miércoles, 21 de diciembre de 2016

El sueño de la razón produce monstruos

La frase hecha, a costa de un famoso cuadro de Goya, no significa una apología de la monstruosidad, pero sí el reconocimiento explícito que la realidad pictórica no debía negar la existencia de lo monstruoso, dado que coexiste de forma cotidiana con las otras facetas de belleza siempre presentes en la pintura. En definitiva, lo monstruoso, lo horrendo está ahí presente, en nuestras vidas cotidianas y la negación pictórica de esta dimensión significa cerrar los ojos a la vida misma y asumir la impotencia que nos causa, con suma frecuencia, el temor a aquello que nos aterroriza, quizás no a diario, pero sí con suma frecuencia. Goya propuso liberarnos de los monstruos asumiendo en primer lugar su existencia y a continuación, mirándolos cara a cara, comprender que debemos comenzar a verlos para asumir su existencia y la necesidad de enfrentarnos a ellos.  Los monstruos no habitan en sitios recónditos, lúgubres o encerrados en ubicaciones olvidadas por el mundo. Por el contrario, en una sociedad que lleva tiempo asumiendo la violencia como algo cotidiano, es probable que desde hace tiempo los monstruos se pasean junto a nosotros, a veces incluso ajenos al hecho objetivo de lo que son, por más que sus acciones sean deleznables y absolutamente condenables. El monstruo que desconoce su naturaleza sin duda ha renegado de cualquier código de órden ético y moral; sus acciones, sostenidas en los más absurdos argumentos, acompañan con suma crueldad unos propósitos que carecen de sentido pero que se convierten en el único objetivo de sus existencias. Y ahí radica el grave problema de esta monstruosidad cotidiana: si la vida se reduce a la sucesión de acciones viles y sangrientas, desaparecidos cualquier vestigio mínimo de humanidad, ese monstruo es invencible. Nada tiene que perder, ni siquiera una vida que no es tal. Cabría preguntarse, en consecuencia, cómo enfrentarse a estas personas que nada temen y nada les importa, salvo generar monstruosidades. Desde luego, no con sus propias armas, pero sí con un uniforme y generalizado rechazo, hacia ellos mismos y sobre todo a aquello que dicen representar. Si toda la sociedad alza el dedo índice hacia estos individuos, acusándolos de haber dejado de ser personas para convertirse en seres que escapan a cualquier descripción, habremos comenzando a andar ese camino que separa el horror que nos paraliza a una toma de conciencia que no debe dejar lugar a dudas: los monstruos están ahí, existen y debemos mirar sus facciones, atentamente, no para comprenderlas, pero sí para reconocerlas. Y si tras reconocer estos rasgos les enseñamos nuestras propias razones, que son la convivencia pacífica y el respeto a las vidas humanas, usando todos los mecanismos judiciales, precisos, habremos comenzado a ganar una batalla cuya victoria nos merecemos las personas que aún creemos en un marco pacífico de convivencia. No esperemos más para alzar esos dedos índices. Comencemos, ahora.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Beber del tiempo

Festivos alternos; tan extraña como celebrada semana: el tiempo, sin ataduras laborales, se despliega como un abanico repleto de tiernas promesas. Gozar del sueño, sin duda, una de ellas. Pasear también, si ello es posible entre calles repletas de marabuntas navideñas y vociferios variados que te incitan a consumir. Quizás por ello, aprecio tanto el placer de estar cómodamente en mis casas. Chimenea, en una de ellas, calefacción central en la otra; bienestar, siempre, en ambas. Por razones quizás nostálgicas, quizás culturales, siempre regreso a la infancia por estas fechas y después de mirar, durante años, en diferentes webs esos fuertes marca Comansi que caracterizaron mi niñez, he adquirido una reedición de uno de ellos. Esperaré al día de Reyes, para sacarlo de su caja y disponer por su interior a las figuritas, siempre entrañables y me temo que hoy día muy olvidadas, de indios, soldados y vaqueros. Algún año anterior adquirí la colección, magníficamente conservada y encuadernada de Héroes Modernos, serie C, en la que se alternaban varios personajes del cómic americano, entre ellos Big Ben Bolt; recordaba sus aventuras en esta colección, especialmente las correspondientes a un niño que viviendo en un contexto miserable, se descubre que tiene una aptitudes excepcionales para tocar el piano. Logré recuperar esas viñetas entrañables y unirlas a la amplia colección de cómics y tebeos que conservo, por placer, por supuesto, pero hay que volver, inevitablemente, de nuevo a la nostalgia, que es el motor principal de ese detalle que me reservo para mí mismo y que logro encontrar en alguna web de compra y venta de toda clase de objetos varios. El año que viene intentaré la búsqueda de un juguete de hojalata que siempre recuerdo y creo haber visto alguna vez, en fotografías: un triciclo, conducido por un niño con gorra, estilo Guillermo Brown. Jugué con él innumerables veces, hasta forzar la cuerda que lograba el movimiento de aquel juguete que se movía prodigiosamente rápido y que me hacía inmensamente feliz. Es la realidad: para ser felices, basta con pocas cosas, muy sencillas. Y sobre todo, sentirse felices, condición necesaria para ser realmente felices. Soy feliz, pienso, en mi inmenso sillón, sintiéndome protegido del mundo, mientras escribo. También lo soy mientras me adormezco, viendo una película. Y soy muy feliz cuando logro mis propósitos laborales, día a día. Quizás el colmo de la felicidad, a diario, en mi caso, es desgustar un magnífico plato de cuchara que me prepara mi mujer, por otra parte. Pero, sea como fuere, la felicidad está ahí, en la cotidianeidad; si logramos ser felices a diario, nos convertimos en inmortales, bebemos del tiempo que lejos de transcurrir, nos rodea y acaricia, llevándonos en volandas por la aventura de nuestra propia existencia. Pero la felicidad, ahora que recuerdo, también consiste en el deber cumplido: se me ha olvidado, por completo, sacar la basura y mañana es fiesta. Debo dejar de escribir por hoy y llegar a tiempo al contenedor. Hasta mañana.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Resistiré

A ti, que me lees. Y a ti, que lo harás algún día. Si sientes que te asfixias, entre manos de sujetos injustos; si algunos amargaron tus noches, deteriorando sus días; si otros, culpables por saberse culpables, han intentando contagiarte de ira. A ti, cuya luz no puede cejar de iluminarnos a los demás, sigue teniendo fortaleza, no queremos quedarnos a oscuras. A ti, que desprendes naturaleza y libertad, vuelve a regalarnos jazmines que nos traigan recuerdos de primaveras. Y deja que te acompañe, ahora y siempre, en ese camino que tus pies han abierto, en cuyos arboles florecen las tiernas promesas de un presente que sonríe abiertamente al futuro. Y cuando llegemos al mar, no dejemos de dar brazadas, desafiando a las olas y al mundo. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

Dream

Puente festivo. Sensación de eternidad, el tiempo se detiene y parece sonreir con amabilidad. Invitación a entregarse a las horas esparcidas como hojas sobre el reloj biológico que se detuvo ayer viernes y al duerme vela de un confortable sillón, a pasar de puntillas ante las noticias del día, a desdeñar aquello que interrumpa, por un solo instante, la complaciencia de los tiempos muertos que en mi caso, me retrotaen a una tarde de tiempo estival, con un libro en las manos y un programa doble de películas esperándome al anochecer en un cine de verano. Y a un pedaleo, después, por la ciudad desnuda de personas, entre sueños de eternidad infantiles, ignorantes que provienen de un adolescente o quizás al revés.

- Otro cuento más, por favor... - le ruego a la mujer, resistiéndome a cerrar los ojos, pero a punto de dejarme vencer por el sueño, exhausto de amor y placer. Sus ojos, a escasos centímetros de los mios, ya me hablan de aventuras extraordinarias vividas entre genios salidos de botellas ocultas en la arena, de pasadizos que conducen a fastuosos tesoros, a lomos de un caballo alado; pero espero expectante a la voz que me revele aún más hazañas en pugna contra criaturas fantásticas, mientras me hago un ovillo en la cama.
- Los cuentos se inventan a sí mismos, basta con desearlos... - me susurra al oído la mujer. Y de repente, llegan las imágenes vividas, sucediéndose al compás de la melodía que susurran sus labios. Surco las nubes y no resisto a la tentación de guardarme un trozo, para más tarde. Una isla me espera y la aventura comienza, espada en mano. ¿Y la princesa?, me pregunto, con mi cara más feroz y corro:
-... allá donde el peligro aceche... me digo a mí mismo pensando que caer en un foso interminable abierto a mi paso, es sintomático de un peligro que solo puede desarrollarse con feroces esqueletos dispuestos a despedazarme con sus armas.
-Y no cantes victoria, cuando esos huesos rueden bajo tus pies, el tesoro y la princesa te esperan pero cuidado con el cíclope... - El cíclope me espera, maza en una mano, princesa desfallecida en la otra. Y algo más lejos, el cofre, que alberga en su interior esperanzas de más aventuras, ilusiones que iluminan la conciencia. Y como debe ser mio, a toda costa, junto a la princesa, pugno y venzo. El grito del monstruo se pierde en la noche de los tiempos, beso a la princesa y la invito a unirse a la abertura de aquella arca repleta de esperanzas. Mis manos las aprietan, como si fueran las últimas del mundo y el éxtasis guia mis labios hacia una princesa que me recuerda que el café y las tostadas permitirán recuperar fuerzas al héroe.
Y entre el placer matinal del que se siente soñado, devoro mi desayuno, mientras vuelvo a soñar.




  

lunes, 24 de octubre de 2016

En la ciudad

El ritual siempre es el mismo: un sueño atroz, un desayuno sin apetito, una ducha de la que no puedes prescindir si quieres acabar de despertarte y un ritmo apresurado, ya en la calle, en dirección allá donde se suceden tus deberes laborales. El rol, en definitiva, que se extiende durantes horas en escenarios diversos y ante la mirada de un público exigente dispuesto a alimentarse de tus errores, anhelando al mismo tiempo estar en tu lugar. Un ordenador que se enciende, un teléfono que suena, un archivo descomunal de documentos, sucesión interminable de acciones que se pierden en ese laberinto digital y de papel y no obstante de todo ello, una bella vista desde la ventana. Qué bueno está, por otra parte, el café con sabor a avellana, entre presiones varias. Recuerdo a Gurruchaga, cantando: "... La ciudad donde vivo  es un ogro con dientes de oro, un amante de lujo que siempre quise seducir, la ciudad junta a dios y al diablo, al funcionario y al travestí, la ciudad donde vivo es un niño limpiando un fusil..." 
Pero no es esta ciudad, es cualquier ciudad. O es ese sitio recóndito, olvidado por el mundo y de las pisadas en el que te ubicas dispuesto a derramar sensaciones internas, recónditas y tenaces en su persistencia. En una esquina de esa ciudad, de ese sitio recóndito, de ese paraje en mitad de la selva, un hombre piensa que el mundo está contra él y que cada una de las flechas que ve, siente, presiente o imagina, están destinadas a ensartarle; un hombre con anehlo de San Sebastián, un hombre que no puede escapar de sí mismo. En otro lugar, quizás la cima de una montaña jamás hollada, pero también ese trozo de Atlantis que yace hundido soñando con glorias pasadas, una mujer se pregunta por qué se encuentra tan sola, rodeada sin embargo de multitudes, mientras sus lágrimas le impiden ver a un coloso que pugna por abrirse paso entre laberintos subterráneos, impulsado, decidido, desesperado por encontrar a la mujer de sus sueños. "Se que existe", se dice a sí mismo, mientras las mazas que forman sus puños buscan caminos allá donde el laberinto se cierra, una y otra vez. Mientras, un joven ciego, extraviado en Atenas, desesperado de un ágora, agudiza el oido y escucha el sonido de las flechas que cruzan el tiempo, el llanto de la Atlante y al héroe que se siente héroe. Y sólo entonces, encuentra el valor en sí mismo para volver a ver, el valor que una vez creyó perder, irremediablemente, cuando se negó a seguir viendo. Abre los ojos, lenta, imperceptiblemente y no se sorprende al encontrarse justo en medio del ágora tantas veces soñada. Acaricia uno de los pórticos columnados como si fuera una mujer, se desnuda por completo y corre hacia las termas, sonriendo. 

-A pesar de todo, aún estoy aquí, respirando cierta libertad. Y aún así, viviré, bebiendo y fumando en mi ciudad... - canta aquella mujer que entona admirablemente, mientras tiende la ropa en el ojo patio del edificio. Mi mente se dispersa, se reubica con dificultad y la pantalla del ordenador parece menguar y extinguirse: "... A la vez sangra el corazón de un poeta que pretende volver. Desnudo de sueños de un mundo ideal, no mueras posibilidad ", desafino para mí mismo, mientras me acerco a la ventana y vapeo sin ansiedad, saludando a un otoño que desea ser lluvia.

domingo, 23 de octubre de 2016

Justificar lo injustificable

Conozco a un copenhaguense que lleva años afincado en España. Años en los que no ha dejado de disfrutar de este país, si bien nunca ha logrado comprender del todo nuestros usos y costumbres, que le resultaban, al principio,  absolutamente enigmáticos. Él mismo me ha contado que, recién llegado, preguntó a alguien a qué hora pasaba el autobús. "En un ratillo", le contestaron. Una suerte de acertijo indescifrable para alguien habituado, en su país, a subirse al mismo exactamente a las 09:15 horas y regresar en otro autobús que tomaba en la parada habitual, a diario y puntualmente, a las 17:30 horas. Aquí en cambio, el usuario tomaría el autobús cuando éste pasara, sin posibles previsión de tiempo. Reconoce, por otra parte, que a pesar de los parabienes de nuestra gastronomía, le ha sido imposible adaptarse al rito del almuerzo copioso. "Todo se paraliza; la ciudad entera; el día se divide en dos partes; no logro comprender, cómo, después de semejante ingesta de comida, uno puede volver al trabajo...".  En Suecia, a las 17,00 horas, todo el mundo regresa a sus casas, tras un desayuno continental para empezar la jornada y un lunch para reponer fuerzas. Pasada esa hora, todos los comercios, de cualquier tipología, han cerrado. "¿Las familias en España sólo se ven de noche?", se preguntaba, nos preguntaba. Recuerdo unos vecinos cuyos hijos estaban permanentemente al cuidado de la tata de turno,  sus padres nunca estaban en casa, ambos por motivos laborales, salvo domingos. Tenia su justificación: "Yo trabajo limpiando un hotel y mi marido pinta pisos, cuando lo llaman; no podríamos vivir con un solo sueldo", alegaba la madre. Una sociedad, como la nuestra, construida sobre trabajos precarios impide una mínima conciliación de la vida laboral y familiar, poco se asemeja, en efecto, a otros países de nuestro entorno europeo. Y lo peor de todo es que parece que hay una absoluta unanimidad, por parte de los expertos, en relación a nuestro modelo productivo: es ineficaz e ineficiente, España tiene un problema general de bajo crecimiento de la productividad que afecta a todo el tejido productivo: baja inversión en I+D; reducido tamaño de la empresas; excesiva regulación y falta de competencia; escasa internacionalización y muy orientada a los mercados europeos; baja inversión en activos intangibles; e ineficiente funcionamiento de los mercados de trabajo y del suelo entre otros. Los riesgos, por otra parte, de fiar a resolver el problema del empleo al tópico del potencial turístico nos retrotrae a la falacia de aquellas argumentaciones que lo fiaron todo a la construcción. Y a sus mismas consecuencias, a pesar de que el modelo productivo del ladrillo amenaza con volver. Ningún Gobierno se resistiría a la tentación. Ni un número considerable de jóvenes, abandonando los estudios y sin ninguna cualificación académica ni profesional, tentados por un sueldo inmediato. Un docente me contaba que en pleno expansión del ladrillo, uno de estos jóvenes, a condición de realizar un trabajo a destajo, podía reunir un sueldo mensual superior, a veces muy superior, al del propio docente. "Por lo que tú cobras, yo ni me levantaba de la cama", le soltó una vez uno de sus alumnos. Profesión difícil, la de docente, en una sociedad como la nuestra cuyo sistema educativo parece condenado a no levantar nunca cabeza.
Ni industria, ni productividad, ni empleo, ni educación, ni conciliación de la vida laboral y familiar... así, todo junto, resulta desmoralizante, sin duda. Pero lo es aún más cuando añadimos a todo ello parte de nuestras raíces antropológicas y culturales, que nos impiden reconocer, a modo de ejemplo, que la violencia social no tiene justificación. No podemos justificarla, aún menos socializarla. Si aceptamos que el fin justifica los medios, sean cuáles sean estos, nos alejamos de las sociedades modernas cuyo objetivo debe ser la convivencia, siempre pluralista en un marco democrático y nos acercamos a modelos de comportamientos e ideologías impuestas por la arriesgada ideal del pensamiento único. No somos conscientes, pero es fácil observar la implantación de un nuevo modelo de analfabetismo funcional, que impone sus discursos y su lenguaje a una población con creciente dificultad para percibir críticamente las nuevas realidades y pensar en términos sociales autónomos y colectivos. Debemos plantearnos como pasar de espectadores a actores de la realidad, evitando estériles y aún más peligrosas derivas del espectáculo y de la violencia. Pero debemos esforzarnos a fondo, para recuperar auténticos diálogos sociales, abiertos y participativos para que todos, fundamentalmente lo más jóvenes, aprendan que una sociedad crítica debe construirse con participación, tolerancia, argumentaciones y consenso en la toma de decisiones. En caso contrario, seguiremos soñando eternamente con un país utópico con perfectas sociedades cívicas y solidarias, olvidándo que las mismas son reales y existen en países como Copenhague. Despiertos o dormidos, quizás lo más importante es recordar que ninguna sociedad podrá aspirar a mejorar, bajo ningún concepto, a través de la mera utilización de la violencia. 
 

