domingo, 20 de mayo de 2018

Comprar tiempo

La frase es de Terenci Moix, en relación al premio Planeta: la importante dotación económica le permitía "comprar tiempo" y la hizo suya, en el mismo escenario, hace algunos años en 2001, Rosa Regás, antes de estar al frente de una polémica gestión como directora general de la Biblioteca Nacional de España y también antes de dejar atrás todo para escribir esa obra maestra sobre el paso del tiempo que es Música de cámara (2013). 

En un almuerzo familiar que tuvo lugar el sábado, el tiempo se manifestó como siempre lo hace, definitivamente invencible, en la línea irónica de un Corneille tras pasar  por el filtro de Tristan Bernard. Nada que hacer, simplemente, frente a una edad que ya dejó atrás la lozanía y manifestándose en calvas prominentes, rostros marcados por las arrugas, serias enfermedades (en el caso de una las presentes en el almuerzo a la que deseo todo lo mejor que se le puede desear a una pesona que se extingue, a ojos vista) y en general, un deterioro físico inevitable que sin embargo a nadie parecía importar, afortunadamente. En contraste, en esa reunión familiar había también niños y adolescentes. Los primeros, absolutamente al margen del tiempo, enfrascados en el entorno natural del restaurante y sus gatos y los segundos, asistiendo, quizás con lejanía, a ese reencuentro familiar en el que el pasado afloraba en unas conversaciones que se sucedían con naturalidad sólo para cerrar un círculo de vuelta hasta el presente. El círculo de la vida, sin nostalgías excesivas, frente a un apego que sigue ahí, vigente, en esos lazos invisibles e imperecederos que unen existencias. 

Al despedirnos, tras un fastuoso almuerzo que se prolongó hasta las ocho de la tarde, no pude dejar de pensar del escaso tiempo que dispongo a diario para mi mismo. Un familiar conducía el coche de vuelta a Granada y aunque el paisaje invitaba a soñar, creo que fui el único que no logré abstraerme, sumido en pensamientos que nada tenían que ver con el tiempo en sí, ni con una edad que avanza sin cesar, cuestión esta última que, sinceramente, nunca me ha preocupado. Esos pensamientos tenían que ver más con una suerte de servidumbre que en forma de rutinas establecidas, no nos permiten vivir los días. Hace poco, en otro almuerzo profesional, un compañero me dijo lo siguiente: "... si comienzas a pensar que todo va a peor y reflexiones de este estilo, es que estás envejeciendo...".  Qué sabias e implacables palabras. En ese viaje de regreso recordaba una entrevista a Roger Corman, el famoso productor y director de cine, que contaba que en pleno rodaje de una de sus peliculas, siempre se preguntaba a donde conduciría un camino, que cercano al set de rodaje, se le presentaba todos los días como una tentación a la que no podía sucumbir: el plan de rodaje no le dejaba el más mínimo tiempo libre. Fue la última película que rodó como director, limitándose a la producción posteriormente. Compró tiempo, para sí mismo. Y reflexionando en ese viaje de vuelta, por más cercano que pueda estar a mi profesión, a la que me entrego y por más evidentes que puedan ser los obstáculos diarios para desarrollar la misma con ese sentido técnico que sin duda tuvo en tiempos pasados, cabe preguntarse, en ese esfuerzo diario a medias entre el cielo y el infierno, dónde está el tiempo para uno mismo. Como Corman, a veces me asomo a la ventana de mi despacho y mi imginación vuela y con frecuencia, me dejo llevar por ella, para volver con brusquedad a la mesa en la que el teléfono suena insistentemente. No sé cómo comprar el tiempo, sin renunciar a un código ético profesional al que me entrego casi todas las horas del día, a diario. Desconozco cómo hacer espacio en la tela de araña de obligaciones y devociones diarias que comienzan cuando la alarma del despertador suena. Recuerdo a Sabú, en la versión de 1940 de El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, dirigida por Michael Powell, entre otros), subiendo por una de de ellas, enfrentándose a arañas gigantescas. Y rechazando glorias y honores para ser, simplemente, él mismo, al final de la película. Y entonces llego a la conclusión que los mercaderes de tiempo son incorruptibles, si bien algo ingenuos: si nunca nos traicionamos a nosotros mismos, el tiempo deja de existir.

Al llegar a Granada, encontré aquello que quería leer en una edición vetusta de Hamlet, en su primer acto, en la tercera escena que había regresado, con fortuna, a mi memoria:
Llévate mi bendición y graba en tu memoria estos principios: no le prestes lengua al pensamiento, ni lo pongas por obra si es impropio. Sé sociable, pero no con todos. Al amigo que te pruebe su amistad sujétalo al alma con aros de acero, pero no embotes tu mano agasajando al primer conocido que te llegue. Guárdate de riñas, pero, si peleas, haz que tu adversario se guarde de ti. A todos presta oídos; tu voz, a pocos. Escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo... Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo…

Hoy, al despertar, he visto a Puck, hurtando del frigorifico la lata de paté ibérico que pensaba abrir para el desayuno. Dichoso duende, tan divertido al mismo tiempo, al que no pude alcanzar, al toparme con Dorian Gray e insistir éste en convencerme que la juventud es un divino tesoro, al que despaché con amabilidad. A punto de devorar mi tostada con aceite y ajo, en sustitución del paté hurtado, apareció Proust junto a El Inmortal de Borges, soñando aún este último con ser Homero. Les animé a volver en otra ocasión. Inútil la perseverancia de todos ellos: había decidido ser fiel a mí mismo, un tiempo primaveral me esperaba y como era domingo, también un plato de paella. La inmortalidad consiste en esos momentos en los que es posible acariciar y reconciliarse con el tiempo.



domingo, 13 de mayo de 2018

Manhattan, de Allen

Vuelvo a ver Manhattan (1979), del ahora vilipendiado, por razones que poco tienen que ver con su obra cinematográfica, Woody Allen y de nuevo me reencuentro con Gershwin y ese genio, algo olvidado, de la fotografía que fue Gordon Willis. Pero sobre todo vuelvo a sumergirme en ese mosaico de personajes, tan propio del director, repletos de humanidad: amores y desengaños, entre encuentros y desencuentros en busca de una hipotética felicidad que se antoja siempre huidiza. La vida misma y posiblemente el motivo por el que las películas de este magnifico director no envejecen.
El personaje que interpreta Diane Keaton se rodea de la élite intelectual y cultural neoyorquina a la que el protagonista, Isaac David, interpretado por Woody Allen, describe como “un grupo de amigos muy interesantes que parecen que hayan salido de una película de Fellini”. En definitiva, seres surrealistas, patéticos y excéntricos escondiendo sus miserias tras la acertada cita al universo felliniano, que junto a otras numerosas referencias culturales, como August Strindberg, Nabokov, Van Gogh, Ingmar Bergman (cabria preguntarse, ¿cuántas personas de las nuevas generaciones de cinéfilos conocen las peliculas de Bergman?),  conforman un universo a medio camino entre la crítica a los medios de comunicación de masas con todos esos aprendices a gurú cultual que caracterizan las películas de Allen (recuérdese la divertida escena en Annie Hall (1977), a costa de Fellini y sobre todo, Marshall McLuhan) y la verdadera admiración de Allen hacia estos nombres propios de las artes. 
Es en este film donde Allen expone por primera vez de forma precisa la tesis con la que nos encontramos en el resto de su filmografía. La razón, la cultura (en toda la posible extensión de la mass media, televisión y periódicos incluidos, como bien definió Savater en el imprescindible Apocalipticos e Integrados) y el conocimiento no conducen, necesariamente la felicidad. Por el contrario, el vacío en el que se encuentra el personaje, aparentemente autosuficiente en ese mundo artificioso de una suerte de élite cultural, se evidencia al menospreciar al único personaje de la película que en su sencillez, es capaz de tener verdaderos sentimientos románticos, en el rol interpretado por Mariel Hemingway .En una escena de la película, el personaje de Diane Keaton llama por teléfono a Isaac, que tras contarle que estaba leyendo el periódico, le dice “No leía el artículo sobre las masas anónimas de China. Estaba mirando los anuncios de lencería. Sí, no puedo dejar de mirarlos. Son realmente eróticos.” Allen plantea de forma cómica como el erotismo, o el placer en general, es la alternativa ideal para contrarrestar un exceso de intelectualismo o de un conocimiento extenso pero inútil de referentes culturales que los propios mass media imponen (la secuencia en el estudio de televisión con las risas enlatadas). Esta idea la explicita el protagonista en la mítica escena del planetario: “Nada que valga la pena puede ser entendido con la mente. Todo lo que es verdaderamente valioso tiene que entrar por una abertura distinta, y perdona lo desagradable de la imagen.”
Allen no tiene dudas en su tesis: la alternativa al uso del conocimiento y la razón para sobreponerse al vacío existencial y a los desequilibrios emocionales, es, simplemente, el amor. A condición de no estar ciego ante él. Al final de la película, Isaac David corre, literalmente, para encontrarse de nuevo con el personaje de Mariel Hemingway, dejando atrás al espejismo idealizado del rol de Diane Keaton. Allen elige a la más ingenua de los personajes, la menos intelectual, la más sencilla en su planteamiento vital, pero la única capaz, al mismo tiempo, de amar sinceramente, en ese marco preciosista en blanco y negro fotografiado por Willis y en el que los personajes, como un escenario teatral, buscan encontrarse a sí mismos entre relaciones cruzadas. Una película de referencia y sin duda una de las mejores en la filmografía de Woody Allen, imprescindible.

martes, 24 de abril de 2018

Perdiendo batallas

Trago amargo, perder batallas. La debilidad se hace manifiesta e incluso se encrementa frente a esa sensación amarga de la derrota. Quizás no se pierda la guerra, que se adivina constante, pero se pierde, irremediablemente, algo de uno mismo en esa lucha perdida: quizás el orgullo, probablemente la esperanza, que hay que volver a recuperar, a toda costa, si deseamos que la vida continúe, sin duda con más batallas que nunca quisiéramos vivir, pero que son inevitables. La vida misma, en una continua confrontación para con los demás y con suma frecuencia, para con uno mismo. 

No hay una respuesta, al menos convincente, al odio que las personas nos profesamos a diario. Simplemente, ocurre cuando los intereses divergen y somos incapaces de llegar a acuerdo alguno. Cada uno piensa del otro que es un ser irracional que no atiende a razones y que además, carece de moral alguna. Y comienza, por enésima vez en ese bucle infinito, esa batalla que alguien perderá irremediablemente, por más que nunca se adivine su final. 

Naturaleza humana o demasiada humanidad, que hubiera aseverado Nietzsche. Una humanidad que desde sus orígenes, no ha dejado de destruirse entre sí, por mera supervivencia nuestros ancestros y por mero interés personal poco después. Por el camino, millones de personas diezmadas por sucesivas guerras iniciadas por unos pocos, que sin duda se odiaban entre sí; siglos de esclavitud, donde muchas personas se pensaban superiores y en consecuencia dueñas de otras muchas, por meras razones xenófobas o bien de género: la mujer, cabe recordar, siempre ha sido esclava de la condición femenina que en todas las épocas el hombre ha tenido a bien otorgarle: los roles de género no son más que producto de una imaginación colectiva que en pleno siglo XXI parece perdurar, incluso entre mentalidades aparentemente muy cultivadas. 

Sea como fuere, la sociedad no puede cerrar los ojos ante la injusticia, sobre todo cuando es la propia justicia la que parece estar ciega. Cuando miles de personas se unen para librar su solidaria batalla contra tanta ceguera, la civilización encuentra su razón de ser en el más loable de los objetivos: poner rostro a los que odian y a los que parecen justificar ese odio, para mostrar un rechazo masivo ciudadano a esas decisiones que nadie logra entender. Si la solidaridad es el triunfo de una voluntad que tiende a crecer día a día, la batalla contra la injusticia bien merece la pena ser vivida. Y si se pierde, en el peor de los casos, conviene tener presente que otras batallas se sucederán,con una esperanza que por ser colectiva, necesariamente se vuelve invencible e himno de una solidaridad compartida. A por ellos, que son pocos y cobardes.

sábado, 21 de abril de 2018

Maternidad

Me contaron una historia: una mujer, madre soltera, fue acogida en una institución benéfica. En aquel tiempo, lo peor que le podía ocurrir a una mujer era tener un hijo sin padre reconocido y su destino, repudiada por su familia, pasaba por estar al servicio de las monjas del lugar, básicamente como criada de las mismas. A pesar del trabajo a destajo, no se quejaba,  podía ver a su hijo una vez al día, durante dos horas y ambos tenían un techo donde dormir. 

Aquél día que le comunicaron bruscamente que su hijo había sido adoptado y que en consencuencia debía irse, sintió un dolor punzante en la espalda del que no lograría desprenderse jamás, en cada día de su vida en el que no cesó de buscar a aquél bebé que le habían arrebatado aquellas monjas hurañas y enfadas con el mundo.

Sobrevivió a duras penas, haciendo lo único que sabía hacer, servir de criada en las casas donde quisieran contratar sus servicios. El mundo, su mundo, se habia acabado a los veinte años y antes de ser apenas consciente de ello, ya tenía cincuenta y un cuerpo arruinado por la artritis. El día que se miró en el espejo y sintio que la vida comenzaba a huir de ella, tomó la decisión de invertir sus ahorros para localizar a aquel hijo que nunca olvidó: contactó, tras preguntar aquí y allá, con un detective de cierta fama y contrató sus servicios, a condición que ella estaría junto a él, en todas sus pesquisas. 

Ambos comenzaron una búsqueda que se inició con aquellas monjas carcomidas, a su vez, por el tiempo, dispuestas a crear un muro inquebrantabe de silencio ante cualquier demanda de información sobre niños adoptados, extremo que negaban por completo. Pero el detective era un hombre tan habil en su profesion como amante del teatro:amenazó con llevar, ese mismo día, todo el asunto al ámbito judicial y abrir aquella institución a todos los medios de comunicación con el enfoque más morboso posible al respecto de bebés dados en adopción sin consentimiento de sus madres solteras, prácdticametne analfabetas y desvalidas ante acciones que ni podían sospechar que estuvieran completamente al margen de la Ley. Una frase del detective fue especialmente convincente: "... sólo queremos un nombre. Uno solo. En caso contrario, van a tener que dar muchos nombres y muchas mas explicaciones. Muchas mujeres van a reconocerse en la propia tragedia de mi cliente, cuando el nombre de su institución salga en todos los informativos de la television..."

Consiguieron el nombre y la búsqueda comenzó a acelararse. La familia, de muy buena posición social, fue fácil de localizar, en una localidad distante en la que aquella mujer esperaba encontrar a su hijo, al que imaginaba como un joven de treinta años, bien parecido y en la mejor de las circunstancia de la vida, habiendo crecido en un hogar como aquél, que una mañana ella y el detective contemplaron: una enorme y esplendorosa casa señorial rodeada de jardines. Una esperanza de vida que sin embargo, se veía ensombrecida por un detalle que la inquietaba: a pesar de sus esfuerzos, su fantasía no lograba poner rostro a aquél hombre que imaginaba como su hijo. 

