martes, 4 de octubre de 2016

La felicidad está en los años

Cumplir años, es bien sabido, es simplemente cumplir con el ritual del tiempo que nos hemos inventado. Un tiempo que cuando somos pequeños, simplemente no existe, que cuando somos jóvenes es infinito y que poco a poco se nos antoja limitado en su horizonte, pero abismal en sus recuerdos. 
Los años deberían medirse como sinónimo de felicidad acumulada. Y si por el más triste cúmulo de circunstancias, apenas pudiéramos hacer balance positivo del tiempo transcurrido, brindaríamos también, quizás no por los años pasados, pero sin duda por los que vendrán, necesariamente más dichosos. 
La búsqueda de la felicidades el motor del tiempo. Los años parecen detenerse o sucederse muy de prisa, dependiendo de nuestro estado anímico interno, empapados de emociones diarias surgidas de la experiencia cotidiana, la consecución de las metas que perseguimos, nuestra interacción social, las sensaciones constantes y siempre subjetivas que nos invaden cada día, como un torrente y aquellas experiencias singulares que marcan nuestra vida, nuestro destino. Soplar las velas de la tarta significa reconocer  todas estas experiencias y apostar por las que vendrán:  somos el resultado final de las mismas. Y justo en medio de todas estas sensaciones acumuladas, ahí se encuentra la felicidad tan anhelada, basta apenas agacharse y contemplarla. Fruto de nuestras decisiones, tesón, esfuerzo y no pocas gotas de azar, a veces incluso inconsciente, entre los pliegues de nuestra memoria 
En El tiempo en sus manos, de H.G.Wells, el protagonista viajaba a través del tiempo en una máquina de su invención. En cuestión de segundos, recorre siglos hasta que encuentra el amor en uno de éstos, tomando la decisión de quedarse. En una de las películas que conforman la trilogía de Regreso al futuro, el científico interpretado por Christopher Lloyd, a su vez, encuentra a la mujer de su vida viajando al pasado lejano. El tiempo se moldea, supeditado a la búsqueda de felicidad que es sinónimo de la búsqueda del amor. Una magdalena y una manzanilla hacen viajar a Proust por la historia, pormenorizada de su propia vida, camino literario que recorre el autor para encontrarse, finalmente, consigo mismo. El tiempo, detenido entre centenares de páginas. En Centauros del desierto, de John Ford,  el tiempo deja de existir para el protagonista que encarna John Wayne: su búsqueda no atiende al paso de los años, sino al destino de su búsqueda, desesperada, en la persona de su sobrina, prisionera de una tribu india. No es el tiempo, es nuestro destino. No es el tiempo, es la búsqueda y el encuentro con nosotros mismos. A través de la felicidad, a través del amor, motor del mundo, de las personas.   
Búsquemos pues y vivamos esa felicidad, que nos merecemos, intensamente y dejemos que el tiempo pase, entre estaciones, gozando de esa dicha, no suficientemente valorada, que deberíamos sentir a diario por el hecho de estar vivos. Porque mientras gocemos de la vida, seguiremos buscando. Le temps de vivre, que cantaba Moustaki: Nous predrons le temps de vivre d´etre libres, mon amour sans projets et sans habitudes nous purrons rever notre vie...  Felicidades. 


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