entre asombradas ramas- 
cuántos caminos recorre la tortuga- 
cuántas copas la abeja comparte, 
disoluta del rocío. 

También, ¿quién puso la base del arco iris, 
también, quién guía las esferas dóciles 
por juncos de azul flexible? 
¿Qué dedos atan las estalactitas- 
quién cuenta la plata de la noche 
para saber si nadie está en deuda? 

¿Quién edificó esta casita albana 
y cerró herméticamente las ventanas 
que mi espíritu no puede ver? 
¿Quién me dejará salir un día de gala 
con implementos de vuelo, 
fugaz pomposidad?

Podría estar más sola

Podría estar más sola sin la soledad,
estoy tan acostumbrada a mi destino,
tal vez la otra- La Paz,
podría interrumpir la oscuridad
y llenar el pequeño cuarto,
demasiado exiguo en su medida
para contener el sacramento de Él.
No estoy habituada a la esperanza,
podría entrometerse en su dulce ostentación,
violar el lugar ordenado para el sufrimiento.
Sería más fácil fallecer con la tierra a la vista,
que conquistar mi azul península,
perecer de deleite.


sábado, 12 de agosto de 2017

Alack Sinner

La editorial Salamandra acaba de publicar una edición integral de Alack Sinner, del guionista Carlos Sampayo y el dibujante José Muñoz, dos argentinos que en 1975 crearon, desde Barcelona, una serie negra magistral que poco a poco fue transformándose, desde sus inicios en el marco de las claves del género, en todo un espejo de la civilización occidental: el componente criminal fue dejando paso, al sucederse los títulos de la serie, a la lectura social, el drama humano, la tragedia de la propia existencia, abundante en frustraciones; lo importante no era el suceso delictivo en sí mismo, sino las personas que protagonizaban el mismo, con sus componentes ideológicos, políticos, generados por las propias sociedades, recorridas por la corrupción. En los cómics protagonizados por Sinner, nadie es inocente, nadie es neutral y el precio por intentar mantenerse al margen de unas reglas inmorales que rigen el comportamiento de todos los miembros de una organización, metáfora de la supervivencia de la propia civilización, supone no solo la marginación absoluta; además, es el fin de la inocencia para alguien que, como Sinner, comienza su carrera de policía con un alto sentido de la honestidad, de la ética profesional . "... Con frecuencia, la Ley no basta. La democracia es un gran sistema, pero a veces se mueve con lentitud,   sobre todo cuando se trata de aplicar o no aplicar dicha Ley. Así que es importante que los miembros de este Cuerpo utilicen... sus propios criterios personales...", le comunica el Jefe de la Policía de Nueva York a Sinner en Conversando con Joe, uno de los títulos de la serie. Sinner deja de ser policía, forzado, sobrepasado por las circunstancias y comienza su periplo como detective privado, marcado por un nihilismo en su rol de hombre duro que sin embargo albergará, durante toda la serie, una suerte de sensibilidad que acompañará siempre al detective; Sampayo definía a su personaje de la siguiente manera: "No es un héroe-antihéroe como los que ahora están de moda. Alack no lucha, tiene una rabia impotente que existe en su ambiente y que no puede transformar o canalizar (…) No es un reaccionario pero tampoco un revolucionario, se da cuenta de las cosas pero no ha pensado en una solución: no elige”. Sinner, simplemente, sobrevive y envejece dentro un sistema pervertido que sólo favorece a los más poderosos. No puede cambiar una realidad que aplasta al resto de personas, a diario, peones de juegos en los que los poderes fácticos siempre harán todo lo posible por sobrevivir.
En la serie que se sucede entre 1975 y 2006, con diversas editoriales en España publicando y reeditando la misma, es posible distinguir tres grandes núcleos argumentales. El primero se corresponde con la etapa propiamente de género negro, grandes historias en los parámetros propios del género literario y cinematográfico de EEUU; comprende desde la historia inicial, El caso Webster, hasta Chispas incluyendo la precuela Conversando con Joe, un punto absoluto de inflexión en la serie, avanzando temáticamente hacia un segundo tramo, más enfocado al análisis político y social que incluye la extensa y dramática historia titulada Encuentros y reencuentros, una obra maestra absoluta, paradigma de la serie y del noveno arte al que representa. Finalmente, un tercer segmento mucho más filosófico y humanista que se extiende desde Norteamericanos hasta El caso USA. Una profunda evolución argumental y una fascinante evolución artística en el arte de José Muñoz para la serie, en constante experimentación. Son evidentes las influencias de Alberto Breccia y Hugo Pratt, este último en el primer tramo de la serie, así como, fundamentalmente, la de nombres propios del expresionismo figurativo, predominando en las viñetas la deformación pictórica y una gran ambigüedad en el plano intencional: Francis Bacon, George Grosz, Otto Dix...
Una de las historias agrupadas con el título Encuentros y Reencuentros incluye la reaparición en la vida de Sinner del teniente de policía Randy Rademaker Jr., coincidiendo con una huelga de la policía.  Ambos se encuentran en la entrada del edificio donde vive Sinner, que ignora los insultos y provocaciones de un enajenado Rademaker, que antes de subir hasta el piso donde vive el detective, profiere toda suerte de insultos racistas y xenófobos, disparando indiscriminadamente contra transeúntes y habitantes del edificio, a los que señala como comunistas. La progresión del clímax no deja de crecer en las viñetas que se suceden, alternando la carnicería de Rademaker en la calle y el interior de las viviendas del edificio; en una de ellas una mujer está dando a luz, mientras los gritos del policía se abren paso por la ventana; en otra un hombre amenaza a su mujer, con una escopeta: "me has hecho sufrir mucho, Gladys"; en una vivienda, un cadáver momificado, yace frente a una televisión encendida; hasta todas ellas llega la voz amenazante de Rademaker, que abate a tiros a todo aquel que tiene la desdicha de cruzarse en su camino. Un chico negro, un vendedor de periódicos, la mujer que ha asistido al parto dentro de una de las viviendas y que cae desde la ventana, al mismo tiempo que los autores rompen la unidad narrativa de espacio y tiempo y el propio José Muñoz se dibuja a sí mismo como uno de los habitantes del edificio. En otra vivienda, una pareja hace el amor, mientras Sinner espera en la suya, con resignación, que Rademaker llegue hasta él. El detective dispara contra el policía y es rematado por el anciano que amenaza a su mujer, Gladys, que le vuela la cabeza.  Una de las últimas viñetas, con ecos de Taxi Driver, de Scorsese, muestra a Sinner, hundido en el sillón mientras varias pistolas apuntan hacia él: "Entren sin miedo. No habrá más". Otra de las viñetas, previamente, ha mostrado un plano general de la ciudad; el edificio donde está ocurriendo la tragedia es un símbolo, una metáfora de la gran urbe, repleta de personajes definidos hasta sus últimas consecuencias por el pincel prodigioso de Muñoz. En las habitaciones se respira humo, sudor, alcohol, miseria material, humana y moral, suciedad, polvo, desengaños, frustraciones. Cada una de las extraordinarias viñetas descritas cuenta una historia, un drama distinto (con una planificación de las escenas afines a la narrativa propia del micro relato propuesto; en el argot cinematográfico: picados, contrapicados, primeros planos, profundidad de campo....) y se inscribe en el trágico relato gráfico conformando un calidoscopio del alma humana, repleto de personajes secundarios, de la alienación de la vida en las grandes ciudades, de la fragilidad de la misma frente a una violencia exarcebada, inmoral,  que estalla de repente y que nos alcanza a todos, como peones de una sociedad que no deja de descomponerse. Alack Sinner es género negro al servicio de un personaje perdido entre las decepciones constantes del ser humano para vivir su propia vida, prisionero de una sociedad enajenada e irremisiblemente perdida en sí misma, en la que el protagonista, a pesar de todo y en su rol de férreo detective privado para ocultar su extrema sensibilidad y lucidez, transcurrido el tiempo y envejecido, sigue buscando en su propia redención, algo parecido a la felicidad.
Una serie, en definitiva, absolutamente imprescindible, una obra maestra absoluta del cómic: disfrutemos con esta edición integral de Alack Sinner.  








miércoles, 9 de agosto de 2017

La invasión de los ladrones de cuerpos

 

Jack Finney publicó en 1955, por entregas, en el Collier’s Magazine La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers), Según el escritor de novelas de terror Stephen King: "Una sola novela le basto a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror", si bien Finney siempre afirmó que sus libros buscaban, básicamente, entretener al lector, sin más matices. Sin embargo, la exitosa adaptación cinematográfica rodada por el famoso cineasta Don Siegel justo al año siguiente, una de las cult movies más celebradas del género de ciencia ficción, generó entre la crítica especializada, al igual que su original literario, unas lecturas semióticas sustancialmente asociadas a la Guerra Fría que durante los años 50 recorrió EEUU y la Unión Soviética. Gran parte de la sociedad de EEUU pensaba que el fin del mundo estaba cerca, en forma de guerra atómica. Dicha Guerra Fría, la amenaza comunista y un indescriptible individuo, el senador McCarthy y su caza de brujas (absolutamente imprescindible la lectura de McCarthy contra Hollywood: la caza de brujas, de Roman Gubern) fueron acrecentando, en su conjunción, un clima de temor y desconfianza cercano a la paranoia en determinados sectores de la población.   
Precisamente, el guión de la película fue obra de Daniel Mainwaring, uno de los desdichados guionistas de la lista negra de Hollywood. El argumento del libro y la película narra el cambio en la personalidad de los habitantes del pueblo de Santa Mira, que van perdiendo, progresivamente, sus características más humanas ante los ojos de sus propios familiares y amigos, que no los reconocen: comienzan a comportarse como personas sin sentimientos ni sensibilidad alguna, desprovistos de cualquier rasgo de personalidad propia. Todos estos extraños sucesos comienzan a relacionarse con la aparición en el pueblo de unas vainas vegetales (presumiblemente procedentes del espacio en la versión de Siegel y explícitamente expuesto dicho origen en la versión de Philip Kaufman, en 1978), de las que surgen unos extraños seres que duplican y sustituyen a los habitantes del pueblo cuando éstos duermen. Se acaba formando una sociedad sin sentimientos y donde los problemas comunes de los seres humanos no existen: todos los seres que han sustituido al original humano tienen el mismo comportamiento. En definitiva una sociedad totalitaria, sin libre albedrío, "perfecta" en su ausencia de humanidad, una crítica a los totalitarismos y al menos en la versión de Don Siegel,   una parábola anticomunista acorde a los tiempos de la Guerra Fría, crítica a su vez al aberrante mccarthismo imperante en la época. 
La película de Siegel, genuina serie B, fue rodada en apenas tres semanas y con un presupuesto de 250000 dolares. El magnífico actor Kevin McCarthy representa al ciudadano medio que va descubriendo los sutiles cambios de la normalidad cotidiana, transmitiendo ese desasosiego, el gran logro de la novela y la película, ante lo inexplicable de la ruptura progresiva de los canones del comportamiento humano: concentraciones inexplicables de ciudadanos en la plaza del pueblo, a primera hora de la mañana; un niño inquieto, travieso que no reconoce a su madre pero que al adquirir, de un día para otro un comportamiento tranquilo y sosegado transmite al protagonista la sensación inefable que ese niño ya es otro niño, que en definitiva ha dejado de ser humano. Durante buena parte del metraje los protagonistas (Kevin McCarthy y Dana Wynter) huyen de las hordas de ciudadanos que se han transformado en otros seres, intentando desesperadamente no dormir, puesto que es durante el sueño que se completa la temida transformación,  hasta el momento final en el que McCarthy besa a su amada y comprende que en esos labios no hay sentimientos ni amor, no hay pasión, ella también finalmente es uno de ellos, momento escalofriante y sutil, más logrado que en la versión de Kaufman, donde la protagonista, Brooke Adams, se desintegra entre los brazos de Donald Sutherland: de ella sólo ha quedado una especie de envoltura de carne, mientras su duplicado se aparece ante él, desnuda, invitándole a unirse al universo de ellos
En la película de Siegel, la fotografía abundante en contrastes en blanco y negro, obra de Ellsworth Fredericks, juega un papel fundamental, ligada a los parámetros propios del cine negro y las películas de terror, con los juegos de luces y sombras y los encuadres inclinados, muy característicos de Siegel, que contribuye definitivamente a generar un aura de pesadilla y  terror, de desesperanza creciente. Más allá de un epílogo al parecer impuesto por la productora, el verdadero final de la película se ha convertido en un icono de la historia del cine: Kevin McCarthy enloquecido entre filas de automoviles, intentando inútilmente avisar a los conductores de lo que está ocurriendo, mirando a la cámara en un primer plano y gritando: “Tú serás el siguiente”. El mismo actor vuelve a repetir esta escena, como un homenaje a la película original en el remake de Kaufman, película que se conserva a su vez, magníficamente, a pesar de los años transcurridos, trasladando la acción, un cambio sustancial, de la pequeña localidad del film original a la ciudad de San Francisco. Se acentúa, respecto a la película original, la incomunicación en las grandes ciudades, el estilo de vida de las grandes urbes donde sus habitantes, en calles permanentemente abarrotadas no saben ni lo que comen (el rol de Sutherland es de un minucioso inspector de Sanidad) y que permanecen impávidos a un accidente de tráfico. Una deshumanización ya existente en el tejido social de la época donde transcurre el film, asociado, inevitablemente, con la moda del cine setententero del género de películas de zombis. Las hordas de seres duplicados cuando persiguen a nuestros protagonistas lo hacen como autenticas jaurías, incorporando un grito escalofriante, con el que se cierra la película, un final absolutamente desolador en el contexto de la metáfora presente en el film: "puedes confundirte con uno de ellos, pasar desapercibido si no muestras emoción alguna, si te comportas exactamente como ellos lo hacen", le dice a Donald Sutherland otra de las protagonistas, Veronica Cartwright, antes de ese terrible final. Terribles las lecturas de alienación en torno a grupos humanos en cualquier contexto: laboral, ideológico, social, hace 30 años. No caben dudas, de posibles y trágicas conclusiones sociológicas a fecha de hoy. 
Las otras dos versiones del libro son películas con escaso interés, en su plasmación final en la pantalla. La realizada por Abel Ferrara en 1993 sobre el papel prometía muchas posibilidades, al trasladar la acción a una base militar: cómo diferenciar a duplicados, en tal contexto, de los que no lo son, en una actitud permanentemente hierática y falta de sentimientos de los militares de la base, como patrones asociados a sus roles profesionales. Sin embargo, ese potencial es desaprovechado absolutamente por Ferrara, desplazando la historia y todo su potencial dramático hacia las relaciones románticas de sus dos protagonistas. Algo más interesante pero absolutamente fallida, es la versión protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por Oliver Hirschbiegel en 2007 (director de la exitosa El Hundimiento, que transcurría en el búnker en el que Hitler pasó sus últimas días). El film, caracterizado por cierta arritmia narrativa destaca sobre todo en un tratamiento fotográfico de las escenas con una paleta en colores azulados y grises que da a la película un tono frío y depresivo, acorde a la naturaleza de los hechos que se narran con  los mismos dilemas claves de esta historia, pero sin lograr transmitir el miedo, la emoción, el desasosiego in crescendo que las películas de Siegel y Kaufman, aún siguen transmitiendo; probablemente, el futuro (o quizás el presente), sin necesidad de vainas de origen extraterrestre, en una sociedad alineada por los medios de comunicación de masas se parezca terrible, tragicamente al trazado por Jack Finney en 1955 en su magnífico libro, que cabe recuperar, junto a las dos primeras y admirables adaptaciones cinematográficas del mismo. 
 

Aprendamos a convivir

" Será necesario, sobre todo, recordar a los padres y a los maestros que un educador que no siente gusto por su trabajo es un ...