martes, 2 de enero de 2018

El hombre dolor

Gregorio acabó su chocolate caliente y antes de levantarse de la mesa, comenzó a sentirse mal. Al principio todo se reducía a un mínimo, pero persistente dolor en el brazo, una molestia constante que al cabo de unos días se había vuelto insoportable. Las pastillas eran inutiles, aquella punzada, segundo a segundo, parecía haber nacido para devorar el pobre Gregorio que solo creía encontrar alivio tumbado de lado, sobre el brazo al que maldecía. Cuando lograba conciliar el sueño, corría por callejones olvidados, seguido de cerca por una forma etérea de color negro y de aspecto amenazante, que siempre lograba su objetivo: morder ese brazo que pasado un mes estaba dispuesto a amputarse. Visitó no pocos médicos e ingerió un sinfin de antiinflamatorios sin ninguna mejora. Radiografías, scanners y toda clase de pruebas que no apreciaban en ese dichoso brazo más que en cualquier otro brazo sano: carne, huesos y tejidos perfectamente dispuestos, para desesperación de Gregorio que a esas alturas rabiaba de dolor, de pie, sentado o tumbado, sin ser consciente que lo peor aún estaba por llegar.

El dolor en el otro brazo apareció tras una de aquellas pesadillas recurrentes. Se despertó con un nudo en la gargante y ese dolor inconfundible contagiado al otro brazo. Tuvo consciencia entonces que todas sus extremedidades iban a padecer del mismo mal, ese invisible calvario punzante iba a devorarlo por completo. Psicosomático, repetía entre dientes, ese diagnostico unánime que condenaba y reducia su sufrimiento a sí mismo. Él era su propia enfermedad pero también podría ser el remedio, si se esforzaba, expresión infernal a la que no podía encontrar significado alguno, por más que habia visitado a varios psicólogos que habían insistido en las mismas tesis: debía esforzarse por dejar atrás pensamientos, obsesiones, recuerdos que estaban deteriorando su salud. Entre dolor y dolor pensó en su propia vida, en sus seres queridos, en su trabajo, en ese dia a dia al que habia dejado atrás hasta llegar a esa imagen que el espejo le devolvía cada día: un anciano, de entre tantos, que habia tenido las mismas vivencias que cualquier otra persona desde su nacimiento: desdicha, felicidad, infortunios, satisfacciones, adversidades y fortunas en una sucesión constante sin solución de continuidad.  Una vida, como otra cualquiera, ajena a  ninguna tragedia personal ni trauma profundo emocional que pudiera recordar. Ni una vida gris ni una vida excepcional, simplemente su propia vida, a la que se había entregado con tesón, luchando, expresión que siempre reocrdaba de su padre. Un lucha que le había permitido estudiar, opositar y conseguir una estabilidad para casarse, comprar una casa, tener hijos y contemplar la vida con cierta comodidad propia de la clase media. Su vida había sido tan normal, en definitiva, que no lograba concluir anormalidad alguna. ¿Donde debia centrar ese esfuerzo para consigo mismo?, se repetía, intentando localizar en sus recuerdos un mero atisbo de frustración, de desencanto, al menos de decepciòn.

Pasados los meses, apenas podía moverse. Incluso masticar se había convertido en un suplicio, aunque no tanto como el infierno que le esperaba cada vez que hacía sus necesidades, dejando siempre parte de su alma en el inodoro, tal era el dolor indescriptible que recorría cada poro de su  cuerpo. Un cuerpo al que maldecía constantemente, entre pensamientos suicidas; llevaba tiempo pensando la manera de proceder y si bien las posibilidades eran múltiples, jamás encontraba el valor necesario para matarse, por más que su vida ya había dejado de ser vida, convertida en un suplicio que era incapaz de expresar:  el mal se había instalado en su cuerpo más allá de lo imaginable, de lo concebible. Simplemente, era inadmisible para la ciencia médica, que a alguien le dolieran incluso los párpados. Gregorio se había convertido en el hombre dolor, el primer hombre aquejado de aquella afección inédita en los anales de la medicina y al que se le había negado, desde el primer momento, enfermedad de ningún tipo. Su cuerpo era un cuerpo sano, acorde a su edad. El origen de su padecimiento estaba, tras no pocos diagnóstico de médicos muy especializados, al adquirir singular fama el transtorno de Gregorio, en su propia mente. Él generaba esos dolores, él acrecentaba los mismos, día a día. Y sólo él era capaz de conseguir que cesaran.  Tal era el dictamen especializado de todos aquellos sabios individuos con bata blanca que pasaron de considerar aquel caso como un prometedor reto en la historia de la medicina a considerar a Gregorio como el más descerebrado de los esquizofrénicos. 

Una mujer cocinaba y limpiaba a diario para él. Gregorio vivía en un sillón, con los ojos cerrados tras un antifaz y sumido en el más absoluto silencio: no podía hablar e incluso oír le reportaba más dosis de ese daño que no dejaba de atormentarle. Aquella mujer cocinaba en un absoluto silencio , sin usar ningún ningún robot de cocina; trituraba la comida a mano, con el mortero, hasta convertirla en un nutritivo caldo que él tomaría durante el día, en cortos tragos, con una pajita. Era el único testigo de aquél calvario viviente en que se había convertido Gregorio, olvidado por el mundo y posiblemente la única persona que albergaba sentimientos de piedad hacia él, que agonizaba lentamente sumido en la oscuridad.  Aquella mujer conocía las artes de una bruja de su barrio, una mujer de su edad muy solicitada a diario por una multitud de mujeres que buscaban en ella al oráculo de sus dudas vitales, de sus deseos nunca correspondidos, de la fortuna hecha carne o dinero que siempre había pasado de largo por sus vidas. Sabía que preparaba extraños brebajes que aliviaban todas esas enfermedades del alma y se preguntó, dado que todo habia fallado, si una bruja podria traer alivio a aquel hombre que parecía sufrir él solo por el resto del mundo. 

Apenas tuvo que explicar nada a aquella mujer vestida con un mono rojo y con un maquillaje imposible. Todo el mundo sabía quién era el hombre dolor, incluso ella. Al cabo de tres días había preparado una pócima que había denominado de Saint Germain. Aquella bruja explicó a la sirvienta de Gregorio que los ingredientes eran secretos, pero que se trataba de esa panaecea universal que si era capaz de curar cualquier enfermedad, también podría curar al hombre dolor. Aquella mujer sencilla y compasiva, transportó aquella botella de color aúreo como si en ello le fuera la vida y ya en casa del pobre Gregorio, sustituyó el contenido de la bolsa de suero por el de la pócima, sentándose frente a él, dispuesta a esperar con paciencia los acontecimientos. Pasó el tiempo, las horas y un sueño inevitable se apodero de ella, mientras Gregorio comenzó a sentir un inexplicable, inesperado, sorprendente alivio al que no daba crédito. De la estupefacción inicial, pasó a a creer que realmente, algo estaba ocurriendo. Cuando reunió valor para quitarse el antifaz y abrir los ojos, tuvo plena conciencia de que aquel dolor visceral no sólo estaba remitiendo: estaba desapareciendo. Y entonces, sus ojos se posaron en aquella sirvienta que conocía básicamente por el sonido de sus pasos, que dormía profundamente. Intentó comprender, pero sobraban las explicaciones: sencillamente, según transcurrían los minutos, fue recuperando el dominio de sus articulaciones, hasta asegurarse que aquel daño que había atravesado cada milímetro de su cuerpo se habia extinguido por completo. Cuando recuperó por completo la seguridad en él mismo, se puso de pie y abrió la ventana. Una suave brisa invernal recorrió su cuerpo, provocando en él un escalofrío que acogió como un éxtasis. Observó en el horizonte lejano las montañas nevadas, las nubes. A sus pies, los transeuntes, llenando de vida la calle. La vida, nada menos, pensó mientras buscaba un espejo y observar, con curiosidad, a un hombre decrépito, moribundo. O que volvía, lentamente, de la tumba. Se sentó frente a la mujer y cuando ésta abrió los ojos, ambos se abrazaron instintivamente. Gregorio sintió, al calor de aquel apretón, que la vida se filtraba de nuevo en su cuerpo. Tras las breves explicaciones de Emilia, así se llamaba su sirvienta, el hombre dolor era un simple recuerdo reemplazado por un hombre que acababa de nacer por segunda vez y que no podía dejar de mirar a los ojos de Emilia, aquella persona que le había prestado ayuda tan desinteresadamente, dejándose guiar por su intensa humanidad, en definitiva. Antes de tomar su mano y salir ambos a esa calle que deseaba ardientemente pisar de nuevo, Gregorio hizo una confesión a Emilia: Y yo me pregunto, si sólo es posible vivir sintiéndonos queridos, por qué insistimos en vivir sólo para con nosotros mismos...


viernes, 8 de diciembre de 2017

El poema de Frost

Limpió la barra con un trapo que había vivido mejores tiempos y cumpliendo con el ritual de todos los días, abrió la puerta del bar, esperanzado con hacer caja y aliviar las deudas que le habían quitado el sueño en los últimos meses. Maldecía el día en que había cedido ante las presiones de su hijo, para hipotecar no sólo el bar, sino su propia casa para aquel crédito millonario que se había esfumado en escaso tiempo, devorado por un negocio ruinoso que sólo había servido para que el banco estuviera a diario instándole a pagar o a ser desahuciado y para que se le rompiera el alma ver a su hijo ingresar en la cárcel. Desde aquél día sabía que el fin se avecinaba, también para él. No había vuelta atrás: su modo de vida se desmoronaba, el negocio que había logrado dar de comer a él y a toda su familia, ya estaba prácticamente en manos de otros.

Recordó, mientras servía el desayuno a un cliente de los habituales, sus comienzos tras la barra del bar. Allí instalado sirviendo el café, la cerveza, las tapas, el anís y el coñac de toda la vida, se sintió en paz consigo mismo, tras una infancia difícil en la que su madre luchó por él y sus hermanos toda su vida, día a día limpiando todo aquello que le ofrecían, desolladas literalmente las manos y las rodillas, pero siempre con una sonrisa amable para con sus hijos. Cocido, lo mejor del mundo, repetía siempre que conseguía ofrecer esa comida a los suyos. Falleció de puro desgaste, no sin antes dejar bien colocados, al menos desde el punto de vista de una mujer que había renunciado a tener vida propia desde que su marido desapareció completamente de su vida, a él y a sus dos hermanos, en trabajos que podían ser ejercidos por personas sin la más mínima cualificación, como era el caso: tanto él como sus hermanos habían dejado los estudios siendo aún niños y toda su vida había transcurrido como aprendices en cualquier negocio que les daba trabajo. Habían crecido en la más pura miseria, con sueldos que apenas eran propinas y sin aprender gran cosa de ninguno de los segmentos profesionales que habían vivido, que fueron muchos. Sólo la perseverancia de aquella madre abnegada y envejecida con apenas veinte años, a base de labrar amistad, logró lo que ellos mismos nunca lograron ni buscaron, unos contratos fijos y un sueldo mensual en diferentes empresas. Uno de sus hermanos, en un negocio de maderas; otro, como aprendiz de una pequeña tienda de electricidad y a él, el más negado de todos, un puesto en un bar que con el paso de los años, sería suyo. El bar que estaba a punto de perder o que ya, de hecho, había perdido.

Aquél bar consiguió transmitirle, desde el primer día, lo más parecido al bienestar personal. Se sentía útil y el trato diario con tantas personas era de su agrado. Su vida, tras la barra, se sucedió durante años, sin que apenas fuera consciente de ello. Un día, el dueño falleció sin que nadie de su familia tuviera interés en seguir al frente del negocio y desde aquél día, gracias a el escaso dinero que tenia ahorrado y la ayuda también de sus hermanos para el traspaso, se sintió completamente realizado. Su vida le pertenecía, fruto de su trabajo, de su esfuerzo personal, fruto de sus propias decisiones sin interferencia de nadie, salvo su mujer, una prima lejana con la que estuvo obligado a casarse tras dejarla embarazada. Una mujer que como su madre, hacía todo lo posible por contribuir a la economía del hogar que habían conseguido montar con abnegado esfuerzo, fuera limpieza, arreglar ropa usada, cuidar niños o incluso ejercer de pinche de cocina: un piso de protección oficial, cuya hipoteca pagaron puntualmente, cada mes. Dichoso autobús, maldito mil veces, susurró entre dientes. El autobús que se llevó por delante la vida de aquella mujer que llegó a amar con el tiempo, cuando el hijo de ambos apenas tenía diez años. 
- ¿Qué tenemos hoy de tapeo? - preguntó uno de los mecánicos del taller de enfrente, un grupo de clientes que nunca le fallaban. 
- De todo: tortilla de patatas, magro con tomate, papas a lo pobres con huevo frito...

La mañana había pasado rápidamente, como era habitual en aquellos días en los que no podía dejar de recordar, de reflexionar. La tristeza había hecho mella en él hasta tal punto que la vida parecía pasar por su lado, apenas rozándole. Simplemente, hacía su trabajo, comía, dormía y se recreaba en recuerdos que pudieran menguar esa desazón que lo devoraba. Una rutina que solo rompía una vez por semana, cuando iba a visitar a su hijo en la prisión, portando la comida que había elaborado con mimo, el día anterior. El rato que estaba con él, volvía a vivir, a sentir sensaciones, emociones. Era ya un hombre adulto, de treinta años, pero él lo seguía viendo con aquellos diez años que fue la edad en la que perdió a su madre y tuvo que recibir como único cariño el de su padre, que se entregó a él cada día. No podía tolerar carencias en su hijo, como las que él mismo había vivido, de ningún tipo, sobre todo afectivas y ejerció de padre y de madre día a día, recreando a la suya propia en todas sus acciones: su hijo creció feliz, finalizó una carrera universitaria, hecho éste que no se cansó de repetir a todos sus clientes y parecía encaminado a una existencia dichosa, cuando consiguió aprobar unas oposiciones. ¿Quién le metería la idea de aquél negocio ruinoso?,  se repetía a sí mismo, cada día. Miró el reloj: la noche había ya transcurrido, con la película en televisión finalizada. Era el momento que más temía, acostarse y no poder conciliar el sueño. No podía alejar de sí mismo la imagen, inexorable, de sí mismo, viviendo en una residencia de tercera categoría, la que pudiera permitirse con el dinero de su jubilación, sin techo propio, deambulando entre otros desgraciados que como él, estaban destinados a morir entre extraños. Le aterrorizaba sólo pensarlo, pero había logrado aminorar el miedo inventando una fantasía en la que veía a su hijo salir algún día de la cárcel y prosperar, convirtiéndose incluso en una persona de prestigio profesional. Una quimera que había construido noche tras noche, en forma de lejana esperanza y que le permitía, no sin dificultad, lograr conciliar el sueño, según transcurrían las horas nocturnas.

Pronto llegó el día en el que el banco cumplió sus amenazas. Ni siquiera los muebles de su casa le pertenecían, ni los enseres de cocina de su bar. Sólo le quedaba para sí los álbumes de fotos, así como su propia ropa. Toda su vida había quedado reducida a una maleta, que transportó hasta esa residencia que había gestionado, confirmando desde la primera visita, sus peores sospechas. Un sitio de aspecto cochambroso, con funcionarios vencidos por la rutina y una habitación que se asemejaba a la de cualquier pensión económica.

Allí transcurrieron los días, los años, en una rutina sin fisuras: desayuno, juegos de mesa, tiempo libre que prácticamente nadie usaba para salir, almuerzo, televisión, cena... Se había ofrecido para ayudar en la cocina, explicando toda su experiencia en el bar, pero fue inútil: él había venido a descansar,  que era la frase que repetían, constantemente, todos los que allí trabajaban. Había logrado, no obstante, hacer amistad, entre muchas de las personas que como él, estaban allí olvidadas por el mundo y aficionarse, obligadamente, a la lectura, para matar las horas, en aquella escasa, incómoda y mal iluminada biblioteca. Cada día, el espejo le devolvía su propia imagen, más que envejecida, destrozada. Todo su rostro se había descolgado, su pelo era apenas un recuerdo y todos los huesos de su cuerpo crujían, al menor de los movimientos. Se sentía cerca del final, que para su sorpresa, transcurría con calma, sin sufrimientos, con una conciencia ajena al desasosiego. Todos los que compartían sus días en aquella residencia se habían contado, muchas veces, la historia de sus vidas y había logrado relativizar la suya propia. Como él mismo, la mayoría apenas tenía visitas de familiares y el dolor que le provocó su hijo, tras salir de la cárcel, que prácticamente nunca fue a visitarle, fue a menos gracias a esa solidaridad compartida, obligada, entre todas aquellas personas de edad cada vez más avanzada.

Jamás había escrito apenas un párrafo, pero aquella inédita afición por la lectura le llevó de una manera natural a escribir un diario. Se lo regaló, unas navidades, un hombre culto cuya vida había transcurrido entre avatares aún más desgraciados que los suyos. Escribir te ayudará, pero hazlo siempre con juicio, dejando atrás la ira, le dijo éste, aquel día de navidad. Y eso hizo: convertir aquel dietario en su propia voz, que contuvo siempre para que fuera reflejo de sí mismo, no así de su simple estado de ánimo. Escribió cada noche, antes de dormir, al menos una página y a ese dietario le siguieron otros dos. Todos ellos los recibió su hijo, cuando le comunicaron el fallecimiento de su padre, por causas naturales. Había expirando en pleno sueño nocturno.

El destino del hijo de aquél sencillo hombre, contra todo pronostico, había transcurrido de forma afortunada, según transcurrieron los años. Había dejado atrás la fausta experiencia de la cárcel y se había situado, esta vez con fortuna, en el negocio de las inmobiliarias, rehaciendo por completo su vida tras casarse con una compañera de trabajo. Aquella fantasía que había alimentado su padre, para lograr conciliar el sueño entre tanto infortunio, se había materializado: su hijo era realmente una persona bien considerada en el sector de su profesión. Un hijo entregado a su trabajo, a su propia familia, huyendo hacia adelante de su pasado y que nunca tuvo tiempo para su padre, que había fallecido sin apenas saber nada de su nueva vida, quizá porque formaba parte, precisamente, de ese pasado que no quería volver a recordar. Decidió, consciente o inconscientemente, romper con todos los recuerdos, volver a empezar para poder volver a vivir.

Aquella noche, de vuelta a casa tras el entierro, al que sólo acudieron él y su mujer, comenzó a leer los diarios de su padre. La sorpresa inicial se transformó en rendida admiración, sin dejar de dar crédito a lo bien que escribía su padre, una persona prácticamente analfabeta, así como a la profundidad de sus reflexiones, una lección de vida que se desprendía de cada una de aquellas páginas en las que volvió a vivir su infancia, volvió a sentir a su madre junto a él y a recordar tantos y tantos días de su propia vida, entre recuerdos que se volvían intensos y emocionantes. Comprendió que había cometido el mayor error de su vida, al desprenderse de todos ellos y sobre todo de su propio padre, al que ahora anhelaba profundamente, pero que le volvía a hablar, desde aquellos párrafos que leía y releía con fruición. Amanecía cuando su mirada recorrió cada palabra de las últimas escritas por su padre, horas antes de fallecer. Había copiado un poema de Frost:

"La naturaleza verde es como el oro, es difícil retener su color. Su primer brote es una flor, pero solo dura un instante, luego una hoja sustituye a otra y el edén se torna melancólico. Así le ocurre al amanecer. El oro no permanece". Creo que significa que eres oro cuando eres niño como la hierba. Cuando eres niño todo es nuevo como el amanecer. Lo mismo ocurre con la puesta de sol, es oro siempre que nos paremos a mirar, que nos detengamos para contemplar que el mundo está lleno de cosas buenas. Debemos evitar que el edén de nuestras vidas se marchite, basta con detenernos, mirar a nuestro alrededor y sentir que nosotros también somos, si queremos, oro reluciente. No importan los infortunios, sólo cuenta lo bien que logremos sentirnos, cada día de nuestras vidas... 


martes, 5 de diciembre de 2017

Godot


Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?
Estragon: Sí, vámonos.
No se mueven. 

Vladimir: Si no nos movemos, no podremos irnos. 
Estragon: Es lógico.
Vladimir: ¿Nos movemos?
Estragón: No estoy seguro, he acabado sintiéndome a gusto aquí sentado. Déjame pensar.
Se quedan inmóviles.

Vladimir: ¡Qué! ¿Nos movemos? ¿Nos vamos? 
Estragón: Podemos movernos, sin necesidad de irnos
Vladimir: ¿Si no nos vamos, para qué queremos movernos?
Estragón: Puede ser divertido. Probemos: nos levantamos, hacemos palmas y volvemos a sentarnos. 
Vladimir: Vamos a probar. A la de tres: uno, dos y tres.
Se levantan, tocan palmas simultáneamente y se vuelven a sentar.Se miran fijamente, en silencio.

Estragón: ¿Qué decías? Vayámonos, ahora.
Vladimir: Me has despertado, dormía plácidamente. He soñado con una ciudad en la que todos sus habitantes acordaban dar un zapatazo contra el suelo, el mismo día, a la misma hora.
Estragón:  Eso me recuerda que hace semanas que no me corto las uñas de los pies (se descalza)
Vladimir: Me estoy preguntando: ¿Acaso duermo en este instante? Mañana, cuando crea despertar, ¿qué diré acerca de este día? Por cierto, tus pies huelen horriblemente. 
Estragón: Recordarías el olor de mis pies y este único árbol, en el que no se posa ningún pájaro.
Vladimir: Sin embargo, cabe la posibilidad de no estar equivocado. Todo esto es un sueño, nada existe. 
Estragón: Si así fuera, ¿qué hacemos esperando a que venga alguien que no existe? 
Vladimir: Porque quizás venga, a pesar de todo. ¿Nos vamos? 
Estragón: Si, vámonos. Pero si viene, no nos encontrará. 
Vladimir: Entonces, debemos seguir esperando, por si acaso viene.
Se quedan en silencio. Irrumpe un muchacho. 

Muchacho: Soy otro muchacho, distinto a los que ustedes han conocido en otras ocasiones. Vengo a anunciarles que Godot aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde.
Estragón: Oye, muchacho, ¿ha sido Godot en persona quien te lo ha dicho?
Muchacho: Es algo que no podría inventarme. Demasiada responsabilidad y aún soy un niño. 
Vladimir: Está bien, esperaremos a mañana
El muchacho desaparece. Vladimir y Estragón miran al vacío y acaban mirándose entre sí.

Estragón: ¿Y si el muchacho miente? A mí no me parece ningún niño.
Vladimir: Más bien parecía un adulto que quiere seguir siendo un niño
Estragón: ¿Cuántos años tienes Vladimir?
Vladimir: Nací en el 52. Muchos
Estragón: Los mismos que yo. Y desde luego, no me siento niño. Aunque tampoco un anciano.
Vladimir: Ojalá recordara mi infancia. Supongo que fue feliz. O quizás no, cuando eres un niño, no eres capaz de distinguir entre felicidad e infelicidad. 
Estragón: ¿Es capaz de hacerlo un adulto? 
Vladimir: Claro que sí. Prueba a ello: ¿eres feliz o infeliz? 
Estragón: Feliz no sé; infeliz no sé; pero me gustaría estar enamorado, eso sin duda.
Vladimir: A mi no, demasiada responsabilidad. Preferiría ser artista de circo.
Estragón:  Puestos a elegir, sería artista callejero. Siempre me he preguntado cómo es posible tragarse un sable.  
Aparece Lucky, dando saltos.

Lucky: Os vengo a anunciar que ya no soy un esclavo. He dejado a Pozzo.
Vladimir: Incluso hablas. ¿Cuándo recuperaste la voz? 
Lucky: Ocurrió justo en el momento que me puse a correr y dejé atrás al cruel Pozzo. 
Estragón: Eso merece un aplauso. No todos los días hay un Pozzo al que despistar. 
Los dos aplauden a Lucky, que hace una reverencia y se sienta en el suelo, entre ambos. 

Vladimir: ¿Vas a esperar tú también a Godot?
Lucky: ¿Por qué no? No tengo nada mejor que hacer
Estragón: Si vas a esperar junto a nosotros, cuéntanos qué tal el mundo, para entretenernos. 
Lucky: No hay mucho que contar. Sigue igual que siempre. Unos mandan, otros obedecen y los días pasan. 
Vladimir: Ah, como nos aferramos a las tradiciones. 
Estragón: Tradición es mi sombrero hongo y también el tuyo.
Lucky: Yo no tengo sombrero. Me temo que no podremos hacer el famoso número. ¿Sabéis que ya nadie lleva sombrero, salvo las mujeres en ocasiones muy especiales?
Vladimir:  Lo sabía, lo sabía
Estragón: ¿Qué es lo que sabías? 
Vladimir: Sabía que algo iba a ocurrir. O al menos, deseaba que algo ocurriera. 
Estragón: Ah, te comprendo. ¿Quién no tiene deseos, de vez en cuando? 
Lucky: Yo aprendí a vivir sin deseos; pero en cuanto tuve la oportunidad de tener uno, me puse a correr. Me pregunto qué vida habría tenido, caso de haber corrido mucho antes. 
Vladimir: No me gusta correr. Me gusta estar aquí, sentado. Es cómodo.
Estragón: Se me ocurre un juego mientras esperamos. ¿Seremos capaces de sincronizarnos y decir todos, al mismo tiempo, una palabra o una frase? 
Vladimir: ¿Qué palabra, qué frase?
Lucky: Se me ocurre una. Vamos a probar los tres, repetid conmigo: Moses supposes his toeses are roses
Estragón: Moses supposes his toeses are roses. Ya lo tengo.
Vladimir: Moses supposes his toeses are roses. Yo también.
Lucky: Muy bien. Ahora, los tres a la vez.
Los tres repiten la frase simultáneamente. Lo vuelven a hacer. De nuevo, levantándose y bailando. Finalizan, enmudecen y se vuelven a sentar. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Aprendices de brujo

Los aprendices se reúnen alrededor del brujo y se invocan a ellos mismos. En definitiva, se trata de hacer y deshacer sin más contemplaciones que el propio interés personal. Ellos no se rigen como el común de los mortales, sometidos a las Leyes. Para los aprendices no hay reglas, no hay normas y si las hubiera, basta con ser omitidas,  rechazadas o pospuestas, en última instancia, basta con no aplicarlas.
Lejos de la imaginería usual no hay sotanas ni sombreros en forma de cucurucho. Ni siquiera la música de Paul Dukas. En su lugar, trajes, corbatas y despachos con aire acondicionado, como único sonido de telón de fondo a las conjuras propias de aquellos que un día decidieron que las decisiones estaban en sus manos: cosas del poder, en definitiva. En cualquiera de estos escenarios, el brujo hace un ademán y descansa los codos en la mesa, gesto que es automáticamente imitado por el resto de aprendices. Baja ligeramente la cabeza y todos hacen lo propio. Habla y el silencio es sepulcral: su voz inspira, su voz es el summum de ese conocimiento al que todos aspiran y por otra parte son aprendices gracias a que el brujo así lo decidió. Bastaría su dedo índice para precipitarse al triste mundo donde el poder deja de existir y cualquiera de ellos daría las dos orejas para que eso no ocurriese.  Un peligro acecha: al fin y al cabo para jugar a aprendices hay que saber esquivar los riesgos que conllevan las acciones de los que se resisten a ser aprendices, esos descerebrados que invocan a la ética personal y a la profesionalidad. Constituyen el elemento más molesto de todas las molestias concebibles y desde luego, desde la mentalidad de los aprendices, el más incomprensible: ¿por qué, si es tan sencillo hacer y deshacer, pueden concebirse personas que pongan objeciones, basándose en absurdos criterios de conciencia profesional?, se preguntan los aprendices. El problema, alega uno de ellos, con aún más ganas de destacar que el resto, es que el sistema permita, lamentable error, que junto a ellos, los elegidos, puedan coexistir ésos otros que vienen a estropearlo todo, con su dichosa profesionalidad a cuestas. Por otra parte, acierta a decir otro de los aprendices, nunca he comprendido absolutamente nada cuando hablan de deontología, ¿qué es eso?, pregunta con una expresión en su rostro que refleja no sólo ignorancia, sino además un concentrado de ira, cólera y furor asesino que ha vuelto completamente rojas sus orejas.
- Bueno, bueno, no es tan grave... - clama el brujo, preocupado por los suyos - ... basta con bloquear, obstaculizar todas sus acciones, marginándolos por supuesto. O están con nosotros o están contra nosotros. La mayoría, afortunadamente, son personas inteligentes, que comprenden enseguida que una organización sobrevive gracias a que todos sus miembros acatan las reglas de la misma. Sus reglas, no otras. Y para esa escasa minoría que no quiere entender, que se resiste a comprender que esas reglas son áureas, indiscutibles y axiomáticas, simplemente os digo que la condenaremos a la más absoluta inanición... - El líder recibe una salva de aplausos y sonríe satisfecho, al comprobar la sonrisa de felicidad en el rostro de sus brujos: son como niños, piensa. Sin embargo, algo le preocupa. Sabe que no existen héroes, salvo en el imaginario popular; que cualquier persona tiene, simplemente, un precio. Y sin embargo, por increíble que pueda parecer ha podido intuir no sólo francas resistencias, en alguna de esas personas indeseables que se resisten a engrosar las filas de los aprendices de brujo. Además, esas personas, por más que pase el tiempo, por más que se arremeta contra ellos, siguen permaneciendo fieles a sus malditos principios, independientes  e impermeables a las reglas de la organización.
El brujo despide a sus aprendices y se queda en la soledad de la gran estancia, ante una mesa de grandes proporciones. Por unos instantes, ha sentido un temor desconocido. Un miedo subliminal que por unos segundos le ha sumido en hondas preocupaciones. Ha pensado que quizás, sólo quizás, ésos pocos que no quieren formar parte de la organización quizás puedan ser más en el futuro. ¿Pero tantos como para hacer peligrar unos cimientos construidos durante décadas, a base de perseverancia y un aprendizaje constante que incluye el paso de la oca? No, no es posible, se repite a sí mismo. La organización seguirá, somos ese  perpetuum mobile, inherente al poder. Y el poder seguirá siempre en nuestras manos: los aprendices de brujo somos muchos y aún son más los que desearían serlo. El brujo mira por la ventana, se relaja por completo y contempla el paisaje del mejor de los futuros. Pero la suerte hoy no está con él: identifica, a lo lejos, a uno de esos escasos y odiosos héroes, que maleta en mano, camina con paso seguro por la calle, imperturbable a coacciones, marginaciones e incluso insultos. La sonrisa que había esbozado, desaparece y de nuevo, una sombra de preocupación, se apodera de él...


