domingo, 23 de octubre de 2016

Justificar lo injustificable

Conozco a un copenhaguense que lleva años afincado en España. Años en los que no ha dejado de disfrutar de este país, si bien nunca ha logrado comprender del todo nuestros usos y costumbres, que le resultaban, al principio,  absolutamente enigmáticos. Él mismo me ha contado que, recién llegado, preguntó a alguien a qué hora pasaba el autobús. "En un ratillo", le contestaron. Una suerte de acertijo indescifrable para alguien habituado, en su país, a subirse al mismo exactamente a las 09:15 horas y regresar en otro autobús que tomaba en la parada habitual, a diario y puntualmente, a las 17:30 horas. Aquí en cambio, el usuario tomaría el autobús cuando éste pasara, sin posibles previsión de tiempo. Reconoce, por otra parte, que a pesar de los parabienes de nuestra gastronomía, le ha sido imposible adaptarse al rito del almuerzo copioso. "Todo se paraliza; la ciudad entera; el día se divide en dos partes; no logro comprender, cómo, después de semejante ingesta de comida, uno puede volver al trabajo...".  En Suecia, a las 17,00 horas, todo el mundo regresa a sus casas, tras un desayuno continental para empezar la jornada y un lunch para reponer fuerzas. Pasada esa hora, todos los comercios, de cualquier tipología, han cerrado. "¿Las familias en España sólo se ven de noche?", se preguntaba, nos preguntaba. Recuerdo unos vecinos cuyos hijos estaban permanentemente al cuidado de la tata de turno,  sus padres nunca estaban en casa, ambos por motivos laborales, salvo domingos. Tenia su justificación: "Yo trabajo limpiando un hotel y mi marido pinta pisos, cuando lo llaman; no podríamos vivir con un solo sueldo", alegaba la madre. Una sociedad, como la nuestra, construida sobre trabajos precarios impide una mínima conciliación de la vida laboral y familiar, poco se asemeja, en efecto, a otros países de nuestro entorno europeo. Y lo peor de todo es que parece que hay una absoluta unanimidad, por parte de los expertos, en relación a nuestro modelo productivo: es ineficaz e ineficiente, España tiene un problema general de bajo crecimiento de la productividad que afecta a todo el tejido productivo: baja inversión en I+D; reducido tamaño de la empresas; excesiva regulación y falta de competencia; escasa internacionalización y muy orientada a los mercados europeos; baja inversión en activos intangibles; e ineficiente funcionamiento de los mercados de trabajo y del suelo entre otros. Los riesgos, por otra parte, de fiar a resolver el problema del empleo al tópico del potencial turístico nos retrotrae a la falacia de aquellas argumentaciones que lo fiaron todo a la construcción. Y a sus mismas consecuencias, a pesar de que el modelo productivo del ladrillo amenaza con volver. Ningún Gobierno se resistiría a la tentación. Ni un número considerable de jóvenes, abandonando los estudios y sin ninguna cualificación académica ni profesional, tentados por un sueldo inmediato. Un docente me contaba que en pleno expansión del ladrillo, uno de estos jóvenes, a condición de realizar un trabajo a destajo, podía reunir un sueldo mensual superior, a veces muy superior, al del propio docente. "Por lo que tú cobras, yo ni me levantaba de la cama", le soltó una vez uno de sus alumnos. Profesión difícil, la de docente, en una sociedad como la nuestra cuyo sistema educativo parece condenado a no levantar nunca cabeza.
Ni industria, ni productividad, ni empleo, ni educación, ni conciliación de la vida laboral y familiar... así, todo junto, resulta desmoralizante, sin duda. Pero lo es aún más cuando añadimos a todo ello parte de nuestras raíces antropológicas y culturales, que nos impiden reconocer, a modo de ejemplo, que la violencia social no tiene justificación. No podemos justificarla, aún menos socializarla. Si aceptamos que el fin justifica los medios, sean cuáles sean estos, nos alejamos de las sociedades modernas cuyo objetivo debe ser la convivencia, siempre pluralista en un marco democrático y nos acercamos a modelos de comportamientos e ideologías impuestas por la arriesgada ideal del pensamiento único. No somos conscientes, pero es fácil observar la implantación de un nuevo modelo de analfabetismo funcional, que impone sus discursos y su lenguaje a una población con creciente dificultad para percibir críticamente las nuevas realidades y pensar en términos sociales autónomos y colectivos. Debemos plantearnos como pasar de espectadores a actores de la realidad, evitando estériles y aún más peligrosas derivas del espectáculo y de la violencia. Pero debemos esforzarnos a fondo, para recuperar auténticos diálogos sociales, abiertos y participativos para que todos, fundamentalmente lo más jóvenes, aprendan que una sociedad crítica debe construirse con participación, tolerancia, argumentaciones y consenso en la toma de decisiones. En caso contrario, seguiremos soñando eternamente con un país utópico con perfectas sociedades cívicas y solidarias, olvidándo que las mismas son reales y existen en países como Copenhague. Despiertos o dormidos, quizás lo más importante es recordar que ninguna sociedad podrá aspirar a mejorar, bajo ningún concepto, a través de la mera utilización de la violencia. 
 

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