lunes, 10 de octubre de 2016

Ediciones Vértice (y III)

Algunas de las historias planteadas por Stan Lee y Jack Kirby nos sumia a todos en un sentimiento de angustia generalizado, tal era el grado de identificación con los personajes y unas situaciones que se nos antojaban, viñeta a viñeta, excepcionales. En mi barrio, la llegada al universo de los 4 fantásticos de Galactus, una vez que el número 23 de esta colección comenzó a correr de mano en mano causó absoluta admiración y aún más estupor por el climax dramático propuesto por sus autores. Estela Plateada era uno de esos personajes fascinantes marcado por la más trágica de las ambivalencias: su entrega a Galactus, como heraldo del mismo y por otra parte, su singular humanismo. Los número siguientes, hasta conseguirlos, hacían desesperante la espera de un desenlace que no acertábamos a adivinar. Galactus era, en su concepción, un Dios. ¿Cómo podrían vencerlo?... Recuerdo también al hermano del profesor Xavier, Juggernaut, avanzando y destruyendo todo a su paso, aparentemente invencible, en las últimas viñetas del número 14 de la Patrulla X. La brutal paliza del Doctor Octupus a Spiderman y como uno de los tentáculos del villano se cierne sobre la famosa, máscara, a punto de descubrir la identidad de nuestro mejor amigo y vecino, justo en la última viñeta del número 21 de la colección. Tantas y tantas sagas, abriéndose paso en nuestro imaginario infantil. 
No había en esa época merchandising; el juguete de moda, los maldeman de la época eran presa de toda clase de intentos de hacerlos pasar por algunos de nuestros hérores preferidos, vía plastilina, papel de aluminio y acuarelas varias. Preferiamos esas posibilidades infinitas a la comercializión, al poco tiempo, de unos toscos muñecos que reproducían, no obstante con cierta fidelidad, a los héroes de la Marvel. Dando rienda suelta a nuestra imaginación, un grupo de amigos del barrio nos fabricamos, recuerdo perfectamente, unas más que toscas máscaras que querían asemejarse, aún lejanamente, a la de nuestros superhéreos preferidos; tarea inútil para unos cuantos trozos de cuero que daban poco de sí, pero extremadamente divertida y que daba pie a la invención de nuevos superhéroes, dignos, al menos desde nuestro punto de vista, de pertenecer a la factoría Marvel. Referiré el nombre del mio: El Encapuchado de la Muerte, que comencé a dibujar plagiando toda la saga del Watergate del Capitán América, con auténtica fruición. Hasta que una limpieza de "papeles" de mi madre frustró, bruscamente, mi vocación. 
Coincidiendo con la aparición del volumen 2 de las colecciones, respetando el formato original, si bien de mayor tamaño, al tiempo que íbamos creciendo, la marvelmanía fue menguando. Abrieron, en la Casa de la Cultura de mi ciudad, una gigantesca biblioteca repleta de cómic europeo que me hizo descubrir a Tintin y a autores como Edgar Pierre Jacobs. Blueberry siempre estaba presente en las págins centrales de las publicaciones Bruguera, pero nunca había llamado especialmente mi atención hasta que me topé, con sorpresa, con el doble album El fantasma de las balas de oro / La mina del alemán perdido. Además, estaba la colección, que parecía infinita, de Colección Historias Selección de Bruguera. Leías con avidez todos los clásicos de la literatura juvenil, desde Sandokan a  Miguel Strogoff (nunca comprendí cómo era posible que el correo del Zar no perdiera la vista con aquella hoja de cuchillo al rojo vivo) alternando su lectura con la versión en viñetas, también incluida en cada uno de los libros. Creciamos, simplemente y las posibilidades de ocio, así como la lectura, fueron cambiando. Ediciones Vértice cerró sus puertas a inicios de la década de los 80. Bruguera conseguía los derechos de algunos de los superhéroes, así como la Editorial Montena, que llegó a editar, en lujosas encuadernaciones a color, varios historias de los 4 fantáticos. Una de las causas fundamentales del cierre fue que al finalizar todo el material americano, comenzaron a reeditar, vía volumen 3, todas las historis desde sus inicios, historias que ya habíamos leído y releído. A Vértice le fueron sucediendo la mencionada Bruguera hasta llegar a Fórum, pero mi pasión por los superhéroes de la Marvel había sido sustituida, en mayor o menor medida por la Biblioteca de Babel que describió Borges, vía la mencionada biblioteca de la Casa de la Cultura y de la Diputación Provincial, a las que me desplazaba todos los sábados en autobús, dispuesto a localizar, entre sus estanterías otro libro de Jack London o de Salgari. 
No obstante, hasta mediados de la década de los 90, siempre hacía intentos, a veces tímidos, por volver a la Marvel. La irrupción de Frank Miller  en Daredevil fue un acontecimiento mayúsculo y un regreso obligado a este Universo, vía librerias especializadas. Qué magníficos guiones. Y qué superheroína, nunca vista hasta aquellas fechas,  aquella trágica Elektra. Cierto que John Romita Jr., no lo hacía nada mal y John Byrne era genial, pero de nuevo pasaron los años y toda aquella afición fue quedando, de nuevo, atrás, recuperada sólo a intervalos. 
Conservo un número considerable de cómics de la Vértice, estupendamente conservados en fundas de plástico.  Un pequeño tesoro, puerta abierta al pasado, quizás a la nostalgia. Aquellos tebeos que vinieron a marcar una época, la de nuestra infancia, necesariamente lejana pero inolvidable. Recuerdos imborrables de una generación que ante la carencia, utilizábamos la imaginación y devorabámos tebeos, muchos tebeos. 

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