lunes, 24 de octubre de 2016

En la ciudad

El ritual siempre es el mismo: un sueño atroz, un desayuno sin apetito, una ducha de la que no puedes prescindir si quieres acabar de despertarte y un ritmo apresurado, ya en la calle, en dirección allá donde se suceden tus deberes laborales. El rol, en definitiva, que se extiende durantes horas en escenarios diversos y ante la mirada de un público exigente dispuesto a alimentarse de tus errores, anhelando al mismo tiempo estar en tu lugar. Un ordenador que se enciende, un teléfono que suena, un archivo descomunal de documentos, sucesión interminable de acciones que se pierden en ese laberinto digital y de papel y no obstante de todo ello, una bella vista desde la ventana. Qué bueno está, por otra parte, el café con sabor a avellana, entre presiones varias. Recuerdo a Gurruchaga, cantando: "... La ciudad donde vivo  es un ogro con dientes de oro, un amante de lujo que siempre quise seducir, la ciudad junta a dios y al diablo, al funcionario y al travestí, la ciudad donde vivo es un niño limpiando un fusil..." 
Pero no es esta ciudad, es cualquier ciudad. O es ese sitio recóndito, olvidado por el mundo y de las pisadas en el que te ubicas dispuesto a derramar sensaciones internas, recónditas y tenaces en su persistencia. En una esquina de esa ciudad, de ese sitio recóndito, de ese paraje en mitad de la selva, un hombre piensa que el mundo está contra él y que cada una de las flechas que ve, siente, presiente o imagina, están destinadas a ensartarle; un hombre con anehlo de San Sebastián, un hombre que no puede escapar de sí mismo. En otro lugar, quizás la cima de una montaña jamás hollada, pero también ese trozo de Atlantis que yace hundido soñando con glorias pasadas, una mujer se pregunta por qué se encuentra tan sola, rodeada sin embargo de multitudes, mientras sus lágrimas le impiden ver a un coloso que pugna por abrirse paso entre laberintos subterráneos, impulsado, decidido, desesperado por encontrar a la mujer de sus sueños. "Se que existe", se dice a sí mismo, mientras las mazas que forman sus puños buscan caminos allá donde el laberinto se cierra, una y otra vez. Mientras, un joven ciego, extraviado en Atenas, desesperado de un ágora, agudiza el oido y escucha el sonido de las flechas que cruzan el tiempo, el llanto de la Atlante y al héroe que se siente héroe. Y sólo entonces, encuentra el valor en sí mismo para volver a ver, el valor que una vez creyó perder, irremediablemente, cuando se negó a seguir viendo. Abre los ojos, lenta, imperceptiblemente y no se sorprende al encontrarse justo en medio del ágora tantas veces soñada. Acaricia uno de los pórticos columnados como si fuera una mujer, se desnuda por completo y corre hacia las termas, sonriendo. 

-A pesar de todo, aún estoy aquí, respirando cierta libertad. Y aún así, viviré, bebiendo y fumando en mi ciudad... - canta aquella mujer que entona admirablemente, mientras tiende la ropa en el ojo patio del edificio. Mi mente se dispersa, se reubica con dificultad y la pantalla del ordenador parece menguar y extinguirse: "... A la vez sangra el corazón de un poeta que pretende volver. Desnudo de sueños de un mundo ideal, no mueras posibilidad ", desafino para mí mismo, mientras me acerco a la ventana y vapeo sin ansiedad, saludando a un otoño que desea ser lluvia.

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