viernes, 14 de octubre de 2016

Tout va bien

Tout va bien es el irónico título de una famosa película de Godard, una disección pesimista sobre el fin del mayo francés del 68 y aquellos universitarios de clase media y alta gauchistas parisinos que volvieron a sus ocupaciones habituales, olvidándose por completo del proletariado en aquella mediática revolución en las calles. La lucha de clases, en el año 1972 en que se realiza la película, parece haberse extinguido, igual que el Partido Comunista francés, al igual que la militancia. Década, por lo tanto, marcada por la famosa frase de Lampedusa, algo cambió para que todo siguiera igual. Es el sino de las sociedades modernas: a la tempestad, le sigue inevitablemente la calma del neoliberalismo y de los sueños rotos de los más débiles de la sociedad, condenados a seguir siendo débiles, reproduciendo el mito de Sísifo. 
Sigue imperando la visión, interesadamente sesgada, de la cultura de la pobreza, atribuyéndola a una construcción étnica determinada, a una opción cultural o a una mentalidad concreta y eliminando de las razones que la explican todo factor social, político y económico. Según Oscar Lewis, creador del concepto de “cultura de la pobreza”, ésta agruparía todo un conjunto de conductas, sentimientos e ideas que responden adaptativamente a una marginalidad económica que se reproduce de modo autosostenido, que permanece invariable ante la eventualidad de cambios y condena, por sí misma a los pobres a la miseria. Es una cultura responsable de sí misma, en la que la categoría de clase se diluye en otras identificaciones. Que se lo pregunten a las personas de raza negra, en EUU, que no dejan de caer abatidas a balazos, en virtud de dicha cultura de la pobreza, convertida en una suerte de proyección colectiva, ciudadana, que convierte a estas personas en más que sospechosas, por el mero hecho de ser de dicha raza. 
En España, la marginalidad se ha abierto paso durante todos estos años, sin remisión y generando una exclusión social que aún convertida en mera estadística, no deja de ser escalofriante. Las cifras de hogares cuyos miembros están todos en paro, por ejemplo en la provincia de Cádiz, son insoportables.En la Comunidad Autónoma de Andalucía el 43,2% de las personas residentes en la misma está en riesgo de pobreza y exclusión. En el ámbito nacional, ayer leía en algún medio de comunicación que casi un 30% de personas, en edad laboral, están en riesgo de pobreza severa. La misma misera que conducía a Jean Valjean a la cárcel, por robar una barra de pan en Los miserables, de Victor Hugo. Y hoy, como ayer, nuestros gestores políticos, nuestros estadistas, aparentemente obligados a pensar en el bien común, no dejan de hablar de otros asuntos, fieles a la máxima de Platón: esos hombres de Estado tan orgullosos han sido incapaces de enseñar los propios valores políticos de las funciones que cumplen. Y es que hablar, continua y constantementee de sí mismos, es como negar que los ciudadanos existan. Sobre todo aquellos ciudadanos que necesitan, a diario, esa barra de pan, sin temor a tener que cumplir, vía dicha necesidad, los 19 años de cárcel que cumplió  Jean Valjean. No basta, para dar soluciones, gritar que hay que buscar soluciones. No basta para encontrar soluciones, vociferar hasta la saciedad que son necesarias. No basta para encontrar soluciones desgañitarse por completo criticando a los que no la encontraron. Soluciones en vez de alaridos, por favor; antes de volver a escuchar que tout va bien

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