viernes, 30 de septiembre de 2016

Vanidad entre las vanidades

Hay dos libros magníficos que hablan del vértigo ante aquello que se avecina, que se te viene encima y cuyo resultado es imprevisible. Uno de ellos es El miedo del portero al penalti, de Peter Handke y otro La soledad del corredor de fondo, de John Osborne. Nada que ver, en ningún sentido, un autor con otro, sin que ello haya sido un obstáculo para que el miedo, la soledad y el vértigo sea explorado literariamente para describir la zozobra que siente aquél que se enfrenta con acontecimientos que le superan, a veces en la más absoluta de las soledades, sin ser consciente de ello. Ya lo decía una canción de Mago de Oz, entre otras muchas fuentes: sentirse solo, rodeado de multitudes, es un hecho tan cotidiano como inconsciente: lo vivimos de hecho, a diario y constantemente, hasta habituarnos a estar solos estando acompañados.
Vivir el vértigo de los acontecimientos supone, o bien enajenarnos o bien intentar superar el miedo con lucidez. La experiencia cotidiana parece confirmar que somos muy débiles para con nosotros mismos: mengua la cordura, nuestras actitudes se vuelven irracionales y nos convertimos en kamikazes involuntarios, como si sólo la destrucción apaciguara las circunstancias que vivimos y sobre todo, a nuestros propios demonios interiores, aquellos que se nos antojan invencibles. En una película de John Frankahemier, Orgullo de Estirpe, un hijo decide mostrar a su padre la hombría que se le supone aceptando perder una pierna. Una orgía de sangre y balazos libera a Travis, el protagonista de Taxi Driver, de Scorsese, de sí mismo, de su sus propios miedos, temores, fobias. En Thomas, el impostor, de Jean Cocteau, el protagonista que vive su propia realidad, su propia verdad, acaba muriendo mintiéndose a sí mismo incluso en su propia agonía. En definitiva, preferimos prendernos fuego a nosotros mismos y a lo que nos rodea, antes de encarar esos miedos que avanzan, inexorables, hacia nuestra propia conciencia. En El halcón maltes, de Hammet, los perdedores que persiguen una quimera absoluta, deciden, a pesar del rotundo fracaso cosechado, seguir por el mundo en su búsqueda; no pueden vivir sin seguir creyendo en ella.
Sean los hechos que sean, los que provocan esos miedos, provocados por nosotros mismos o no, cabría preguntarse sobre la fragilidad humana y sobre ese comportamiento autodestructivo cuando la situación a la que nos enfrentamos supone, en el peor de los casos, perdernos a nosotros mismos en aquello que creíamos indestructible. Quizás habíamos soñado tanto con ello y tantas veces, hasta creernos que ese futuro hipotético ya había llegado. Quizás, simplemente, el sueño se ha apoderado de nosotros. De un modo u otro, el miedo nos pierde. Sobre todo, cuando el  escenario lo conforman miles de personas que nos contemplan estupefactas. 

martes, 27 de septiembre de 2016

Boris Vian

Cuando estudiaba Bachillerato, tuve la inmensa suerte de aprendes francés con una profesora que mucho antes de hablar de inmersión lingüística en el aula, sabía perfectamente qué hacer para incentivar que todos y todas nos comunicáramos (o al menos hiciéramos intentos continuos) en esta lengua extranjera continuamente. Aún no existía el marco común europeo de referencia para las lenguas, ni nadie usaba la expresión portfolio; las competencias básicas o claves estaban muy lejos. Pero qué capacidad, la de esta señora, para llegar a los/as adolescentes, motivarlos (expresión constante desde el año 1990 en el Sistema Educativo en España) y que éstos adquirieran, finalmente, las capacidades para poder comunicarse en este idioma. Esta señora nos introdujo en la lectura de Jean Paul Sartre (La p... respetuosa), nos descubrió a Brassens, Moustaki y también a Boris Vian, entre otros muchos. 
Un día se presentó en el aula con discos de este último. En uno de ellos el actor y cantante Serge Reggianni interpretaba sus temas y en otro, lo hacía el propio Vian. Escuchar a Boris significaba, entre otros muchos descubrimientos, acceder al  supuesto placer del masoquismo ( Fais Moi Mal Johnny), identificarse con la objeción de conciencia ante la inutilidad de la guerra (Le Déserteur), o llegar a la conclusión de como la bebida era un amnésico universal (Je Bois). De la música, de un modo natural, accedimos al Boris Vian literario, fascinante: La espuma de los días, El otoño en Pekin, La hierba roja, El lobo-hombre (y aquella canción ochentera de La Unión)... Finalizado el curso correspondiente, yo seguía con Boris Vian,  descubriendo sus facetas a través de su biliografía y sorprendiéndome con Escupiré sobre vuestras tumbas, esa novela negra singular y fuente de una leyenda urbana, relacionando la muerte del escritor con el estreno de la adaptación cinematográfica correspondiente, que nunca he visto. Como adolescente, mis energías eran inagotables sobre una bicicleta de carreras, transportando a mis espaldas una mochila con algo de comida, bebida y por supuesto, en aquellos años un libro de Boris Vian, rumbo a la playa. Cualquiera de sus libros era una experiencia en sí misma: gran dominio del lenguaje, abundantes neologismos y situaciones constantes próximas al surrealismo (a recordar la influencia que ejerció sobre él Alfred Jarry y ese libro que a falta de averiguar si ha envejecido bien, debería ser de lectura obligatoria: Ubú, Roi, no solo para los patafísicos). Fantasía imaginativa y verbal, a raudales, que escondían, inevitablemente, en una época marcada por el existencialismo de Sartre, una angustia vital que como es el caso de La espuma de los días, posiblemente su libro más difundido, da pie a un discurso desgarrado, en este caso a través de una fatalista historia de amor. Vian tenía dos grandes pasiones: el amor y el jazz, temas que recorren todas las páginas de esta novela, con constantes referencias a Duke Ellington (basta escribir este nombre y el tema Pyramid se abre paso en mi inconsciente) y de contrastes que ayudan a definir la psicología de sus protagonistas. Al igual que Resnais en El año pasado en Marienbad, lo onírico y lo real se mezclan conformando una realidad paralela penas tangible, donde las fronteras entre aquello que se sueña, se desea y la propia experiencia cotidiana se derrumban para dejar paso a un mundo propio en el que sólo los sentimientos, abundando los fatalistas, justifican a los personajes.
Es obvio lo olvidado que está este polifacético autor. Recuerdo que el paso siguiente literario que di, tras Vian, fue el teatro del absurdo, con Ionesco, omnipresente entre otros muchos y a su vez, tan olvidado. Quizás la realidad diaria supera, a estas alturas y con mucho, al texto de La cantante calva, Pero difícilmente vamos a encontrar un universo literario como el propuesto por Boris Vian, ireemplazable. Si alguien lo ha descubierto en este texto, que se anime y se deje atrapar por La espuma de los días, un libro para disfrutar y rescatar a Vian de un injusto olvido.

lunes, 26 de septiembre de 2016

From Hell

En el 2000 se publicó en España, en un solo volúmen, From Hell, la novela gráfica del guionista Alan Moore y el dibujante  Eddie Campbell, aparecida por entregas, en diferentes publicaciones entre los años 1993 y 1997. Absoluto hito en el mundo del cómic y más que lamentable adaptación cinematográfica en el año 2001, la premisa que articula Alan Moore, una disección al mito de Jack el Destripador, es sólo el hilo argumental de un calidoscopio que analiza en profundidad la sociedad victoriana de la época y que transporta hasta la actualidad al despiadado Sir William Withey Gull, médico de la reina, el asesino que irá perdiendo la razón y dejando un reguero de cadáveres a su paso, dando pie a la construcción de la más famosa de las leyendas urbanas asociadas a los Psycho Killer. La investigación de la policía permitirá desplegar personajes históricos como Oscar Wilde, Aleister Crowley, William Butler Yeats, James Hinton, Joseph Merrick ("El Hombre Elefante"), y a Buffalo Bill, entre otros. Gull / Jack el Destripador realiza un viaje por los suburbios londinenses en el que va perdiendo por completo la razón y transformando la pesadilla en un viaje iniciático que le permite visionar la sociedad futura y de paso, la transformación de los valores sociales de la Inglaterra victoriana y la extinción de la élite londinense, la única sociedad que éste comprende y en la que su rol tiene sentido. El futuro no es sólo el olvido de una época, sino además el desplazamiento, la destrucción de sus protagonistas hacia el vacío. 
El guión es un prodigio absoluto, partiendo de base documentales y utilizando toda suerte de tesis en torno al famoso asesino, la desesperanza y el fin de toda una sociedad impegna todo el relato, convirtiendo Londres en ese infierno de contrastes sociales acusados. Los diálogos resultan una introspección profunda a la psicología de los múltiples personajes y premonitorios del destino final de cada uno de ellos. El trazo de Eddie Campbell es a su vez excepcional: dibujos construidos sobre la acumulación de trazos linales, a veces toscos, siempre oscuros que conforman a los personajes, el paisaje, la ciudad, un feismo muy elaborado, premeditado para acercarnos al infierno, donde todos los protagonistas van, inevitablemente, en mayor o menor medida, a quemarse.  
Es una de las obras capitales del cómic, más que desmitificadora, terrible a través de un realismo imaginario. La tesis de Alan Moore parece sostenerse en las premisas que la realidad, interesadamente oculta, a veces marca en fin de una época, de una sociedad, de una moral que dejan paso a otras realidades, no menos trágicas. Peleles, en definitiva, que creen moverse en una realidad inmutable y que sólo son títeres de su tiempo. No se pierdan, en tal sentido, los diálogos con Buffalo Bill y el viaje alucinado, in crescendo, hacia esas visiones de un futuro incomprensible de William Gull. Imprescindible. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Necesitamos héroes

Si bien Tina Turner, en la década de los 80 cantaba justamente lo contrario, en el contexto de un futuro apocalíptico, nada más necesario que un héroe en estos tiempos de Cambalache, en la voz de Carlos Gardel: ..."Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro generoso o estafador..." El pesimismo permanente, posiblemente; cabe recordar a Julio César, reflexionando en La guerra de las Galias: ".... tiempos éstos en los que la nobleza parece haberse extinguido...". ¿Cómo definir a un héroe? La primera epopeya de la historia es el Poema de Gilgamesh. El escriba Sin-leqi-unnini transcribe, vía cincel y martillo, quizás hacia 1400 a.C la epopeya, doce tablillas en las que este héroe mítico, de casi seis metros de altura, busca la gloria y la inmortalidad en su condición de semidios, a través de gestas y hazañas extraordinarias. Sin desdeñar, sin embargo, no poca crueldad, en la consecución de dichas gestas. El cineasta Raoul Walsh convirtió, a su vez, al General Custer, en principio una figura histórica en forma de un esquizofrénico xenófobo obsesionado por aniquilar a la nación india, paradójicamente, en un héroe en la pantalla, en aquella extraordinaria película Murieron con las botas puestas (1941). Y siguiendo con la estela cinematográfica, Louis Malle aventuraba la tesis que ser héroe o el más cruel de los traidores es una cuestión de mero azar, en Lacombe Lucien  (1974). El protagonista, al ser rechazado por la resistencia francesa por ser demasiado jóven, se convierte en un colaboracionista del régimen nazi especialmente desalmado. La ambivalencia humana nos hace, indistintamente, héroes o villanos. Podemos ser cualquiera de las dos cosas y mostrar el mismo entusiasmo en ambos roles.Simple cuestión de azar, quizás. Mera inconsciencia o amnesia histórica, tal vez. Dejemos en duda la voluntariedad de cualquiera de esos roles. Lo que habría que plantearse realmente es la inquietante idea de que quizás, estemos hablando del mismo rol, salvo esos matices enunciados por Emiliano Zapata, reflexionando sobre sí mismo: "El poder corrompe". El protagonista de El Extranjero, de Albert Camus, Meursaul, que vive indiferente a todo y a todos, representa la apatía como símbolo de una moral que le condena a muerte por dicha indiferencia, igual que se condena a un asesino.  A la gente no gusta que, uno tenga su proia fe, que nos cantaba Brassens. Meursaul es un villano dado que todos consideran que es imposible que sea un héroe. Stan Lee creó a todos sus super héroes de la Marvel contraponiéndoles villanos de altura, tan excepcionales como los primeros (Doctor Doom, Galactus), al mismo tiempo que la ambivalencia permanente se instalaba en Namor, príncipe de Atlantis. Análogamente, ¿qué serían de los personajes de Los gozos y las sombras sin la presencia del malo, malísimo Cayetano Salgado? Travis, el protagonista de Taxi Driver, hundido en la desesperación del nihilismo, al fallar su plan de asesinato, emprende a continuación e inmediatamente una matanza heroíca.
Me resisto a hablar de la clase política, pero cabe preguntarse cómo es posible tanta tamaña corrupción en tanto servidor público; quizás habría que volver a escuchar de nuevo la citada Cambalache de Gardel. O recordar ese lúcido retrato que nos ofrecía Woody Allen en Bananas del círculo vicioso que llevaba, ipso facto, de la aspiración a la democracia a la corrupción: "El poder soy yo", clamaba la divertida parodia de Fidel Castro.
Pero seamos sinceros: necesitamos héroes. Ejemplares, íntegros, espejo donde reflejarnos, faro de Alejandría, que sean capaces de transportarnos a la Atenas de Pericles y que consigan que volvamos a comunicarnos, los unos con los otros, con argumentaciones y retóricas dignas de una ética y moral propias de una especie, la humana, que parece extraviada en un siglo XXI, ajena e indiferente a la fotografía de un pequeño niño sirio ahogado en la playa. Ajena e indiferente a Omran, otro niño sirio que nos miraba sin parpadear, tras ese rostro cubierto de polvo y sangre. Esos héroes deberían recordarnos que la solidaridad es inherente a la condición humana. Y que Europa, cualquier país o cualquier localidad son mucho más que esos grandes líderes en esa gran foto de grupo. Los ciudadanos, en la calle, somos mucho más que dos, que nos cantaba Mercedes Sosa. Seamos héroes, por favor; aunque nos transformemos, al poco, en villanos, qué remedio. 


 



miércoles, 21 de septiembre de 2016

Orgullo y frustraciones

Lo peor del orgullo es cuando persistimos en nuestros errores. Es como una espiral, un pozo sin fondo: la persona insiste en seguir cayendo por ese pozo, antes de reaccionar e intentar asir los bordes. El orgullo impide reconocer los errores, corregirlos y en consecuencia, aprender de ellos. Por el contrario, porfiamos para que las personas que son conscientes de dicho error, vía obstinación verbal, acaben desesperando de intentar convencernos de que lo más racional sería cambiar de actitud. En definitiva, el orgullo no sólo nos ciega, sino que además, nos sitúa en un rol esperpéntico que preferimos interpretar, hasta las últimas consecuencias, antes de reconocer nuestros errores. Incluso para con nosotros mismos. El producto final de toda esta sucesión de incongruencias es que acabamos concentrando frustraciones que nos van a impedir ser nosotros mismos y en último extremo, convertirnos en una triste parodia de quiénes fuimos. Veánse el rostro desencajado de toda nuestra clase política, a modo de ejemplo. No es de extrañar que la desafección hacia la política, en su concepto más amplio, esté tan extendida entre la ciudadania. 
Pero como quiera que yo soy una de esos desafectados, de entre tantos, no voy a hablar de política, por más que todo sea política, como dicen muchos. Reflexionaba en el párrafo anterior, a colación de una experiencia vivida recientemente con una persona, en el contexto profesional. Esa persona era, hasta fechas muy recientes, un gran profesional, muy entregado a su trabajo, innovador y todo un coach. Hasta que llegó la política ( o la ideología, o los idearios, o las doctrinas, o... ) y vía teatro de guiñoles, se ha convertido en uno de ellos. Otros son los que tiran de los hilos, de las cuerdas, en un escenario al aire libre en el  que fiel a Valle-Inclán, los personajes son o acaban presentados como meros esperpentos. A pesar del esfuerzo para que comprendiera su mero papel de marioneta, ha seguido representando triste y fielmente el rol  de títere de cachiporra. Sólo hoy, tras hablar con él de nuevo, estando a la vista todas las frustraciones acumuladas
durante estos días, me ha parecido apreciar en él un atisbo mínimo de lucidez. Espero que crezca y rompa esos hilos que otros desean, desesperadamente, seguir moviendo. Estamos en una sociedad en que no pocos colectivos necesitan carnaza que les sirva para la consecución de sus propios intereses. Y sería penoso ver a esta persona, finalmente, una vez utilizada y habiendo recorrido un camino sin posible vuelta atrás, arrumbada en ese almacén de guiñoles que ya han dejado de ser útiles. Dichosa política ( o ideología, o ideario o doctrina o....) que nos convierte en marionetas. No dejemos de ser nosotros mismos, porque en caso contrario podemos convertirnos en un Polichinela cualquiera. 
Gracias por leerme, un saludo. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

En el camino

La reciente adaptación cinematográfica de la novela de Jack Jerouac (2012), On the road, con producción de Coppola y dirigida por Walter Salles (Diarios de motocicleta), tan fallida como interesante, colocó a la generación beat, de nuevo en el punto de mira de no pocos artículos que rememoraron  la ruta 66, el fervor al jazz y todos los aspectos bohemios tan propios de dicha generación, entregada no sólo al sexo y la droga a un ritmo desenfrenado: la verdadera búsqueda era la propia existencia, el encuentro con ese lugar en el mundo que aleja finalmente a los protagonistas del excepcional libro, una influencia en la literatura universal, tras su publicación, en el año 1957. El mayor problema de la adaptación cinematográfica era sortear el monólogo interior que caracteriza a los personajes y es muy discutible el resultado final, en la pantalla, si bien el mundo beat queda muy bien reflejado, con el tormento y éxtasis particular de sus protagonistas. Cabe recordar a algunos de ellos: el propio Kerouack, Neal Cassady, Allen Ginsberg... hasta llegar a ese mito literario, personaje de sí mismo que fue William S. Burroughs, el famoso autor de El almuerzo desnudo.

Cabría preguntarse que queda de una generación literaria muy influenciada por una suerte de liberación espiritual y de evidente influencia en la generación hippie posterior. La liberación sexual, de las minorías étnicas, así como de la mujer, tuvieron su desarrollo, en mayor o menor medida en la década siguiente con movimientos de masas culturales que son todo un hito: el verano del amor en el año 1967, en San Francisco (imprescindible un cómic de Robert Crumb, absolutamente desmistificador), la ópera rock Hair del mismo año (la también muy fallida adaptación cinematográfica de Milos Forman tuvo que esperar diez años), el celebérrimo Woodstock Music & Art Fair del año 1969, la película Easy Rider... Entre medias, el mayo francés del 68 bebía a su vez de no pocas de estas fuentes, si bien la política estaba absolutamente omnipresente. Se habla de que salvo la ecología y la liberación femenina, los valores propuestos por la generación beat han desaparecido por completo y cabría preguntarse
las razones. Las sociedades neoliberalistas parecen negar la posibilidad de la búsqueda interior a sus ciudadanos y en plena expansión, interminable, de las tecnologías de la información y la comunicación, poco camino físico puede recorrerse via plataformas de comunicación digitales y una cada vez más omnipresente invasión de los medios audiovisuales como plataformas de ocio. El jóven beat, en su idealización, dejaba todo atrás, incluidas personas y el camino abstracto se convertía en una búsqueda de camino interior, bien en una Harley Davidson, bien a traves de una espiral continua de sexo y drogas. El camino era ese lugar mítico que se encontraba, sorprendido, el esclavo que escapaba de La caverna de Platón. El camino de las baldosas amarillas. El desierto donde un aviador francés va a encontrarse a un niño muy especial. La ruta que recorre Charlie Marlow en barcaza, atravesando el Congo, para encontrarse con el Coronel Kurtz (al ritmo de la voz de Jim Morrison y su The End). El periplo vital de Oliver Twist en los suburbios londinenses. Los hermanos Polo descubriendo el mundo a la ruta de la seda. Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina. Y tú mismo, que me lees ahora, si eres capaz de desprenderte de materialidades inútiles, inhibiciones surgidas de lugares que no existen y no pocos temores que la rutina de los días nos impone. Salgamos de ahí y encontremos nuestro propio camino. Nos está esperando. 

Gracias por leerme, un saludo.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El ayer no se acaba nunca

Algo ocurre en el inconsciente de no pocas personas de edad avanzada, que impregna sus conversaciones de constantes recuerdos del pasado, a modo de recapitulación, de cronología a saltos, incluso de profunda nostalgia, con frecuencia. Somos el resultado de nuestras propias vidas, de decisiones continuas, diarias que nos han enfrentado a continuas experiencias, no pocas frutos del mero azar, que se almacenan en esa biblioteca de Babel que forjan nuestros recuerdos y que acaban moldeando nuestra mirada al mundo, a una realidad siempre subjetiva que no es otra que aquella que forja nuestra propia personalidad. 
El vandaval de recuerdos atropellados me envuelve, inevitablemente, cuando paso algunos días con mi madre y me resulta grato sumergirme en el océano poblado de recuerdos de la propia infancia, que cuando ha transcurrido feliz, como es mi caso, nunca se extingue. Me veo, al hilo de las conversaciones que van surgiendo, en bicicleta, en el patio del recreo, corriendo como una exhalación, con el dinero de bolsillo sabiamente racionado, con los tebeos de la época, con los amigos, con los juguetes, en la playa durante horas sin salir del agua, en los cines de verano con los ojos dilatados, emocionado la víspera de los Reyes Magos. En el campo, embriagado de olor a paella familiar; reproduciendo mi propia versión de la película de la tarde; en compañía de otros muchos niños y niñas compartiendo juegos en la calle; el sabor de la merienda, anhelada y engullida como sólo un niño que derrocha por todos sus poros una energía inabarcable puede hacerlo: de dos dentelladas a ese bocadillo de mortadela de aceitunas; siento el sol del verano, justo al iniciarse las vacaciones escolares, prometiendo eternidad, tal era el horizonte estival, en esas vacaciones infinitas; pero también recuerdo los estuches dobles, con ese olor a papelería que embriagaba y que te hacía pensar dos veces en qué momento estrenabas la goma de nata; los libros nuevos forrados de plástico, la mochila predestinada a destrozarse en escasas semanas. 
Nostalgia? No lo sé, quizás. Pero no como sinónimo del ayer como mejor que el presente, en absoluto. Nostalgia, simplemente, de una infancia plena y sentida, creo que muy dichosa, en un momento de la vida en que las preocupaciones vitales se limitaban a aprobar los exámenes correspondientes y a correr más deprisa que el niño amenazante y violento de turno. Ser ágil y rápido era sinónimo de integridad física, en una calle repleta de posibilidades, de promesas, asociadas al juego infantil. ¿Competencias básicas o claves? Éramos expertos en ellas. Tener amigos, un grupo numeroso, era lo más natual del mundo. Compartíamos jugando, trabajando a diario en proyectos comunes, mientras no dejábamos de aprender a aprender: todas las horas del día parecían eternas y repletas de posibilidades afines a nuestra curiosidad e inquietudes infantiles, inagotables, eternas; bastaba ponerse manos a la obra para darles contenido, generalmente a través de aventuras imaginadas cuyos desarrollos, imprevisibles, nos ayudaban a aprender a vivir. Recuerdo, como si fuera ayer,  una experiencia con otro niño que redefinió todo mi concepción de la convivencia y ética personal. En medio de una discusión, como tantas otras, descargé una patada que fue a estallar en sus genitales. No era mi propósito y me sorprendió y aterró ver al niño tendido en el suelo, quejándose. Escapé avergonzado de aquella situación y pasaron varios días antes de volver a encontrarme con él, cuando me dirigía, cargado de botellas de vidirio retornable a una de las escasas tiendas del barrio. Sentía que había llegado mi fin pero aquel al que suponía mi enemigo, no se inmutó: "No voy a hacerte nada, porque vas cargado de botellas. Otro día, en que estemos en igualdad, nos enfrentaremos". Y desapareció. Yo acababa de descubrir, en toda su dimensión, la nobleza. La ética personal, que no estaba reñida en absoluto con una buena pelea infantil, tan inevitable y característica de otras décadas. 
Me sorprende pensar que no teníamos nada, apenas, los niños de otra época. La bicicleta era el juguete de lujo acompañada de un palo, a modo de espada o de un tosco antifaz construido con un resto de cuero de la tapiceria correspondiente. Los tebeos y los libros, que cambiaban de mano constantemente hasta deshacerse, la escapada a mundos de fantasía. El dinero de bolsillo, escasisimo, posibilitaba la visita obligada a un kiosko lleno de pequeños tesoros.
Michael Ende se pronunció, en su exitoso libro, La historia interminable, sobre la inquietante amenaza que suponía que la fantasía fuera extinguiéndose, en una infancia que está necesitada de ella. Las tecnologías de la información y comunicación han impuesto una interacción social prácticamente virtual. Y un niño no necesita virtualidades, sino experiencias diarias. Vivir la vida en su cotidianeidad, mirando a los ojos de otros niños. Dos, tres amigos corriendo juntos, escapando de un monstruo imaginado. Aún más amigos compitiendo en una carrera de más que castigadas bicicletas. El contacto de las sabanas tras todo un día de juego, acogedoras para un cuerpo extenuado y para no pocas heridas de batalla, auténticos trofeos en las rodillas. Y de repente recuerdo una pedrada de las que hacen época, justo en la frente. El mejor de tus amigos era el culpable, que seguía siéndolo tras unos cinco minutos de quejas y lamentos. Pues para eso estaban los amigos. Para gozar, divertirse con ellos y también para enfadarse y pelearse con ellos. No hay mejores amigos que aquellos que te acompañan en la extensión de todos esos sentimientos ambivalentes que nos hace humanos. 
Recuerdos que acarician, en vísperas de un otoño que se resiste a hacer acto de presencia. Recuerdos de aquél que fuimos y que nos ha ayudado a ser quien somos. El ayer de nuestras vidas no debería acabarse nunca. 
Un saludo, gracias por leerme. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Al son de los tambores

Me levanto, con la somnolencia habitual, me arrastro hasta la cocina y comienza el ritual sempiterno: tostadas, café, afeitado, ducha, vestimenta y contemplar como el telón, de nuevo, se levanta. En mi caso, el escenario puede variar, así como el argumento de la obra; es decir, afortunadamente la monotonía casi nunca está presente sobre el escenario, por más que los diálogos, con frecuencia, tiendan a reiterarse y los actores, si bien muy numerosos, no dejan de ser viejos conocidos. El escenario, los escenarios, se suceden con una soundtrack tan invisible como omnipresente: cuando me expreso verbalmente, noto el crescendo de dicha música; cuando escribo, unos compases se suceden a mi alredor, dramatizando la escena. Y cuando cae el telón, suena toda la orquesta entera, siguiendo mis pasos por la calle, siempre algo cansado, con frecuencia contento, otras no tanto. Y cuando camino, de retorno al hogar protector, para ponerme a salvo, no puedo dejar de reflexionar en que las sociedades, complejas, individualistas, competitivas, a pesar de todo, sobrevivan a diario a sí mismas. Quizás ese paseo constante por la cuerda floja del equilibrista no sea más que ese hábito, tan adquirido e interiorizado por las sociedades, practicado desde nuestros orígenes, en forma de supervivencia, feroz al principio (cabe recordar ese flash back de Kubrick), convencionalmente civilizada, hoy, que insistimos y no cabe otra, en llenar de dicha: necesitamos, anhelamos, sentirnos felices. Recuerdo, que de pequeño, aprender a montar en bicicleta me resultó, por alguna razón incomprensible, dificultoso. Y recuerdo, en uno de esos intentos una voz de adulto terrible, a mis espaldas:  "Pero hombre, tan grande y no saber, ¿no te da verguenza'". Y sí, claro, me daba una verguenza indescriptible, pero seguía insistiendo en mantener el equilibrio, persiguiendo el objetivo de cualquier niño, la plena diversión sobre dos ruedas. Siempre recuerdo a un hombre de edad avanzada, pastor de profesión: "¿Aburrirme?; el campo es mi vida, nunca dejo de aprender, porque intento comprenderlo".
En nuestro trabajo, con los seres queridos, con nuestro círculo de amistades, con la sociedad, en mayor o menor medida. Si lo conseguimos es gracias a nuestro esfuerzo, tesón, capacidad de superación; trazarnos objetivos, llegar a ellos y comenzar otra vez con otros nuevos. El factor suerte siempre estará ahí y si acaso no lo está, nada impide suplirlo con más dosis de perseverancia personal y por supuesto, tiempo. Recuerdo, como opositor, sentando en la eterna silla frente al temario amenazante, me sentía como uno de esos presos estereotipados de Charles Chaplin, con bola y cadena incluida. Pero por otra parte, me satisfacía pensar que perseguía un objetivo y que iba a conseguirlo, aunque la silla se desgastara y el temario se deshaciera en pedazos, de tanto uso. Escenarios, música e imitaciones diarias del famoso funámbulo  Philippe Petit. Pero hagamos llevadero ese desafío diario: que el paseo de una Torre a otra, tenga siempre, esperándonos, un objetivo al final de cada una de ellas. Y que mientras el paseo dure, no dejemos de contemplar la belleza del paisaje.
Un placer, gracias por leerme. 
 

martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando el cine era cine

Dos acontecimientos cinematográficos vinieron a redefinir la concepción comercial de las películas de Hollywood: lo que antes era arte e industria, básicamente se convirtió en industria, con un único objetivo: taquilla y merchandising. El exitoso estreno de Stars Wars, Episodio IV, en 1977 y el fiasco comercial de la
United Artists con el film La puerta del cielo, de Cimino. Esta última hundió comercialmente a la famosa productora, mientras que la 20th Century Fox y el propio George Lucas se hacían de oro con el inicio de una franquicia millonaria. Cimino, fallecido recientemente, encumbrando a los altares de la crítica especializada y el apoyo del público con El cazador, extraordinaria película de 1979, tuvo a su alcance toda la libertad creativa que quiso, así como el presupuesto correspondiente, para La puerta del cielo, pero el público volvió la espalda a una película, que vista hoy, si bien tiene momentos de notable belleza, no dejan de contextualizarse en una narración algo arritmica y lejos de la profundización psicológica de la tragedia absoluta que asolaba a los protagonistas de El Cazador. Diversos remontajes del estudio, antes de su estreno, hasta dejar reducida la película a una duración muy inferior a la del montaje inicial del director (una inicial de cinco horas, otra de 219 minutos rebajados finalmente a 148) incidieron de forma decisiva en la escasa aceptación del público hacia un western triste y melancólico, en el que la alegría de la brillante escena final ha dejado paso, vía elipsis de varias décadas, a la lucha por la mera supervivencia. Es bien sabido lo que supuso para Cimino este fracaso: si bien aún dirigiría algunas películas de forma espaciada, sin excesivo éxito, su carrera quedó absolutamente truncada y en Hollywood se lanzó un áxioma a toda la industria
cinematográfica: "no más superproducciones de autor, enfocadas a los adultos"; el camino a seguir era el iniciado por George Lucas: películas para adolescentes, que abarrotaran las salas de cine el primer fin de semana del estreno. Me resisto a unir al nombre de Lucas el de Spielberg, dada la versatilidad de este último director y su más que brillante estilo narrativo en pantalla, prácticamente en todas sus películas, por más que ambos nombres formen entre sí toda una industria, dentro de Hollywood. El cine de autor en Hollywood prácticamente se extinguió y el progreso imparable de la tecnología digital al servicio de los f/x hizo el resto. Para la historia, esa concepción del cine de David O. Selznick, por poner solamente un ejemplo a recordar: cine comercial, por supuesto, pero cine, sobre todo, entendido como un producto de absoluta calidad, donde el director era la estrella. 
¿Y el resto de las cinematografías? Alguien me decía que hoy día sería impensable una nouvelle vague; o un free cinema; Ingmar Bergman, Tarkovski, Carlos Saura... no tendrían público, simplemente.No el suficiente, desde luego, para asegurar una continuidad en la obra de estos directores. Cabe recordar a Robert Altman, en una magnífica película El juego de Hollywood. Tim Robbins interpreta a un ejecutivo cuyo trabajo se limita a prestar atención a personas que le proponen una mera sinopsis de un posible guión y de su aprobación depende o no si se convierte en proyecto. Algo así como un filtro de meras ideas atendiendo a hipotéticas potencialidades comerciales. Hollywood no es otra cosa, en términos globales. En el caso de España, la comedia de tono grueso, con frecuencia invisible de espectadores, se sucede continuamente. Una cinematografía ajena a la realidad social y económica, así como sociológica en la que Rafael Azcona tejió, sin embargo, unos guiones inolvidables: "Yo solo observo la realidad y la describo", llegó a afirmar.  ¿Por qué tardó décadas en realizarse una película sobre el intento de golpe de Estado el 23F? Un suceso que si hubiera caido en manos de Costa Gavras, en su tiempo, habría resultado, sin duda, una tesis completa sobre la historia de la Transición en España, aquí quedaba reducido a un subproducto sin el menor interés y desconocido para las nuevas generaciones. Misterios insondables, sin duda, de la industria. 
No quiero prolongarme en exceso, en reflexiones que darían para un libro, si bien confieso que qué placentero es escribir a vuela pluma. Tengo, además, una película de Von Stroheim esperándome. Gracias por leerme.


lunes, 12 de septiembre de 2016

Lecturas estivales

Por fín, después de dos años sin disponer de tiempo para ello, el tiempo estival me ha regalado todo un mes de vacaciones que no he dudado en ocupar, al menos parcialmente, entregándome al placer de la lectura, generalmente a orillas del mediterráneo, por la tarde cuando el sol deslumbrante de agosto comenzaba a ceder intensidad. Tuve notables dudas, al principio, para elegir: tantos autores por leer, tantos libros que esperan pacientemente el feliz encuentro, tantas temáticas y géneros. La incertidumbre, paseando por la Biblioteca de Babel, acabó por desaparecer, tras decantarme por leer algunos de esos libros de autores clásicos siempre pendientes y sin embargo, constantemente citados por asesorar todos ellos virtudes indiscutibles, trascendiendo tentaciones absurdas de clasificación literaria, como podría ser el caso de Agatha Christie y El asesinato de Roger Ackroyd, uno de esos libros que leí en dos tardes, sin dejar de mirar, de reojo, los rojos e intensos atardeceres que el cielo me obsequiaba cada uno de
esos días. Entre chapuzón y chapuzón, una trama dinámica, que zarandea  y no deja de crecer, capítulo a capítulo. Impera, en los métodos de Hercules Poirot, más la psicología que la deducción, entregando la autora al lector todo un juego cerebral al servicio de las características de cada uno de los personajes, todos y cada uno potenciales asesinos y de un giro final absolutamente sorprendente que conviene no desvelar. 
De Joseph Conrad pensaba haber leído toda su obra. Pero el hecho de caer en mis manos una edición de sus Cuentos Completos (Editorial Valdemar) me resultó una tentación que no pude resistir. Volví a leer, anhelante, algunos de esos relatos que  impregnan de sensaciones contradictorias el inconsciente: La línea de sombra, La soga al cuello, Tifón, El corazón de las tinieblas... Confieso que tras la lectura de este último, no pude por menos que volver a ver la dilatada escena final de Apocalipsis Now, de Coppola. Ese Kurtz oculto por la fotografía de Vittorio Storaro y con el rostro de Marlon Brando hubiera agradado a Conrad, sin duda. El viaje al horror, en manos del escritor, está lejos de situarse en una recurso descriptivo preciso. Proliferan las continuas alusiones en un pliegue de subtextos que parecen susurrar sugerencias a la imaginación, atrapando al lector en ese juego dual del viaje físico y del definitivo, al alma de los protagonistas. Desaparecen las referencias a los escenarios y emergen los sustratos, los pliegues (al igual que Lovecraft, en toda su obra) que van dando forma a una suerte de atroz descenso hasta la esencia misma del infierno representado por la desesperanza, la locura, el destino de todo aquél que dejó de ser él mismo para intentar convertirse en Dios. Imprescindible.
Paris era una fiesta, de Hemingway, se erige como un ejercicio crespuscular de un escritor que vuelve su mirada y sus pasos a la nostalgia de la juventud bohemia en un Paris abundante de recuerdos, experiencias y sobre todo plenitud creadora, en un proceso de avidez y búsqueda de conocimiento, tan propios del escritor, durante toda su vida. La desmitificación está ausente, salvo en lo que concierne a los protagonistas de la generación perdida que van 
apareciendo en las situaciones que vive Hemingway: Scott Fitzgerald, Ezra Pound, Gertrude Stein... Abunda la magia, más que el realismo, en ese crisol existencial irresistible que es la novela, más que una autobiografía, una proyección a un pasado quizás idealizado, pero esencial para comprender que escribir significa vivir experiencias. No se puede escribir sobre aquello que no se ha vivido.
Mañana hablaré de cine. De películas de cuando el cine era cine, otra de mis grandes pasiones. Gracias por leerme.



domingo, 11 de septiembre de 2016

Olor a paella recién hecha;brisa de domingo, que se filtra discretamente rozando los visillos y acaricia mis poros; bienestar? quizás, pero qué díficil armonizarlos con la cotidianeidad y sus altibajos, cuando éstos últimos se convierten en una obsesión. Humanidad, simplemente, sin que sirva de consuelo. Estamos hechos del material con el que se forjan los sueños. Ojalá los vivieramos intensamente, cada día, sustituyendo a éstos por los temores surgido de nuestros temores, surgidos de nuestros temores..... Alguien me dijo que para vivir, sólo hay que gozar, pero con al menos un ápice de responsabilidad. Le joie de vivre, en definitiva. Si es cierto que reflejamos lo que sentimos, sin duda una máxima más que sabia. Intentemos que cobre sentido y lugar, en este blog, sin saber su destino, ni su forma, ni sus propósitos. Pero gocemos, en definitiva. Bienvenidos, bienvenidas.

Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clá...