martes, 28 de noviembre de 2017

Llegar

El hombre siente que "está llegando". La mujer, a su lado, tiene una expresión que se traduce como "llegar... ¿era esto?". Fuera como fuese, ambos están obligados a seguir el protocolo, allí donde quiera que hayan llegado. Sonríen, de oreja a oreja, al fin y al cabo para eso están allí, mientras contribuyen a hacer bulto alrededor de ese Mesías que micrófono en mano promete y arremete, en monótona cadencia verbal, con estudiados crescendos que deben aplaudirse y vitorearse para que el discurso vuelva a empezar de nuevo. El hombre saca pecho, sonríe aún mas si ello es posible y empuja con delicadeza a los que junto a él, forman la masa humana que aparecerá en televisión, arropando al líder. El sueño del hombre es, por supuesto, una instantánea en los medios de comunicacion, con suerte un primer plano en que se muestre, además de sonriente, interesante e inteligente. Aguantando la sonrisa, intenta elevar las cejas, para parecer interesante y a continuación se pregunta qué hacer para mostrarse, además inteligente: instintivamente, cierra ligeramente el ojo izquierdo y petrifica, de tal guisa, el rostro, evitando la mirada de incomprensión de la mujer, que alterna los aplausos con las aclamaciones reprimiendo un bostezo. La suerte hay que buscarla, piensa el hombre, impotente para dibujar en el desencajado rostro un nuevo matiz de heroicidad, empujando con delicadeza a la mujer y a todos los que se interfieren en su camino para llegar junto al líder, justo allí donde la fotografía de su vida le espera. Aplaude y empuja, arremete y logra unirse, sin desdibujar la sonrisa, al clamor milimétrico de la multitud cada vez que el líder acentúa la inflexión de su potente voz, hasta desgañitarse. El sudor recorre el rostro del hombre, pero erre que erre, rostro desencajado, avanza lentamente hasta llegar a su meta, allí donde las cámaras de televisión, los fotógrafos, hacen su trabajo. Aquí me quedo, piensa el hombre, mientras sueña despierto: un alto cargo, faltaría más; coche con chofer a su disposición; un sueldo elevado que ya se encargaría él de elevar a millonario. Pero el sueño se desvanece justo cuando la lluvia comienza a arreciar: el discurso finaliza, abruptamente, la masa humana, junto al líder, se dispersa y lo peor de todo es que es incapaz de volver a poner en orden su descompuesto rostro. La sonrisa pugna por seguir allí, las cejas y el ojo izquierdo han decidido no alterar esa composición imposible. Mira alrededor, buscando ayuda, pero la mujer también ha desaparecido. El hombre corre en cualquier dirección, bajo la lluvia, que comienza a menguar y llega hasta una plaza en la que otro mitin comienza a desarrollarse. Ya puestos, piensa: comienza de nuevo a empujar a su alrededor, mientras pletórico, vuelve a sentir que está llegando.  


sábado, 25 de noviembre de 2017

Preferiría no hacerlo

Bartleby me miró sin verme. Su mirada perdida navegaba, quizás, entre funestos recuerdos de vivencias nunca superadas, por brumas amargas de retazos de vida en forma de puñaladas, entre mares de profundas tristezas. Su única frase conocida, la única que acertaba a pronunciar, junto a esa mirada que conmovía, definían al más infeliz de los hombres, que tras su mesa de despacho, imperturbable, parecía extinguirse a ojos vista, en la más absoluta inmovilidad, inmerso en sí mismo, indescifrable a la razón si bien sus sentimientos se volvían omnipresentes en aquella estancia sumida en la penumbra, en mezcla de aciagas sensaciones e infaustas sensibilidades al servicio de la más profunda de las aflicciones.
Recuerdo mi primer encuentro con Bartleby, en un día de almuerzo familiar, en el campo. Tras la paella cocinada con leña, el café al atardecer y todo esos maravillosos tiempos muertos entre paseos, recolección de flores silvestres e improvisadas escaladas a los árboles, el atardecer se caracterizaba, en aquellos domingos, por un rato de lectura coincidiendo con el día tocando a su fin. La lectura del libro de Melville, elegido para la ocasión, constituyó una de las mayores experiencias de inmersión literaria que recuerdo. Yo estaba allí, junto al infeliz escribiente, contemplando su tragedia, compartiendo la perplejidad del narrador ante aquel indescifrable personaje y viviendo, junto a él, la tragedia de un hombre que un día prefirió no hacer nada, absolutamente nada, salvo quizás dejarse extinguir por la más absoluta inanición. La tristeza me invadió, profundamente, aquella tarde de domingo y la imagen propia que creé de aquél, el más desdichado de los hombres, me acompañó siempre, como símbolo del desconsuelo humano, si bien evité volver a leer posteriormente el magistral relato, en un intento inútil de dejar atrás tan vivos recuerdos surgidos de mi propia imaginación. Hasta hoy, que una nueva edición cayó en mis manos y la tentación superó mi débil voluntad. De nuevo, ante mi, Bartleby había aparecido, con sus ojos vidriosos y apagados, prefiriendo fallecer junto a reyes y consejeros, víctima quizás de la lectura de tantas y tantas cartas que jamás llegaron a su destino, portando esperanzas para aquellos que probablemente murieron antes de poder recibirlas, de sentirlas. 
Triste humanidad, capaz de volver aún más tristes a los hombres, devorándolos hasta el fin.

