domingo, 9 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (II)

Fascinaba que un superhéroe, con poderes inconcebibles pudieran padecer, en sus vidas cotidianas, los mismos problemas que cualquier de sus lectores: trabajo, familia, relaciones sociales, etc.; en el caso de Spiderman, la identificación con Peter Parker era absoluta: un joven con problemas económicos y graves dificultades para conciliar su vida personal con su papel de superhéroe. El Capitán América volvía al siglo XX desde la congelación en un témpano que el príncipe Namor voltea por los aires. El Hombre de Hierro, Tony Stark, vivía, tras una grave lesión en el corazón, gracias a su armadura. La Antorcha Humana era simplemente, más allá de sus poderes, un joven adolescente deseoso de tener relaciones con chicas. Matt Murdock, un abogado ciego cuyo trabajo diario enamorado de su secretaria.... Y desde esta vida cotidiana, estos singulares personajes vivían aventuras, a veces de alcance cósmico, con villanos excepcionales: Doctor Muerte, Magneto, Galactus... Conseguir, en consecuencia, aquel número que te faltaba para completar la lectura de alguna de sus aventuras se convertía en una búsqueda vital: tiendas de segunda mano o de viejo, pero sobre todo préstamos de amigos o trueques y cambios con cualquier chico del barrio. No había uno solo que no tuviera en su caso un número considerable de estos cómics, según gustos. 
Todos eramos conscientes de que aquellas ediciones eran cuanto menos extrañas; de repente, en una viñeta, aparecía un tosco brazo, prolongando o rellenando la viñeta original que nada tenía que ver con el estilo del dibujante, absolutamente reconocible, pero aún anónimo, tuvimos que esperar a conocer sus nombres cuando en las páginas iniciales de Ediciones Vértice se decidieron a mencionarlos. Todo era baladí, la imaginación se abria paso, como un torrente, entre chapuzas editoriales: Jack Kirby dibujaba a La Cosa dando tortazos con tal maestría que convertía a las líneas cinéticas en una suerte de tridimensionalidad. Los personajes se movían a través de las viñetas. Steve Ditko, dibujante algo incomprendido, recreaba un mundo onírico a la medida del Doctor Extraño, que nos hacía viajar a todos los lectores a través de dimensiones paralelas mostrando la ansiedad, el anhelo y los miedos de los personajes. Pero para ansiedades de todos los estilos, nada mejor que el rostro de Peter Parker en la difícil vida surgida de sus poderes arácnidos, gracias al lápiz de este dibujante. Jim Steranko no podía sustraerse a la época y las modas presentes: aquellas dobles páginas del Capitán América, el Pop Art en las viñetas del Coronel Furia.  John Romita nos dibujó, entre centenares de magníficas páginas, la muerte de la novia de Spiderman. Y es que los personajes, en el Universo Marvel, eran de carne y hueso. Aún de origen extraterrestre, como el Capitán Marvel, muerto a su vez, años después, de cáncer por el lápiz de Jim Starlin, otro de los grandes.
Conseguí hacerme con alguna colección completa, a base de paciencia, como así ocurrió en el caso de La Patrulla X. Me faltaba, para completar la colección, un tomo con el título: "Mataremos a los Vengadores", que no lograba conseguir; pero nadie más perseverante, como es sabido, que un niño. También reuní todos los tomos de El Sargento Furia (cuyo título original era, nada menos, El Sargento Furia y sus comandos aulladores), así como el de El hombre de hierro. Lo veo caer, en estos momentos, convertido en piedra por el villano Gárgola Gris, desde lo alto de un edificio, justo en las últimas viñetas del número 24, Mortal Victoria.  Sin embargo, para cambiar cómics era necesario tener cómics que ofrecer y bien pronto comencé a deshacer estas colecciones: podía más el anhelo de seguir consiguiendo nueva lectura marveliana que conservar tomos leídos hasta la saciedad. He mencionado antes las librerias de viejo o de ocasión, a las que habría que añadir los rastros o mercadillos dominicales. Salir en dirección a estos sitios, con no pocos ejemplares bajo el brazo preparados todos ellos para ser objeto de trueque (entregabas tu ejemplar y una cantidad simbólica de dinero, a cambio de otro), previa elección en montañas de ejemplares, depositados en estanterías en aquellas tiendas o directamente sobre el suelo, en el caso de los mercadillos, constituía un placer indescriptible y un anhelo inconfesable: encontrar, por fin, aquel número con el que soñabas. Cuando tuve una autonomía mínima, mis desplazamientos a estos sitios los hacía en bicicleta, como un aliciente añadido a aquella aventura cuyo objetivo, como he comentado, era el número 3 del Capitán América (donde Jack Kirby situaba el origen del personaje)  o los primeros números, inecontrables, de Dan Defensor, en cuyas portadas aún lucía su primer uniforme, de color amarillo.

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