lunes, 24 de octubre de 2016

En la ciudad

El ritual siempre es el mismo: un sueño atroz, un desayuno sin apetito, una ducha de la que no puedes prescindir si quieres acabar de despertarte y un ritmo apresurado, ya en la calle, en dirección allá donde se suceden tus deberes laborales. El rol, en definitiva, que se extiende durantes horas en escenarios diversos y ante la mirada de un público exigente dispuesto a alimentarse de tus errores, anhelando al mismo tiempo estar en tu lugar. Un ordenador que se enciende, un teléfono que suena, un archivo descomunal de documentos, sucesión interminable de acciones que se pierden en ese laberinto digital y de papel y no obstante de todo ello, una bella vista desde la ventana. Qué bueno está, por otra parte, el café con sabor a avellana, entre presiones varias. Recuerdo a Gurruchaga, cantando: "... La ciudad donde vivo  es un ogro con dientes de oro, un amante de lujo que siempre quise seducir, la ciudad junta a dios y al diablo, al funcionario y al travestí, la ciudad donde vivo es un niño limpiando un fusil..." 
Pero no es esta ciudad, es cualquier ciudad. O es ese sitio recóndito, olvidado por el mundo y de las pisadas en el que te ubicas dispuesto a derramar sensaciones internas, recónditas y tenaces en su persistencia. En una esquina de esa ciudad, de ese sitio recóndito, de ese paraje en mitad de la selva, un hombre piensa que el mundo está contra él y que cada una de las flechas que ve, siente, presiente o imagina, están destinadas a ensartarle; un hombre con anehlo de San Sebastián, un hombre que no puede escapar de sí mismo. En otro lugar, quizás la cima de una montaña jamás hollada, pero también ese trozo de Atlantis que yace hundido soñando con glorias pasadas, una mujer se pregunta por qué se encuentra tan sola, rodeada sin embargo de multitudes, mientras sus lágrimas le impiden ver a un coloso que pugna por abrirse paso entre laberintos subterráneos, impulsado, decidido, desesperado por encontrar a la mujer de sus sueños. "Se que existe", se dice a sí mismo, mientras las mazas que forman sus puños buscan caminos allá donde el laberinto se cierra, una y otra vez. Mientras, un joven ciego, extraviado en Atenas, desesperado de un ágora, agudiza el oido y escucha el sonido de las flechas que cruzan el tiempo, el llanto de la Atlante y al héroe que se siente héroe. Y sólo entonces, encuentra el valor en sí mismo para volver a ver, el valor que una vez creyó perder, irremediablemente, cuando se negó a seguir viendo. Abre los ojos, lenta, imperceptiblemente y no se sorprende al encontrarse justo en medio del ágora tantas veces soñada. Acaricia uno de los pórticos columnados como si fuera una mujer, se desnuda por completo y corre hacia las termas, sonriendo. 

-A pesar de todo, aún estoy aquí, respirando cierta libertad. Y aún así, viviré, bebiendo y fumando en mi ciudad... - canta aquella mujer que entona admirablemente, mientras tiende la ropa en el ojo patio del edificio. Mi mente se dispersa, se reubica con dificultad y la pantalla del ordenador parece menguar y extinguirse: "... A la vez sangra el corazón de un poeta que pretende volver. Desnudo de sueños de un mundo ideal, no mueras posibilidad ", desafino para mí mismo, mientras me acerco a la ventana y vapeo sin ansiedad, saludando a un otoño que desea ser lluvia.

domingo, 23 de octubre de 2016

Justificar lo injustificable

Conozco a un copenhaguense que lleva años afincado en España. Años en los que no ha dejado de disfrutar de este país, si bien nunca ha logrado comprender del todo nuestros usos y costumbres, que le resultaban, al principio,  absolutamente enigmáticos. Él mismo me ha contado que, recién llegado, preguntó a alguien a qué hora pasaba el autobús. "En un ratillo", le contestaron. Una suerte de acertijo indescifrable para alguien habituado, en su país, a subirse al mismo exactamente a las 09:15 horas y regresar en otro autobús que tomaba en la parada habitual, a diario y puntualmente, a las 17:30 horas. Aquí en cambio, el usuario tomaría el autobús cuando éste pasara, sin posibles previsión de tiempo. Reconoce, por otra parte, que a pesar de los parabienes de nuestra gastronomía, le ha sido imposible adaptarse al rito del almuerzo copioso. "Todo se paraliza; la ciudad entera; el día se divide en dos partes; no logro comprender, cómo, después de semejante ingesta de comida, uno puede volver al trabajo...".  En Suecia, a las 17,00 horas, todo el mundo regresa a sus casas, tras un desayuno continental para empezar la jornada y un lunch para reponer fuerzas. Pasada esa hora, todos los comercios, de cualquier tipología, han cerrado. "¿Las familias en España sólo se ven de noche?", se preguntaba, nos preguntaba. Recuerdo unos vecinos cuyos hijos estaban permanentemente al cuidado de la tata de turno,  sus padres nunca estaban en casa, ambos por motivos laborales, salvo domingos. Tenia su justificación: "Yo trabajo limpiando un hotel y mi marido pinta pisos, cuando lo llaman; no podríamos vivir con un solo sueldo", alegaba la madre. Una sociedad, como la nuestra, construida sobre trabajos precarios impide una mínima conciliación de la vida laboral y familiar, poco se asemeja, en efecto, a otros países de nuestro entorno europeo. Y lo peor de todo es que parece que hay una absoluta unanimidad, por parte de los expertos, en relación a nuestro modelo productivo: es ineficaz e ineficiente, España tiene un problema general de bajo crecimiento de la productividad que afecta a todo el tejido productivo: baja inversión en I+D; reducido tamaño de la empresas; excesiva regulación y falta de competencia; escasa internacionalización y muy orientada a los mercados europeos; baja inversión en activos intangibles; e ineficiente funcionamiento de los mercados de trabajo y del suelo entre otros. Los riesgos, por otra parte, de fiar a resolver el problema del empleo al tópico del potencial turístico nos retrotrae a la falacia de aquellas argumentaciones que lo fiaron todo a la construcción. Y a sus mismas consecuencias, a pesar de que el modelo productivo del ladrillo amenaza con volver. Ningún Gobierno se resistiría a la tentación. Ni un número considerable de jóvenes, abandonando los estudios y sin ninguna cualificación académica ni profesional, tentados por un sueldo inmediato. Un docente me contaba que en pleno expansión del ladrillo, uno de estos jóvenes, a condición de realizar un trabajo a destajo, podía reunir un sueldo mensual superior, a veces muy superior, al del propio docente. "Por lo que tú cobras, yo ni me levantaba de la cama", le soltó una vez uno de sus alumnos. Profesión difícil, la de docente, en una sociedad como la nuestra cuyo sistema educativo parece condenado a no levantar nunca cabeza.
Ni industria, ni productividad, ni empleo, ni educación, ni conciliación de la vida laboral y familiar... así, todo junto, resulta desmoralizante, sin duda. Pero lo es aún más cuando añadimos a todo ello parte de nuestras raíces antropológicas y culturales, que nos impiden reconocer, a modo de ejemplo, que la violencia social no tiene justificación. No podemos justificarla, aún menos socializarla. Si aceptamos que el fin justifica los medios, sean cuáles sean estos, nos alejamos de las sociedades modernas cuyo objetivo debe ser la convivencia, siempre pluralista en un marco democrático y nos acercamos a modelos de comportamientos e ideologías impuestas por la arriesgada ideal del pensamiento único. No somos conscientes, pero es fácil observar la implantación de un nuevo modelo de analfabetismo funcional, que impone sus discursos y su lenguaje a una población con creciente dificultad para percibir críticamente las nuevas realidades y pensar en términos sociales autónomos y colectivos. Debemos plantearnos como pasar de espectadores a actores de la realidad, evitando estériles y aún más peligrosas derivas del espectáculo y de la violencia. Pero debemos esforzarnos a fondo, para recuperar auténticos diálogos sociales, abiertos y participativos para que todos, fundamentalmente lo más jóvenes, aprendan que una sociedad crítica debe construirse con participación, tolerancia, argumentaciones y consenso en la toma de decisiones. En caso contrario, seguiremos soñando eternamente con un país utópico con perfectas sociedades cívicas y solidarias, olvidándo que las mismas son reales y existen en países como Copenhague. Despiertos o dormidos, quizás lo más importante es recordar que ninguna sociedad podrá aspirar a mejorar, bajo ningún concepto, a través de la mera utilización de la violencia. 
 

viernes, 14 de octubre de 2016

Tout va bien

Tout va bien es el irónico título de una famosa película de Godard, una disección pesimista sobre el fin del mayo francés del 68 y aquellos universitarios de clase media y alta gauchistas parisinos que volvieron a sus ocupaciones habituales, olvidándose por completo del proletariado en aquella mediática revolución en las calles. La lucha de clases, en el año 1972 en que se realiza la película, parece haberse extinguido, igual que el Partido Comunista francés, al igual que la militancia. Década, por lo tanto, marcada por la famosa frase de Lampedusa, algo cambió para que todo siguiera igual. Es el sino de las sociedades modernas: a la tempestad, le sigue inevitablemente la calma del neoliberalismo y de los sueños rotos de los más débiles de la sociedad, condenados a seguir siendo débiles, reproduciendo el mito de Sísifo. 
Sigue imperando la visión, interesadamente sesgada, de la cultura de la pobreza, atribuyéndola a una construcción étnica determinada, a una opción cultural o a una mentalidad concreta y eliminando de las razones que la explican todo factor social, político y económico. Según Oscar Lewis, creador del concepto de “cultura de la pobreza”, ésta agruparía todo un conjunto de conductas, sentimientos e ideas que responden adaptativamente a una marginalidad económica que se reproduce de modo autosostenido, que permanece invariable ante la eventualidad de cambios y condena, por sí misma a los pobres a la miseria. Es una cultura responsable de sí misma, en la que la categoría de clase se diluye en otras identificaciones. Que se lo pregunten a las personas de raza negra, en EUU, que no dejan de caer abatidas a balazos, en virtud de dicha cultura de la pobreza, convertida en una suerte de proyección colectiva, ciudadana, que convierte a estas personas en más que sospechosas, por el mero hecho de ser de dicha raza. 
En España, la marginalidad se ha abierto paso durante todos estos años, sin remisión y generando una exclusión social que aún convertida en mera estadística, no deja de ser escalofriante. Las cifras de hogares cuyos miembros están todos en paro, por ejemplo en la provincia de Cádiz, son insoportables.En la Comunidad Autónoma de Andalucía el 43,2% de las personas residentes en la misma está en riesgo de pobreza y exclusión. En el ámbito nacional, ayer leía en algún medio de comunicación que casi un 30% de personas, en edad laboral, están en riesgo de pobreza severa. La misma misera que conducía a Jean Valjean a la cárcel, por robar una barra de pan en Los miserables, de Victor Hugo. Y hoy, como ayer, nuestros gestores políticos, nuestros estadistas, aparentemente obligados a pensar en el bien común, no dejan de hablar de otros asuntos, fieles a la máxima de Platón: esos hombres de Estado tan orgullosos han sido incapaces de enseñar los propios valores políticos de las funciones que cumplen. Y es que hablar, continua y constantementee de sí mismos, es como negar que los ciudadanos existan. Sobre todo aquellos ciudadanos que necesitan, a diario, esa barra de pan, sin temor a tener que cumplir, vía dicha necesidad, los 19 años de cárcel que cumplió  Jean Valjean. No basta, para dar soluciones, gritar que hay que buscar soluciones. No basta para encontrar soluciones, vociferar hasta la saciedad que son necesarias. No basta para encontrar soluciones desgañitarse por completo criticando a los que no la encontraron. Soluciones en vez de alaridos, por favor; antes de volver a escuchar que tout va bien

lunes, 10 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (y III)

Algunas de las historias planteadas por Stan Lee y Jack Kirby nos sumia a todos en un sentimiento de angustia generalizado, tal era el grado de identificación con los personajes y unas situaciones que se nos antojaban, viñeta a viñeta, excepcionales. En mi barrio, la llegada al universo de los 4 fantásticos de Galactus, una vez que el número 23 de esta colección comenzó a correr de mano en mano causó absoluta admiración y aún más estupor por el climax dramático propuesto por sus autores. Estela Plateada era uno de esos personajes fascinantes marcado por la más trágica de las ambivalencias: su entrega a Galactus, como heraldo del mismo y por otra parte, su singular humanismo. Los número siguientes, hasta conseguirlos, hacían desesperante la espera de un desenlace que no acertábamos a adivinar. Galactus era, en su concepción, un Dios. ¿Cómo podrían vencerlo?... Recuerdo también al hermano del profesor Xavier, Juggernaut, avanzando y destruyendo todo a su paso, aparentemente invencible, en las últimas viñetas del número 14 de la Patrulla X. La brutal paliza del Doctor Octupus a Spiderman y como uno de los tentáculos del villano se cierne sobre la famosa, máscara, a punto de descubrir la identidad de nuestro mejor amigo y vecino, justo en la última viñeta del número 21 de la colección. Tantas y tantas sagas, abriéndose paso en nuestro imaginario infantil. 
No había en esa época merchandising; el juguete de moda, los maldeman de la época eran presa de toda clase de intentos de hacerlos pasar por algunos de nuestros hérores preferidos, vía plastilina, papel de aluminio y acuarelas varias. Preferiamos esas posibilidades infinitas a la comercializión, al poco tiempo, de unos toscos muñecos que reproducían, no obstante con cierta fidelidad, a los héroes de la Marvel. Dando rienda suelta a nuestra imaginación, un grupo de amigos del barrio nos fabricamos, recuerdo perfectamente, unas más que toscas máscaras que querían asemejarse, aún lejanamente, a la de nuestros superhéreos preferidos; tarea inútil para unos cuantos trozos de cuero que daban poco de sí, pero extremadamente divertida y que daba pie a la invención de nuevos superhéroes, dignos, al menos desde nuestro punto de vista, de pertenecer a la factoría Marvel. Referiré el nombre del mio: El Encapuchado de la Muerte, que comencé a dibujar plagiando toda la saga del Watergate del Capitán América, con auténtica fruición. Hasta que una limpieza de "papeles" de mi madre frustró, bruscamente, mi vocación. 
Coincidiendo con la aparición del volumen 2 de las colecciones, respetando el formato original, si bien de mayor tamaño, al tiempo que íbamos creciendo, la marvelmanía fue menguando. Abrieron, en la Casa de la Cultura de mi ciudad, una gigantesca biblioteca repleta de cómic europeo que me hizo descubrir a Tintin y a autores como Edgar Pierre Jacobs. Blueberry siempre estaba presente en las págins centrales de las publicaciones Bruguera, pero nunca había llamado especialmente mi atención hasta que me topé, con sorpresa, con el doble album El fantasma de las balas de oro / La mina del alemán perdido. Además, estaba la colección, que parecía infinita, de Colección Historias Selección de Bruguera. Leías con avidez todos los clásicos de la literatura juvenil, desde Sandokan a  Miguel Strogoff (nunca comprendí cómo era posible que el correo del Zar no perdiera la vista con aquella hoja de cuchillo al rojo vivo) alternando su lectura con la versión en viñetas, también incluida en cada uno de los libros. Creciamos, simplemente y las posibilidades de ocio, así como la lectura, fueron cambiando. Ediciones Vértice cerró sus puertas a inicios de la década de los 80. Bruguera conseguía los derechos de algunos de los superhéroes, así como la Editorial Montena, que llegó a editar, en lujosas encuadernaciones a color, varios historias de los 4 fantáticos. Una de las causas fundamentales del cierre fue que al finalizar todo el material americano, comenzaron a reeditar, vía volumen 3, todas las historis desde sus inicios, historias que ya habíamos leído y releído. A Vértice le fueron sucediendo la mencionada Bruguera hasta llegar a Fórum, pero mi pasión por los superhéroes de la Marvel había sido sustituida, en mayor o menor medida por la Biblioteca de Babel que describió Borges, vía la mencionada biblioteca de la Casa de la Cultura y de la Diputación Provincial, a las que me desplazaba todos los sábados en autobús, dispuesto a localizar, entre sus estanterías otro libro de Jack London o de Salgari. 
No obstante, hasta mediados de la década de los 90, siempre hacía intentos, a veces tímidos, por volver a la Marvel. La irrupción de Frank Miller  en Daredevil fue un acontecimiento mayúsculo y un regreso obligado a este Universo, vía librerias especializadas. Qué magníficos guiones. Y qué superheroína, nunca vista hasta aquellas fechas,  aquella trágica Elektra. Cierto que John Romita Jr., no lo hacía nada mal y John Byrne era genial, pero de nuevo pasaron los años y toda aquella afición fue quedando, de nuevo, atrás, recuperada sólo a intervalos. 
Conservo un número considerable de cómics de la Vértice, estupendamente conservados en fundas de plástico.  Un pequeño tesoro, puerta abierta al pasado, quizás a la nostalgia. Aquellos tebeos que vinieron a marcar una época, la de nuestra infancia, necesariamente lejana pero inolvidable. Recuerdos imborrables de una generación que ante la carencia, utilizábamos la imaginación y devorabámos tebeos, muchos tebeos. 

domingo, 9 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (II)

Fascinaba que un superhéroe, con poderes inconcebibles pudieran padecer, en sus vidas cotidianas, los mismos problemas que cualquier de sus lectores: trabajo, familia, relaciones sociales, etc.; en el caso de Spiderman, la identificación con Peter Parker era absoluta: un joven con problemas económicos y graves dificultades para conciliar su vida personal con su papel de superhéroe. El Capitán América volvía al siglo XX desde la congelación en un témpano que el príncipe Namor voltea por los aires. El Hombre de Hierro, Tony Stark, vivía, tras una grave lesión en el corazón, gracias a su armadura. La Antorcha Humana era simplemente, más allá de sus poderes, un joven adolescente deseoso de tener relaciones con chicas. Matt Murdock, un abogado ciego cuyo trabajo diario enamorado de su secretaria.... Y desde esta vida cotidiana, estos singulares personajes vivían aventuras, a veces de alcance cósmico, con villanos excepcionales: Doctor Muerte, Magneto, Galactus... Conseguir, en consecuencia, aquel número que te faltaba para completar la lectura de alguna de sus aventuras se convertía en una búsqueda vital: tiendas de segunda mano o de viejo, pero sobre todo préstamos de amigos o trueques y cambios con cualquier chico del barrio. No había uno solo que no tuviera en su caso un número considerable de estos cómics, según gustos. 
Todos eramos conscientes de que aquellas ediciones eran cuanto menos extrañas; de repente, en una viñeta, aparecía un tosco brazo, prolongando o rellenando la viñeta original que nada tenía que ver con el estilo del dibujante, absolutamente reconocible, pero aún anónimo, tuvimos que esperar a conocer sus nombres cuando en las páginas iniciales de Ediciones Vértice se decidieron a mencionarlos. Todo era baladí, la imaginación se abria paso, como un torrente, entre chapuzas editoriales: Jack Kirby dibujaba a La Cosa dando tortazos con tal maestría que convertía a las líneas cinéticas en una suerte de tridimensionalidad. Los personajes se movían a través de las viñetas. Steve Ditko, dibujante algo incomprendido, recreaba un mundo onírico a la medida del Doctor Extraño, que nos hacía viajar a todos los lectores a través de dimensiones paralelas mostrando la ansiedad, el anhelo y los miedos de los personajes. Pero para ansiedades de todos los estilos, nada mejor que el rostro de Peter Parker en la difícil vida surgida de sus poderes arácnidos, gracias al lápiz de este dibujante. Jim Steranko no podía sustraerse a la época y las modas presentes: aquellas dobles páginas del Capitán América, el Pop Art en las viñetas del Coronel Furia.  John Romita nos dibujó, entre centenares de magníficas páginas, la muerte de la novia de Spiderman. Y es que los personajes, en el Universo Marvel, eran de carne y hueso. Aún de origen extraterrestre, como el Capitán Marvel, muerto a su vez, años después, de cáncer por el lápiz de Jim Starlin, otro de los grandes.
Conseguí hacerme con alguna colección completa, a base de paciencia, como así ocurrió en el caso de La Patrulla X. Me faltaba, para completar la colección, un tomo con el título: "Mataremos a los Vengadores", que no lograba conseguir; pero nadie más perseverante, como es sabido, que un niño. También reuní todos los tomos de El Sargento Furia (cuyo título original era, nada menos, El Sargento Furia y sus comandos aulladores), así como el de El hombre de hierro. Lo veo caer, en estos momentos, convertido en piedra por el villano Gárgola Gris, desde lo alto de un edificio, justo en las últimas viñetas del número 24, Mortal Victoria.  Sin embargo, para cambiar cómics era necesario tener cómics que ofrecer y bien pronto comencé a deshacer estas colecciones: podía más el anhelo de seguir consiguiendo nueva lectura marveliana que conservar tomos leídos hasta la saciedad. He mencionado antes las librerias de viejo o de ocasión, a las que habría que añadir los rastros o mercadillos dominicales. Salir en dirección a estos sitios, con no pocos ejemplares bajo el brazo preparados todos ellos para ser objeto de trueque (entregabas tu ejemplar y una cantidad simbólica de dinero, a cambio de otro), previa elección en montañas de ejemplares, depositados en estanterías en aquellas tiendas o directamente sobre el suelo, en el caso de los mercadillos, constituía un placer indescriptible y un anhelo inconfesable: encontrar, por fin, aquel número con el que soñabas. Cuando tuve una autonomía mínima, mis desplazamientos a estos sitios los hacía en bicicleta, como un aliciente añadido a aquella aventura cuyo objetivo, como he comentado, era el número 3 del Capitán América (donde Jack Kirby situaba el origen del personaje)  o los primeros números, inecontrables, de Dan Defensor, en cuyas portadas aún lucía su primer uniforme, de color amarillo.

Ediciones Vértice (I)

Mi infancia está asociada a la lectura de tebeos (nadie empleaba aún, en la década de los 70 la expresión cómic para referirse a ellos) y ocasionalmente, al coleccionismo de éstos, dado que lo más importante era tener a mano, a diario, nuevos ejemplares que leer, uno de esos esenciales parámetros infantiles que marcaban las necesidades vitales de un niño de esa década, junto a la caja de parches de la bicicleta y el dinero de bolsillo de los fines de semana. Se leían con fruición todas las ediciones de las editoriales existentes, sobre todo la omnipresente editorial Bruguera, cuyas publicaciones semanales abarrotaban, literal mente, los escasos espacios de los kioskos, templos de obligada visita periódica de los niños y  almacén de tentaciones inalcanzables en formato papel y de aquellas chucherías que mascábamos a diario, como si nos fuera la vida en ello.
Los superhéroes de papel aún estaban asociados al escaso material americano que lograba traspasar los estrechos límites impuestos por la autarquía franquista. Ahí estaban, como conceptos cercanos, The Phantom  de Lee Falsk y Flash Gordon de Alex Raymond, recordando a la magnífica Editorial Dolar y más tarde Buru Lan, excelente a su vez y a color. A través de la mexicana Editorial Novaro, Batman y Superman llegaban a nuestro país, en ediciones a color que contenían expresiones que nos dejaban perplejos:  "deja de platicar tantito", recuerdo que soltaba Red Ryder a Little Beaver (Plumita o Castorcito, según traducción) en una viñeta.  Cierto que Mandrake hacía hazañas increíbles y que las gestas de Prince Valiant superaban los límites de lo imaginable, pero los superhéroes con pijama, salvo los dos totems de la DC citados, no dejaban de ser un concepto nuevo, tal como entendieron Stan Lee y Jack Kirby. Y aun más inédito que estos personajes dotados de asombrosos poderes tuvieran los mismos problemas que cualquier persona corriente. De todo esto nos enteramos vía Ediciones Vértice, que a finales de la década de los 60, concretamente en 1968 comenzó a publicar, por primera vez en España, a toda la factoría de superhéroes de la Marvel, dado el éxito obtenido por esta editorial con las publicaciones de material británico: Zarpa de Acero (contando con el arte de Jesús Blasco, nada menos), Mytek, Spider...
El formato de estas ediciones, de tamaño 20,5x15 cm y con un promedio de 128 páginas a blanco y negro forma parte de las leyendas negras de las ediciones de cómics en España. No es para menos: viñetas remontadas, retocadas con absoluta tosquedad... El formato original de estos cómics debía adaptarse al singular formato editorial de Vértice y por allí estaba Tunet Vila, el famoso autor de Tumbita, retratado por Carlos Giménez en el cómic Los Profesionales (de lectura imprescindible), en labores de "dinámica y rotulación", es decir de retoques indiscriminados al material proporcionado por Marvel Cómics. Las portadas no reproducían las originales: eran recreadas, esta vez con magnífico arte, por Rafael López Espí, una de las claves del absoluto éxito, no obstante de la discutible labor de Tunet Vila, de la Editorial Vértice y del inicio del universo marveliano en España.
Cuando los niños de esa década comenzamos a leer a la Marvel, en aquellos tomosde 25 ptas de la época, hoy muy cotizados en el mercado de segunda mano, comenzó a extenderse algo así como una obsesión generalizada por su lectura. Fascinaban todos los personajes de la Marvel: Spiderman, Patrulla X ( X Men), La Masa (Hulk), Dan Defensor (Daredevil), Los Vengadores, Capitán América, Los 4 Fantásticos... Los superhéroes con pijama, problemas, que saltaban de una colección a otra, conformando un universo propio, surgidos de la imaginación de Stan Lee y Jack Kirby, así como del arte de este último, habían llegado a España y no había dudas que para quedarse.

jueves, 6 de octubre de 2016

El beso

No era un beso robado por la cámara de Robert Doisneau. Eran jóvenes actores, los protagonistas de la fotografía Le baiser de l'hôtel de ville contratados, juntos a otros,  para un reportaje en el año 1950 para la famosa revista Life en donde el beso, en escenarios parisinos fácilmente identificables, era el protagonista. La reproducción de la fotografía, en la década de los 80, en formato cartel apaisado fue un éxito instantáneo y convirtió, con el paso de los años, a la fotografía como la más vendida de la historia. El símbolo del amor, en esa instantánea que parecía haber captado un momento fugaz de pasión y entrega mutua de dos jóvenes amantes. El éxito millonario de la fotografía propició lo más insospechado: no pocas personas reclamaban ser los protagonistas de ese beso, en la posibilidad de sacar dinero de todo ello. Sólo entonces Doisneau, ya anciano, se vio obligado a confesar que la fotografía era una escenificación, cuidadosamente preparada, pero simple recreación, en definitiva, de una realidad que no era tal. Un tema baladí, dada la expresividad de la famosa fotografía: la pareja se besa apasionadamente frente al Ayuntamiento de Paris, mientras los transeuntes dinamizan el barrido fotográfico, devolviendo cotidianeidad a la composición visual. Los amantes permanecen ajenos a ellos y al mundo, situándose en el centro de la imagen y de su propio universo. En su visualización, hay no pocas connotaciones de amour fou, de esperanza en un mundo aún en blanco y negro (el de la posguerra) y de un tiempo y un lugar que se han detenido para dar protagonismo a dos personas que se entregan sin reservas la una a la otra. Es la idealización de la eternidad romántica, el icono, quizás irrepetible, aún habiendo otros besos famosos en la historia de la fotografía, que todos tendríamos en la pared de nuestro salón como ese punto de fuga que nos permitiera soñar con ese Paris romántico, exaltación de los sentimientos, abundante en buhardillas con vistas al Sena, donde el queso y el vino nos darían fuerzas para seguir haciendo el amor con nuestra pareja. Soñar por un paseo por el Barrio Latino, extasiados de amor y soñar con ser los auténticos protagonistas de ese beso capaz de detener la marcha frenética del mundo. Y si en vez de soñar hacemos las maletas con nuestra pareja y tomamos el avión hacia Paris, dejando todo a nuestras espaldas durante unos días, aún mejor. Habremos tomado la decisión de convertir la idealización y los sueños en experiencia vivida. 

martes, 4 de octubre de 2016

La felicidad está en los años

Cumplir años, es bien sabido, es simplemente cumplir con el ritual del tiempo que nos hemos inventado. Un tiempo que cuando somos pequeños, simplemente no existe, que cuando somos jóvenes es infinito y que poco a poco se nos antoja limitado en su horizonte, pero abismal en sus recuerdos. 
Los años deberían medirse como sinónimo de felicidad acumulada. Y si por el más triste cúmulo de circunstancias, apenas pudiéramos hacer balance positivo del tiempo transcurrido, brindaríamos también, quizás no por los años pasados, pero sin duda por los que vendrán, necesariamente más dichosos. 
La búsqueda de la felicidades el motor del tiempo. Los años parecen detenerse o sucederse muy de prisa, dependiendo de nuestro estado anímico interno, empapados de emociones diarias surgidas de la experiencia cotidiana, la consecución de las metas que perseguimos, nuestra interacción social, las sensaciones constantes y siempre subjetivas que nos invaden cada día, como un torrente y aquellas experiencias singulares que marcan nuestra vida, nuestro destino. Soplar las velas de la tarta significa reconocer  todas estas experiencias y apostar por las que vendrán:  somos el resultado final de las mismas. Y justo en medio de todas estas sensaciones acumuladas, ahí se encuentra la felicidad tan anhelada, basta apenas agacharse y contemplarla. Fruto de nuestras decisiones, tesón, esfuerzo y no pocas gotas de azar, a veces incluso inconsciente, entre los pliegues de nuestra memoria 
En El tiempo en sus manos, de H.G.Wells, el protagonista viajaba a través del tiempo en una máquina de su invención. En cuestión de segundos, recorre siglos hasta que encuentra el amor en uno de éstos, tomando la decisión de quedarse. En una de las películas que conforman la trilogía de Regreso al futuro, el científico interpretado por Christopher Lloyd, a su vez, encuentra a la mujer de su vida viajando al pasado lejano. El tiempo se moldea, supeditado a la búsqueda de felicidad que es sinónimo de la búsqueda del amor. Una magdalena y una manzanilla hacen viajar a Proust por la historia, pormenorizada de su propia vida, camino literario que recorre el autor para encontrarse, finalmente, consigo mismo. El tiempo, detenido entre centenares de páginas. En Centauros del desierto, de John Ford,  el tiempo deja de existir para el protagonista que encarna John Wayne: su búsqueda no atiende al paso de los años, sino al destino de su búsqueda, desesperada, en la persona de su sobrina, prisionera de una tribu india. No es el tiempo, es nuestro destino. No es el tiempo, es la búsqueda y el encuentro con nosotros mismos. A través de la felicidad, a través del amor, motor del mundo, de las personas.   
Búsquemos pues y vivamos esa felicidad, que nos merecemos, intensamente y dejemos que el tiempo pase, entre estaciones, gozando de esa dicha, no suficientemente valorada, que deberíamos sentir a diario por el hecho de estar vivos. Porque mientras gocemos de la vida, seguiremos buscando. Le temps de vivre, que cantaba Moustaki: Nous predrons le temps de vivre d´etre libres, mon amour sans projets et sans habitudes nous purrons rever notre vie...  Felicidades. 


La fiera de mi niña, de Howard Hawks

Referirse a La fiera de mi niña  ( Bringing up Baby , 1938) no es sólo entrar en el universo de sus grandes protagonistas o de la excelen...