jueves, 23 de noviembre de 2017

A la sombra de Bukowski

El empleo era aún peor de lo que me imaginaba. Una estación de gasolina olvidada por el mundo y solo frecuentada por taxistas, prostitutas y algún conductor despistado. A diferencia de otras gasolineras, sus puertas estaban abiertas, a cualquier hora de la noche, para inspirar confianza entre la clientela, según singulares teorías del dueño de aquel antro, un anciano desvencijado cuya vida había transcurrido entre aquellas cuatro paredes, como un pez en una pecera. Mi trabajo consistía en recibir al cliente, llenar el depósito de su coche y cobrarle el importe en el interior de la tienda, animándole a consumir bollería industrial, refrescos, lotería e incluso charcutería. Cada noche de cada semana, a cambio de un sueldo miserable pero que en mi precaria situación económica, ese dinero se me antojaba una auténtica fortuna.
La primera noche me pareció eterna. Las horas parecían no transcurrir en un escenario desolado, por la ausencia absoluta de clientes. En efecto, aparecía algún taxista de manera ocasional, pero nada más. La zona de polígonos industriales cercana rebosaba de prostitutas pero ninguna hacía acto de presencia. Un negocio ruinoso: habían pasado cuatro horas y sólo habían repostado dos clientes. Tuve que vencer las tentaciones continuas de cerrar y ponerme a dormir y quizás lo hubiera hecho si no hubiera aparecido, de repente, en el umbral de la puerta, una de las furcias que me miraba fijamente. 
- ¿Puedo entrar? - preguntó. Observé la escasa ropa que llevaba y por lo demás, su lamentable aspecto físico. ¿Qué clase de hombre podría buscar sexo en una mujer como ella? 
- ¿Por qué no podrías hacerlo? - respondí, intentando mostrarme amable con ella. Al fin y al cabo, ambos éramos despojos. 
- El anterior empleado nos prohibió la entrada; decía que no quería sida en los lavabos... - me confesó, mientras se acercaba a mí. Visitó los lavabos, compró una lata de cerveza que consumió allí mismo sin dejar de hablarme de sus clientes, sus servicios y su independencia - Los chulos son para las más idiotas; para vender mi cuerpo, me basto y me sobro... 
Al día siguiente, ella volvió, acompañada de más mujeres que como ella, buscaban los lavabos, bebida fresca y sobre todo un descanso de la calle. Hablaban entre sí, se contaban sus penurias y sobre todo bromeaban con el penoso anecdotario a costa de clientes que rehuían mirarlas a los ojos. Entre ellas destacaba Lucy, una chica joven, de Senegal, que era como el alma de aquel grupo que fue en aumento, según transcurrieron los días. Lucy tenía liderazgo, personalidad y un cuerpo que exprimía, cada noche: necesitaba dinero, mucho dinero. 
- Quiero volver con los míos, cuanto antes; pero quiero hacerlo con dinero. Montaré un buen negocio, me casaré y tendré una vida normal, con niños - contaba cada noche al resto de mujeres. Un sueño compartido por todas, una quimera para la mayoría, desgastadas por un trabajo del que nunca podrían escapar. 
En un cajón disponía de un revolver, listo para usarse pero con la prohibición expresa de usarlo. Sólo podía exhibirlo en caso de peligro, nada más. El dueño no disponía de licencia y yo aún menos: un arma persuasiva, para situaciones extremas, que se habían dado en el pasado. Lucy acostumbraba a beberse su cerveza descansando su espalda sobre un expositor que estaba justo al lado de la puerta, mostrando, quizás exhibiendo su perfil, enmarcado en un voluptuoso cuerpo del que gustaba hablar continuamente. Dinero invertido en tetas y culo, explicaba, entre risas. Una noche tuve una visión y le cedí la pistola, a condición que posara en su sitio habitual y que pusiera imaginación al hecho de portar un arma cargada. No andaba equivocado: Lucy se convirtió, con sus posados, en una letal presencia, tan sexual como mortal, una fascinante mezcla que en su rol de mantis religiosa, no tenia rival. 
Cada noche venía buscando la pistola y cada noche representaba su papel, para jolgorio de sus compañeras. Los escasos clientes que venían a repostar no salían de su incredulidad, la gasolinera parecía regentada por prostitutas y Lucy era la líder absoluta de aquél tinglado imposible del que escapan  a toda prisa. 
Una noche, el dueño y un fornido taxista se presentaron en el local, justo en medio de la fiesta habitual. El anciano me dijo de todo y me despidió, mientras el taxista la emprendió a patadas con las chicas, que huyeron despavoridas, entre ellas Lucy, con la pistola y maldiciendo. 
Me fui a mi casa: el enésimo empleo perdido; dormí profundamente y al despertar, me obsequié con un desayuno copioso, mientras escuchaba la radio. Una estación de gasolina había ardido durante la noche. No constaban  víctimas, se habían escuchado disparos y era posible que los mismos dieran origen al fuego. Recordé a Lucy, el umbral de la puerta, dibujando su figura en el contraluz de la noche, enfrentándose sola al mundo y a los hombres, cada día. 





El hombre dolor

Gregorio acabó su chocolate caliente y antes de levantarse de la mesa, comenzó a sentirse mal. Al principio todo se reducía a un mínimo, ...