viernes, 14 de octubre de 2016

Tout va bien

Tout va bien es el irónico título de una famosa película de Godard, una disección pesimista sobre el fin del mayo francés del 68 y aquellos universitarios de clase media y alta gauchistas parisinos que volvieron a sus ocupaciones habituales, olvidándose por completo del proletariado en aquella mediática revolución en las calles. La lucha de clases, en el año 1972 en que se realiza la película, parece haberse extinguido, igual que el Partido Comunista francés, al igual que la militancia. Década, por lo tanto, marcada por la famosa frase de Lampedusa, algo cambió para que todo siguiera igual. Es el sino de las sociedades modernas: a la tempestad, le sigue inevitablemente la calma del neoliberalismo y de los sueños rotos de los más débiles de la sociedad, condenados a seguir siendo débiles, reproduciendo el mito de Sísifo. 
Sigue imperando la visión, interesadamente sesgada, de la cultura de la pobreza, atribuyéndola a una construcción étnica determinada, a una opción cultural o a una mentalidad concreta y eliminando de las razones que la explican todo factor social, político y económico. Según Oscar Lewis, creador del concepto de “cultura de la pobreza”, ésta agruparía todo un conjunto de conductas, sentimientos e ideas que responden adaptativamente a una marginalidad económica que se reproduce de modo autosostenido, que permanece invariable ante la eventualidad de cambios y condena, por sí misma a los pobres a la miseria. Es una cultura responsable de sí misma, en la que la categoría de clase se diluye en otras identificaciones. Que se lo pregunten a las personas de raza negra, en EUU, que no dejan de caer abatidas a balazos, en virtud de dicha cultura de la pobreza, convertida en una suerte de proyección colectiva, ciudadana, que convierte a estas personas en más que sospechosas, por el mero hecho de ser de dicha raza. 
En España, la marginalidad se ha abierto paso durante todos estos años, sin remisión y generando una exclusión social que aún convertida en mera estadística, no deja de ser escalofriante. Las cifras de hogares cuyos miembros están todos en paro, por ejemplo en la provincia de Cádiz, son insoportables.En la Comunidad Autónoma de Andalucía el 43,2% de las personas residentes en la misma está en riesgo de pobreza y exclusión. En el ámbito nacional, ayer leía en algún medio de comunicación que casi un 30% de personas, en edad laboral, están en riesgo de pobreza severa. La misma misera que conducía a Jean Valjean a la cárcel, por robar una barra de pan en Los miserables, de Victor Hugo. Y hoy, como ayer, nuestros gestores políticos, nuestros estadistas, aparentemente obligados a pensar en el bien común, no dejan de hablar de otros asuntos, fieles a la máxima de Platón: esos hombres de Estado tan orgullosos han sido incapaces de enseñar los propios valores políticos de las funciones que cumplen. Y es que hablar, continua y constantementee de sí mismos, es como negar que los ciudadanos existan. Sobre todo aquellos ciudadanos que necesitan, a diario, esa barra de pan, sin temor a tener que cumplir, vía dicha necesidad, los 19 años de cárcel que cumplió  Jean Valjean. No basta, para dar soluciones, gritar que hay que buscar soluciones. No basta para encontrar soluciones, vociferar hasta la saciedad que son necesarias. No basta para encontrar soluciones desgañitarse por completo criticando a los que no la encontraron. Soluciones en vez de alaridos, por favor; antes de volver a escuchar que tout va bien

lunes, 10 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (y III)

Algunas de las historias planteadas por Stan Lee y Jack Kirby nos sumia a todos en un sentimiento de angustia generalizado, tal era el grado de identificación con los personajes y unas situaciones que se nos antojaban, viñeta a viñeta, excepcionales. En mi barrio, la llegada al universo de los 4 fantásticos de Galactus, una vez que el número 23 de esta colección comenzó a correr de mano en mano causó absoluta admiración y aún más estupor por el climax dramático propuesto por sus autores. Estela Plateada era uno de esos personajes fascinantes marcado por la más trágica de las ambivalencias: su entrega a Galactus, como heraldo del mismo y por otra parte, su singular humanismo. Los número siguientes, hasta conseguirlos, hacían desesperante la espera de un desenlace que no acertábamos a adivinar. Galactus era, en su concepción, un Dios. ¿Cómo podrían vencerlo?... Recuerdo también al hermano del profesor Xavier, Juggernaut, avanzando y destruyendo todo a su paso, aparentemente invencible, en las últimas viñetas del número 14 de la Patrulla X. La brutal paliza del Doctor Octupus a Spiderman y como uno de los tentáculos del villano se cierne sobre la famosa, máscara, a punto de descubrir la identidad de nuestro mejor amigo y vecino, justo en la última viñeta del número 21 de la colección. Tantas y tantas sagas, abriéndose paso en nuestro imaginario infantil. 
No había en esa época merchandising; el juguete de moda, los maldeman de la época eran presa de toda clase de intentos de hacerlos pasar por algunos de nuestros hérores preferidos, vía plastilina, papel de aluminio y acuarelas varias. Preferiamos esas posibilidades infinitas a la comercializión, al poco tiempo, de unos toscos muñecos que reproducían, no obstante con cierta fidelidad, a los héroes de la Marvel. Dando rienda suelta a nuestra imaginación, un grupo de amigos del barrio nos fabricamos, recuerdo perfectamente, unas más que toscas máscaras que querían asemejarse, aún lejanamente, a la de nuestros superhéreos preferidos; tarea inútil para unos cuantos trozos de cuero que daban poco de sí, pero extremadamente divertida y que daba pie a la invención de nuevos superhéroes, dignos, al menos desde nuestro punto de vista, de pertenecer a la factoría Marvel. Referiré el nombre del mio: El Encapuchado de la Muerte, que comencé a dibujar plagiando toda la saga del Watergate del Capitán América, con auténtica fruición. Hasta que una limpieza de "papeles" de mi madre frustró, bruscamente, mi vocación. 
Coincidiendo con la aparición del volumen 2 de las colecciones, respetando el formato original, si bien de mayor tamaño, al tiempo que íbamos creciendo, la marvelmanía fue menguando. Abrieron, en la Casa de la Cultura de mi ciudad, una gigantesca biblioteca repleta de cómic europeo que me hizo descubrir a Tintin y a autores como Edgar Pierre Jacobs. Blueberry siempre estaba presente en las págins centrales de las publicaciones Bruguera, pero nunca había llamado especialmente mi atención hasta que me topé, con sorpresa, con el doble album El fantasma de las balas de oro / La mina del alemán perdido. Además, estaba la colección, que parecía infinita, de Colección Historias Selección de Bruguera. Leías con avidez todos los clásicos de la literatura juvenil, desde Sandokan a  Miguel Strogoff (nunca comprendí cómo era posible que el correo del Zar no perdiera la vista con aquella hoja de cuchillo al rojo vivo) alternando su lectura con la versión en viñetas, también incluida en cada uno de los libros. Creciamos, simplemente y las posibilidades de ocio, así como la lectura, fueron cambiando. Ediciones Vértice cerró sus puertas a inicios de la década de los 80. Bruguera conseguía los derechos de algunos de los superhéroes, así como la Editorial Montena, que llegó a editar, en lujosas encuadernaciones a color, varios historias de los 4 fantáticos. Una de las causas fundamentales del cierre fue que al finalizar todo el material americano, comenzaron a reeditar, vía volumen 3, todas las historis desde sus inicios, historias que ya habíamos leído y releído. A Vértice le fueron sucediendo la mencionada Bruguera hasta llegar a Fórum, pero mi pasión por los superhéroes de la Marvel había sido sustituida, en mayor o menor medida por la Biblioteca de Babel que describió Borges, vía la mencionada biblioteca de la Casa de la Cultura y de la Diputación Provincial, a las que me desplazaba todos los sábados en autobús, dispuesto a localizar, entre sus estanterías otro libro de Jack London o de Salgari. 
No obstante, hasta mediados de la década de los 90, siempre hacía intentos, a veces tímidos, por volver a la Marvel. La irrupción de Frank Miller  en Daredevil fue un acontecimiento mayúsculo y un regreso obligado a este Universo, vía librerias especializadas. Qué magníficos guiones. Y qué superheroína, nunca vista hasta aquellas fechas,  aquella trágica Elektra. Cierto que John Romita Jr., no lo hacía nada mal y John Byrne era genial, pero de nuevo pasaron los años y toda aquella afición fue quedando, de nuevo, atrás, recuperada sólo a intervalos. 
Conservo un número considerable de cómics de la Vértice, estupendamente conservados en fundas de plástico.  Un pequeño tesoro, puerta abierta al pasado, quizás a la nostalgia. Aquellos tebeos que vinieron a marcar una época, la de nuestra infancia, necesariamente lejana pero inolvidable. Recuerdos imborrables de una generación que ante la carencia, utilizábamos la imaginación y devorabámos tebeos, muchos tebeos. 

domingo, 9 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (II)

Fascinaba que un superhéroe, con poderes inconcebibles pudieran padecer, en sus vidas cotidianas, los mismos problemas que cualquier de sus lectores: trabajo, familia, relaciones sociales, etc.; en el caso de Spiderman, la identificación con Peter Parker era absoluta: un joven con problemas económicos y graves dificultades para conciliar su vida personal con su papel de superhéroe. El Capitán América volvía al siglo XX desde la congelación en un témpano que el príncipe Namor voltea por los aires. El Hombre de Hierro, Tony Stark, vivía, tras una grave lesión en el corazón, gracias a su armadura. La Antorcha Humana era simplemente, más allá de sus poderes, un joven adolescente deseoso de tener relaciones con chicas. Matt Murdock, un abogado ciego cuyo trabajo diario enamorado de su secretaria.... Y desde esta vida cotidiana, estos singulares personajes vivían aventuras, a veces de alcance cósmico, con villanos excepcionales: Doctor Muerte, Magneto, Galactus... Conseguir, en consecuencia, aquel número que te faltaba para completar la lectura de alguna de sus aventuras se convertía en una búsqueda vital: tiendas de segunda mano o de viejo, pero sobre todo préstamos de amigos o trueques y cambios con cualquier chico del barrio. No había uno solo que no tuviera en su caso un número considerable de estos cómics, según gustos. 
Todos eramos conscientes de que aquellas ediciones eran cuanto menos extrañas; de repente, en una viñeta, aparecía un tosco brazo, prolongando o rellenando la viñeta original que nada tenía que ver con el estilo del dibujante, absolutamente reconocible, pero aún anónimo, tuvimos que esperar a conocer sus nombres cuando en las páginas iniciales de Ediciones Vértice se decidieron a mencionarlos. Todo era baladí, la imaginación se abria paso, como un torrente, entre chapuzas editoriales: Jack Kirby dibujaba a La Cosa dando tortazos con tal maestría que convertía a las líneas cinéticas en una suerte de tridimensionalidad. Los personajes se movían a través de las viñetas. Steve Ditko, dibujante algo incomprendido, recreaba un mundo onírico a la medida del Doctor Extraño, que nos hacía viajar a todos los lectores a través de dimensiones paralelas mostrando la ansiedad, el anhelo y los miedos de los personajes. Pero para ansiedades de todos los estilos, nada mejor que el rostro de Peter Parker en la difícil vida surgida de sus poderes arácnidos, gracias al lápiz de este dibujante. Jim Steranko no podía sustraerse a la época y las modas presentes: aquellas dobles páginas del Capitán América, el Pop Art en las viñetas del Coronel Furia.  John Romita nos dibujó, entre centenares de magníficas páginas, la muerte de la novia de Spiderman. Y es que los personajes, en el Universo Marvel, eran de carne y hueso. Aún de origen extraterrestre, como el Capitán Marvel, muerto a su vez, años después, de cáncer por el lápiz de Jim Starlin, otro de los grandes.
Conseguí hacerme con alguna colección completa, a base de paciencia, como así ocurrió en el caso de La Patrulla X. Me faltaba, para completar la colección, un tomo con el título: "Mataremos a los Vengadores", que no lograba conseguir; pero nadie más perseverante, como es sabido, que un niño. También reuní todos los tomos de El Sargento Furia (cuyo título original era, nada menos, El Sargento Furia y sus comandos aulladores), así como el de El hombre de hierro. Lo veo caer, en estos momentos, convertido en piedra por el villano Gárgola Gris, desde lo alto de un edificio, justo en las últimas viñetas del número 24, Mortal Victoria.  Sin embargo, para cambiar cómics era necesario tener cómics que ofrecer y bien pronto comencé a deshacer estas colecciones: podía más el anhelo de seguir consiguiendo nueva lectura marveliana que conservar tomos leídos hasta la saciedad. He mencionado antes las librerias de viejo o de ocasión, a las que habría que añadir los rastros o mercadillos dominicales. Salir en dirección a estos sitios, con no pocos ejemplares bajo el brazo preparados todos ellos para ser objeto de trueque (entregabas tu ejemplar y una cantidad simbólica de dinero, a cambio de otro), previa elección en montañas de ejemplares, depositados en estanterías en aquellas tiendas o directamente sobre el suelo, en el caso de los mercadillos, constituía un placer indescriptible y un anhelo inconfesable: encontrar, por fin, aquel número con el que soñabas. Cuando tuve una autonomía mínima, mis desplazamientos a estos sitios los hacía en bicicleta, como un aliciente añadido a aquella aventura cuyo objetivo, como he comentado, era el número 3 del Capitán América (donde Jack Kirby situaba el origen del personaje)  o los primeros números, inecontrables, de Dan Defensor, en cuyas portadas aún lucía su primer uniforme, de color amarillo.

Ediciones Vértice (I)

Mi infancia está asociada a la lectura de tebeos (nadie empleaba aún, en la década de los 70 la expresión cómic para referirse a ellos) y ocasionalmente, al coleccionismo de éstos, dado que lo más importante era tener a mano, a diario, nuevos ejemplares que leer, uno de esos esenciales parámetros infantiles que marcaban las necesidades vitales de un niño de esa década, junto a la caja de parches de la bicicleta y el dinero de bolsillo de los fines de semana. Se leían con fruición todas las ediciones de las editoriales existentes, sobre todo la omnipresente editorial Bruguera, cuyas publicaciones semanales abarrotaban, literal mente, los escasos espacios de los kioskos, templos de obligada visita periódica de los niños y  almacén de tentaciones inalcanzables en formato papel y de aquellas chucherías que mascábamos a diario, como si nos fuera la vida en ello.
Los superhéroes de papel aún estaban asociados al escaso material americano que lograba traspasar los estrechos límites impuestos por la autarquía franquista. Ahí estaban, como conceptos cercanos, The Phantom  de Lee Falsk y Flash Gordon de Alex Raymond, recordando a la magnífica Editorial Dolar y más tarde Buru Lan, excelente a su vez y a color. A través de la mexicana Editorial Novaro, Batman y Superman llegaban a nuestro país, en ediciones a color que contenían expresiones que nos dejaban perplejos:  "deja de platicar tantito", recuerdo que soltaba Red Ryder a Little Beaver (Plumita o Castorcito, según traducción) en una viñeta.  Cierto que Mandrake hacía hazañas increíbles y que las gestas de Prince Valiant superaban los límites de lo imaginable, pero los superhéroes con pijama, salvo los dos totems de la DC citados, no dejaban de ser un concepto nuevo, tal como entendieron Stan Lee y Jack Kirby. Y aun más inédito que estos personajes dotados de asombrosos poderes tuvieran los mismos problemas que cualquier persona corriente. De todo esto nos enteramos vía Ediciones Vértice, que a finales de la década de los 60, concretamente en 1968 comenzó a publicar, por primera vez en España, a toda la factoría de superhéroes de la Marvel, dado el éxito obtenido por esta editorial con las publicaciones de material británico: Zarpa de Acero (contando con el arte de Jesús Blasco, nada menos), Mytek, Spider...
El formato de estas ediciones, de tamaño 20,5x15 cm y con un promedio de 128 páginas a blanco y negro forma parte de las leyendas negras de las ediciones de cómics en España. No es para menos: viñetas remontadas, retocadas con absoluta tosquedad... El formato original de estos cómics debía adaptarse al singular formato editorial de Vértice y por allí estaba Tunet Vila, el famoso autor de Tumbita, retratado por Carlos Giménez en el cómic Los Profesionales (de lectura imprescindible), en labores de "dinámica y rotulación", es decir de retoques indiscriminados al material proporcionado por Marvel Cómics. Las portadas no reproducían las originales: eran recreadas, esta vez con magnífico arte, por Rafael López Espí, una de las claves del absoluto éxito, no obstante de la discutible labor de Tunet Vila, de la Editorial Vértice y del inicio del universo marveliano en España.
Cuando los niños de esa década comenzamos a leer a la Marvel, en aquellos tomosde 25 ptas de la época, hoy muy cotizados en el mercado de segunda mano, comenzó a extenderse algo así como una obsesión generalizada por su lectura. Fascinaban todos los personajes de la Marvel: Spiderman, Patrulla X ( X Men), La Masa (Hulk), Dan Defensor (Daredevil), Los Vengadores, Capitán América, Los 4 Fantásticos... Los superhéroes con pijama, problemas, que saltaban de una colección a otra, conformando un universo propio, surgidos de la imaginación de Stan Lee y Jack Kirby, así como del arte de este último, habían llegado a España y no había dudas que para quedarse.

jueves, 6 de octubre de 2016

El beso

No era un beso robado por la cámara de Robert Doisneau. Eran jóvenes actores, los protagonistas de la fotografía Le baiser de l'hôtel de ville contratados, juntos a otros,  para un reportaje en el año 1950 para la famosa revista Life en donde el beso, en escenarios parisinos fácilmente identificables, era el protagonista. La reproducción de la fotografía, en la década de los 80, en formato cartel apaisado fue un éxito instantáneo y convirtió, con el paso de los años, a la fotografía como la más vendida de la historia. El símbolo del amor, en esa instantánea que parecía haber captado un momento fugaz de pasión y entrega mutua de dos jóvenes amantes. El éxito millonario de la fotografía propició lo más insospechado: no pocas personas reclamaban ser los protagonistas de ese beso, en la posibilidad de sacar dinero de todo ello. Sólo entonces Doisneau, ya anciano, se vio obligado a confesar que la fotografía era una escenificación, cuidadosamente preparada, pero simple recreación, en definitiva, de una realidad que no era tal. Un tema baladí, dada la expresividad de la famosa fotografía: la pareja se besa apasionadamente frente al Ayuntamiento de Paris, mientras los transeuntes dinamizan el barrido fotográfico, devolviendo cotidianeidad a la composición visual. Los amantes permanecen ajenos a ellos y al mundo, situándose en el centro de la imagen y de su propio universo. En su visualización, hay no pocas connotaciones de amour fou, de esperanza en un mundo aún en blanco y negro (el de la posguerra) y de un tiempo y un lugar que se han detenido para dar protagonismo a dos personas que se entregan sin reservas la una a la otra. Es la idealización de la eternidad romántica, el icono, quizás irrepetible, aún habiendo otros besos famosos en la historia de la fotografía, que todos tendríamos en la pared de nuestro salón como ese punto de fuga que nos permitiera soñar con ese Paris romántico, exaltación de los sentimientos, abundante en buhardillas con vistas al Sena, donde el queso y el vino nos darían fuerzas para seguir haciendo el amor con nuestra pareja. Soñar por un paseo por el Barrio Latino, extasiados de amor y soñar con ser los auténticos protagonistas de ese beso capaz de detener la marcha frenética del mundo. Y si en vez de soñar hacemos las maletas con nuestra pareja y tomamos el avión hacia Paris, dejando todo a nuestras espaldas durante unos días, aún mejor. Habremos tomado la decisión de convertir la idealización y los sueños en experiencia vivida. 

martes, 4 de octubre de 2016

La felicidad está en los años

Cumplir años, es bien sabido, es simplemente cumplir con el ritual del tiempo que nos hemos inventado. Un tiempo que cuando somos pequeños, simplemente no existe, que cuando somos jóvenes es infinito y que poco a poco se nos antoja limitado en su horizonte, pero abismal en sus recuerdos. 
Los años deberían medirse como sinónimo de felicidad acumulada. Y si por el más triste cúmulo de circunstancias, apenas pudiéramos hacer balance positivo del tiempo transcurrido, brindaríamos también, quizás no por los años pasados, pero sin duda por los que vendrán, necesariamente más dichosos. 
La búsqueda de la felicidades el motor del tiempo. Los años parecen detenerse o sucederse muy de prisa, dependiendo de nuestro estado anímico interno, empapados de emociones diarias surgidas de la experiencia cotidiana, la consecución de las metas que perseguimos, nuestra interacción social, las sensaciones constantes y siempre subjetivas que nos invaden cada día, como un torrente y aquellas experiencias singulares que marcan nuestra vida, nuestro destino. Soplar las velas de la tarta significa reconocer  todas estas experiencias y apostar por las que vendrán:  somos el resultado final de las mismas. Y justo en medio de todas estas sensaciones acumuladas, ahí se encuentra la felicidad tan anhelada, basta apenas agacharse y contemplarla. Fruto de nuestras decisiones, tesón, esfuerzo y no pocas gotas de azar, a veces incluso inconsciente, entre los pliegues de nuestra memoria 
En El tiempo en sus manos, de H.G.Wells, el protagonista viajaba a través del tiempo en una máquina de su invención. En cuestión de segundos, recorre siglos hasta que encuentra el amor en uno de éstos, tomando la decisión de quedarse. En una de las películas que conforman la trilogía de Regreso al futuro, el científico interpretado por Christopher Lloyd, a su vez, encuentra a la mujer de su vida viajando al pasado lejano. El tiempo se moldea, supeditado a la búsqueda de felicidad que es sinónimo de la búsqueda del amor. Una magdalena y una manzanilla hacen viajar a Proust por la historia, pormenorizada de su propia vida, camino literario que recorre el autor para encontrarse, finalmente, consigo mismo. El tiempo, detenido entre centenares de páginas. En Centauros del desierto, de John Ford,  el tiempo deja de existir para el protagonista que encarna John Wayne: su búsqueda no atiende al paso de los años, sino al destino de su búsqueda, desesperada, en la persona de su sobrina, prisionera de una tribu india. No es el tiempo, es nuestro destino. No es el tiempo, es la búsqueda y el encuentro con nosotros mismos. A través de la felicidad, a través del amor, motor del mundo, de las personas.   
Búsquemos pues y vivamos esa felicidad, que nos merecemos, intensamente y dejemos que el tiempo pase, entre estaciones, gozando de esa dicha, no suficientemente valorada, que deberíamos sentir a diario por el hecho de estar vivos. Porque mientras gocemos de la vida, seguiremos buscando. Le temps de vivre, que cantaba Moustaki: Nous predrons le temps de vivre d´etre libres, mon amour sans projets et sans habitudes nous purrons rever notre vie...  Felicidades. 


viernes, 30 de septiembre de 2016

Vanidad entre las vanidades

Hay dos libros magníficos que hablan del vértigo ante aquello que se avecina, que se te viene encima y cuyo resultado es imprevisible. Uno de ellos es El miedo del portero al penalti, de Peter Handke y otro La soledad del corredor de fondo, de John Osborne. Nada que ver, en ningún sentido, un autor con otro, sin que ello haya sido un obstáculo para que el miedo, la soledad y el vértigo sea explorado literariamente para describir la zozobra que siente aquél que se enfrenta con acontecimientos que le superan, a veces en la más absoluta de las soledades, sin ser consciente de ello. Ya lo decía una canción de Mago de Oz, entre otras muchas fuentes: sentirse solo, rodeado de multitudes, es un hecho tan cotidiano como inconsciente: lo vivimos de hecho, a diario y constantemente, hasta habituarnos a estar solos estando acompañados.
Vivir el vértigo de los acontecimientos supone, o bien enajenarnos o bien intentar superar el miedo con lucidez. La experiencia cotidiana parece confirmar que somos muy débiles para con nosotros mismos: mengua la cordura, nuestras actitudes se vuelven irracionales y nos convertimos en kamikazes involuntarios, como si sólo la destrucción apaciguara las circunstancias que vivimos y sobre todo, a nuestros propios demonios interiores, aquellos que se nos antojan invencibles. En una película de John Frankahemier, Orgullo de Estirpe, un hijo decide mostrar a su padre la hombría que se le supone aceptando perder una pierna. Una orgía de sangre y balazos libera a Travis, el protagonista de Taxi Driver, de Scorsese, de sí mismo, de su sus propios miedos, temores, fobias. En Thomas, el impostor, de Jean Cocteau, el protagonista que vive su propia realidad, su propia verdad, acaba muriendo mintiéndose a sí mismo incluso en su propia agonía. En definitiva, preferimos prendernos fuego a nosotros mismos y a lo que nos rodea, antes de encarar esos miedos que avanzan, inexorables, hacia nuestra propia conciencia. En El halcón maltes, de Hammet, los perdedores que persiguen una quimera absoluta, deciden, a pesar del rotundo fracaso cosechado, seguir por el mundo en su búsqueda; no pueden vivir sin seguir creyendo en ella.
Sean los hechos que sean, los que provocan esos miedos, provocados por nosotros mismos o no, cabría preguntarse sobre la fragilidad humana y sobre ese comportamiento autodestructivo cuando la situación a la que nos enfrentamos supone, en el peor de los casos, perdernos a nosotros mismos en aquello que creíamos indestructible. Quizás habíamos soñado tanto con ello y tantas veces, hasta creernos que ese futuro hipotético ya había llegado. Quizás, simplemente, el sueño se ha apoderado de nosotros. De un modo u otro, el miedo nos pierde. Sobre todo, cuando el  escenario lo conforman miles de personas que nos contemplan estupefactas. 

martes, 27 de septiembre de 2016

Boris Vian

Cuando estudiaba Bachillerato, tuve la inmensa suerte de aprendes francés con una profesora que mucho antes de hablar de inmersión lingüística en el aula, sabía perfectamente qué hacer para incentivar que todos y todas nos comunicáramos (o al menos hiciéramos intentos continuos) en esta lengua extranjera continuamente. Aún no existía el marco común europeo de referencia para las lenguas, ni nadie usaba la expresión portfolio; las competencias básicas o claves estaban muy lejos. Pero qué capacidad, la de esta señora, para llegar a los/as adolescentes, motivarlos (expresión constante desde el año 1990 en el Sistema Educativo en España) y que éstos adquirieran, finalmente, las capacidades para poder comunicarse en este idioma. Esta señora nos introdujo en la lectura de Jean Paul Sartre (La p... respetuosa), nos descubrió a Brassens, Moustaki y también a Boris Vian, entre otros muchos. 
Un día se presentó en el aula con discos de este último. En uno de ellos el actor y cantante Serge Reggianni interpretaba sus temas y en otro, lo hacía el propio Vian. Escuchar a Boris significaba, entre otros muchos descubrimientos, acceder al  supuesto placer del masoquismo ( Fais Moi Mal Johnny), identificarse con la objeción de conciencia ante la inutilidad de la guerra (Le Déserteur), o llegar a la conclusión de como la bebida era un amnésico universal (Je Bois). De la música, de un modo natural, accedimos al Boris Vian literario, fascinante: La espuma de los días, El otoño en Pekin, La hierba roja, El lobo-hombre (y aquella canción ochentera de La Unión)... Finalizado el curso correspondiente, yo seguía con Boris Vian,  descubriendo sus facetas a través de su biliografía y sorprendiéndome con Escupiré sobre vuestras tumbas, esa novela negra singular y fuente de una leyenda urbana, relacionando la muerte del escritor con el estreno de la adaptación cinematográfica correspondiente, que nunca he visto. Como adolescente, mis energías eran inagotables sobre una bicicleta de carreras, transportando a mis espaldas una mochila con algo de comida, bebida y por supuesto, en aquellos años un libro de Boris Vian, rumbo a la playa. Cualquiera de sus libros era una experiencia en sí misma: gran dominio del lenguaje, abundantes neologismos y situaciones constantes próximas al surrealismo (a recordar la influencia que ejerció sobre él Alfred Jarry y ese libro que a falta de averiguar si ha envejecido bien, debería ser de lectura obligatoria: Ubú, Roi, no solo para los patafísicos). Fantasía imaginativa y verbal, a raudales, que escondían, inevitablemente, en una época marcada por el existencialismo de Sartre, una angustia vital que como es el caso de La espuma de los días, posiblemente su libro más difundido, da pie a un discurso desgarrado, en este caso a través de una fatalista historia de amor. Vian tenía dos grandes pasiones: el amor y el jazz, temas que recorren todas las páginas de esta novela, con constantes referencias a Duke Ellington (basta escribir este nombre y el tema Pyramid se abre paso en mi inconsciente) y de contrastes que ayudan a definir la psicología de sus protagonistas. Al igual que Resnais en El año pasado en Marienbad, lo onírico y lo real se mezclan conformando una realidad paralela penas tangible, donde las fronteras entre aquello que se sueña, se desea y la propia experiencia cotidiana se derrumban para dejar paso a un mundo propio en el que sólo los sentimientos, abundando los fatalistas, justifican a los personajes.
Es obvio lo olvidado que está este polifacético autor. Recuerdo que el paso siguiente literario que di, tras Vian, fue el teatro del absurdo, con Ionesco, omnipresente entre otros muchos y a su vez, tan olvidado. Quizás la realidad diaria supera, a estas alturas y con mucho, al texto de La cantante calva, Pero difícilmente vamos a encontrar un universo literario como el propuesto por Boris Vian, ireemplazable. Si alguien lo ha descubierto en este texto, que se anime y se deje atrapar por La espuma de los días, un libro para disfrutar y rescatar a Vian de un injusto olvido.

lunes, 26 de septiembre de 2016

From Hell

En el 2000 se publicó en España, en un solo volúmen, From Hell, la novela gráfica del guionista Alan Moore y el dibujante  Eddie Campbell, aparecida por entregas, en diferentes publicaciones entre los años 1993 y 1997. Absoluto hito en el mundo del cómic y más que lamentable adaptación cinematográfica en el año 2001, la premisa que articula Alan Moore, una disección al mito de Jack el Destripador, es sólo el hilo argumental de un calidoscopio que analiza en profundidad la sociedad victoriana de la época y que transporta hasta la actualidad al despiadado Sir William Withey Gull, médico de la reina, el asesino que irá perdiendo la razón y dejando un reguero de cadáveres a su paso, dando pie a la construcción de la más famosa de las leyendas urbanas asociadas a los Psycho Killer. La investigación de la policía permitirá desplegar personajes históricos como Oscar Wilde, Aleister Crowley, William Butler Yeats, James Hinton, Joseph Merrick ("El Hombre Elefante"), y a Buffalo Bill, entre otros. Gull / Jack el Destripador realiza un viaje por los suburbios londinenses en el que va perdiendo por completo la razón y transformando la pesadilla en un viaje iniciático que le permite visionar la sociedad futura y de paso, la transformación de los valores sociales de la Inglaterra victoriana y la extinción de la élite londinense, la única sociedad que éste comprende y en la que su rol tiene sentido. El futuro no es sólo el olvido de una época, sino además el desplazamiento, la destrucción de sus protagonistas hacia el vacío. 
El guión es un prodigio absoluto, partiendo de base documentales y utilizando toda suerte de tesis en torno al famoso asesino, la desesperanza y el fin de toda una sociedad impegna todo el relato, convirtiendo Londres en ese infierno de contrastes sociales acusados. Los diálogos resultan una introspección profunda a la psicología de los múltiples personajes y premonitorios del destino final de cada uno de ellos. El trazo de Eddie Campbell es a su vez excepcional: dibujos construidos sobre la acumulación de trazos linales, a veces toscos, siempre oscuros que conforman a los personajes, el paisaje, la ciudad, un feismo muy elaborado, premeditado para acercarnos al infierno, donde todos los protagonistas van, inevitablemente, en mayor o menor medida, a quemarse.  
Es una de las obras capitales del cómic, más que desmitificadora, terrible a través de un realismo imaginario. La tesis de Alan Moore parece sostenerse en las premisas que la realidad, interesadamente oculta, a veces marca en fin de una época, de una sociedad, de una moral que dejan paso a otras realidades, no menos trágicas. Peleles, en definitiva, que creen moverse en una realidad inmutable y que sólo son títeres de su tiempo. No se pierdan, en tal sentido, los diálogos con Buffalo Bill y el viaje alucinado, in crescendo, hacia esas visiones de un futuro incomprensible de William Gull. Imprescindible. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Necesitamos héroes

Si bien Tina Turner, en la década de los 80 cantaba justamente lo contrario, en el contexto de un futuro apocalíptico, nada más necesario que un héroe en estos tiempos de Cambalache, en la voz de Carlos Gardel: ..."Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro generoso o estafador..." El pesimismo permanente, posiblemente; cabe recordar a Julio César, reflexionando en La guerra de las Galias: ".... tiempos éstos en los que la nobleza parece haberse extinguido...". ¿Cómo definir a un héroe? La primera epopeya de la historia es el Poema de Gilgamesh. El escriba Sin-leqi-unnini transcribe, vía cincel y martillo, quizás hacia 1400 a.C la epopeya, doce tablillas en las que este héroe mítico, de casi seis metros de altura, busca la gloria y la inmortalidad en su condición de semidios, a través de gestas y hazañas extraordinarias. Sin desdeñar, sin embargo, no poca crueldad, en la consecución de dichas gestas. El cineasta Raoul Walsh convirtió, a su vez, al General Custer, en principio una figura histórica en forma de un esquizofrénico xenófobo obsesionado por aniquilar a la nación india, paradójicamente, en un héroe en la pantalla, en aquella extraordinaria película Murieron con las botas puestas (1941). Y siguiendo con la estela cinematográfica, Louis Malle aventuraba la tesis que ser héroe o el más cruel de los traidores es una cuestión de mero azar, en Lacombe Lucien  (1974). El protagonista, al ser rechazado por la resistencia francesa por ser demasiado jóven, se convierte en un colaboracionista del régimen nazi especialmente desalmado. La ambivalencia humana nos hace, indistintamente, héroes o villanos. Podemos ser cualquiera de las dos cosas y mostrar el mismo entusiasmo en ambos roles.Simple cuestión de azar, quizás. Mera inconsciencia o amnesia histórica, tal vez. Dejemos en duda la voluntariedad de cualquiera de esos roles. Lo que habría que plantearse realmente es la inquietante idea de que quizás, estemos hablando del mismo rol, salvo esos matices enunciados por Emiliano Zapata, reflexionando sobre sí mismo: "El poder corrompe". El protagonista de El Extranjero, de Albert Camus, Meursaul, que vive indiferente a todo y a todos, representa la apatía como símbolo de una moral que le condena a muerte por dicha indiferencia, igual que se condena a un asesino.  A la gente no gusta que, uno tenga su proia fe, que nos cantaba Brassens. Meursaul es un villano dado que todos consideran que es imposible que sea un héroe. Stan Lee creó a todos sus super héroes de la Marvel contraponiéndoles villanos de altura, tan excepcionales como los primeros (Doctor Doom, Galactus), al mismo tiempo que la ambivalencia permanente se instalaba en Namor, príncipe de Atlantis. Análogamente, ¿qué serían de los personajes de Los gozos y las sombras sin la presencia del malo, malísimo Cayetano Salgado? Travis, el protagonista de Taxi Driver, hundido en la desesperación del nihilismo, al fallar su plan de asesinato, emprende a continuación e inmediatamente una matanza heroíca.
Me resisto a hablar de la clase política, pero cabe preguntarse cómo es posible tanta tamaña corrupción en tanto servidor público; quizás habría que volver a escuchar de nuevo la citada Cambalache de Gardel. O recordar ese lúcido retrato que nos ofrecía Woody Allen en Bananas del círculo vicioso que llevaba, ipso facto, de la aspiración a la democracia a la corrupción: "El poder soy yo", clamaba la divertida parodia de Fidel Castro.
Pero seamos sinceros: necesitamos héroes. Ejemplares, íntegros, espejo donde reflejarnos, faro de Alejandría, que sean capaces de transportarnos a la Atenas de Pericles y que consigan que volvamos a comunicarnos, los unos con los otros, con argumentaciones y retóricas dignas de una ética y moral propias de una especie, la humana, que parece extraviada en un siglo XXI, ajena e indiferente a la fotografía de un pequeño niño sirio ahogado en la playa. Ajena e indiferente a Omran, otro niño sirio que nos miraba sin parpadear, tras ese rostro cubierto de polvo y sangre. Esos héroes deberían recordarnos que la solidaridad es inherente a la condición humana. Y que Europa, cualquier país o cualquier localidad son mucho más que esos grandes líderes en esa gran foto de grupo. Los ciudadanos, en la calle, somos mucho más que dos, que nos cantaba Mercedes Sosa. Seamos héroes, por favor; aunque nos transformemos, al poco, en villanos, qué remedio. 


 



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Orgullo y frustraciones

Lo peor del orgullo es cuando persistimos en nuestros errores. Es como una espiral, un pozo sin fondo: la persona insiste en seguir cayendo por ese pozo, antes de reaccionar e intentar asir los bordes. El orgullo impide reconocer los errores, corregirlos y en consecuencia, aprender de ellos. Por el contrario, porfiamos para que las personas que son conscientes de dicho error, vía obstinación verbal, acaben desesperando de intentar convencernos de que lo más racional sería cambiar de actitud. En definitiva, el orgullo no sólo nos ciega, sino que además, nos sitúa en un rol esperpéntico que preferimos interpretar, hasta las últimas consecuencias, antes de reconocer nuestros errores. Incluso para con nosotros mismos. El producto final de toda esta sucesión de incongruencias es que acabamos concentrando frustraciones que nos van a impedir ser nosotros mismos y en último extremo, convertirnos en una triste parodia de quiénes fuimos. Veánse el rostro desencajado de toda nuestra clase política, a modo de ejemplo. No es de extrañar que la desafección hacia la política, en su concepto más amplio, esté tan extendida entre la ciudadania. 
Pero como quiera que yo soy una de esos desafectados, de entre tantos, no voy a hablar de política, por más que todo sea política, como dicen muchos. Reflexionaba en el párrafo anterior, a colación de una experiencia vivida recientemente con una persona, en el contexto profesional. Esa persona era, hasta fechas muy recientes, un gran profesional, muy entregado a su trabajo, innovador y todo un coach. Hasta que llegó la política ( o la ideología, o los idearios, o las doctrinas, o... ) y vía teatro de guiñoles, se ha convertido en uno de ellos. Otros son los que tiran de los hilos, de las cuerdas, en un escenario al aire libre en el  que fiel a Valle-Inclán, los personajes son o acaban presentados como meros esperpentos. A pesar del esfuerzo para que comprendiera su mero papel de marioneta, ha seguido representando triste y fielmente el rol  de títere de cachiporra. Sólo hoy, tras hablar con él de nuevo, estando a la vista todas las frustraciones acumuladas
durante estos días, me ha parecido apreciar en él un atisbo mínimo de lucidez. Espero que crezca y rompa esos hilos que otros desean, desesperadamente, seguir moviendo. Estamos en una sociedad en que no pocos colectivos necesitan carnaza que les sirva para la consecución de sus propios intereses. Y sería penoso ver a esta persona, finalmente, una vez utilizada y habiendo recorrido un camino sin posible vuelta atrás, arrumbada en ese almacén de guiñoles que ya han dejado de ser útiles. Dichosa política ( o ideología, o ideario o doctrina o....) que nos convierte en marionetas. No dejemos de ser nosotros mismos, porque en caso contrario podemos convertirnos en un Polichinela cualquiera. 
Gracias por leerme, un saludo. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

En el camino

La reciente adaptación cinematográfica de la novela de Jack Jerouac (2012), On the road, con producción de Coppola y dirigida por Walter Salles (Diarios de motocicleta), tan fallida como interesante, colocó a la generación beat, de nuevo en el punto de mira de no pocos artículos que rememoraron  la ruta 66, el fervor al jazz y todos los aspectos bohemios tan propios de dicha generación, entregada no sólo al sexo y la droga a un ritmo desenfrenado: la verdadera búsqueda era la propia existencia, el encuentro con ese lugar en el mundo que aleja finalmente a los protagonistas del excepcional libro, una influencia en la literatura universal, tras su publicación, en el año 1957. El mayor problema de la adaptación cinematográfica era sortear el monólogo interior que caracteriza a los personajes y es muy discutible el resultado final, en la pantalla, si bien el mundo beat queda muy bien reflejado, con el tormento y éxtasis particular de sus protagonistas. Cabe recordar a algunos de ellos: el propio Kerouack, Neal Cassady, Allen Ginsberg... hasta llegar a ese mito literario, personaje de sí mismo que fue William S. Burroughs, el famoso autor de El almuerzo desnudo.

Cabría preguntarse que queda de una generación literaria muy influenciada por una suerte de liberación espiritual y de evidente influencia en la generación hippie posterior. La liberación sexual, de las minorías étnicas, así como de la mujer, tuvieron su desarrollo, en mayor o menor medida en la década siguiente con movimientos de masas culturales que son todo un hito: el verano del amor en el año 1967, en San Francisco (imprescindible un cómic de Robert Crumb, absolutamente desmistificador), la ópera rock Hair del mismo año (la también muy fallida adaptación cinematográfica de Milos Forman tuvo que esperar diez años), el celebérrimo Woodstock Music & Art Fair del año 1969, la película Easy Rider... Entre medias, el mayo francés del 68 bebía a su vez de no pocas de estas fuentes, si bien la política estaba absolutamente omnipresente. Se habla de que salvo la ecología y la liberación femenina, los valores propuestos por la generación beat han desaparecido por completo y cabría preguntarse
las razones. Las sociedades neoliberalistas parecen negar la posibilidad de la búsqueda interior a sus ciudadanos y en plena expansión, interminable, de las tecnologías de la información y la comunicación, poco camino físico puede recorrerse via plataformas de comunicación digitales y una cada vez más omnipresente invasión de los medios audiovisuales como plataformas de ocio. El jóven beat, en su idealización, dejaba todo atrás, incluidas personas y el camino abstracto se convertía en una búsqueda de camino interior, bien en una Harley Davidson, bien a traves de una espiral continua de sexo y drogas. El camino era ese lugar mítico que se encontraba, sorprendido, el esclavo que escapaba de La caverna de Platón. El camino de las baldosas amarillas. El desierto donde un aviador francés va a encontrarse a un niño muy especial. La ruta que recorre Charlie Marlow en barcaza, atravesando el Congo, para encontrarse con el Coronel Kurtz (al ritmo de la voz de Jim Morrison y su The End). El periplo vital de Oliver Twist en los suburbios londinenses. Los hermanos Polo descubriendo el mundo a la ruta de la seda. Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina. Y tú mismo, que me lees ahora, si eres capaz de desprenderte de materialidades inútiles, inhibiciones surgidas de lugares que no existen y no pocos temores que la rutina de los días nos impone. Salgamos de ahí y encontremos nuestro propio camino. Nos está esperando. 

Gracias por leerme, un saludo.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El ayer no se acaba nunca

Algo ocurre en el inconsciente de no pocas personas de edad avanzada, que impregna sus conversaciones de constantes recuerdos del pasado, a modo de recapitulación, de cronología a saltos, incluso de profunda nostalgia, con frecuencia. Somos el resultado de nuestras propias vidas, de decisiones continuas, diarias que nos han enfrentado a continuas experiencias, no pocas frutos del mero azar, que se almacenan en esa biblioteca de Babel que forjan nuestros recuerdos y que acaban moldeando nuestra mirada al mundo, a una realidad siempre subjetiva que no es otra que aquella que forja nuestra propia personalidad. 
El vandaval de recuerdos atropellados me envuelve, inevitablemente, cuando paso algunos días con mi madre y me resulta grato sumergirme en el océano poblado de recuerdos de la propia infancia, que cuando ha transcurrido feliz, como es mi caso, nunca se extingue. Me veo, al hilo de las conversaciones que van surgiendo, en bicicleta, en el patio del recreo, corriendo como una exhalación, con el dinero de bolsillo sabiamente racionado, con los tebeos de la época, con los amigos, con los juguetes, en la playa durante horas sin salir del agua, en los cines de verano con los ojos dilatados, emocionado la víspera de los Reyes Magos. En el campo, embriagado de olor a paella familiar; reproduciendo mi propia versión de la película de la tarde; en compañía de otros muchos niños y niñas compartiendo juegos en la calle; el sabor de la merienda, anhelada y engullida como sólo un niño que derrocha por todos sus poros una energía inabarcable puede hacerlo: de dos dentelladas a ese bocadillo de mortadela de aceitunas; siento el sol del verano, justo al iniciarse las vacaciones escolares, prometiendo eternidad, tal era el horizonte estival, en esas vacaciones infinitas; pero también recuerdo los estuches dobles, con ese olor a papelería que embriagaba y que te hacía pensar dos veces en qué momento estrenabas la goma de nata; los libros nuevos forrados de plástico, la mochila predestinada a destrozarse en escasas semanas. 
Nostalgia? No lo sé, quizás. Pero no como sinónimo del ayer como mejor que el presente, en absoluto. Nostalgia, simplemente, de una infancia plena y sentida, creo que muy dichosa, en un momento de la vida en que las preocupaciones vitales se limitaban a aprobar los exámenes correspondientes y a correr más deprisa que el niño amenazante y violento de turno. Ser ágil y rápido era sinónimo de integridad física, en una calle repleta de posibilidades, de promesas, asociadas al juego infantil. ¿Competencias básicas o claves? Éramos expertos en ellas. Tener amigos, un grupo numeroso, era lo más natual del mundo. Compartíamos jugando, trabajando a diario en proyectos comunes, mientras no dejábamos de aprender a aprender: todas las horas del día parecían eternas y repletas de posibilidades afines a nuestra curiosidad e inquietudes infantiles, inagotables, eternas; bastaba ponerse manos a la obra para darles contenido, generalmente a través de aventuras imaginadas cuyos desarrollos, imprevisibles, nos ayudaban a aprender a vivir. Recuerdo, como si fuera ayer,  una experiencia con otro niño que redefinió todo mi concepción de la convivencia y ética personal. En medio de una discusión, como tantas otras, descargé una patada que fue a estallar en sus genitales. No era mi propósito y me sorprendió y aterró ver al niño tendido en el suelo, quejándose. Escapé avergonzado de aquella situación y pasaron varios días antes de volver a encontrarme con él, cuando me dirigía, cargado de botellas de vidirio retornable a una de las escasas tiendas del barrio. Sentía que había llegado mi fin pero aquel al que suponía mi enemigo, no se inmutó: "No voy a hacerte nada, porque vas cargado de botellas. Otro día, en que estemos en igualdad, nos enfrentaremos". Y desapareció. Yo acababa de descubrir, en toda su dimensión, la nobleza. La ética personal, que no estaba reñida en absoluto con una buena pelea infantil, tan inevitable y característica de otras décadas. 
Me sorprende pensar que no teníamos nada, apenas, los niños de otra época. La bicicleta era el juguete de lujo acompañada de un palo, a modo de espada o de un tosco antifaz construido con un resto de cuero de la tapiceria correspondiente. Los tebeos y los libros, que cambiaban de mano constantemente hasta deshacerse, la escapada a mundos de fantasía. El dinero de bolsillo, escasisimo, posibilitaba la visita obligada a un kiosko lleno de pequeños tesoros.
Michael Ende se pronunció, en su exitoso libro, La historia interminable, sobre la inquietante amenaza que suponía que la fantasía fuera extinguiéndose, en una infancia que está necesitada de ella. Las tecnologías de la información y comunicación han impuesto una interacción social prácticamente virtual. Y un niño no necesita virtualidades, sino experiencias diarias. Vivir la vida en su cotidianeidad, mirando a los ojos de otros niños. Dos, tres amigos corriendo juntos, escapando de un monstruo imaginado. Aún más amigos compitiendo en una carrera de más que castigadas bicicletas. El contacto de las sabanas tras todo un día de juego, acogedoras para un cuerpo extenuado y para no pocas heridas de batalla, auténticos trofeos en las rodillas. Y de repente recuerdo una pedrada de las que hacen época, justo en la frente. El mejor de tus amigos era el culpable, que seguía siéndolo tras unos cinco minutos de quejas y lamentos. Pues para eso estaban los amigos. Para gozar, divertirse con ellos y también para enfadarse y pelearse con ellos. No hay mejores amigos que aquellos que te acompañan en la extensión de todos esos sentimientos ambivalentes que nos hace humanos. 
Recuerdos que acarician, en vísperas de un otoño que se resiste a hacer acto de presencia. Recuerdos de aquél que fuimos y que nos ha ayudado a ser quien somos. El ayer de nuestras vidas no debería acabarse nunca. 
Un saludo, gracias por leerme. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Al son de los tambores

Me levanto, con la somnolencia habitual, me arrastro hasta la cocina y comienza el ritual sempiterno: tostadas, café, afeitado, ducha, vestimenta y contemplar como el telón, de nuevo, se levanta. En mi caso, el escenario puede variar, así como el argumento de la obra; es decir, afortunadamente la monotonía casi nunca está presente sobre el escenario, por más que los diálogos, con frecuencia, tiendan a reiterarse y los actores, si bien muy numerosos, no dejan de ser viejos conocidos. El escenario, los escenarios, se suceden con una soundtrack tan invisible como omnipresente: cuando me expreso verbalmente, noto el crescendo de dicha música; cuando escribo, unos compases se suceden a mi alredor, dramatizando la escena. Y cuando cae el telón, suena toda la orquesta entera, siguiendo mis pasos por la calle, siempre algo cansado, con frecuencia contento, otras no tanto. Y cuando camino, de retorno al hogar protector, para ponerme a salvo, no puedo dejar de reflexionar en que las sociedades, complejas, individualistas, competitivas, a pesar de todo, sobrevivan a diario a sí mismas. Quizás ese paseo constante por la cuerda floja del equilibrista no sea más que ese hábito, tan adquirido e interiorizado por las sociedades, practicado desde nuestros orígenes, en forma de supervivencia, feroz al principio (cabe recordar ese flash back de Kubrick), convencionalmente civilizada, hoy, que insistimos y no cabe otra, en llenar de dicha: necesitamos, anhelamos, sentirnos felices. Recuerdo, que de pequeño, aprender a montar en bicicleta me resultó, por alguna razón incomprensible, dificultoso. Y recuerdo, en uno de esos intentos una voz de adulto terrible, a mis espaldas:  "Pero hombre, tan grande y no saber, ¿no te da verguenza'". Y sí, claro, me daba una verguenza indescriptible, pero seguía insistiendo en mantener el equilibrio, persiguiendo el objetivo de cualquier niño, la plena diversión sobre dos ruedas. Siempre recuerdo a un hombre de edad avanzada, pastor de profesión: "¿Aburrirme?; el campo es mi vida, nunca dejo de aprender, porque intento comprenderlo".
En nuestro trabajo, con los seres queridos, con nuestro círculo de amistades, con la sociedad, en mayor o menor medida. Si lo conseguimos es gracias a nuestro esfuerzo, tesón, capacidad de superación; trazarnos objetivos, llegar a ellos y comenzar otra vez con otros nuevos. El factor suerte siempre estará ahí y si acaso no lo está, nada impide suplirlo con más dosis de perseverancia personal y por supuesto, tiempo. Recuerdo, como opositor, sentando en la eterna silla frente al temario amenazante, me sentía como uno de esos presos estereotipados de Charles Chaplin, con bola y cadena incluida. Pero por otra parte, me satisfacía pensar que perseguía un objetivo y que iba a conseguirlo, aunque la silla se desgastara y el temario se deshaciera en pedazos, de tanto uso. Escenarios, música e imitaciones diarias del famoso funámbulo  Philippe Petit. Pero hagamos llevadero ese desafío diario: que el paseo de una Torre a otra, tenga siempre, esperándonos, un objetivo al final de cada una de ellas. Y que mientras el paseo dure, no dejemos de contemplar la belleza del paisaje.
Un placer, gracias por leerme. 
 

martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando el cine era cine

Dos acontecimientos cinematográficos vinieron a redefinir la concepción comercial de las películas de Hollywood: lo que antes era arte e industria, básicamente se convirtió en industria, con un único objetivo: taquilla y merchandising. El exitoso estreno de Stars Wars, Episodio IV, en 1977 y el fiasco comercial de la
United Artists con el film La puerta del cielo, de Cimino. Esta última hundió comercialmente a la famosa productora, mientras que la 20th Century Fox y el propio George Lucas se hacían de oro con el inicio de una franquicia millonaria. Cimino, fallecido recientemente, encumbrando a los altares de la crítica especializada y el apoyo del público con El cazador, extraordinaria película de 1979, tuvo a su alcance toda la libertad creativa que quiso, así como el presupuesto correspondiente, para La puerta del cielo, pero el público volvió la espalda a una película, que vista hoy, si bien tiene momentos de notable belleza, no dejan de contextualizarse en una narración algo arritmica y lejos de la profundización psicológica de la tragedia absoluta que asolaba a los protagonistas de El Cazador. Diversos remontajes del estudio, antes de su estreno, hasta dejar reducida la película a una duración muy inferior a la del montaje inicial del director (una inicial de cinco horas, otra de 219 minutos rebajados finalmente a 148) incidieron de forma decisiva en la escasa aceptación del público hacia un western triste y melancólico, en el que la alegría de la brillante escena final ha dejado paso, vía elipsis de varias décadas, a la lucha por la mera supervivencia. Es bien sabido lo que supuso para Cimino este fracaso: si bien aún dirigiría algunas películas de forma espaciada, sin excesivo éxito, su carrera quedó absolutamente truncada y en Hollywood se lanzó un áxioma a toda la industria
cinematográfica: "no más superproducciones de autor, enfocadas a los adultos"; el camino a seguir era el iniciado por George Lucas: películas para adolescentes, que abarrotaran las salas de cine el primer fin de semana del estreno. Me resisto a unir al nombre de Lucas el de Spielberg, dada la versatilidad de este último director y su más que brillante estilo narrativo en pantalla, prácticamente en todas sus películas, por más que ambos nombres formen entre sí toda una industria, dentro de Hollywood. El cine de autor en Hollywood prácticamente se extinguió y el progreso imparable de la tecnología digital al servicio de los f/x hizo el resto. Para la historia, esa concepción del cine de David O. Selznick, por poner solamente un ejemplo a recordar: cine comercial, por supuesto, pero cine, sobre todo, entendido como un producto de absoluta calidad, donde el director era la estrella. 
¿Y el resto de las cinematografías? Alguien me decía que hoy día sería impensable una nouvelle vague; o un free cinema; Ingmar Bergman, Tarkovski, Carlos Saura... no tendrían público, simplemente.No el suficiente, desde luego, para asegurar una continuidad en la obra de estos directores. Cabe recordar a Robert Altman, en una magnífica película El juego de Hollywood. Tim Robbins interpreta a un ejecutivo cuyo trabajo se limita a prestar atención a personas que le proponen una mera sinopsis de un posible guión y de su aprobación depende o no si se convierte en proyecto. Algo así como un filtro de meras ideas atendiendo a hipotéticas potencialidades comerciales. Hollywood no es otra cosa, en términos globales. En el caso de España, la comedia de tono grueso, con frecuencia invisible de espectadores, se sucede continuamente. Una cinematografía ajena a la realidad social y económica, así como sociológica en la que Rafael Azcona tejió, sin embargo, unos guiones inolvidables: "Yo solo observo la realidad y la describo", llegó a afirmar.  ¿Por qué tardó décadas en realizarse una película sobre el intento de golpe de Estado el 23F? Un suceso que si hubiera caido en manos de Costa Gavras, en su tiempo, habría resultado, sin duda, una tesis completa sobre la historia de la Transición en España, aquí quedaba reducido a un subproducto sin el menor interés y desconocido para las nuevas generaciones. Misterios insondables, sin duda, de la industria. 
No quiero prolongarme en exceso, en reflexiones que darían para un libro, si bien confieso que qué placentero es escribir a vuela pluma. Tengo, además, una película de Von Stroheim esperándome. Gracias por leerme.


La fiera de mi niña, de Howard Hawks

Referirse a La fiera de mi niña  ( Bringing up Baby , 1938) no es sólo entrar en el universo de sus grandes protagonistas o de la excelen...