El mayordomo les hizo pasar a una fastuosa sala en la que esperaron con impaciencia hasta que al fin, una anciana se presentó ante ellos. El detective quiso explicarse, pero fue la propia mujer la que pacientemente fue desgranando su triste historia ante los ojos incrédulos de aquella anciana que sin embargo, escuchó con paciencia todos los detalles de la vida de aquella madre desesperada. 
Tras un largo silencio, la anciana asintió. Ella y su difunto marido habían ejercido de padres adoptivos del bebé de aquella mujer, todos los datos coincidían y las fotografías no dejaban lugar a dudas. Allí estaba el bebé, más tarde un niño sonriente y feliz y después, un jóven atractivo, de aspecto algo melancólico. 

- Tuvo conciencia de que era un niño adoptado muy pronto y por él mismo. Encontrarse con usted, su madre biológica se convirtió en una obsesión. Me quería también, así como a su padre adoptivo, pero llegó un momento que en sus ojos sólo se reflejaba la melancolía. Al terminar sus estudios, se hizo abogado y prácticamente desapareció de mi vida... - relató con entereza y sinceridad aquella mujer, deteniéndose en cada palabra. Ella también estaba sola, lejos del hijo que había criado y amado, cuyo rastro se perdía en la casa de beneficiencia a la que se había dirigido dispuesto a buscar sus orígenes. Es lo que había esccrito en la última carta que aquella anciana había recibido de él, sin tener más noticias suyas en los ultimos dos años. 

La mujer emprendió el camino de regreso con la firme convicción, que no reveló al detective, que conducía el coche sumido en sus propios pensamientos, de que su hijo había fallecido, pero aún así, anhelaba estar a su lado, reencontrarse con él, al menos por última vez. 

Al día siguiente, volvieron junto a las monjas. Esta vez, la mujer preguntó directamente por la antigua monja superiora. Y lo hizo con tal determinación que a los pocos minutos, estaba frente a ella, una anciana postrada en una silla de ruedas que miraba al infinito. 

- Dígame donde está enterrado mi hijo. Y dígamelo ahora. Sé que estuvo aquí antes de morir. No me importa que cuanto estuvimos aquí usted se escondió de nosotros. Sólo quiero saber en qué lugar yace, nada más. Dígamelo y nos iremos... - gritó a aquel rostro imperturbable. Transcurrieron algunos minutos eternos, antes que aquella monja pareciera cobrar vida con sus palabras. 

- Vino varias veces preguntando. Estaba enfermo de sida, muy enfermo. Pero yo no sabía nada de usted, absolutamente nada. Nada podía revelarle que le sirviera para localizarla. Alquiló una casa en la localidad y fallecio al poco tiempo. Está enterrado en el patio, hay una lápida con su nombre...

- Madre, usted me miente, como siempre lo ha hecho. Si hubiera dicho mi nombre, simplemente mi nombre a mi hijo, él me hubiera encontrado, estoy segura... No tema, la perdono. Usted ya tiene bastante con su propia conciencia y yo lo único que quiero es encontrarme con mi hijo... - respondió con entereza aquella mujer, dirigiéndose rápidamente hacia el encuentro que tanto había deseado. 

Fue el detective quién localizó la lápida, entre tantas ocultas por una maleza salvaje que convertía aquél lugar en un sitio inhóspito y descuidado. La mujer corrió al escuchar el nombre de su hijo y se arrodilló ante la tumba, sonriente, eufórica. Sus ojos, después de tantos años sumidos en el pesar, al fin cobraban de nuevo vida. Habló en silencio con su hijo, expresando sus sentimientos, su vida, sus pesares y sobre todo ese deseo irrefrenable, eterno, de volver a estar con él. Y al fin, tras toda una vida, ambos volvían a estar juntos. Así transcurrió el tiempo, con un susurro apenas perceptible de una brisa invernal interrumpiendo con timidez aquel silencio lleno de palabras de cariño de una mujer que había cumplido el único deseo que la habia mantenido con vida durante todos aquellos años. El detective, transcurrido el tiempo, se atrevió a interrumpir: 

- ¿Cómo ha podido perdonar a aquella monja? No lo comprendo, lo que hizo con usted y con su hijo, en el pasado y en el presente, ha sido una monstruosidad... 

- Yo sólo quería volver a estar con mi hijo. Lo he deseado toda mi vida y al fín lo he logrado. Es lo único que importaba. Y no quiero pasarme el resto de mi vida odiando, nadie debería hacerlo. Sobre todo cuando por fin, los dos estamos de nuevo juntos ... - susurro aquella mujer, interrumpiendo sus oraciones. Sonrió con gratitud al detective y volvió a sumirse en ese silencio que sólo su hijo escuchaba. 

lunes, 16 de abril de 2018

Vivir para vivir



Encontrar una llave en el fondo del océano
Recitar versos nocturnos, en la cima de una montaña
Dormir bajo una lluvia de estrellas
Bailar un tango con tu pareja bajo una lluvia de primavera
Contemplar el amanecer tras una noche de amor
Acompañar con absenta los crujidos de la leña ardiendo en la chimenea
Descubrir una mirada cómplice entre la multitud
Perderte por las calles de Paris, de Roma, de Shanghái​, de Munich, de Sintra, de Brujas
Detener el tiempo contemplando los cuadros del Museo de Orsay
Andar con una mochila en la espalda, entre árboles majestuosos
Ver el paisaje desaparecer, desde la ventana de un tren
Deleitarte con un helado, en la orilla del mar
Embriagarte con el olor a jazmines, en la plaza de un pueblo
Nadar y bucear en el Mediterráneo
 Sellar un acuerdo con un apretón de manos
Emocionarse con el aria Un bel dì vedremo, de Madama Butterfly
 Sentir bajo los pies el césped mojado o la arena húmeda
Meter la cabeza en el cauce de un rio cristalino y abrir los ojos
Correr por las calles con tu pareja, cogidos de la mano

...
Vivir para vivir



jueves, 12 de abril de 2018

Mi musa

 


La dame brune, de Georges Moustaki

Pour une longue dame brune, j'ai inventé
Une chanson au clair de la lune, quelques couplets.
Si jamais elle l'entend un jour, elle saura
Que c'est une chanson d'amour pour elle et moi.

Je suis la longue dame brune que tu attends.
Je suis la longue dame brune et je t'entends.
Chante encore au clair de la lune, je viens vers toi.
Ta guitare, orgue de fortune, guide mes pas.

Pierrot m'avait prêté sa plume ce matin-là.
A ma guitare de fortune j'ai pris le la.
Je me suis pris pour un poète en écrivant
Les mots qui passaient par ma tête comme le vent.

Pierrot t'avait prêté sa plume cette nuit-là.
A ta guitare de fortune, tu pris le la,
Et je t'ai pris pour un poète en écoutant
Les mots qui passaient par ta tête comme le vent.

J'ai habillé la dame brune dans mes pensées
D'un morceau de voile de brume et de rosée.
J'ai fait son lit contre ma peau pour qu'elle soit bien,
Bien à l'abri et bien au chaud contre mes mains.

Habillée de voile de brume et de rosée
Je suis la longue dame brune de ta pensée.
Chante encore au clair de la lune, je viens vers toi.
A travers les monts et les dunes, j'entends ta voix.
 
Pour une longue dame brune, j'ai inventé
Une chanson au clair de la lune, quelques couplets.
Je sais qu'elle l'entendra un jour, qui sait demain,
Pour que cette chanson d'amour finisse bien.

Bonjour, je suis la dame brune, j'ai tant marché.
Bonjour, je suis la dame brune, je t'ai trouvé.
Fais-moi place au creux de ton lit, je serai bien,
Bien au chaud et bien à l'abri contre tes reins. 

Comprar tiempo

La frase es de Terenci Moix, en relación al premio Planeta: la importante dotación económica le permitía "comprar tiempo" y la ...