miércoles, 21 de diciembre de 2016

El sueño de la razón produce monstruos

La frase hecha, a costa de un famoso cuadro de Goya, no significa una apología de la monstruosidad, pero sí el reconocimiento explícito que la realidad pictórica no debía negar la existencia de lo monstruoso, dado que coexiste de forma cotidiana con las otras facetas de belleza siempre presentes en la pintura. En definitiva, lo monstruoso, lo horrendo está ahí presente, en nuestras vidas cotidianas y la negación pictórica de esta dimensión significa cerrar los ojos a la vida misma y asumir la impotencia que nos causa, con suma frecuencia, el temor a aquello que nos aterroriza, quizás no a diario, pero sí con suma frecuencia. Goya propuso liberarnos de los monstruos asumiendo en primer lugar su existencia y a continuación, mirándolos cara a cara, comprender que debemos comenzar a verlos para asumir su existencia y la necesidad de enfrentarnos a ellos.  Los monstruos no habitan en sitios recónditos, lúgubres o encerrados en ubicaciones olvidadas por el mundo. Por el contrario, en una sociedad que lleva tiempo asumiendo la violencia como algo cotidiano, es probable que desde hace tiempo los monstruos se pasean junto a nosotros, a veces incluso ajenos al hecho objetivo de lo que son, por más que sus acciones sean deleznables y absolutamente condenables. El monstruo que desconoce su naturaleza sin duda ha renegado de cualquier código de órden ético y moral; sus acciones, sostenidas en los más absurdos argumentos, acompañan con suma crueldad unos propósitos que carecen de sentido pero que se convierten en el único objetivo de sus existencias. Y ahí radica el grave problema de esta monstruosidad cotidiana: si la vida se reduce a la sucesión de acciones viles y sangrientas, desaparecidos cualquier vestigio mínimo de humanidad, ese monstruo es invencible. Nada tiene que perder, ni siquiera una vida que no es tal. Cabría preguntarse, en consecuencia, cómo enfrentarse a estas personas que nada temen y nada les importa, salvo generar monstruosidades. Desde luego, no con sus propias armas, pero sí con un uniforme y generalizado rechazo, hacia ellos mismos y sobre todo a aquello que dicen representar. Si toda la sociedad alza el dedo índice hacia estos individuos, acusándolos de haber dejado de ser personas para convertirse en seres que escapan a cualquier descripción, habremos comenzando a andar ese camino que separa el horror que nos paraliza a una toma de conciencia que no debe dejar lugar a dudas: los monstruos están ahí, existen y debemos mirar sus facciones, atentamente, no para comprenderlas, pero sí para reconocerlas. Y si tras reconocer estos rasgos les enseñamos nuestras propias razones, que son la convivencia pacífica y el respeto a las vidas humanas, usando todos los mecanismos judiciales, precisos, habremos comenzado a ganar una batalla cuya victoria nos merecemos las personas que aún creemos en un marco pacífico de convivencia. No esperemos más para alzar esos dedos índices. Comencemos, ahora.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

Beber del tiempo

Festivos alternos; tan extraña como celebrada semana: el tiempo, sin ataduras laborales, se despliega como un abanico repleto de tiernas promesas. Gozar del sueño, sin duda, una de ellas. Pasear también, si ello es posible entre calles repletas de marabuntas navideñas y vociferios variados que te incitan a consumir. Quizás por ello, aprecio tanto el placer de estar cómodamente en mis casas. Chimenea, en una de ellas, calefacción central en la otra; bienestar, siempre, en ambas. Por razones quizás nostálgicas, quizás culturales, siempre regreso a la infancia por estas fechas y después de mirar, durante años, en diferentes webs esos fuertes marca Comansi que caracterizaron mi niñez, he adquirido una reedición de uno de ellos. Esperaré al día de Reyes, para sacarlo de su caja y disponer por su interior a las figuritas, siempre entrañables y me temo que hoy día muy olvidadas, de indios, soldados y vaqueros. Algún año anterior adquirí la colección, magníficamente conservada y encuadernada de Héroes Modernos, serie C, en la que se alternaban varios personajes del cómic americano, entre ellos Big Ben Bolt; recordaba sus aventuras en esta colección, especialmente las correspondientes a un niño que viviendo en un contexto miserable, se descubre que tiene una aptitudes excepcionales para tocar el piano. Logré recuperar esas viñetas entrañables y unirlas a la amplia colección de cómics y tebeos que conservo, por placer, por supuesto, pero hay que volver, inevitablemente, de nuevo a la nostalgia, que es el motor principal de ese detalle que me reservo para mí mismo y que logro encontrar en alguna web de compra y venta de toda clase de objetos varios. El año que viene intentaré la búsqueda de un juguete de hojalata que siempre recuerdo y creo haber visto alguna vez, en fotografías: un triciclo, conducido por un niño con gorra, estilo Guillermo Brown. Jugué con él innumerables veces, hasta forzar la cuerda que lograba el movimiento de aquel juguete que se movía prodigiosamente rápido y que me hacía inmensamente feliz. Es la realidad: para ser felices, basta con pocas cosas, muy sencillas. Y sobre todo, sentirse felices, condición necesaria para ser realmente felices. Soy feliz, pienso, en mi inmenso sillón, sintiéndome protegido del mundo, mientras escribo. También lo soy mientras me adormezco, viendo una película. Y soy muy feliz cuando logro mis propósitos laborales, día a día. Quizás el colmo de la felicidad, a diario, en mi caso, es desgustar un magnífico plato de cuchara que me prepara mi mujer, por otra parte. Pero, sea como fuere, la felicidad está ahí, en la cotidianeidad; si logramos ser felices a diario, nos convertimos en inmortales, bebemos del tiempo que lejos de transcurrir, nos rodea y acaricia, llevándonos en volandas por la aventura de nuestra propia existencia. Pero la felicidad, ahora que recuerdo, también consiste en el deber cumplido: se me ha olvidado, por completo, sacar la basura y mañana es fiesta. Debo dejar de escribir por hoy y llegar a tiempo al contenedor. Hasta mañana.

Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño...