miércoles, 18 de octubre de 2017

Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño. Pero la inercia, es la inercia: sigo andando, apresuradamente, sintiendo esa brisa que parecía tan lejana y ese goteo intermitente que no cesa. Incluso tras los cristales, transcurridas las horas, sigue lloviendo delicadamente, mientras mi mirada se pierde, incapaz de concentrarme, en el trabajo minucioso de esa agua que quisiera asemejarse a espejos largos y delgados sobre las calles. Es la soñolencia resignada y amable de Lorca, difuminándose en un anochecer ajeno a la poesía, que transforma la lluvia en una serena luz suave, pero nunca silenciosa, abriéndose paso incluso tras la voz de Lena Horne y su versión de Stormy weather, que me acompaña en este feliz momento onírico. Así que me pierdo, en el manto que acribilla los silencios, ya en la plena noche de un telón que difumina el tiempo y extingue los colores, dejándome llevar por esas otras lluvias enigmáticas que siempre nos sorprende, sintiendo las gotas en el corazón, en el alma. Bienvenida, lluvia, al fin. 






lunes, 16 de octubre de 2017

Madrid

Madrid: gente por doquier y algunas personas. Gente en los metros, gente en las calles, masas humanas con mucha prisa. Madrid es sobre todo cultura, grandes museos, teatros, jazz en vivo. Madrid es también el famoso rastro, con aún más gente. Madrid es un conjunto de librerías de visita obligada, incluso aquellas desgraciadamente venidas a menos, como la mítica 8 y 1/2, , durante muchos años una referencia europea de bibliografía cinéfila. Madrid es consumismo desaforado, a todas horas, cualquier día. Madrid es gastronomía, generalmente a precios muy elevados. Madrid ha sido, durante todo el puente, un maravilloso apartamento en la Gran Vía, semejante a un oasis entre la jungla de asfalto y una inmersión diaria en el Museo del Prado, el Museo Reina Sofía y en menor medida, en el Museo Thyssen-Bornemisza. Extraordinarios, los sentidos visuales, cuando no dejan de recibir estímulos continuos desde esos lienzos que deslumbran, que emocionan a cambio de una imprescindible sensibilidad que permitan recibir tantas e intensas emociones. Madrid es teatro, repartidos los escenarios por toda la ciudad y en el caso, por ejemplo del teatro Marquina, una exhibición de talento a raudales de las protagonistas de El florido pensil: niñas, una feliz recuperación, en clave femenina, de la adaptación escénica del exitoso libro de Andrés Sopeña. Madrid es jazz en vivo: el Bogui Jazz, la sala Clamores, el Plaza Jazz Club, entre otros. El primero de ellos, un local en el que la música y los músicos son protagonistas de momentos únicos, irrepetibles, en un maravilloso ambiente de complicidad con los espectadores. Madrid es una ciudad para gozar, si bien tengo dudas de si realmente es una ciudad para vivir. De un modo u otro, se debe reconocer lo evidente: Madrid es una cita ineludible, cada cierto tiempo, si somos capaces de sustraernos de la marea de gente y quedarnos, exclusivamente, con las personas.

domingo, 8 de octubre de 2017

Luces en la ciudad

El hombre se para delante del escaparate e intenta encontrar un asidero visual para esa respiración que le hace jadear. Se seca la frente y enciende un cigarro, mira preocupado la hora y concluye que no logrará superar la entrevista de trabajo. Demasiados años a sus espaldas y demasiados años en paro: la inseguridad, los nervios han hecho demasiado mella en su estado de ánimo. Recuerda, mientras contempla las portadas de aquellos libros, qué sencilla parecía la vida, antes de ser despedido y qué difícil es todo desde entonces. Su modesto sueldo de antaño, le parece ahora una fortuna. Su piso embargado, una mansión a la que nunca podrá volver. Y su mujer, hastiada de tanta miseria, absolutamente inalcanzable, perdida de su vida irremediablemente. Se pregunta qué habrá sido de ella y no logra, a pesar del tiempo transcurrido, evitar que su imaginación le traicione, materializándola en otros brazos. "He encontrado a alguien que quiere que luchemos juntos; tú has dejado de luchar incluso por ti mismo...", recuerda la última frase de ella, por enésima vez y sigue andando, más preocupado por el sudor en el cuello de su camisa que por sí mismo.
Nada peor, piensa, que un hombre sin autoestima, que no deja de caer, a diario, en ese pozo sin fondo en el que parecen concentrarse tantas personas desesperadas en el paro. De nuevo otro cigarro y otro escaparate, un apático deambular que le lleva a un barrio que no conoce y al olvido absoluto de su entrevista de trabajo. El sudor ha hecho estragos: su camisa, maltrecha de tanto lavado, está empapada, la chaqueta ha desaparecido, olvidada en algunos de los bancos en los que ha descansado; nota el hedor de sus pies. "Pisha, espabila....", se lo repitió hasta la saciedad Antonio, su amigo de Cádiz, antes de romper, por orgullo cualquier contacto con él  y con todos los demás. Vender el coche a precio de saldo le acabó por sumir en una mezcla fatal de orgullo, desesperacion y una inexplicable nostalgia infantil. Entre las cuatro paredes de su cochambrosa habitación, había revivido su infancia, aferrándose a ella, cerrando los ojos al presente y a un futuro que parecía haberse extinguido.
Una fuente, de repente, que refresca su nuca, que empapa su cabeza. Y otro cigarro, para intentar menguar el hambre que le devora. No sabe qué hora es, ni dónde está, pero intenta recordar quién es o al menos quién fue. "Vivir la vida, tal como viene", la frase preferida de su abuelo, bastón en mano y andares imposibles a sus noventa años de edad, lanzando aún guiños a las mujeres de cualquier edad. "Lo importante, es vivir", repetía una de sus tías, mientras las demás asentían en aquellos veranos lejanos en los que todas las mujeres de la calle sacaban sus sillas al exterior y hacían causa común frente al calor, entre conversaciones impregnadas de humor sobre la vida misma. Noches eternas en las que él corría de casa en casa, junto al resto de los niños, viviendo aventuras imaginadas, entre bocados de fruta fresca.
Recuerda su adolescencia, su madurez y sutilmente, las raíces se van extinguiendo de su memoria y contempla el parque donde los pasos perdidos lo han llevado.  "Qué fácil es renacer cuando te desprendes de los recuerdos", se dice a sí mismo, sentado sobre el césped, mientras una mujer mayor se detiene a su lado, abre el carro de la compra y le obsequia con una manzana, que devora con intensa fruición. 
Sólo le falta deshacerse del resto de su ropa, que no sólo le estorba, siente que le corta la respiración. Su destino se cruza con un vagabundo con perro e intercambian ropa; la suya, prendas cuidadas pero desgastadas por las del otro, casi andrajosas: una camisa y un pantalón vaquero que devuelven el oxígeno anhelado, la flexibilidad de movimientos. Tras celebrar el trueque vía lingotazos de coñac de una petaca, comienza a andar apresuradamente y corre, eufórico, en busca de otros parques, de otras plazas., de sí mismo.
"Se necesita camarero", lee, de repente. Un bar de tantos, una terraza de tantas y un camarero que recorra sin descanso sillas y mesas. Una miseria de sueldo, posiblemente. "Su café, señor", "La cuenta de la señora".  Nada que ver con los conocimientos, supuestamente especializados, de su titulo universitario; aún menos con esa mesa y el aire acondicionado con los que soñó volver a encontrar. "¿A qué estoy esperando?", se dice a sí mismo mientras entra decidido al bar y se encuentra a una mujer tras la barra, que le sonríe, mientras suenan las notas de Morena Mía de Miguel Bosé. 


jueves, 5 de octubre de 2017

De la inspiración

A lo lejos, un destino: tu hogar, tu lugar de trabajo, el cine, el supermercado, el centro comercial... y a pocos metros, metas que se suceden imperceptibles, entre días que se tornan semanas y años. Un tiempo que a veces se pliega y nos permite recuperar el pasado, casi siempre feliz entre ingenuidades y vislumbrar apenas un futuro que no logramos reconocer como nuestro: creemos lo que hemos vivido, no podemos dejar de ser escépticos con los sueños. Así que atravesamos dichas metas, desde el semáforo a sortear con habilidad a los transeúntes que confunden sus pasos con los nuestros y llegamos a ese destino que, una vez consumado, en breve nos devolverá a las metas que dejamos atrás, para ser afrontadas de nuevo. Un círculo existencial que no admite lirismo alguno, en su reiteración, salvo que una especial sensibilidad nos acompañe, permanentemente, a cada paso, piensa el poeta, mientras sus ojos, ocultos tras las gafas de sol, centran su mirada en una mujer joven que parece levitar sobre la acera. Entonces clama, a medio voz, sin dejar de caminar apresuradamente: "... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla...". Parado en el semáforo, intenta completar la frase, buscando una inspiración huidiza que le lleva a observar con curiosidad el aspecto desaliñado del dueño de una frutería qu,e cigarro en mano, bosteza algo desaliñado en el umbral de la puerta del comercio. Ese hombre tuvo que conocer mejores tiempos, así como su negocio, pero qué singular es el tiempo que nos hace olvidar quiénes fuimos y tener conciencia de quiénes somos, acierta a reflexionar mientras cruza apresuradamente el paso cebra. Entonces, acierta a extender aquella frase que no le abandona: "... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla. Me convertí en esclavo de sus pisadas, en un anhelo irremediable de alcanzarlas. Nunca me atreví a ello, pero creo que fui más feliz con el deseo que si hubiera convertido éste en un hecho...". El poeta repite feliz la frase, abstraído de un mar abundante en murmullos y ruidos de motores y aún tiene tiempo de contemplar a un hombre ciego que parece sonreír para sus adentros, a un adolescente casi harapiento que camina decidido, transportando en sus espaldas una guitarra y a una mujer madura que canta en voz alta. Entonces, llega a su destino.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Mis pasos se pierden entre hojas de otoño

Salgo a la calle, percibo las tímidas brisas otoñales, promesas de un frío agazapado entre temperaturas que se resisten a dejar de ser estivales y unas gotas de lluvia saludan a mis pasos. Un ritual se despliega ante mis ojos: los transeúntes van y vienen, reiterando unas inercias reflejo de la misma vida. La señora y sus hijos, todos dirigiéndose apresuradamente al colegio; los comercios, que reviven al día; los quioscos, ya revividos, cercados por publicaciones; las cafeterías y sus terrazas, abundantes de clientes ávidos del café matinal; el mendigo, resignado a que ese día no se diferenciará de los anteriores. Mientras me deslizo por una calle que conduce a mi destino, piso las hojas secas que adornan las aceras y pienso que la vida se forja de pequeños detalles, incluidas las miradas furtivas, que sustancian lo cotidiano. Recuerdo el verso de Eduardo Galeano: "... Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una." Me pregunto por qué, al andar, nunca miramos al cielo, obsesionados con mirar de frente, aquello que siempre miramos, entre meras inercias que nos esclavizan. Prisioneros de nosotros mismos, entre encrucijadas de caminos asfaltados, la vida se sucede mientras yo hago mías las calles que llevan hacia ti y sigo pisando las hojas de otoño.


jueves, 21 de septiembre de 2017

El sueño del guerrero

El guerrero descabalga muy lentamente, deposita con pereza su escudo, sus armas en el suelo y como un ritual, procede a quitarse una armadura incrustada en su piel. Desnudo, mira la luna y murmura para sí canciones de la infancia, antes de bajar corriendo una ladera que le conducirá a un río con el que soñaba desde hacía días. Las frías aguas lo envuelven y por fin, tras mucho tiempo, siente de nuevo que la vida es mucho más que toda esa sangre derramada durante años por su espada. Pocas millas de distancia le separan de su casa, de sus tierras, de una mujer cuyo rostro borró el tiempo, de un hijo que jamás conoció, de una vida que quedó muy atrás y que se esfuerza por recordar.

"Recuerdo un sillón, al lado de la chimenea, una sopa humeante y un galgo que se tendía a mis pies. Pero quizás, no son realmente recuerdos, sino meros anhelos...", reflexiona, mientras nada. La noche estrellada invita al guerrero a hacer un fuego y en escasos minutos, devora sus últimas provisiones y se deja llevar por estrellas fugaces que, de nuevo, ve o cree ver. El sueño acaba venciendo a la débil vigilia y entonces las imágenes comienzan a solaparse entre sí: recuerda o cree recordar, el último beso a su mujer, antes de su partida; las lágrimas de ésta y las lágrimas veladas de él, sintiendo el horizonte al que se encamina como una amenaza; sueña con su espada, sesgando extremidades y nota o cree notar, el terrible hedor al finalizar una batalla. Pero de nuevo, un rostro femenino que enmarca unos ojos en los que desea perderse. "Maldita guerra que me apartó de tu lado. Mil veces maldita, al convertirme en una bestia, que luchando cada día por sobrevivir,  acabé olvidando quién era...". Y de nuevo, unas manos de mujer que acarician su rostro. Y unos labios en los que encuentra el mayor de los consuelos, para tanta desdicha en todo ese tiempo desperdiciado, para una vida destrozada. Sueña o cree soñar, que lo que queda de esa maltrecha vida, comienza a extinguirse. "Señora, en vuestro regazo encontré la vida y lejos de él, la muerte se cierne, sigilosa. Pero no puedo irme así, como un despojo, venid a mí, os lo ruego: que mis últimos momentos sea en vuestros brazos; durante todo este tiempo, lejos de ellos, no he querido sino llorar, la pena mi corazón encadena porque tus lazos han sido, día a día, mi libertad...". El guerrero sueña o cree soñar que exhala su último suspiro, entre lágrimas, desbordado por una pena inmensa que no puede soportar y que atenaza sus miembros, que siente o cree sentir, rígidos, inmóviles. Y entonces despierta. Allí sigue el cielo estrellado, allá su caballo. Olvidando todas sus pertenencias, completamente desnudo, comienza a cabalgar hacia el encuentro soñado con su hogar, con su mujer, con su hijo. Espolea el caballo y comienza a reconocer los paisajes, los lugares, por los que cabalga. Se emociona al contemplar el perfil de una fortaleza que identifica como su hogar y vuelve a llorar cuando abraza a esa mujer con la que soñaba, en el umbral de la puerta. Llora como nunca lo había hecho, besa los labios anhelados y entonces, vuelve a despertar. El hombre abandona su cama, abre la ventana y contempla la ciudad nocturna, mientras una música de saxo, a lo lejos envuelve de sensual melancolía la estancia. La melodía trae recuerdos de noches cargadas de humo y alcohol, de miradas en la penumbra de un escenario en el que los músicos manejan sus instrumentos con el alma. De besos apasionados en una calle desierta, de una lluvia repentina y de un soportal que acoge a dos amantes que viven el uno para el otro. El hombre acaricia el pelo mojado de la mujer, se deja perder en la mirada de ésta y entonces, despierta de nuevo...


sábado, 16 de septiembre de 2017

Aprendamos a convivir


"Será necesario, sobre todo, recordar a los padres y a los maestros que un educador que no siente gusto por su trabajo es un esclavo de su medio de sustento y que un esclavo no podría preparar hombres libres y audaces; que no podréis preparar a vuestro alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños si vosotros ya no creéis en estos sueños; que no podréis prepararlos para la vida si no creéis en ella; que no podríais mostrar el camino si os habéis sentado, cansado y desalentados en la encrucijada de los caminos", Freinet, Una pedagogía moderna de sentido común. Los dichos de Mateo, primera edición en francés, 1959.

Es el problema de los grandes ideales: que se antojan, con frecuencia, como meros tópicos. Parece indudable que todos deseamos vivir en la más ejemplar de las sociedades, justo aquella cuyos miembros representan por sí mismos la quintaesencia de la convivencia democrática en un marco de relaciones regidas por unos principios éticos que sean reflejo de una civilización moderna en la que el equilibrio de derechos y deberes, tras siglos de ensayo y error, nos permita a diario convivir en el marco de un conciencia global de respeto mutuo. Sólo es posible vivir aprendiendo de los demás, pero para que ello sea posible,  no dejemos de cultivar, a diario, la tolerancia, reflexionaba Walt Whitman. Anhelos y sentido común, en la voz del poeta. Difícilmente es concebible una persona que discrepara al respecto y cabría preguntarse, en consecuencia,  qué impide que estos deseos comunes, universales, sean una realidad y no una simple proyección colectiva del imaginario popular, universo al que se relegan tantos sueños imposibles.
Quizás el problema, paradójicamente, seamos nosotros mismos; nuestra propia esencia humana que nos convence a todos/as de que esa sensación que nos acompaña de forma cotidiana y que se traduce en que tengamos la mejor de las opiniones sobre nuestra propia forma de ser y comportarnos en sociedad, invariablemente muy superior al resto de personas. En la celebrada escena final de La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles, una metafórica sala de espejos devuelve imágenes de sus protagonistas, distorsionadas o no, reflejo de la ambivalencia humana: todos tienen sus razones, sus deseos y luchan, pistola en mano, por la consecución de los mismos; no hay personajes eminentemente buenos, aún menos malos de manual, ni fines, en apariencia, moralmente superiores a otros. En tal tesitura, la destrucción mutua parecería inevitable, en un mundo, como el nuestro, que en pleno siglo XXI ha acabado por socializar la violencia como algo inherente al comportamiento humano. Triste cotidianeidad en la que antes de escuchar las razones del otro, procuramos interrumpirlo con gritos. El reto no es otro que aprender a convivir, uno de los desafíos permanentes de la especie humana que una comisión de la Unesco, presidida por Jacques Delors plasmó en el esencial libro La educación encierra un tesoro en el año 1996.
Las ciencias experimentales como la sociología y la psicología han estudiado en profundidad la complejidad de los grupos humanos en el contexto de las organizaciones. Fuera de las mismas, basta invocar el infausto recuerdo del  Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, con 32 personas pisoteadas, literalmente, por una masa humana descontrolada. Y dentro de dichas organizaciones, bastaría, en muchos casos, con vivirlas día a día para experimentar como se materializa la peor esencia humana a las órdenes del narcicismo, la envidia, el mero orgullo o la sangre, no tanto la herida: las frustraciones, en definitiva, que nos hacen rechazar, odiar visceralmente a nuestro/a compañero/a. Y si ese odio particular no basta, que el mismo se generalice al resto de miembros de la organización, utilizando generalmente las más burdas estrategias a nuestro alcance, vía las peores manifestaciones de civismo imaginables, incluyendo el voceo y la difamación constante incluida. Y si la organización debe caer, para ver cumplidos nuestro afán de destrucción, que caiga a su vez.
No hemos dejado, desde nuestros ancestros, a lo largo de la historia de la humanidad, de destruirnos recíprocamente. Si nuestros orígenes estaban marcados por la mera supervivencia, cabe concluir que, probablemente, el falso orgullo ha venido a sustituir las necesidades básicas de antaño, para dejar rienda suelta a un odio cotidiano que se enciende en nuestro interior de forma súbita, en cualquier momento, en cualquier situación. Nos convertimos en guiñoles movidos por los hilos de la ira, el rencor, las frustraciones.
La convivencia debería ser ese fascinante ejercicio existencial que proponga una reflexión sobre el los derechos humanos y la situación del ciudadano en una sociedad que se ha construido con herramientas democráticas. Negar la convivencia significaría rebelarnos contra ella y convertir los lugares donde vivimos, donde trabajamos, en organizaciones decadentes y en el peor de los casos sin esperanza. Debemos aprender a dar sentido a nuestras vidas por nosotros mismos, utilizando nuestra propia sensibilidad, en un esfuerzo diario que debería hacernos sentir plenos, pues seríamos finalmente el resultado de nosotros mismos. Si los problemas emocionales, por el contrario, condicionan nuestra existencia, estaremos a un paso de una profunda desesperación  y de ese status de Orlando, furioso que parece caracterizar a todas las sociedades modernas, como símbolo de lo más nefasto de la naturaleza humana.
Aprendamos a convivir: es un reto urgente, imprescindible, quizás el mayor de los retos sociales y educativos. Y aprendamos a transmitir a las nuevas generaciones, al menos, que si nosotros no lo hemos logrado, ellos sí podrán hacerlo, en un mundo mejor que el actual; ese mundo en el que mirándonos a los ojos, seamos capaces de ser, simplemente, mejores personas, para con los demás pero también para con nosotros mismos. 




lunes, 4 de septiembre de 2017

Héroes de lo cotidiano

La ciudad comienza a llenarse de personas y los rituales sumergen de ese asfalto que cede en temperatura, adormecido aún por un tiempo estival que se resiste a desaparecer del todo. Entre acordes y notas invisibles, el ritmo de la calle renace, contagiando o quizás obligando, a la vitalidad a todos los transeúntes, forzados bailarines del marcado compás de la vida misma. Quizás un ballet, adecuadamente ejecutado, a base de ensayos diarios y cronómetro: abrir los ojos, ducha, desayuno y esa puerta que se abre, deslumbrando una mañana que se sueña heroica mientras se torna inevitablemente monótona, sin dejar de anhelar una épica que se abra paso entre los pliegues de un tiempo que parece reciclarse en acciones, personas, palabras y gestos. Un feroz guerrero que corre para tomar el autobús a tiempo; una princesa amazona que antes de portar su arco y flechas, prepara el almuerzo para su familia; un coloso cuyos puños de acero se depositan en las estanterías de material escolar; un poeta legendario que anda por la calle, con un maletín y la cabeza repleta de Leyes e informes; un sensible y enamoradizo juglar, que llave inglesa en mano, sueña con melodías en su laúd. "Ah, mi señora, en territorios recónditos he buscado al unicornio, en tierras inhóspitas me enfrenté a todos los elementos que se interponían en mi camino y el del Santo Grial y al fín, mi camino me llevó hasta tu regazo", acierta a confesar el anciano a la anciana, que lo mira con dulzura; "No es la batalla, ni la victoria, es el valor ante fieros y templados enemigos, el fragor de las armas, el sonido de mi espada", piensa el estudiante, que cuenta con preocupación las monedas que tiene en el bolsillo; "Vuestra cinta lucirá en mi brazo y exhibirá ante el fiero enemigo toda vuestra belleza que yo transformaré, lanza en mano, en un huracán invencible de conquistas", sueña el conductor del autobús; "Recorreré el mundo, describiré con mi pincel aquella naturaleza que me enamore, escucharé el sonido del viento entre las hojas, pisaré con mis pies descalzos los mares de hierba", recita la cajera del supermercado. El día 1 de septiembre, mientras mis pasos se acercaban a mi lugar de trabajo, noté el peso de la armadura bañada en oro. 

viernes, 25 de agosto de 2017

Interstellar, de Christopher Nolan


Interstellar, dirigida por Christopher Nolan y estrenada en 2014 es una obra maestra de su género cinematográfico, una ciencia ficción que no alcanzaba estas cotas desde la famosa película de Kubrick, 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odysse, 1968), innegable modelo de Nolan y del científico Kip Thorne, asesor científico y productor ejecutivo de la película, una las voces más destacadas en el campo de la física gravitacional y la astrofísica, junto a Stephen Hawking y el añorado Carl Sagan. Nolan propone un viaje emocional a los espectadores, en el fastuoso marco temático y visual de una epopeya espacial que deslumbra en la pantalla, desbordando sentimientos a través de la historia de nuestro mundo moribundo, la necesidad de buscar otras alternativas de vida fuera de él y sobre todo de un padre que debe luchar contra los elementos, pero sobre todo con el tiempo para reencontrarse con su hija, tiempos distintos para ambos: la teoría general de la relatividad, la teoría de la gravedad de Einstein, explica la dilatación del tiempo gravitatorio; conforme la intensidad del campo gravitatorio crece, el tiempo corre más lento. Cooper, el protagonista (Matthew McConaughey) debe recorrer, a través de un agujero de gusano que conecta nuestra galaxia con otra, un sistema planetario con siete planetas en órbita alrededor de dicho agujero negro. Y debe hacerlo sorteando toda suerte de peligros, incertidumbres y serias amenazas que se vuelven contra lo que más teme: que cada hora que transcurren en su propio espacio tiempo, la alejen definitivamente del reencuentro que prometió a su hija (Jessica Chastain): cada hora de vida del protagonista en el espacio significan siete años de vida en la tierra.  Una de las escenas más celebradas de la película explica con nitidez esta cuestión: Cooper y Amelia, otra científica (Anne Hathaway) bajan a uno de los planetas (que se comprobará que es inhabitable) que deben explorar; todos ellos están sometidos a una distorsión espacio-temporal inmensa, mientras que otro de los astronautas, que se queda esperando en el satélite en el que viajan, está suficientemente lejos para no notarla. El tiempo para Cooper y Amelia pasa extremadamente despacio comparado con el del tercer astronauta: cuando se reencuentran, este último ha envejecido varios años. La ciencia, al servicio de un magnífico drama en el que brilla el característico pulso narrativo de Nolan y la recreación, por primera vez en la pantalla, de un agujero de gusano que permite un atajo en esa distancia física, temporal y emocional que debe recorrer Cooper para cumplir su promesa. Nolan propone toda una experiencia estética al servicio de las emociones y un final mesiánico en el que el pasado y el presente se funden entre los pliegues y las estanterías de un cubo tetradimensional que permitirá, gracias a CASE (un muy celebrado, desde ámbitos científicos, diseño de robot), dar una respuesta a la supervivencia de la especie humana para su inevitable éxodo a otros mundos. Ciencia, ciencia ficción y sobre todo humanismo para una película imprescindible.  


domingo, 20 de agosto de 2017

El terror y lo cotidiano


El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terrorista en Barcelona. Lo cotidiano: ha pasado muy poco tiempo, apenas horas del mismo, pero, tal como me comenta un conocido que vive allí, nadie podría adivinar, si ignorara el hecho, que en efecto, el terrible suceso transcurrió en las Ramblas, de nuevo repleta de miles de turistas que pasean tranquilamente por sus calles e innumerables comercios. Simplemente, no queda el menor rastro en las calles de Barcelona, salvo en los medios de comunicación, del atentado. La vida sigue, es una frase que me ha parecido escuchar, de manera reiterada, estos días, por parte de los propios habitantes de Barcelona en los numerosos reportajes de televisión. La mayoría de los comercios estaban de nuevo abiertos, al día siguiente del atentado; el turismo apenas se ha resentido (se calcula apenas un 1% de cancelaciones) y ...  la vida sigue. Es lo que ha debido pensar la clase política en Cataluña: en la lista de fallecidos, se diferencia a catalanes de españoles. Una formación política se niega a suscribir el pacto antiterrorista, dado que se coartan libertades (sic) y otra formación, a su vez, se niega a secundar la manifestación de repulsa al terrorismo convocada por el Ayuntamiento de Barcelona si el Rey de España acude a la misma, dado que, según siempre dicha formación, el Rey contribuye a financiar el terrorismo (sic). No hay dudas: la vida sigue, después de escuchar mensajes de paz, solidaridad, convivencia y de Cataluña somos todos. El triunfo de lo cotidiano, cabría aventurar. Pero antes que dicha cotidianeidad se imponga de un modo absoluto, intentamos no olvidar a las víctimas del terror: personas de todas las edades, incluso niños/as, que un día cualquiera estival, paseaban tranquilamente por una ciudad en la que dejaron sus vidas de la forma más trágica; una ciudad que desde ciertos sectores de la misma, parecen tener prisa, mucha prisa, por volver a lo cotidiano. Demostremos, el resto de personas, que lo más importante, para que, en efecto, la vida siga, es rendir memoria a las víctimas, plantando cara a sus asesinos y a cualquier forma de terrorismo, todos unidos en una conciencia global y solidaria: sin muros, sin banderas, sin limites geográficos, sin ideologías abundantes en muros, banderas y límites geográficos. Sigamos saliendo a calle, con este compromiso moral, siempre juntos y unidos.

lunes, 14 de agosto de 2017

Emily Dickinson

Extraordinaria, la película de Terence Davies, Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016), en la que se narra la singular vida de la poetisa estadounidense Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 10 de diciembre de 1830-ibídem, 15 de mayo de 1886). Prisionera de sí misma, se impuso una reclusión en casa de sus padres, entregándose por completo a la creación literaria, descubriéndose tras su muerte que era la autora de unos 1800 poemas, de los que llegó a publicar, en vida, apenas una docena. La difusión de su obra situó a Emily Dickinson como una de los más importantes poetas estadounidenses de todos los tiempos; una poesía naturalista, abundante en sensibilidad, loas a la vida misma, a la naturaleza, el amor  y al tiempo que transcurre como promesa de eternidad, núcleos temáticos que agrupan sus poemas en las correspondientes ediciones. La biografía de Dickinson alterna hechos fehacientes que se desprenden de sus abundantes cartas y de datos producto de habladurías y teorías emanadas de sus poemas, como sus amores platónicos, a los que se entregó en su imaginación, durante el aislamiento que tuvo en vida, primero en su pequeña aldea y luego en su habitación, sin salir de ella ni recibir a nadie. La película de Davies construye una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía, que se deja oír en off durante todo su metraje. El propósito de Davies es relatar la existencia de una compleja y singular mujer a la que en sus últimos años, desde la reclusión que había elegido para sí misma, bastaba con observar la vida desde la puerta de su habitación del primer piso, vislumbrando unas escaleras que daban a un mundo que quizás ya no le interesaba más que a través de sus propios versos y oyendo voces familiares o de visitas que, tenues y apesadumbradas, opinaban sobre un universo personal, brillante e intransferible que, en realidad, solo es un misterio objeto de toda suerte de conjeturas. Davies realiza todo un ejercicio de estilo, dotando al magnífico diseño de producción de una suerte de austeridad narrativa, elegante, sutil, abundante en momentos simbólicos en los que la gran actriz Cynthia Nixon (conocida por el gran público por su papel en la serie Sexo en Nueva York) expresa el desasogiego y la genialidad que caracterizaron a Dickinson. Sólo dos ejemplos de la capacidad narrativa de Davies, uno de los pocos exponentes de cine de autor en activo, en la actualidad: al principio de la película, las alumnas de la Academia de Amherst, entre las que se cuenta la poetisa, atienden a una clasificación impuesta por una de las profesoras, agrupándose según se van sintiendo afines a las opciones propuestas por la misma. En ninguna de las mismas encaja Emily Dickinson, que se queda sola en la estancia. Davies acerca en un primer plano la cámara al personaje de Dickinson, que defiende con tenacidad sus propias ideas, sus ideales, la igualdad de su condición femenina frente al hombre. Dickinson es una mujer independiente, con gran personalidad y extremadamente inteligente pero aislada de la sociedad de su tiempo, metáfora de lo que será su vida. Otro gran momento: una magistral elipsis, mediante un zoom de acercamiento que envejece  a cada miembro de la familia de Emily, con ocasión de una sesión fotográfica, situando a Emily desde su juventud hasta la madurez en la que se centrará la película.  
Una película magistral y una obra poética, imprescindibles. 


Embriaguez

En jarros tallados en nácar
apuro un licor ignorado...
Tal vez ni del Rhin en las cavas
pudiera mi sed encontrarlo. 

Con una embriaguez de rocío,
borracha de incógnitos hálitos,
tabernas de azul diluido
recorro en perpetuos veranos.

Cuando las abejas
y las mariposas,
agobiadas, ebrias, 
vuelen de las pomas,
aún libaré yo mi vaso
de extraño licor...
Hasta que los ángeles
me agiten su níveo penacho,
y a los ventanales
celestes se asomen los santos
para contemplarme
borracha de azul y de sol.

Poema 128

Dame el ocaso en una copa, 
enumérame los frascos de la mañana 
y dime cuánto hay de rocío, 
dime cuán lejos la mañana salta- 
dime a qué hora duerme el tejedor 
que tejió el espacio azul. 

Escríbeme cuántas notas habrá 
en el nuevo éxtasis del tordo 
entre asombradas ramas- 
cuántos caminos recorre la tortuga- 
cuántas copas la abeja comparte, 
disoluta del rocío. 

También, ¿quién puso la base del arco iris, 
también, quién guía las esferas dóciles 
por juncos de azul flexible? 
¿Qué dedos atan las estalactitas- 
quién cuenta la plata de la noche 
para saber si nadie está en deuda? 

¿Quién edificó esta casita albana 
y cerró herméticamente las ventanas 
que mi espíritu no puede ver? 
¿Quién me dejará salir un día de gala 
con implementos de vuelo, 
fugaz pomposidad?

Podría estar más sola

Podría estar más sola sin la soledad,
estoy tan acostumbrada a mi destino,
tal vez la otra- La Paz,
podría interrumpir la oscuridad
y llenar el pequeño cuarto,
demasiado exiguo en su medida
para contener el sacramento de Él.
No estoy habituada a la esperanza,
podría entrometerse en su dulce ostentación,
violar el lugar ordenado para el sufrimiento.
Sería más fácil fallecer con la tierra a la vista,
que conquistar mi azul península,
perecer de deleite.


sábado, 12 de agosto de 2017

Alack Sinner

La editorial Salamandra acaba de publicar una edición integral de Alack Sinner, del guionista Carlos Sampayo y el dibujante José Muñoz, dos argentinos que en 1975 crearon, desde Barcelona, una serie negra magistral que poco a poco fue transformándose, desde sus inicios en el marco de las claves del género, en todo un espejo de la civilización occidental: el componente criminal fue dejando paso, al sucederse los títulos de la serie, a la lectura social, el drama humano, la tragedia de la propia existencia, abundante en frustraciones; lo importante no era el suceso delictivo en sí mismo, sino las personas que protagonizaban el mismo, con sus componentes ideológicos, políticos, generados por las propias sociedades, recorridas por la corrupción. En los cómics protagonizados por Sinner, nadie es inocente, nadie es neutral y el precio por intentar mantenerse al margen de unas reglas inmorales que rigen el comportamiento de todos los miembros de una organización, metáfora de la supervivencia de la propia civilización, supone no solo la marginación absoluta; además, es el fin de la inocencia para alguien que, como Sinner, comienza su carrera de policía con un alto sentido de la honestidad, de la ética profesional . "... Con frecuencia, la Ley no basta. La democracia es un gran sistema, pero a veces se mueve con lentitud,   sobre todo cuando se trata de aplicar o no aplicar dicha Ley. Así que es importante que los miembros de este Cuerpo utilicen... sus propios criterios personales...", le comunica el Jefe de la Policía de Nueva York a Sinner en Conversando con Joe, uno de los títulos de la serie. Sinner deja de ser policía, forzado, sobrepasado por las circunstancias y comienza su periplo como detective privado, marcado por un nihilismo en su rol de hombre duro que sin embargo albergará, durante toda la serie, una suerte de sensibilidad que acompañará siempre al detective; Sampayo definía a su personaje de la siguiente manera: "No es un héroe-antihéroe como los que ahora están de moda. Alack no lucha, tiene una rabia impotente que existe en su ambiente y que no puede transformar o canalizar (…) No es un reaccionario pero tampoco un revolucionario, se da cuenta de las cosas pero no ha pensado en una solución: no elige”. Sinner, simplemente, sobrevive y envejece dentro un sistema pervertido que sólo favorece a los más poderosos. No puede cambiar una realidad que aplasta al resto de personas, a diario, peones de juegos en los que los poderes fácticos siempre harán todo lo posible por sobrevivir.
En la serie que se sucede entre 1975 y 2006, con diversas editoriales en España publicando y reeditando la misma, es posible distinguir tres grandes núcleos argumentales. El primero se corresponde con la etapa propiamente de género negro, grandes historias en los parámetros propios del género literario y cinematográfico de EEUU; comprende desde la historia inicial, El caso Webster, hasta Chispas incluyendo la precuela Conversando con Joe, un punto absoluto de inflexión en la serie, avanzando temáticamente hacia un segundo tramo, más enfocado al análisis político y social que incluye la extensa y dramática historia titulada Encuentros y reencuentros, una obra maestra absoluta, paradigma de la serie y del noveno arte al que representa. Finalmente, un tercer segmento mucho más filosófico y humanista que se extiende desde Norteamericanos hasta El caso USA. Una profunda evolución argumental y una fascinante evolución artística en el arte de José Muñoz para la serie, en constante experimentación. Son evidentes las influencias de Alberto Breccia y Hugo Pratt, este último en el primer tramo de la serie, así como, fundamentalmente, la de nombres propios del expresionismo figurativo, predominando en las viñetas la deformación pictórica y una gran ambigüedad en el plano intencional: Francis Bacon, George Grosz, Otto Dix...
Una de las historias agrupadas con el título Encuentros y Reencuentros incluye la reaparición en la vida de Sinner del teniente de policía Randy Rademaker Jr., coincidiendo con una huelga de la policía.  Ambos se encuentran en la entrada del edificio donde vive Sinner, que ignora los insultos y provocaciones de un enajenado Rademaker, que antes de subir hasta el piso donde vive el detective, profiere toda suerte de insultos racistas y xenófobos, disparando indiscriminadamente contra transeúntes y habitantes del edificio, a los que señala como comunistas. La progresión del clímax no deja de crecer en las viñetas que se suceden, alternando la carnicería de Rademaker en la calle y el interior de las viviendas del edificio; en una de ellas una mujer está dando a luz, mientras los gritos del policía se abren paso por la ventana; en otra un hombre amenaza a su mujer, con una escopeta: "me has hecho sufrir mucho, Gladys"; en una vivienda, un cadáver momificado, yace frente a una televisión encendida; hasta todas ellas llega la voz amenazante de Rademaker, que abate a tiros a todo aquel que tiene la desdicha de cruzarse en su camino. Un chico negro, un vendedor de periódicos, la mujer que ha asistido al parto dentro de una de las viviendas y que cae desde la ventana, al mismo tiempo que los autores rompen la unidad narrativa de espacio y tiempo y el propio José Muñoz se dibuja a sí mismo como uno de los habitantes del edificio. En otra vivienda, una pareja hace el amor, mientras Sinner espera en la suya, con resignación, que Rademaker llegue hasta él. El detective dispara contra el policía y es rematado por el anciano que amenaza a su mujer, Gladys, que le vuela la cabeza.  Una de las últimas viñetas, con ecos de Taxi Driver, de Scorsese, muestra a Sinner, hundido en el sillón mientras varias pistolas apuntan hacia él: "Entren sin miedo. No habrá más". Otra de las viñetas, previamente, ha mostrado un plano general de la ciudad; el edificio donde está ocurriendo la tragedia es un símbolo, una metáfora de la gran urbe, repleta de personajes definidos hasta sus últimas consecuencias por el pincel prodigioso de Muñoz. En las habitaciones se respira humo, sudor, alcohol, miseria material, humana y moral, suciedad, polvo, desengaños, frustraciones. Cada una de las extraordinarias viñetas descritas cuenta una historia, un drama distinto (con una planificación de las escenas afines a la narrativa propia del micro relato propuesto; en el argot cinematográfico: picados, contrapicados, primeros planos, profundidad de campo....) y se inscribe en el trágico relato gráfico conformando un calidoscopio del alma humana, repleto de personajes secundarios, de la alienación de la vida en las grandes ciudades, de la fragilidad de la misma frente a una violencia exarcebada, inmoral,  que estalla de repente y que nos alcanza a todos, como peones de una sociedad que no deja de descomponerse. Alack Sinner es género negro al servicio de un personaje perdido entre las decepciones constantes del ser humano para vivir su propia vida, prisionero de una sociedad enajenada e irremisiblemente perdida en sí misma, en la que el protagonista, a pesar de todo y en su rol de férreo detective privado para ocultar su extrema sensibilidad y lucidez, transcurrido el tiempo y envejecido, sigue buscando en su propia redención, algo parecido a la felicidad.
Una serie, en definitiva, absolutamente imprescindible, una obra maestra absoluta del cómic: disfrutemos con esta edición integral de Alack Sinner.  








miércoles, 9 de agosto de 2017

La invasión de los ladrones de cuerpos

 

Jack Finney publicó en 1955, por entregas, en el Collier’s Magazine La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers), Según el escritor de novelas de terror Stephen King: "Una sola novela le basto a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror", si bien Finney siempre afirmó que sus libros buscaban, básicamente, entretener al lector, sin más matices. Sin embargo, la exitosa adaptación cinematográfica rodada por el famoso cineasta Don Siegel justo al año siguiente, una de las cult movies más celebradas del género de ciencia ficción, generó entre la crítica especializada, al igual que su original literario, unas lecturas semióticas sustancialmente asociadas a la Guerra Fría que durante los años 50 recorrió EEUU y la Unión Soviética. Gran parte de la sociedad de EEUU pensaba que el fin del mundo estaba cerca, en forma de guerra atómica. Dicha Guerra Fría, la amenaza comunista y un indescriptible individuo, el senador McCarthy y su caza de brujas (absolutamente imprescindible la lectura de McCarthy contra Hollywood: la caza de brujas, de Roman Gubern) fueron acrecentando, en su conjunción, un clima de temor y desconfianza cercano a la paranoia en determinados sectores de la población.   
Precisamente, el guión de la película fue obra de Daniel Mainwaring, uno de los desdichados guionistas de la lista negra de Hollywood. El argumento del libro y la película narra el cambio en la personalidad de los habitantes del pueblo de Santa Mira, que van perdiendo, progresivamente, sus características más humanas ante los ojos de sus propios familiares y amigos, que no los reconocen: comienzan a comportarse como personas sin sentimientos ni sensibilidad alguna, desprovistos de cualquier rasgo de personalidad propia. Todos estos extraños sucesos comienzan a relacionarse con la aparición en el pueblo de unas vainas vegetales (presumiblemente procedentes del espacio en la versión de Siegel y explícitamente expuesto dicho origen en la versión de Philip Kaufman, en 1978), de las que surgen unos extraños seres que duplican y sustituyen a los habitantes del pueblo cuando éstos duermen. Se acaba formando una sociedad sin sentimientos y donde los problemas comunes de los seres humanos no existen: todos los seres que han sustituido al original humano tienen el mismo comportamiento. En definitiva una sociedad totalitaria, sin libre albedrío, "perfecta" en su ausencia de humanidad, una crítica a los totalitarismos y al menos en la versión de Don Siegel,   una parábola anticomunista acorde a los tiempos de la Guerra Fría, crítica a su vez al aberrante mccarthismo imperante en la época. 
La película de Siegel, genuina serie B, fue rodada en apenas tres semanas y con un presupuesto de 250000 dolares. El magnífico actor Kevin McCarthy representa al ciudadano medio que va descubriendo los sutiles cambios de la normalidad cotidiana, transmitiendo ese desasosiego, el gran logro de la novela y la película, ante lo inexplicable de la ruptura progresiva de los canones del comportamiento humano: concentraciones inexplicables de ciudadanos en la plaza del pueblo, a primera hora de la mañana; un niño inquieto, travieso que no reconoce a su madre pero que al adquirir, de un día para otro un comportamiento tranquilo y sosegado transmite al protagonista la sensación inefable que ese niño ya es otro niño, que en definitiva ha dejado de ser humano. Durante buena parte del metraje los protagonistas (Kevin McCarthy y Dana Wynter) huyen de las hordas de ciudadanos que se han transformado en otros seres, intentando desesperadamente no dormir, puesto que es durante el sueño que se completa la temida transformación,  hasta el momento final en el que McCarthy besa a su amada y comprende que en esos labios no hay sentimientos ni amor, no hay pasión, ella también finalmente es uno de ellos, momento escalofriante y sutil, más logrado que en la versión de Kaufman, donde la protagonista, Brooke Adams, se desintegra entre los brazos de Donald Sutherland: de ella sólo ha quedado una especie de envoltura de carne, mientras su duplicado se aparece ante él, desnuda, invitándole a unirse al universo de ellos
En la película de Siegel, la fotografía abundante en contrastes en blanco y negro, obra de Ellsworth Fredericks, juega un papel fundamental, ligada a los parámetros propios del cine negro y las películas de terror, con los juegos de luces y sombras y los encuadres inclinados, muy característicos de Siegel, que contribuye definitivamente a generar un aura de pesadilla y  terror, de desesperanza creciente. Más allá de un epílogo al parecer impuesto por la productora, el verdadero final de la película se ha convertido en un icono de la historia del cine: Kevin McCarthy enloquecido entre filas de automoviles, intentando inútilmente avisar a los conductores de lo que está ocurriendo, mirando a la cámara en un primer plano y gritando: “Tú serás el siguiente”. El mismo actor vuelve a repetir esta escena, como un homenaje a la película original en el remake de Kaufman, película que se conserva a su vez, magníficamente, a pesar de los años transcurridos, trasladando la acción, un cambio sustancial, de la pequeña localidad del film original a la ciudad de San Francisco. Se acentúa, respecto a la película original, la incomunicación en las grandes ciudades, el estilo de vida de las grandes urbes donde sus habitantes, en calles permanentemente abarrotadas no saben ni lo que comen (el rol de Sutherland es de un minucioso inspector de Sanidad) y que permanecen impávidos a un accidente de tráfico. Una deshumanización ya existente en el tejido social de la época donde transcurre el film, asociado, inevitablemente, con la moda del cine setententero del género de películas de zombis. Las hordas de seres duplicados cuando persiguen a nuestros protagonistas lo hacen como autenticas jaurías, incorporando un grito escalofriante, con el que se cierra la película, un final absolutamente desolador en el contexto de la metáfora presente en el film: "puedes confundirte con uno de ellos, pasar desapercibido si no muestras emoción alguna, si te comportas exactamente como ellos lo hacen", le dice a Donald Sutherland otra de las protagonistas, Veronica Cartwright, antes de ese terrible final. Terribles las lecturas de alienación en torno a grupos humanos en cualquier contexto: laboral, ideológico, social, hace 30 años. No caben dudas, de posibles y trágicas conclusiones sociológicas a fecha de hoy. 
Las otras dos versiones del libro son películas con escaso interés, en su plasmación final en la pantalla. La realizada por Abel Ferrara en 1993 sobre el papel prometía muchas posibilidades, al trasladar la acción a una base militar: cómo diferenciar a duplicados, en tal contexto, de los que no lo son, en una actitud permanentemente hierática y falta de sentimientos de los militares de la base, como patrones asociados a sus roles profesionales. Sin embargo, ese potencial es desaprovechado absolutamente por Ferrara, desplazando la historia y todo su potencial dramático hacia las relaciones románticas de sus dos protagonistas. Algo más interesante pero absolutamente fallida, es la versión protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por Oliver Hirschbiegel en 2007 (director de la exitosa El Hundimiento, que transcurría en el búnker en el que Hitler pasó sus últimas días). El film, caracterizado por cierta arritmia narrativa destaca sobre todo en un tratamiento fotográfico de las escenas con una paleta en colores azulados y grises que da a la película un tono frío y depresivo, acorde a la naturaleza de los hechos que se narran con  los mismos dilemas claves de esta historia, pero sin lograr transmitir el miedo, la emoción, el desasosiego in crescendo que las películas de Siegel y Kaufman, aún siguen transmitiendo; probablemente, el futuro (o quizás el presente), sin necesidad de vainas de origen extraterrestre, en una sociedad alineada por los medios de comunicación de masas se parezca terrible, tragicamente al trazado por Jack Finney en 1955 en su magnífico libro, que cabe recuperar, junto a las dos primeras y admirables adaptaciones cinematográficas del mismo. 
 

jueves, 3 de agosto de 2017

La ciudad perdida de Z, de David Grann

Fascinante, el libro La ciudad perdida de Z, de David Grann, publicado en el año 2009, con edición en España de la editorial Plaza y Janés. Ha vuelto a cobrar actualidad con la reciente adaptación cinematográfica dirigida por el cineasta James Gray, que aún no he visto, tras años de permanencia en los ránkings de best seller de EEUU y todo un historial de premios de los críticos literarios nortemericanos. David Grann, periodista de The New York Times, tras acceder y analizar en profundidad todas las fuentes posibles al respecto del teniente coronel Percival Harrison Fawcett, describe en su libro la azarosa vida del mítico personaje y se adentra, expedición al Amazonas incluida, como otros tantos que le precedieron, en el misterio irresoluble del destino final, en 1925,  en el transcurso de una expedición que recorría el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil, de P.H. Fawcett, su hijo Jack y un amigo de éste llamado Raleigh Rimell. Tras su desaparición, nunca se supo más de ellos ni de la suerte que corrieron, a pesar de otras muchas expediciones que intentaron localizarlos en los primeros años de la desaparición de los mismos, muchas de ellas a su vez desaparecidas en la espesura del Amazonas, o al menos encontrar sus restos, según las décadas fueron transcurriendo. 
Muy célebre en vida, Fawcett, explorador, militar y arqueólogo, nacido en 1867 en la localidad de Torquay del condado de Devon, Inglaterra, representó, en su faceta de viajero y aventurero, el estereotipo de caballero victoriano exponente fiel del imperio británico de la época y del anhelo, como primera potencia del mundo, con la Royal Geographical Society a la cabeza, de cubrir todas las regiones inexploradas del mundo. Fawcett exploró el Amazonas aportando abundantes datos científicos mientras una obsesión fue creciendo en su interior: localizar los restos de una fastuosa civilización extinguida, una ciudad a la que denominó Z. Como Francisco de Orellana, Pizarro, Juan Díaz de Solis y otros conquistadores en la época de la colonización española, la búsqueda de una suerte de El Dorado ocupó sus investigaciones, incluyendo todos los documentos generados por los conquistadores españoles, particularmente por cronistas como fray Gaspar de Carbajal. Un manuscrito de diez páginas, conocido como 512, que se encuentra en la biblioteca de Río de Janeiro y que relataba con toda claridad que en algún lugar de la inmensa región del Mato Grosso (un millón de kilómetros cuadrados: dos veces España) existía una inmensa ciudad perdida, fue definitivo para Fawcett en su imparable obsesión. Descubierto en 1753 es el testimonio de un grupo de cazadores portugueses que en el siglo XVIII había recorrido la zona. La descripción contenida en dicho manuscrito coincidía con las propias observaciones de Orellana cuando abrió el Amazonas en 1542.
El libro de  David Grann es un calidoscopio histórico, que paralelamente a la biografía de Fawcett (surgida de los numerosos escritos del propio explorador), describe la sociedad inglesa de la época, la Primera Guerra Mundial, así como los avances científicos en un contexto europeo ávido de conocimiento: cada logro de la Royal Geographical Society suponía un acontecimiento nacional y sus exploradores eran revestidos con la aureola de héroes. Paralelamente, nombres famosos, contemporáneos de Fawcett y amigos del mismo, aparecen en las páginas del libro, como Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes y H. Rider Haggard, autor a su vez de Las minas del Rey Salomón que facilitó al explorador una pequeña estatua de basalto negro y origen desconocido. Fawcett hizo que la estudiara un psicometrista, es decir un vidente, que vino a aseverar que el origen de dicha estatua estaba ligado a un linaje atlante. Por otra parte, el ex cónsul británico en Río de Janeiro, coronel O´Sullivan Beare, aseguró a Fawcett que tenía constancia, por muchas fuentes indígenas de toda confianza, de que la gran ciudad perdida con la que soñaba éste existía realmente y que era posible dar con ella recorriendo el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil. Desde el siglo XVI, decenas de miles de hombres habían buscado en la espesura del Amazonas civilizaciones perdidas que albergaran oro y riquezas inimaginables. Españoles, ingleses, alemanes y franceses habían recorrido de punta a punta la inmensa, impenetrable Amazonia siguiendo el rastro de mitos y leyendas majestuosas que hablaban de calles pavimentadas de oro. Nadie consideraba que fuera un mito: todas las tribus amerindias coincidían en avalar su existencia real. Los conquistadores españoles buscaron en el norte las Siete Ciudades de Cíbola y en el sur, el mito de los mitos, Eldorado y otros muchos siguieron su estela. Era el turno de Fawcett, que en su caso, había unido a todos las leyendas anteriores la de la Atlántida.
Fawcett, su hijo adolescente y un amigo de éste, desaparecieron en alguna región indeterminada del inmenso Mato Grosso, en tierras de las tribus kalapalo, baciary, arumá, suyá, aloique, xavante… Tribus que en aquella época aún eran salvajes y, algunas de ellas, caníbales. La mujer de Fawcett, que confiaba en las constatadas virtudes de su marido como explorador, estuvo esperando su regreso y el de su hijo toda su vida: Fawcett, con el paso de los décadas tras su desaparición, se había convertido, a su vez, en otra leyenda asociada a la selva amazónica, buscado por incontables personas (entre ellas un actor de cine), dado que la teoría más extendida era que el explorador seguía vivo, en contacto con la civilización atlante que había logrado descubrir. David Grann, el autor del libro, en su último capítulo, toma contacto con Michael Heckenberger, de la Universidad de Florida, habitante de la región de Xingú, plenamente aceptado por los nativos; Heckenberger había descubierto las ruinas de una gran ciudad amurallada, una monumental civilización precolombina de los siglos VIII y XIV de nuestra era y que posiblemente se extinguió andando el siglo XVI, víctima de las epidemias y/o de la llegada de los europeos. El tiempo había dado, finalmente, la razón a Fawcett, ocultando posiblemente para siempre, el destino que corrió el famoso explorador, víctima de sí mismo y de quimeras impregnadas de columnas de piedra erosionadas por el tiempo y de sueños de gloria.

miércoles, 2 de agosto de 2017

En el balneario


En el balneario (1977), de Herman Herman, el autor establece paralelismos entre los mecanismos de la vida cotidiana, tanto psicológicos como los propiamente derivados de la mera rutina diaria, con su estancia en un balneario, al que no logra habituarse pero en el que desea seguir estando. Las visitas al médico, las terapias sustentadas en los baños termales, el placer de un relax permanente, se convierten en el epicentro de cada uno de sus días, en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a rituales de placer: las comidas, los tratamientos, la observación azarosa de otras personas, las conversaciones que surgen con éstas, las sensaciones que parecen acariciar al autor en esos días en los que se entrega al deleite de los tiempos muertos. Hesse reflexiona sobre el mundo, la vida cotidiana, sobre sus propios pensamientos y las actitudes de las personas con las que se cruza, siquiera de forma momentánea, sobre la importancia, en definitiva de los pensamientos positivos para mantener un cuerpo saludable y viceversa. 
La sociedad actual parece estar confrontada con los tiempos muertos: la vorágine de las redes sociales, los medios de comunicación en general, han transformado usos y costumbres, de forma exponencial desde la década de los 90,  hasta convertir al ciudadano en un engranaje activo al servicio del ruido informativo diario, constante, en que ha acabado convirtiéndose la realidad. Los nuevos dioses, a los que una gran mayoría veneran, tienen forma de 70 caracteres, fotografías que viajan de forma incesante por las redes y de titulares sesgados. Un contexto en el que, además, los padres combaten el aburrimiento de sus hijos como si estuvieran gravemente enfermos: malos tiempos, en definitiva, para compartir tiempos y espacios con uno mismo, sin más elementos que no se reduzcan a un buena compañía de carne y hueso y aún peores para la reflexión, los pensamientos, las sensaciones propias de la vida misma, en su esfera más humana y tangible, que no es otra que la que se deriva de nuestra propia sensibilidad utilizando todos nuestros sentidos, lejos, muy lejos, de mundos y ámbitos virtuales. Debemos volver, cabría preguntarse cómo, a aprender a estar con nosotros mismos, el mundo necesita de nuestro humanismo, no de nuestra capacidad, que parece infinita, de provocar griterío para sustituir a las palabras. 
Durante varios días, hemos disfrutado de una estancia en el balneario de Alhama de Granada. Como Hesse, nos hemos entregado al paso de los días ausentes de relojes, quedando el tiempo reducido a momentos y experiencias siempre gratas: en los copiosos almuerzos, los baños de algas, de chocolate; los masajes, los chorros de agua, la piscina termal; el agua a alta temperatura en contraste con la ducha fría; los exfoliantes, los aceites, las cremas... todo ello servido por las manos expertas de un personal especializado muy voluntarioso; los paseos a pie por los sugerentes alrededores, la siesta, el sueño profundo nocturno. El baño de la reina se realiza en una terma romana original, con aguas a muy alta temperatura y necesario contraste de agua fría, al menos, en mi caso, cada cinco minutos en ducha circular o directamente bajo un buen caudal en las duchas colindantes. Sensaciones que según se han ido acumulando, nos han envuelto, acariciado y mimado, logrando, no sólo los pensamientos positivos a los que se refería Hesse, sino al mismo tiempo, regenerar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Días en los que los medios de comunicación dejaron de existir, incluida la televisión y los smartphones, ni siquiera un periódico, ni uno de esos titulares aludidos.En el contexto del balneario, todo ello eran elementos superfluos, inútiles para conseguir nuestro objetivo:  el placer pleno de sentirse consigo mismo, en la mejor de las compañías, sintiéndonos como el Ave Fénix; sin duda, volveremos, para renacer de nuevo, periódicamente. Y recomiendo a quién esto lea y pueda permitírselo, que haga lo mismo. Un brindis por el tiempo estival y por esta maravillosa experiencia.  

domingo, 23 de julio de 2017

XXX Festival de Jazz de Almuñecar

Treinta años cumplidos, este verano, por el festival de jazz de Almuñecar, uno de los festivales más veteranos de Europa y un referente absoluto en Andalucía para los amantes del jazz. Se echa de menos, en su página web, algún texto que hubiera rememorado la singladura del festival durante todos estos años desde sus orígenes, más allá de los programas de cada año y no he logrado encontrar referentes al respecto, pero es evidente que durante todo este tiempo, se ha dado un salto exponencial cualitativo y cuantitativo, desde un festival que posiblemente tuvo un origen modesto, desconozco qué personas han estado ligadas a su historia, con un fundamental apoyo de las correspondientes instituciones, hasta lograr, desde hace ya bastantes años, la presencia en sus programas de artistas de primer orden acompañada de una entrega incondicional de un  público, que al igual que ayer sábado, ha abarrotado, literalmente, las instalaciones del Parque El Majuelo, un maravilloso marco para las noches mágicas de cada una de las ediciones del festival, agotando las mil localidades, si no me equivoco, puestas a la venta cada noche y con entrega absoluta al artista o la artista correspondiente. Hace algunos años, paralelamente al festival, se celebraba un curso de la UGR, en su sede del Centro Mediterráneo, con el epígrafe genérico de Historia y lenguaje del jazz, si mal no recuerdo, de una calidad incuestionable como marco de divulgación del jazz y con el placer añadido de ver y escuchar a referentes absolutos, en España, de críticos de este género musical, como esa figura, me temo insustituible, que fue Claudio Cifuentes. Asistí a dos ediciones y en uno de esos días, en la Casa de la Cultura de Almuñecar, ocurrió algo que no puede ser mero azar, un momento mágico, tan asombroso como extraordinario: se hablaba, quizás en una mesa redonda, de Charlie Parker, Bird; la tarde anterior se había proyectado la magnífica película de Clint Eastwood y se analizaba la singular biografía y el virtuosismo del genial saxofonista y compositor estadounidenses cuando, de repente, un pájaro comenzó a revolotear por el escenario, con insistencia hasta detenerse... encima del piano. No, no pudo ser un mero azar y todos los asistentes estuvimos de acuerdo: Parker estuvo allí. Sólo uno, de tantos momentos fascinantes, no me cabe la menor duda, ligados al festival que yo he gozado, como espectador, dejándome hipnotizar por las voces e instrumentos de los Four Brothers: Jon Hendricks, Kurt Elling, Mark Murphy (pienso que uno de los momentos más involdables de la historia del festival); Arturo Sandoval; Kenny Barron Quintet; Stanley Jordan Trio; Charles Lloyd Quartet.... nombres que escribo a vuela pluma, de entre tantos y con los que no era posible dejar de emocionarse, de levitar. 
Para despedir esta XXX edición, los organizadores eligieron, para su cierre, a Myles Sanko, básicamente soul comercial con no pocas influencias de funk, el hip-hop y con derivaciones momentáneas a algunas baladas sureñas. El soul clásico y las sonoridades jazzísticas quedan muy diluidas, por no decir que inexistentes en un estilo de sonido irremediablemente british y Northern Soul e influencias abundantes de Staple Singers e incluso la música disco más ochentera, En definitiva, un artista, desde mi punto de vista de relativo interés y absolutamente desconextualizado del género que caracteriza al festival, pero... al que las mil personas allí presentes siguieron, corearon y bailaron con absoluta entrega todos su temas. Y eso quizás, sea lo más importante, por encima de todo. Que el festival nos siga acompañando cada verano, al menos durante otros treinta años.  

sábado, 22 de julio de 2017

Je ne veux pas travailler


Ma chambre a la forme d'une cage
Le soleil passe son bras par la fenêtre
Les chasseurs à ma porte
Comme les p'tits soldats
Qui veulent me prendre
Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Déjà j'ai connu le parfum de l'amour
Un million de roses n'embaumerait pas autant
Maintenant une seule fleur dans mes entourages
Me rend malade
Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Je ne suis pas fière de ça
Vie qui veut me tuer
C'est magnifique être sympathique
Mais je ne le connais jamais
Je ne veux pas travailler
Non
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Je ne suis pas fière de ça
Vie qui veut me tuer
C'est magnifique être sympathique
Mais je ne le connais jamais
Je ne veux pas travailler
Non
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume

sábado, 15 de julio de 2017

Primer baño estival

Llegó el primer baño, sin duda tardío, durante la semana, inmerso aún en cuestiones laborales que se sucederán durante unos días más. Sin embargo, el baño en la playa, hizo el efecto terapéutico que todos esperamos: liberar neuronas de su habitual presión y relajar esa bloqueo, al que nos habituamos, de los hombros: no dejamos, a diario, de soportar pesadas cargas, algunas reales, otras hipotéticas, pero  todas dispuestas a desgastarnos si no somos capaces de afrontarlas, superando frustraciones, propias y con mucha frecuencia, ajenas, no en vano, según Unamuno, "la envidia es la íntima gangrena del alma española". Un rasgo cultural que marca nuestra idiosincrasia, o quizás el efecto de otra carencia. La envidia, quizás, es la capa superficial de un problema más de fondo: la falta de un espíritu autocrítico genuino, de la que tan escasos estamos en España y quiero pensar que en cualquier otro país. Sea como fuere, somos, con frecuencia, no sólo producto de nuestro propio esfuerzo personal y nuestra perseverancia diaria; también somos esa persona que los demás quieren y desean que seamos, sobre todo cuando somos víctimas potenciales de falacias lógicas de falsos dilemas o falsas dicotomías: o estás con nosotros o estás contra nosotros, por ejemplo, frase tan característica, aunque nadie la verbalice, en según qué organizaciones donde la ideología es un vehículo al servicio de intereses comunes. Por encima de todo y de todos, la consecución de los mismos en clara confrontación con los criterios propios, sean personales y/o técnicos. Seamos realistas: el mundo es así, simplemente. No conseguiremos cambiarlo, de la misma manera que nuestras acciones individuales difícilmente pueden afectar a una realidad impuesta por muchos, dispuestos a marcar al unísono y con suma disciplina el paso de la oca. Pero siempre será reconfortante pensar que la libertad individual, cuanto menos, podrá imponerse circunstancialmente a esas reglas del juego que se antojan inquebrantables y axiomáticas, como lograba Oscar, el protagonista de El tambor de hojalata, de Günter Grass, capaz, con su tambor, de transformar las notas de un marcha militar en un vals. O de ese Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, me temo que muy olvidado, que no dejaba de hacerse preguntas en su camino personal de superación.
Sea como fuere, debemos ser nosotros mismos para gozar, realmente, de un baño estival. Si renunciamos a nuestra propia identidad, ese baño lo disfrutará esa otra persona en la que, tristemente, nos habremos convertido. No podemos dejar que la metamorfosis se complete, asumiendo el rol de un Mr. Hyde, por más que incluso pueda llegar a gustarnos, esa es la gran paradoja, meternos en la piel y en los pensamientos de semejante individuo, por más parabienes que nos prometan si completamos la transformación. “Propónete ser tú mismo, y ten por seguro que aquel que se encuentra a sí mismo, pierde su desdicha"Matthew Arnold dixit.  "Sigue siendo tú mismo", me dijeron un día, cuando a mi alrededor, todos parecían conjurarse. Y ciertamente, no he dejado de hacerlo, entre bosques repletos de maleza para los que hace falta, necesariamente, un machete. Y en consecuencia, este primer baño del verano lo he disfrutado intensamente, uniendo a la salitre de las olas la esencia de mi propia persona, no la de otra. Sí, ser uno mismo tiene sus bellas, insustituibles ventajas, aunque los golpes duelan. ¿Pero qué es el dolor, comparado con un abrazo permanente, de nuestra propia conciencia?....


domingo, 9 de julio de 2017

Hablemos de los que nos une a todos/as


Hablemos, siempre desde la base de la confianza mutua. Reconozcamos que son más nuestras similitudes que nuestras diferencias. Logremos, primero a través de la palabra para seguir con los hechos, sentirnos cercanos los unos a los otros desde la base de proyectos comunes que sean fuente de aprendizaje humano, profesional. No podemos crecer desde una perspectiva aislada, con meras acciones individuales: debemos sentirnos, en nuestro singladura vital y profesional, apoyados, reconocidos y nada mejor que ello ocurra desde la base de la afectividad sentida y sincera, que impregne, día a día, nuestro trabajo diario. No parece tan díficil: solo hace falta un poco de confianza y de respeto mutuo. La cena que tuve el honor de compartir, el jueves 06 de julio de 2017 con no pocas personas a las que conozco y que tienen toda mi admiración, así como otras a las que iré conociendo es ejemplo de ello. Seguiremos creciendo juntos, todos, mientras aprendemos los unos de los otros, porque si bien los contextos profesionales son muy distintos, los objetivos que perseguimos son los mismos. Y sobre todo, porque creemos en lo que hacemos y porque la sensibilidad, durante la cena, reinó en todos nuestros gestos, en nuestras palabras, que inundaron de emoción esos momentos inolvidables que transcurrieron entre ricas viandas, en una absoluta identificación de ideales, deseos y apuestas por un futuro por el que apostamos todos. Ciertamente, nada como sentirse bien acompañado, a diario, incluso cuando las dificultades pugnan por abrirse paso. Mi frase característica: lo importante no son los problemas; lo importante son las soluciones. Un brindis estival por todos los que estuvimos en esa cena inolvidable.   

Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño...