sábado, 18 de noviembre de 2017

Comedia del Arte

Arlequín me analiza, semioculto tras una gran jarra de cerveza, de la que bebe lentamente. Yo he preferido, en una mañana de sol radiante en Venecia un té helado. Justo en medio de ambos, Colombina se arregla por enésima vez su pelo, llamando la atención de tantos hombres de cierta edad que llenan la plaza de San Marcos. Goldoni, siempre enamorado de ella, la contempla sonriente, tras pagar unas monedas a un acordeonista para que toque alguna romanza veneciana. El músico, que parece salido de algún cuadro de Francis Bacon, nos sorprende a todos, interpretando a Brassens. Irrumpe de repente Polichinela, tan repulsivo de aspecto como inteligente en ese humor contagioso que desprende, rompiendo el momento de solaz y cantando junto al acordeonista. 
- A pesar de estar constantemente apaleado, qué máscara más alegre... - suelta Colombina, acompañando con sus palmas la improvisada canción.
Peor es pasar a la posteridad sin pronunciar ni una sola palabra... - responde Arlequín, con su habitual cinismo. 
- Entregaos a este maravilloso tiempo muerto en Venecia, criaturas... además, hablar de los ausentes significa, en esta ciudad, hacerlos presentes... - reflexiona Goldoni. En efecto, Pierrot aparece, sigilosamente, tras una columna. Primero su pierna, a continuación un brazo y de un pequeño salto, a nuestro lado. Los niños de la plaza, al verlo, corren hacia ese Pierrot que aún con el rostro melancólico de Jean-Louis Barrault, promete, con su sola presencia, toda la diversión de un mimo. El espectáculo comienza, con la expresión corporal del clown melancólico a las reacciones de los transeúntes. La plaza se llena de una alegría contagiosa. Goldoni sonríe satisfecho y obsequia a Colombina con una de las rosas que una mujer con atuendo de maga, nos ofrece, a cambio de unas monedas. 
- De vos no quiero ninguna moneda, señor, sólo quisiera ver la palma de vuestra mano derecha, si no os parece una proposición demasiado atrevida... - me susurra la maga veneciana, ante la curiosidad de general. Le tiendo la mano, sin poder resistirme a la tentación de un conocimiento disfrazado de quimeras, tal es la tradición de la quiromancia, pienso, sin poder apartar la mirada de esos ojos verdes de edad indefinida que escrutan con curiosidad las líneas de la vida. La maga se detiene en alguna de ellas, eleva el dedo índice y traza círculos con el mismo para volverse a concentrar de nuevo, inconsciente de Pierrot, que la imita a sus espaldas, para regocijo general. Al cabo de unos instantes, Arlequín venciendo su habitual discreción, se levanta de la silla y con su voz estridente, interrumpe las posibles profecías de mi maga particular: 
- Señora, no me hace falta leer su mano para saber su futuro... basta contemplar su rostro, sus gestos y adivinar sus pensamientos, que es como decir sus dudas, sus incertidumbres y quizás, en el fondo, sus propias debilidades... -  recita Arlequín, con voz prodigiosa, desplazando la atención, hasta ese momento centrado en Pierrot a su propia persona. Pierrot se sienta en la mesa, adoptando un gesto de atención y mostrando en su rostro sorpresa ante cada frase de Arlequín, gestos que los niños también imitan, entre risas y vítores hacia éste, animándole a seguir su perorata.
- ... porque este hombre es más producto de sus propias debilidades, que las afronta como retos, que de las metas que consigue en cada uno de sus propósitos... creedme si os digo que no obstante de ello, su mente no deja de trabajar, incluso dormido: piensa y vuelve a pensar, reflexiona, medita y disecciona; contempla, analiza, investiga, considera y si ello no es suficiente, vuelve a comenzar... - suelta Arlequín, cada vez más histriónico y duplicado en sus gestos por el arte del mimo Pierrot. 
- Este criado con ínfulas de filósofo tiene toda la razón, señor... - me confiesa la maga, mientras Goldoni asiente - ... Recordad que hay que vivir para vivir... dejad de lado las reflexiones y abandonaros a los momentos, según lleguen y dejaos llevar, según transcurran... 
- Si, debéis vivir para vos mismo, recordando quién sois y sin dejar de ser esa persona que tan bien conocéis en todos los momentos, a condición de que disfrutéis de ellos... - me declara Colombina, mirándome fijamente hasta que el beso, inevitable, surge entre nosotros, entre una salva de ovaciones.
- De sabios es tomar nota: en el empleo de vuestra propia vida, olvidaos de los patronos, gobernad en vosotros mismos y  junto al que os quiera. Recordad que el amor ingenioso (aquel que no es un plato de habichuelas) es el único verdadero - acierta a exclamar Arlequín, como frase final, mientras Pierrot a su lado hace gestos románticos mirando hacia una luna incipiente y la maga acaricia la calva de Goldoni, desconsolado ante Colombina. Es el momento de que todos en pie, alineados sobre el escenario, miremos de frente al publico e inclinemos ligeramente la cabeza ante los aplausos y justo antes que caiga el 
TELÓN

martes, 14 de noviembre de 2017

El vitral marino

A escasos metros, el mar embravecido, narrando historias milenarias. Presto atención a relatos que hablan de Ulises, de Simbad pero también del Kraken y otras criaturas monstruosas como el Leviatán. Una historia sobre sirenas se abre paso, entre las otras y decido escucharla, mientras apuro una bebida que me han prometido que es auténtica hidromiel, recuperada de una ánfora de barro encontrada por un buceador griego. Al beber de ella, noto en mi cuerpo una transformación asombrosa: recupero, de repente, la juventud. Si sigo bebiendo, me pregunto, regresaré al útero materno, esa caverna de Platón que nunca recordamos, pero a la que siempre anhelamos volver. 
- No me dirás que vas a establecer una ingenua relación entre la obsesión masculina por las mujeres y el útero materno...Por favor, esos tópicos no son dignos de ti - me suelta Ahab, con brusquedad, mientras me sirve un ron infernal. 
- Me gustan los tópicos: una vela que es apagada por el viento, el crujido del suelo de madera, el ruido de unas pisadas, la aparición de un marinero, en el umbral de la puerta, con aspecto espectral... - contesto, sintiendo mi estomago perforado por el ron, que he bebido de un trago, en una pose estudiada y en un rol destinado a un público invisible. 
- No nos desviemos de la cuestión... - interviene Kurtz, con una pose aún más teatral, mientras todos esperamos esa frase final que, inevitablemente, siempre repite al respecto del horror -... lo importante, realmente, es dirimir si más allá de estas líneas de texto, seguiremos o no existiendo en el inconsciente colectivo y sin que yo tenga, necesariamente, que tener el rostro de Marlon Brando. Os confieso que es cansino... 
Meditaba alguna frase ingeniosa para contestar a Kurtz, pero unos golpes en la puerta interrumpen mi, por otra parte, frágil concentración y aparece ante nosotros Anne Bonny que sonríe con una tarta entre las manos.
- Eh, Anne, hay que temer a una mujer que nunca va vestida de mujer excepto precisamente hoy... - interrumpe Corto Maltés, con una mirada que no deja lugar a dudas y que Anne sostiene durante unos segundos.
- Marino, a mi me deberías temer siempre, tenga el vestido que tenga... - responde la mujer pirata, mientras nos invita a probar su tarta.
 Un trozo de esa deliciosa tarta y otros tragos de ese ron surgido de las llamas del infierno. De nuevo, el mar brama toda clase de historias que se resisten a ser olvidadas. Me pregunto cuantas historias surgirán nuevas, en el presente, en el futuro, condenadas a que nadie hable de ellas, perdidas en los laberintos de un tiempo incansable, de recovecos inencontrables más allá del laberinto del Minotauro.
- Vamos, todos a cantar y a brindar por la belleza de Anne... - sueltan  dos tritones que agarrados por los hombros, se tambalean mientras entonan con voz cavernosa una canción que habla de tesoros escondidos y por supuesto de mucho ron.
Sandokán, muy en su rol bravío, se sube a una mesa, tras romper el cuello de una botella y brindar por Anne, exhibiendo músculos, mientras Corto Maltés lo mira de soslayo. Hermosos tópicos, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas. Salgo de entre la bruma, corro hacia la playa y tras desnudarme, no dudo en sumergirme en las acogedoras aguas mediterráneas. Infinitos relatos me esperan, en cada una de sus olas. En una de ellas diviso a  Davy Jones, en compañía de Calipso: nado hacia ellos.




sábado, 11 de noviembre de 2017

La mujer de los sueños

En el segundo día de mi viaje, conocí a la mujer del encargado de la posada donde me alojaba. Por alguna razón, no pude articular palabra cuando la vi, mientras ella me miraba fijamente. No era una cuestión de mera atracción física, era algo más carnal que sería difícil de explicar con palabras, pero semejante a esa sensación que en un museo, te recorre de arriba abajo cuando tienes frente a ti al original de esa obra pictórica que tantas veces has visto reproducida. Y es que aquella mujer de rasgos perfectos, de mirada felina, penetrante, era sin duda una obra de arte cuya visión excitaba todos los sentidos, al tiempo que los colmaba: contemplar aquel cuerpo, aquel rostro, significaba rendir tributo a la belleza femenina, en su máxima expresión cuando se encuentra con la divinidad de las formas, de unos rasgos y proporciones a cuyo lado, el resto de mujeres no podían competir, convertidas en meros reflejos de aquella diosa que ese día me miró durante unos minutos, mientras yo la admiraba, hasta desaparecer tras unas cortinas. 
Las ocupaciones que me habían llevado hasta aquella localidad perdieron cualquier interés: las desarrollé con desgana y procurando darles carpetazo cuanto antes, ante el asombro de mis interlocutores, que esperaban ver en mí a un agresivo y omnipotente representante del más grande los bancos. Incluso mi contacto en la localidad, cuando almorzábamos, se permitió preguntarme si estaba enfermo. Quizás, contesté, sin saber explicar que desde aquella mañana, ya no era la misma persona. 
Pasé horas en la sala de estar de la posada, esperando el momento de volver a ver a aquella mujer, pero mis desvelos fueron en vano. Sólo el marido asomaba de vez en cuando por la estancia, sonriendo y sirviendo la bebida a los huéspedes. Cuando anochecía, me armé de valor y pregunté directamente: 
- Celebro haber elegido vuestro hotel, con toda franqueza. La estancia está siendo muy agradable y tengo que felicitarle por el amable trato... espero, antes de irme, poder felicitar también a su mujer, creo que la vi esta mañana... - le dije a aquel hombre de aspecto afable, intentando ser lo más natural posible. Para mi desconcierto, palideció y su mirada cordial desapareció de su semblante. Unos minutos eternos se sucedieron, el uno frente al otro, antes de recibir la sorprendente, inexplicable respuesta: 
- Señor... mi esposa murió hace más de un año...- acertó a explicarme mi interlocutor, consciente de mi asombro. Insistí que yo había visto aquella mañana a una mujer, al lado del mostrador y describí su fisonomía, si acaso ello era posible, insistiendo que si bien ella no me había dirigido palabra alguna, nuestras miradas se habían cruzado por unos minutos y que no tenia dudas que era su esposa, puesto que era la misma mujer que aparecía en una fotografía al lado del dueño de la posada y que lucía tras el mostrador de la entrada, fotografía que señale a aquel hombre que me miraba con creciente incredulidad y que volvió a insistir que su esposa, en efecto presente en aquella fotografía había fallecido.
Enmudecí por completo, mirando fijamente los ojos tristes de aquel hombre, que quizás estaría pensando que me estaba burlando despiadadamente de él. Me disculpé como pude, le hablé de una lamentable confusión y que de hecho, no me sentía nada bien desde aquella mañana, algo que además era cierto. Con estas excusas, me escapé a mi habitación, haciéndome servir una botella de brandy y un té con leche que consumí al calor del fuego de la chimenea, haciéndome muchas preguntas, sin encontrar ninguna respuesta, hasta que el sueño llego junto a la embriaguez. 
Volví a ver a aquella mujer, cuyo nombre desconocía, en imágenes oníricas que se sucedían a mi alrededor. Corría tras ella, por las estancias de la posada y fuera de ella, sin lograr alcanzarla, hasta que llegamos a un bosque en cuyos árboles parecía esconderse. Su voz era dulce, sensual, en forma de cántico y me llamaba constantemente, en aquel trayecto sin fin en el que, continuamente, cuando parecía estar junto a ella, aparecía de repente lejos de mi. Desesperaba por llegar a ella, alcanzarla, tocarla, a pesar que las fuerzas parecían abandonarme. Sólo cuando caí de rodillas, extenuado, apareció junto a mí y entonces pude abrazar sus piernas, llorando de emoción. Le confesé todos mis sentimientos, le rogué que permanecería a mi lado y seguí declarando todo mi amor hacia aquella mujer que finalmente abracé y besé, sintiéndome el más feliz de los hombres, llorando como un niño entre sus brazos, mientras aquel bosque comenzaba a ser devorado por un fuego devastador que nos rodeaba a ambos. Nos desnudamos, hicimos el amor rodeado de llamas, bajo las estrellas, extasiados de placeres que nadie había jamás sentido: levitamos más allá de las copas de los árboles, sin dejar de mirarnos, de sentirnos. 
Y entonces desperté, justo en el bosque soñado, completamente desnudo y lejos de la posada que ardía como la yesca. Miré, busqué, en todas direcciones, pero ella había desaparecido, tal como desapareció hacía más de un año, cuando falleció. Nunca más volví a verla, por más que intenté, al menos,  volver a sentirla, durante el resto de mi vida. 


martes, 7 de noviembre de 2017

El hombre que volaba

Ajeno a la realidad, el hombre se pasea con las manos en los bolsillos. Imposible recordar sus últimos momentos de lucidez: vivir significa recrearse en sus propias fantasías, ciego a los acontecimientos y a las personas. A su lado, Perceval Le Galois y .Lancelot Du Lac con toda la parafernalia de armaduras, escudos y lanzas; justo detrás, un tosco vikingo que canta con todos sus pulmones una anciana balada de épica y romanticismo. Su deseo, en una mañana de crudo invierno, es encontrarse con Sherezade, si bien no sabe donde encontrarla. Lancelot le susurra que probablemente allá donde el castillo se alza y entonces nuestro hombre sonríe feliz, al recordar su último cuento, aquél que dejó inconcluso su amada con palabras que parecían levitar a su alrededor.
El castillo aparece ante su mirada, desolado y con tintes de amenaza. Perceval le recomienda prudencia, pero el vikingo, hacha en mano, destroza la puerta, con decisión. Todos entran y comienzan a subir la empinada escalera de caracol, carcomida por el tiempo y por el olvido. Nuestro hombre cierra los ojos, con cierto disgusto: no hay música en la escena que está viviendo, que está imaginando. Un juglar aparece en escena y su laúd es del agrado de todos menos de Lancelot, que sospecha de una posible celada en las almenas: saca su espada y avisa del peligro. Sus temores no son infundados: maza en mano y aspecto grotesco, un ogro espera su llegada. Pero al hombre le parece demasiado tópico este personaje y decide sustituirlo por un esqueleto con cuatro brazos. Un esqueleto con cuatro espadas, mucho más terrorífico, se dice a sí mismo. Y ahora, una lucha terrible, que se resolverá favorablemente para nosotros, mientras Sherezade nos contempla desde una de las ventanas. La lucha se sucede, resultan heridos levemente Perceval y el vikingo y un beso final del protagonista con su amada debería coronar la épica escena. Pero no, no es original; la epica y el romance son inevitables, pero todo esto es excesivamente lineal. Debo volver a empezar...
El hombre se ve a sí mismo, de nuevo, andando, esta vez por un frondoso bosque. A su lado, Scherezade, agarrada de su brazo, le susurra cuentos infinitos. Alrededor de ellos pulula Puck, travieso en compañía de otros duendes. Pájaros, rayos de sol filtrándose entre las copas de los árboles, una música que surge de una lira... y ahora, el peligro, piensa. Un galopar de caballos en cuyas grupas se sostienen unos templarios de amenazante aspecto. Mucho mejor, piensa el hombre, mientras desenvaina la espada. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Fundido en negro

El hombre chasquea los dedos mientras su cuerpo interpreta la coreografía tantas veces ensayada. Las luces se posan en él y la música irrumpe en el escenario, simultáneamente a la aparición de todo el cuerpo de baile, que lo rodea, al unísono, uniendo sus cuerpos a los cronometrados movimientos del baile que marca la coreografía, inundando de emociones cada rincón del teatro. Telón y un nuevo atrezo para un escenario que vislumbra un arriesgado pas de deux, dada su evidente dificultad técnica: a la entrée  le sucede el adagio, las dos variaciones donde ambos bailarines se lucen y una coda final que corta la respiración de todo el patio de butacas, que aplaude durante varios minutos, agradeciendo ese viaje emocional e intenso a territorios oníricos. 
Al salir, la lluvia ha irrumpido sobre el asfalto. La gran ciudad es un charco imposible de esquivar: mis pies notan enseguida la humedad y decido refugiarme en un bar cercano, más atraído por su música que por sus neones: qué grande Ellington,, que es capaz de concentrar los pasos perdidos de tantos transeúntes, incluidos los míos, una vez instalado en la barra, con un brandy doble que me reconforta del chaparrón. El camarero no da de sí, corriendo literalmente de un lado a otro de la barra, en un bar atestado y a pesar de estar prohibido, repleto de humo. Pyramid se abre paso, entre conversaciones, griteríos y miradas que desean encontrarse: incluso yo me topo con la que me está esperando, una mujer que estando acompañada, me mira fijamente, desde su soledad. Le devuelvo la mirada, que intento sea amable y vacío mi copa de un solo trago, sintiendo hervir mi estómago. De nuevo, la calle, la lluvia, acompañado de esa mirada que no puedo dejar atrás. 
Neones, ocultos por las cortinas de agua; ruido de automóviles que esquivan a los peatones y un callejón por el que siempre recorto unos metros de distancia hasta mi apartamento: un sofá acogedor y una selección de música me esperan, me digo a mí mismo, superando el desasosiego de sentir todo el cuerpo empapado por la lluvia. Una sorpresa me espera, al final de ese callejón: un individuo con ojos inyectados en sangre, que parece tambalearse. Me pide, tartamudeando, la cartera, mientras siento el  filo de una navaja amenazante sobre mi garganta. No soy ningún héroe, pero mi instinto de conservación se impone: salgo corriendo, seguro que ese zombi no va a poder alcanzarme, si bien siento sus pasos pisándome los talones, antes de alcanzar de nuevo la avenida principal y coger un taxi. Tiemblo, en el trayecto, quizás de frío, quizás de miedo. 
Al fin, mi cuerpo descansa en el sillón soñado, tras una ducha. La música seleccionada, una selección de privilegiadas voces femeninas de jazz, acompaña mi somnolencia, interrumpida por el teléfono, siempre inoportuno. Es una voz femenina que se presenta a sí misma como la mujer que cruzó la mirada con la mía y que insiste en verme inmediatamente. Le doy mi dirección y espero, intrigado por tener respuestas al hecho de que una desconocida conozca mi número de teléfono. Fuera, la lluvia arrecia; consumo el cigarro con parsimonia, mientras la voz incomparable de Billie Holiday me susurra: Blue moon, Now I'm no longer alone, Without a dream in my heart, Without a love of my own... Entonces, suena el timbre de la puerta. 


domingo, 29 de octubre de 2017

En la biblioteca circular

Una biblioteca familiar, sin inventariar, sin clasificar. Una tarea pospuesta durante toda la vida, viendo crecer, año tras año, de forma imparable, el volumen de libros y siempre en el marco de la misma pregunta: ¿Cuántos volúmenes?. Alrededor de un millón, me contestó siempre mi padre, cuando yo era aún un niño y mucho después. Una cifra que quizás era un deseo o tal vez, un temor. Fuera como fuese, mi infancia transcurrió, en gran parte, entre aquel hipotético millón de libros, rodeado de todos los clásicos que se abrían paso desde sus estantes, alentando poderosamente mi imaginación desde aquellas portadas que antes de comenzar a leer su contenido, el libro que tenía en las manos, fuese de Salgari, Verne, Dumas, Rider Haggard, P.C. Wren, Twain, London, Kipling, Richmal Crompton y tantos otros, me prometía un universo de aventuras, experiencias y personajes inolvidables. 
Extenuado del juego en la calle, de la bicicleta y de unos muñecos articulados, tal como exponía la publicidad de su tiempo, elementos que marcaron mi infancia, corría, con el pijama puesto y sin apenas haber digerido la cena, a aquella biblioteca que constituía una cita ineludible cada noche, a pesar de los gritos de mi madre para que me acostara. Me sentaba en el suelo, al pie de alguna de las estanterías y leía con voracidad, olvidándome del tiempo y de mí mismo. Navegaba entre inmensos peligros, cabalgaba entre las estepas rusas, acompañaba a varios científicos en el África Austral, sorteaba los peligros de una selva, viajaba hasta las entrañas de la tierra hasta que me dormía y amanecía en mi cama, de nuevo acompañado de la voz de mi madre alertando que se me hacía tarde para el colegio. Cuando la infancia comenzó a extinguirse, no pude romper la tradición y mis lecturas siguieron, siempre sentado en el suelo, descubriendo a Homero, Shakespeare, Defoe, Jonathan Swift, Goethe, Jane Austen, Poe, Gógol, Emily Brönte, Dickens, Melville, Dostoievski, Bécquer, Pérez Galdós, Flaubert, Henry James, Clarín, Ibsen, Chejov, Antonio Machado, Marcel Proust, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Hemingway, Juan Ramón Jiménez... Un verano rompí la tradición, al descubrir a Lovecraft y a García Márquez, simultáneamente: en mi bicicleta, rumbo a las playas de Fuengirola, llevaba en mi mochila algún libro de estos escritores y era allí, al lado del mar, donde seguía leyendo, transportado en volandas a universos indescriptibles, para volver finalmente a mi casa entre extenuado y maravillado.
La vida se abría paso: universidad, novias, oposiciones, una cinefilia que me obsesionaba... Pero allí estaba siempre, incluso en la distancia, la biblioteca familiar que seguía creciendo y que siempre me esperaba, una cita esencial que no podía evitar; si pasaba mucho tiempo sin visitarla, no podía dejar de pensar en ella, anhelando en recorrer de nuevo, con mi vista las estanterías, en abrir al azar alguno de esos volúmenes y sobre todo de dejar pasar el tiempo, sentado de nuevo al pie de las mismas, escuchando de nuevo la voz de mi madre llamando mi atención sobre el absurdo de estar sentado en el suelo, de la hora o de una comida que se enfriaba. 
- Hay que catalogar los libros, alguna vez, es un legado familiar muy importante... ¿a qué esperas? - me dice, desde siempre. Si le contesto que no tengo tiempo, no me creería, porque ha sido la excusa sempiterna, a modo de réplica que siempre he utilizado. No sé cuándo acometeré semejante gesta, pero si bien estoy seguro que tendré que ponerme a ello algún día, no puedo dejar de pensar que ese hipotético millón de libros, cifra mágica, existirá siempre que sean leídos, catalogados o no. Que no se lea ninguno de sus ejemplares significaría lo mismo que para el protagonista de The Time Machine, de H.G. Wells, cuando en el viaje a un desesperanzador y terrible futuro, pregunta por libros que puedan explicar qué ha ocurrido, en la historia de la humanidad y al acceder a ellos se desintegran en sus manos, carcomidos por el tiempo y por el olvido. "Si, los libros me lo dicen todo", responde lacónico. 
Daría la sensación que con el imparable avance de las tecnologías de la información y la comunicación, se nos ha inoculado la idea de que el saber no tiene sentido si no aporta dividendos, en estos tiempos en  que la cultura está amenazada por la lógica del beneficio, olvidando que ni toda la riqueza del mundo es capaz de comprar el conocimiento y la dignidad. Leemos y estudiamos para ser mejores personas, el saber es el fruto, el resultado, de un esfuerzo personal y únicamente quien lleva a cabo ese esfuerzo puede entender el sentido de lo que está aprendiendo, pues esa experiencia siempre es única y singular; es una interiorización de experiencias y momentos mágicos que a lo largo de nuestra vida, nos hace crecer como personas. El conocimiento no es un don sino una conquista, una costosa y apasionante conquista cotidiana.que cambia nuestras vidas: la lectura de un clásico, la literatura, pero también la filosofía, el arte, la música, todos esos conocimientos  que conforman la cultura, crean en nosotros unas reacciones, una conciencia que nos lleve a comprender mejor el mundo en el que vivimos y el corazón del ser humano, camino necesario para un concepto de sociedad solidaria. 
Un mundo sin libros es un mundo sin fantasía, profetizada por Ende en La historia interminable, Y un mundo en el que sus habitantes son incapaces de soñar, es un mundo moribundo, expuesto a esos riesgos como los representados en un pasaje muy revelador de una novela de David Foster Wallace. Nuccio Ordine lo explica de la siguiente manera: "Se trata de un episodio en el que se plantea la pregunta de qué es el agua. Y hay dos pececillos jóvenes que nadan en el acuario y no saben nada del medio en el que se mueven. Igual que esos pececillos, hoy nosotros, no comprendemos que la cultura y el conocimiento constituyen el agua en la que nadamos en cada instante de nuestra vida. No es por casualidad que los gobernantes, en todos los países del mundo, sin excepción, lo primero que recortan son aquellas cosas que ellos consideran inútiles y que, al revés, son las más útiles para conseguir que las sociedades sean más humanas". Si cultivamos nuestra esencia humana, estaremos a salvo de todo sesos traficantes de certezas, los traficantes de la verdad, porque justo en los momentos de crisis, de incertidumbre, son momentos en los que es fácil la explosión irracional. Surgen líderes que empujan a la gente  a abrazar determinados fanatismos porque es en esas etapas de crisis cuando se crea la necesidad de tener puntos de referencia seguros. Por eso el fanatismo religioso, el fanatismo político y otros, encuentran hoy un campo de cultivo muy fértil. Sólo es posible un pensamiento crítico a través de una sensibilidad, cultivada día a día. 
Así que me siento al pie de una de las estanterías, habiendo elegido antes, al azar, uno de entre ese millón de ejemplares. Observo la portada de Thomas Henry y no dudo en dejarme llevar, por enésima vez, al divertido universo de Richmal Crompton, tan bien descrito por Savater. Viajo a mi infancia, entre sorbos de una limonada casera y no puedo evitar recordar la frase de Giotto: ¿por qué realizar una obra cuando es tan bello sólo soñarla?.

sábado, 28 de octubre de 2017

Retazos de un pasado

La tienda en la que entro es un universo caótico donde conviven muebles, cuadros, libros, inodoros y quizás cualquier objeto que podamos imaginar, bastaría con solicitarlo a cualquier miembro de esa numerosa familia que se pasea por estrechos pasillos que convergen a estancias atestadas de elementos en convivencia forzada, localizando en segundos aquello que piden los clientes, en un alarde de memoria fotográfica. Un perchero de madera, con aspecto clásico, demanda una señora mayor; allí lo tienen, apenas perceptible tras un desfasado mueble de salón que sin duda vivió mejores tiempos en décadas pasadas y semioculto tras un biombo chino. El tiempo se pasea, en esa torre horizontal de Babel, acariciando los recuerdos insondables de cada uno de esos objetos  que sus dueños, la mayoría, vendieron por mera necesidad o por deshacerse, los menos, de esos muebles que ya no querían tener en la casa. Observo que los proveedores del negocio se suceden continuamente, todos con la esperanza de obtener algo de dinero con el que salir del paso a cambio de una bañera antigua, una mesa y sus sillas de madera de roble, una lámpara, una colección de libros. Los libros no los compramos; aunque los pongamos a la venta a un euro, no se venden, me confiesa el patriarca de la familia, concentrado y preocupado por la autenticidad de unos jarrones, cuyo veredicto espera con anhelo una pareja de jóvenes cogidos de la mano. 
Decido perderme en ese laberinto del Minotauro, intrigado en encontrar aquello que no logro imaginar, pero que me susurra, desde algún rincón invisible, hablándome de su existencia. Me abro paso entre alfombras, más sillas y mesas, todos los sofás imaginables, colchones, televisores, puertas antiguas, lienzos de la caza del ciervo, montones de discos de vinilo y llegó allí donde esa voz me ha invitado. Un diario, ahogado en polvo, con una pequeña cerradura sellando su contenido en una estructura de metal que enmarca una ilustración que identifico de María Pascual, la famosa ilustradora de los cuentos troquelados. Inconfundibles, esos ojos grandes, la exigua nariz en una cara redonda y pecosa. Lleva tiempo ahí, como no tenemos la llave, habría que forzar la cerradura y no queremos estropearlo, es un diario que regalaban a las niñas en los años 70... me explican, con escaso interés, cuando cerramos el trato por cinco euros. Al salir de la tienda, siento la voz más perceptible, acompañando mis pasos. 
Con un simple destornillador hago saltar la cerradura y me entrego al misterio de ese contenido que reclama mi atención. La letra del dietario no es de una niña, es de alguien con más edad; sorbo el café, me dejo llevar por los rayos de sol que se filtran por los orificios de la persiana y entonces, leo la única página escrita del diario: 
Me hacía ilusión comenzar con este diario, escribir en él cada noche, antes de acostarme; nunca hubiera imaginado que estas navidades serían las últimas que viviría en mi casa y la última al lado de mi madre; la siento aún a mi lado, estoy segura que siempre estará conmigo, aunque haya fallecido. No sé qué es el cáncer, pero se la ha llevado, después de haberla consumido. Mi padre dice que todos, él, yo y mis hermanos vamos a comenzar otra vida y que volveremos a ser felices. Pero su rostro ha cambiado, desde que mi madre nos dejó, jamás sonríe. Sus ojos miran siempre al suelo y su voz se apaga en cuanto comienza a hablar. Al menos, en el pueblo, estarán mis tías, mis primos, que nos ayudarán. Pero siento que algo muy importante se va a quedar aquí, en esta casa donde hemos vivido felices durante tantos años. Pensar que nunca volveré a ella, me entristece profundamente y me hace preguntarme cómo serán los futuros años, sin mi madre. Pero también debo recordar que soy la mayor de mis hermanos y debo hacerme fuerte: cuidaré de vosotros, cuidaré de mi padre e intentaré cuidar de mí misma. La vida es aquello que tantas veces escuché decir a mi madre, justo la que nosotros queramos construir. 
Y nada más. Un retazo de existencia, un deseo y sobre todo una esperanza de futuro. Ningún nombre, unas fechas: esa mujer, fuera quién fuese, debía tener hoy día alrededor de 60 años. También el nombre de una localidad  andaluza, apuntada al final de la página. Un pasado recobrando vida a través de un extraño, marcado por una tragedia pero iluminado por un firme propósito de encontrar felicidad. Una persona extraordinaria, que en su juventud hizo el propósito de afrontar el futuro con entereza. Y sí, me pregunto que habrá sido de ella, de su padres y sus hermanos. Si habrá conseguido, a lo largo de su vida, encontrar esa felicidad, entre la tragedia que marco su vida. Me pregunto tantas cosas que no puedo evitar calcular la distancia, en coche, hasta esa localidad. Y me dejo llevar por esa voz, que vuelve a mí, apenas un murmullo audible: hago la maleta y salgo, decidido a emprender el viaje, con el propósito de encontrar a la dueña del diario y devolverle esa parte de su pasado. Arranco el motor: el Sur de Ulises nos espera a ambos.

Comedia del Arte

Arlequín me analiza, semioculto tras una gran jarra de cerveza, de la que bebe lentamente. Yo he preferido, en una mañana de sol radiante...