domingo, 20 de agosto de 2017

El terror y lo cotidiano


El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terrorista en Barcelona. Lo cotidiano: ha pasado muy poco tiempo, apenas horas del mismo, pero, tal como me comenta un conocido que vive allí, nadie podría adivinar, si ignorara el hecho, que en efecto, el terrible suceso transcurrió en las Ramblas, de nuevo repleta de miles de turistas que pasean tranquilamente por sus calles e innumerables comercios. Simplemente, no queda el menor rastro en las calles de Barcelona, salvo en los medios de comunicación, del atentado. La vida sigue, es una frase que me ha parecido escuchar, de manera reiterada, estos días, por parte de los propios habitantes de Barcelona en los numerosos reportajes de televisión. La mayoría de los comercios estaban de nuevo abiertos, al día siguiente del atentado; el turismo apenas se ha resentido (se calcula apenas un 1% de cancelaciones) y ...  la vida sigue. Es lo que ha debido pensar la clase política en Cataluña: en la lista de fallecidos, se diferencia a catalanes de españoles. Una formación política se niega a suscribir el pacto antiterrorista, dado que se coartan libertades (sic) y otra formación, a su vez, se niega a secundar la manifestación de repulsa al terrorismo convocada por el Ayuntamiento de Barcelona si el Rey de España acude a la misma, dado que, según siempre dicha formación, el Rey contribuye a financiar el terrorismo (sic). No hay dudas: la vida sigue, después de escuchar mensajes de paz, solidaridad, convivencia y de Cataluña somos todos. El triunfo de lo cotidiano, cabría aventurar. Pero antes que dicha cotidianeidad se imponga de un modo absoluto, intentamos no olvidar a las víctimas del terror: personas de todas las edades, incluso niños/as, que un día cualquiera estival, paseaban tranquilamente por una ciudad en la que dejaron sus vidas de la forma más trágica; una ciudad que desde ciertos sectores de la misma, parecen tener prisa, mucha prisa, por volver a lo cotidiano. Demostremos, el resto de personas, que lo más importante, para que, en efecto, la vida siga, es rendir memoria a las víctimas, plantando cara a sus asesinos y a cualquier forma de terrorismo, todos unidos en una conciencia global y solidaria: sin muros, sin banderas, sin limites geográficos, sin ideologías abundantes en muros, banderas y límites geográficos. Sigamos saliendo a calle, con este compromiso moral. 

lunes, 14 de agosto de 2017

Emily Dickinson

Extraordinaria, la película de Terence Davies, Historia de una pasión (A Quiet Passion, 2016), en la que se narra la singular vida de la poetisa estadounidense Emily Dickinson (Amherst, Massachusetts, 10 de diciembre de 1830-ibídem, 15 de mayo de 1886). Prisionera de sí misma, se impuso una reclusión en casa de sus padres, entregándose por completo a la creación literaria, descubriéndose tras su muerte que era la autora de unos 1800 poemas, de los que llegó a publicar, en vida, apenas una docena. La difusión de su obra situó a Emily Dickinson como una de los más importantes poetas estadounidenses de todos los tiempos; una poesía naturalista, abundante en sensibilidad, loas a la vida misma, a la naturaleza, el amor  y al tiempo que transcurre como promesa de eternidad, núcleos temáticos que agrupan sus poemas en las correspondientes ediciones. La biografía de Dickinson alterna hechos fehacientes que se desprenden de sus abundantes cartas y de datos producto de habladurías y teorías emanadas de sus poemas, como sus amores platónicos, a los que se entregó en su imaginación, durante el aislamiento que tuvo en vida, primero en su pequeña aldea y luego en su habitación, sin salir de ella ni recibir a nadie. La película de Davies construye una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía, que se deja oír en off durante todo su metraje. El propósito de Davies es relatar la existencia de una compleja y singular mujer a la que en sus últimos años, desde la reclusión que había elegido para sí misma, bastaba con observar la vida desde la puerta de su habitación del primer piso, vislumbrando unas escaleras que daban a un mundo que quizás ya no le interesaba más que a través de sus propios versos y oyendo voces familiares o de visitas que, tenues y apesadumbradas, opinaban sobre un universo personal, brillante e intransferible que, en realidad, solo es un misterio objeto de toda suerte de conjeturas. Davies realiza todo un ejercicio de estilo, dotando al magnífico diseño de producción de una suerte de austeridad narrativa, elegante, sutil, abundante en momentos simbólicos en los que la gran actriz Cynthia Nixon (conocida por el gran público por su papel en la serie Sexo en Nueva York) expresa el desasogiego y la genialidad que caracterizaron a Dickinson. Sólo dos ejemplos de la capacidad narrativa de Davies, uno de los pocos exponentes de cine de autor en activo, en la actualidad: al principio de la película, las alumnas de la Academia de Amherst, entre las que se cuenta la poetisa, atienden a una clasificación impuesta por una de las profesoras, agrupándose según se van sintiendo afines a las opciones propuestas por la misma. En ninguna de las mismas encaja Emily Dickinson, que se queda sola en la estancia. Davies acerca en un primer plano la cámara al personaje de Dickinson, que defiende con tenacidad sus propias ideas, sus ideales, la igualdad de su condición femenina frente al hombre. Dickinson es una mujer independiente, con gran personalidad y extremadamente inteligente pero aislada de la sociedad de su tiempo, metáfora de lo que será su vida. Otro gran momento: una magistral elipsis, mediante un zoom de acercamiento que envejece  a cada miembro de la familia de Emily, con ocasión de una sesión fotográfica, situando a Emily desde su juventud hasta la madurez en la que se centrará la película.  
Una película magistral y una obra poética, imprescindibles. 


Embriaguez

En jarros tallados en nácar
apuro un licor ignorado...
Tal vez ni del Rhin en las cavas
pudiera mi sed encontrarlo. 

Con una embriaguez de rocío,
borracha de incógnitos hálitos,
tabernas de azul diluido
recorro en perpetuos veranos.

Cuando las abejas
y las mariposas,
agobiadas, ebrias, 
vuelen de las pomas,
aún libaré yo mi vaso
de extraño licor...
Hasta que los ángeles
me agiten su níveo penacho,
y a los ventanales
celestes se asomen los santos
para contemplarme
borracha de azul y de sol.

Poema 128

Dame el ocaso en una copa, 
enumérame los frascos de la mañana 
y dime cuánto hay de rocío, 
dime cuán lejos la mañana salta- 
dime a qué hora duerme el tejedor 
que tejió el espacio azul. 

Escríbeme cuántas notas habrá 
en el nuevo éxtasis del tordo 
entre asombradas ramas- 
cuántos caminos recorre la tortuga- 
cuántas copas la abeja comparte, 
disoluta del rocío. 

También, ¿quién puso la base del arco iris, 
también, quién guía las esferas dóciles 
por juncos de azul flexible? 
¿Qué dedos atan las estalactitas- 
quién cuenta la plata de la noche 
para saber si nadie está en deuda? 

¿Quién edificó esta casita albana 
y cerró herméticamente las ventanas 
que mi espíritu no puede ver? 
¿Quién me dejará salir un día de gala 
con implementos de vuelo, 
fugaz pomposidad?

Podría estar más sola

Podría estar más sola sin la soledad,
estoy tan acostumbrada a mi destino,
tal vez la otra- La Paz,
podría interrumpir la oscuridad
y llenar el pequeño cuarto,
demasiado exiguo en su medida
para contener el sacramento de Él.
No estoy habituada a la esperanza,
podría entrometerse en su dulce ostentación,
violar el lugar ordenado para el sufrimiento.
Sería más fácil fallecer con la tierra a la vista,
que conquistar mi azul península,
perecer de deleite.


sábado, 12 de agosto de 2017

Alack Sinner

La editorial Salamandra acaba de publicar una edición integral de Alack Sinner, del guionista Carlos Sampayo y el dibujante José Muñoz, dos argentinos que en 1975 crearon, desde Barcelona, una serie negra magistral que poco a poco fue transformándose, desde sus inicios en el marco de las claves del género, en todo un espejo de la civilización occidental: el componente criminal fue dejando paso, al sucederse los títulos de la serie, a la lectura social, el drama humano, la tragedia de la propia existencia, abundante en frustraciones; lo importante no era el suceso delictivo en sí mismo, sino las personas que protagonizaban el mismo, con sus componentes ideológicos, políticos, generados por las propias sociedades, recorridas por la corrupción. En los cómics protagonizados por Sinner, nadie es inocente, nadie es neutral y el precio por intentar mantenerse al margen de unas reglas inmorales que rigen el comportamiento de todos los miembros de una organización, metáfora de la supervivencia de la propia civilización, supone no solo la marginación absoluta; además, es el fin de la inocencia para alguien que, como Sinner, comienza su carrera de policía con un alto sentido de la honestidad, de la ética profesional . "... Con frecuencia, la Ley no basta. La democracia es un gran sistema, pero a veces se mueve con lentitud,   sobre todo cuando se trata de aplicar o no aplicar dicha Ley. Así que es importante que los miembros de este Cuerpo utilicen... sus propios criterios personales...", le comunica el Jefe de la Policía de Nueva York a Sinner en Conversando con Joe, uno de los títulos de la serie. Sinner deja de ser policía, forzado, sobrepasado por las circunstancias y comienza su periplo como detective privado, marcado por un nihilismo en su rol de hombre duro que sin embargo albergará, durante toda la serie, una suerte de sensibilidad que acompañará siempre al detective; Sampayo definía a su personaje de la siguiente manera: "No es un héroe-antihéroe como los que ahora están de moda. Alack no lucha, tiene una rabia impotente que existe en su ambiente y que no puede transformar o canalizar (…) No es un reaccionario pero tampoco un revolucionario, se da cuenta de las cosas pero no ha pensado en una solución: no elige”. Sinner, simplemente, sobrevive y envejece dentro un sistema pervertido que sólo favorece a los más poderosos. No puede cambiar una realidad que aplasta al resto de personas, a diario, peones de juegos en los que los poderes fácticos siempre harán todo lo posible por sobrevivir.
En la serie que se sucede entre 1975 y 2006, con diversas editoriales en España publicando y reeditando la misma, es posible distinguir tres grandes núcleos argumentales. El primero se corresponde con la etapa propiamente de género negro, grandes historias en los parámetros propios del género literario y cinematográfico de EEUU; comprende desde la historia inicial, El caso Webster, hasta Chispas incluyendo la precuela Conversando con Joe, un punto absoluto de inflexión en la serie, avanzando temáticamente hacia un segundo tramo, más enfocado al análisis político y social que incluye la extensa y dramática historia titulada Encuentros y reencuentros, una obra maestra absoluta, paradigma de la serie y del noveno arte al que representa. Finalmente, un tercer segmento mucho más filosófico y humanista que se extiende desde Norteamericanos hasta El caso USA. Una profunda evolución argumental y una fascinante evolución artística en el arte de José Muñoz para la serie, en constante experimentación. Son evidentes las influencias de Alberto Breccia y Hugo Pratt, este último en el primer tramo de la serie, así como, fundamentalmente, la de nombres propios del expresionismo figurativo, predominando en las viñetas la deformación pictórica y una gran ambigüedad en el plano intencional: Francis Bacon, George Grosz, Otto Dix...
Una de las historias agrupadas con el título Encuentros y Reencuentros incluye la reaparición en la vida de Sinner del teniente de policía Randy Rademaker Jr., coincidiendo con una huelga de la policía.  Ambos se encuentran en la entrada del edificio donde vive Sinner, que ignora los insultos y provocaciones de un enajenado Rademaker, que antes de subir hasta el piso donde vive el detective, profiere toda suerte de insultos racistas y xenófobos, disparando indiscriminadamente contra transeúntes y habitantes del edificio, a los que señala como comunistas. La progresión del clímax no deja de crecer en las viñetas que se suceden, alternando la carnicería de Rademaker en la calle y el interior de las viviendas del edificio; en una de ellas una mujer está dando a luz, mientras los gritos del policía se abren paso por la ventana; en otra un hombre amenaza a su mujer, con una escopeta: "me has hecho sufrir mucho, Gladys"; en una vivienda, un cadáver momificado, yace frente a una televisión encendida; hasta todas ellas llega la voz amenazante de Rademaker, que abate a tiros a todo aquel que tiene la desdicha de cruzarse en su camino. Un chico negro, un vendedor de periódicos, la mujer que ha asistido al parto dentro de una de las viviendas y que cae desde la ventana, al mismo tiempo que los autores rompen la unidad narrativa de espacio y tiempo y el propio José Muñoz se dibuja a sí mismo como uno de los habitantes del edificio. En otra vivienda, una pareja hace el amor, mientras Sinner espera en la suya, con resignación, que Rademaker llegue hasta él. El detective dispara contra el policía y es rematado por el anciano que amenaza a su mujer, Gladys, que le vuela la cabeza.  Una de las últimas viñetas, con ecos de Taxi Driver, de Scorsese, muestra a Sinner, hundido en el sillón mientras varias pistolas apuntan hacia él: "Entren sin miedo. No habrá más". Otra de las viñetas, previamente, ha mostrado un plano general de la ciudad; el edificio donde está ocurriendo la tragedia es un símbolo, una metáfora de la gran urbe, repleta de personajes definidos hasta sus últimas consecuencias por el pincel prodigioso de Muñoz. En las habitaciones se respira humo, sudor, alcohol, miseria material, humana y moral, suciedad, polvo, desengaños, frustraciones. Cada una de las extraordinarias viñetas descritas cuenta una historia, un drama distinto (con una planificación de las escenas afines a la narrativa propia del micro relato propuesto; en el argot cinematográfico: picados, contrapicados, primeros planos, profundidad de campo....) y se inscribe en el trágico relato gráfico conformando un calidoscopio del alma humana, repleto de personajes secundarios, de la alienación de la vida en las grandes ciudades, de la fragilidad de la misma frente a una violencia exarcebada, inmoral,  que estalla de repente y que nos alcanza a todos, como peones de una sociedad que no deja de descomponerse. Alack Sinner es género negro al servicio de un personaje perdido entre las decepciones constantes del ser humano para vivir su propia vida, prisionero de una sociedad enajenada e irremisiblemente perdida en sí misma, en la que el protagonista, a pesar de todo y en su rol de férreo detective privado para ocultar su extrema sensibilidad y lucidez, transcurrido el tiempo y envejecido, sigue buscando en su propia redención, algo parecido a la felicidad.
Una serie, en definitiva, absolutamente imprescindible, una obra maestra absoluta del cómic: disfrutemos con esta edición integral de Alack Sinner.  








miércoles, 9 de agosto de 2017

La invasión de los ladrones de cuerpos

 

Jack Finney publicó en 1955, por entregas, en el Collier’s Magazine La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers), Según el escritor de novelas de terror Stephen King: "Una sola novela le basto a Finney para sentar las bases de lo que llamamos la moderna novela de terror", si bien Finney siempre afirmó que sus libros buscaban, básicamente, entretener al lector, sin más matices. Sin embargo, la exitosa adaptación cinematográfica rodada por el famoso cineasta Don Siegel justo al año siguiente, una de las cult movies más celebradas del género de ciencia ficción, generó entre la crítica especializada, al igual que su original literario, unas lecturas semióticas sustancialmente asociadas a la Guerra Fría que durante los años 50 recorrió EEUU y la Unión Soviética. Gran parte de la sociedad de EEUU pensaba que el fin del mundo estaba cerca, en forma de guerra atómica. Dicha Guerra Fría, la amenaza comunista y un indescriptible individuo, el senador McCarthy y su caza de brujas (absolutamente imprescindible la lectura de McCarthy contra Hollywood: la caza de brujas, de Roman Gubern) fueron acrecentando, en su conjunción, un clima de temor y desconfianza cercano a la paranoia en determinados sectores de la población.   
Precisamente, el guión de la película fue obra de Daniel Mainwaring, uno de los desdichados guionistas de la lista negra de Hollywood. El argumento del libro y la película narra el cambio en la personalidad de los habitantes del pueblo de Santa Mira, que van perdiendo, progresivamente, sus características más humanas ante los ojos de sus propios familiares y amigos, que no los reconocen: comienzan a comportarse como personas sin sentimientos ni sensibilidad alguna, desprovistos de cualquier rasgo de personalidad propia. Todos estos extraños sucesos comienzan a relacionarse con la aparición en el pueblo de unas vainas vegetales (presumiblemente procedentes del espacio en la versión de Siegel y explícitamente expuesto dicho origen en la versión de Philip Kaufman, en 1978), de las que surgen unos extraños seres que duplican y sustituyen a los habitantes del pueblo cuando éstos duermen. Se acaba formando una sociedad sin sentimientos y donde los problemas comunes de los seres humanos no existen: todos los seres que han sustituido al original humano tienen el mismo comportamiento. En definitiva una sociedad totalitaria, sin libre albedrío, "perfecta" en su ausencia de humanidad, una crítica a los totalitarismos y al menos en la versión de Don Siegel,   una parábola anticomunista acorde a los tiempos de la Guerra Fría, crítica a su vez al aberrante mccarthismo imperante en la época. 
La película de Siegel, genuina serie B, fue rodada en apenas tres semanas y con un presupuesto de 250000 dolares. El magnífico actor Kevin McCarthy representa al ciudadano medio que va descubriendo los sutiles cambios de la normalidad cotidiana, transmitiendo ese desasosiego, el gran logro de la novela y la película, ante lo inexplicable de la ruptura progresiva de los canones del comportamiento humano: concentraciones inexplicables de ciudadanos en la plaza del pueblo, a primera hora de la mañana; un niño inquieto, travieso que no reconoce a su madre pero que al adquirir, de un día para otro un comportamiento tranquilo y sosegado transmite al protagonista la sensación inefable que ese niño ya es otro niño, que en definitiva ha dejado de ser humano. Durante buena parte del metraje los protagonistas (Kevin McCarthy y Dana Wynter) huyen de las hordas de ciudadanos que se han transformado en otros seres, intentando desesperadamente no dormir, puesto que es durante el sueño que se completa la temida transformación,  hasta el momento final en el que McCarthy besa a su amada y comprende que en esos labios no hay sentimientos ni amor, no hay pasión, ella también finalmente es uno de ellos, momento escalofriante y sutil, más logrado que en la versión de Kaufman, donde la protagonista, Brooke Adams, se desintegra entre los brazos de Donald Sutherland: de ella sólo ha quedado una especie de envoltura de carne, mientras su duplicado se aparece ante él, desnuda, invitándole a unirse al universo de ellos
En la película de Siegel, la fotografía abundante en contrastes en blanco y negro, obra de Ellsworth Fredericks, juega un papel fundamental, ligada a los parámetros propios del cine negro y las películas de terror, con los juegos de luces y sombras y los encuadres inclinados, muy característicos de Siegel, que contribuye definitivamente a generar un aura de pesadilla y  terror, de desesperanza creciente. Más allá de un epílogo al parecer impuesto por la productora, el verdadero final de la película se ha convertido en un icono de la historia del cine: Kevin McCarthy enloquecido entre filas de automoviles, intentando inútilmente avisar a los conductores de lo que está ocurriendo, mirando a la cámara en un primer plano y gritando: “Tú serás el siguiente”. El mismo actor vuelve a repetir esta escena, como un homenaje a la película original en el remake de Kaufman, película que se conserva a su vez, magníficamente, a pesar de los años transcurridos, trasladando la acción, un cambio sustancial, de la pequeña localidad del film original a la ciudad de San Francisco. Se acentúa, respecto a la película original, la incomunicación en las grandes ciudades, el estilo de vida de las grandes urbes donde sus habitantes, en calles permanentemente abarrotadas no saben ni lo que comen (el rol de Sutherland es de un minucioso inspector de Sanidad) y que permanecen impávidos a un accidente de tráfico. Una deshumanización ya existente en el tejido social de la época donde transcurre el film, asociado, inevitablemente, con la moda del cine setententero del género de películas de zombis. Las hordas de seres duplicados cuando persiguen a nuestros protagonistas lo hacen como autenticas jaurías, incorporando un grito escalofriante, con el que se cierra la película, un final absolutamente desolador en el contexto de la metáfora presente en el film: "puedes confundirte con uno de ellos, pasar desapercibido si no muestras emoción alguna, si te comportas exactamente como ellos lo hacen", le dice a Donald Sutherland otra de las protagonistas, Veronica Cartwright, antes de ese terrible final. Terribles las lecturas de alienación en torno a grupos humanos en cualquier contexto: laboral, ideológico, social, hace 30 años. No caben dudas, de posibles y trágicas conclusiones sociológicas a fecha de hoy. 
Las otras dos versiones del libro son películas con escaso interés, en su plasmación final en la pantalla. La realizada por Abel Ferrara en 1993 sobre el papel prometía muchas posibilidades, al trasladar la acción a una base militar: cómo diferenciar a duplicados, en tal contexto, de los que no lo son, en una actitud permanentemente hierática y falta de sentimientos de los militares de la base, como patrones asociados a sus roles profesionales. Sin embargo, ese potencial es desaprovechado absolutamente por Ferrara, desplazando la historia y todo su potencial dramático hacia las relaciones románticas de sus dos protagonistas. Algo más interesante pero absolutamente fallida, es la versión protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por Oliver Hirschbiegel en 2007 (director de la exitosa El Hundimiento, que transcurría en el búnker en el que Hitler pasó sus últimas días). El film, caracterizado por cierta arritmia narrativa destaca sobre todo en un tratamiento fotográfico de las escenas con una paleta en colores azulados y grises que da a la película un tono frío y depresivo, acorde a la naturaleza de los hechos que se narran con  los mismos dilemas claves de esta historia, pero sin lograr transmitir el miedo, la emoción, el desasosiego in crescendo que las películas de Siegel y Kaufman, aún siguen transmitiendo; probablemente, el futuro (o quizás el presente), sin necesidad de vainas de origen extraterrestre, en una sociedad alineada por los medios de comunicación de masas se parezca terrible, tragicamente al trazado por Jack Finney en 1955 en su magnífico libro, que cabe recuperar, junto a las dos primeras y admirables adaptaciones cinematográficas del mismo. 
 

jueves, 3 de agosto de 2017

La ciudad perdida de Z, de David Grann

Fascinante, el libro La ciudad perdida de Z, de David Grann, publicado en el año 2009, con edición en España de la editorial Plaza y Janés. Ha vuelto a cobrar actualidad con la reciente adaptación cinematográfica dirigida por el cineasta James Gray, que aún no he visto, tras años de permanencia en los ránkings de best seller de EEUU y todo un historial de premios de los críticos literarios nortemericanos. David Grann, periodista de The New York Times, tras acceder y analizar en profundidad todas las fuentes posibles al respecto del teniente coronel Percival Harrison Fawcett, describe en su libro la azarosa vida del mítico personaje y se adentra, expedición al Amazonas incluida, como otros tantos que le precedieron, en el misterio irresoluble del destino final, en 1925,  en el transcurso de una expedición que recorría el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil, de P.H. Fawcett, su hijo Jack y un amigo de éste llamado Raleigh Rimell. Tras su desaparición, nunca se supo más de ellos ni de la suerte que corrieron, a pesar de otras muchas expediciones que intentaron localizarlos en los primeros años de la desaparición de los mismos, muchas de ellas a su vez desaparecidas en la espesura del Amazonas, o al menos encontrar sus restos, según las décadas fueron transcurriendo. 
Muy célebre en vida, Fawcett, explorador, militar y arqueólogo, nacido en 1867 en la localidad de Torquay del condado de Devon, Inglaterra, representó, en su faceta de viajero y aventurero, el estereotipo de caballero victoriano exponente fiel del imperio británico de la época y del anhelo, como primera potencia del mundo, con la Royal Geographical Society a la cabeza, de cubrir todas las regiones inexploradas del mundo. Fawcett exploró el Amazonas aportando abundantes datos científicos mientras una obsesión fue creciendo en su interior: localizar los restos de una fastuosa civilización extinguida, una ciudad a la que denominó Z. Como Francisco de Orellana, Pizarro, Juan Díaz de Solis y otros conquistadores en la época de la colonización española, la búsqueda de una suerte de El Dorado ocupó sus investigaciones, incluyendo todos los documentos generados por los conquistadores españoles, particularmente por cronistas como fray Gaspar de Carbajal. Un manuscrito de diez páginas, conocido como 512, que se encuentra en la biblioteca de Río de Janeiro y que relataba con toda claridad que en algún lugar de la inmensa región del Mato Grosso (un millón de kilómetros cuadrados: dos veces España) existía una inmensa ciudad perdida, fue definitivo para Fawcett en su imparable obsesión. Descubierto en 1753 es el testimonio de un grupo de cazadores portugueses que en el siglo XVIII había recorrido la zona. La descripción contenida en dicho manuscrito coincidía con las propias observaciones de Orellana cuando abrió el Amazonas en 1542.
El libro de  David Grann es un calidoscopio histórico, que paralelamente a la biografía de Fawcett (surgida de los numerosos escritos del propio explorador), describe la sociedad inglesa de la época, la Primera Guerra Mundial, así como los avances científicos en un contexto europeo ávido de conocimiento: cada logro de la Royal Geographical Society suponía un acontecimiento nacional y sus exploradores eran revestidos con la aureola de héroes. Paralelamente, nombres famosos, contemporáneos de Fawcett y amigos del mismo, aparecen en las páginas del libro, como Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes y H. Rider Haggard, autor a su vez de Las minas del Rey Salomón que facilitó al explorador una pequeña estatua de basalto negro y origen desconocido. Fawcett hizo que la estudiara un psicometrista, es decir un vidente, que vino a aseverar que el origen de dicha estatua estaba ligado a un linaje atlante. Por otra parte, el ex cónsul británico en Río de Janeiro, coronel O´Sullivan Beare, aseguró a Fawcett que tenía constancia, por muchas fuentes indígenas de toda confianza, de que la gran ciudad perdida con la que soñaba éste existía realmente y que era posible dar con ella recorriendo el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil. Desde el siglo XVI, decenas de miles de hombres habían buscado en la espesura del Amazonas civilizaciones perdidas que albergaran oro y riquezas inimaginables. Españoles, ingleses, alemanes y franceses habían recorrido de punta a punta la inmensa, impenetrable Amazonia siguiendo el rastro de mitos y leyendas majestuosas que hablaban de calles pavimentadas de oro. Nadie consideraba que fuera un mito: todas las tribus amerindias coincidían en avalar su existencia real. Los conquistadores españoles buscaron en el norte las Siete Ciudades de Cíbola y en el sur, el mito de los mitos, Eldorado y otros muchos siguieron su estela. Era el turno de Fawcett, que en su caso, había unido a todos las leyendas anteriores la de la Atlántida.
Fawcett, su hijo adolescente y un amigo de éste, desaparecieron en alguna región indeterminada del inmenso Mato Grosso, en tierras de las tribus kalapalo, baciary, arumá, suyá, aloique, xavante… Tribus que en aquella época aún eran salvajes y, algunas de ellas, caníbales. La mujer de Fawcett, que confiaba en las constatadas virtudes de su marido como explorador, estuvo esperando su regreso y el de su hijo toda su vida: Fawcett, con el paso de los décadas tras su desaparición, se había convertido, a su vez, en otra leyenda asociada a la selva amazónica, buscado por incontables personas (entre ellas un actor de cine), dado que la teoría más extendida era que el explorador seguía vivo, en contacto con la civilización atlante que había logrado descubrir. David Grann, el autor del libro, en su último capítulo, toma contacto con Michael Heckenberger, de la Universidad de Florida, habitante de la región de Xingú, plenamente aceptado por los nativos; Heckenberger había descubierto las ruinas de una gran ciudad amurallada, una monumental civilización precolombina de los siglos VIII y XIV de nuestra era y que posiblemente se extinguió andando el siglo XVI, víctima de las epidemias y/o de la llegada de los europeos. El tiempo había dado, finalmente, la razón a Fawcett, ocultando posiblemente para siempre, el destino que corrió el famoso explorador, víctima de sí mismo y de quimeras impregnadas de columnas de piedra erosionadas por el tiempo y de sueños de gloria.

miércoles, 2 de agosto de 2017

En el balneario


En el balneario (1977), de Herman Herman, el autor establece paralelismos entre los mecanismos de la vida cotidiana, tanto psicológicos como los propiamente derivados de la mera rutina diaria, con su estancia en un balneario, al que no logra habituarse pero en el que desea seguir estando. Las visitas al médico, las terapias sustentadas en los baños termales, el placer de un relax permanente, se convierten en el epicentro de cada uno de sus días, en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a rituales de placer: las comidas, los tratamientos, la observación azarosa de otras personas, las conversaciones que surgen con éstas, las sensaciones que parecen acariciar al autor en esos días en los que se entrega al deleite de los tiempos muertos. Hesse reflexiona sobre el mundo, la vida cotidiana, sobre sus propios pensamientos y las actitudes de las personas con las que se cruza, siquiera de forma momentánea, sobre la importancia, en definitiva de los pensamientos positivos para mantener un cuerpo saludable y viceversa. 
La sociedad actual parece estar confrontada con los tiempos muertos: la vorágine de las redes sociales, los medios de comunicación en general, han transformado usos y costumbres, de forma exponencial desde la década de los 90,  hasta convertir al ciudadano en un engranaje activo al servicio del ruido informativo diario, constante, en que ha acabado convirtiéndose la realidad. Los nuevos dioses, a los que una gran mayoría veneran, tienen forma de 70 caracteres, fotografías que viajan de forma incesante por las redes y de titulares sesgados. Un contexto en el que, además, los padres combaten el aburrimiento de sus hijos como si estuvieran gravemente enfermos: malos tiempos, en definitiva, para compartir tiempos y espacios con uno mismo, sin más elementos que no se reduzcan a un buena compañía de carne y hueso y aún peores para la reflexión, los pensamientos, las sensaciones propias de la vida misma, en su esfera más humana y tangible, que no es otra que la que se deriva de nuestra propia sensibilidad utilizando todos nuestros sentidos, lejos, muy lejos, de mundos y ámbitos virtuales. Debemos volver, cabría preguntarse cómo, a aprender a estar con nosotros mismos, el mundo necesita de nuestro humanismo, no de nuestra capacidad, que parece infinita, de provocar griterío para sustituir a las palabras. 
Durante varios días, hemos disfrutado de una estancia en el balneario de Alhama de Granada. Como Hesse, nos hemos entregado al paso de los días ausentes de relojes, quedando el tiempo reducido a momentos y experiencias siempre gratas: en los copiosos almuerzos, los baños de algas, de chocolate; los masajes, los chorros de agua, la piscina termal; el agua a alta temperatura en contraste con la ducha fría; los exfoliantes, los aceites, las cremas... todo ello servido por las manos expertas de un personal especializado muy voluntarioso; los paseos a pie por los sugerentes alrededores, la siesta, el sueño profundo nocturno. El baño de la reina se realiza en una terma romana original, con aguas a muy alta temperatura y necesario contraste de agua fría, al menos, en mi caso, cada cinco minutos en ducha circular o directamente bajo un buen caudal en las duchas colindantes. Sensaciones que según se han ido acumulando, nos han envuelto, acariciado y mimado, logrando, no sólo los pensamientos positivos a los que se refería Hesse, sino al mismo tiempo, regenerar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Días en los que los medios de comunicación dejaron de existir, incluida la televisión y los smartphones, ni siquiera un periódico, ni uno de esos titulares aludidos.En el contexto del balneario, todo ello eran elementos superfluos, inútiles para conseguir nuestro objetivo:  el placer pleno de sentirse consigo mismo, en la mejor de las compañías, sintiéndonos como el Ave Fénix; sin duda, volveremos, para renacer de nuevo, periódicamente. Y recomiendo a quién esto lea y pueda permitírselo, que haga lo mismo. Un brindis por el tiempo estival y por esta maravillosa experiencia.  

domingo, 23 de julio de 2017

XXX Festival de Jazz de Almuñecar

Treinta años cumplidos, este verano, por el festival de jazz de Almuñecar, uno de los festivales más veteranos de Europa y un referente absoluto en Andalucía para los amantes del jazz. Se echa de menos, en su página web, algún texto que hubiera rememorado la singladura del festival durante todos estos años desde sus orígenes, más allá de los programas de cada año y no he logrado encontrar referentes al respecto, pero es evidente que durante todo este tiempo, se ha dado un salto exponencial cualitativo y cuantitativo, desde un festival que posiblemente tuvo un origen modesto, desconozco qué personas han estado ligadas a su historia, con un fundamental apoyo de las correspondientes instituciones, hasta lograr, desde hace ya bastantes años, la presencia en sus programas de artistas de primer orden acompañada de una entrega incondicional de un  público, que al igual que ayer sábado, ha abarrotado, literalmente, las instalaciones del Parque El Majuelo, un maravilloso marco para las noches mágicas de cada una de las ediciones del festival, agotando las mil localidades, si no me equivoco, puestas a la venta cada noche y con entrega absoluta al artista o la artista correspondiente. Hace algunos años, paralelamente al festival, se celebraba un curso de la UGR, en su sede del Centro Mediterráneo, con el epígrafe genérico de Historia y lenguaje del jazz, si mal no recuerdo, de una calidad incuestionable como marco de divulgación del jazz y con el placer añadido de ver y escuchar a referentes absolutos, en España, de críticos de este género musical, como esa figura, me temo insustituible, que fue Claudio Cifuentes. Asistí a dos ediciones y en uno de esos días, en la Casa de la Cultura de Almuñecar, ocurrió algo que no puede ser mero azar, un momento mágico, tan asombroso como extraordinario: se hablaba, quizás en una mesa redonda, de Charlie Parker, Bird; la tarde anterior se había proyectado la magnífica película de Clint Eastwood y se analizaba la singular biografía y el virtuosismo del genial saxofonista y compositor estadounidenses cuando, de repente, un pájaro comenzó a revolotear por el escenario, con insistencia hasta detenerse... encima del piano. No, no pudo ser un mero azar y todos los asistentes estuvimos de acuerdo: Parker estuvo allí. Sólo uno, de tantos momentos fascinantes, no me cabe la menor duda, ligados al festival que yo he gozado, como espectador, dejándome hipnotizar por las voces e instrumentos de los Four Brothers: Jon Hendricks, Kurt Elling, Mark Murphy (pienso que uno de los momentos más involdables de la historia del festival); Arturo Sandoval; Kenny Barron Quintet; Stanley Jordan Trio; Charles Lloyd Quartet.... nombres que escribo a vuela pluma, de entre tantos y con los que no era posible dejar de emocionarse, de levitar. 
Para despedir esta XXX edición, los organizadores eligieron, para su cierre, a Myles Sanko, básicamente soul comercial con no pocas influencias de funk, el hip-hop y con derivaciones momentáneas a algunas baladas sureñas. El soul clásico y las sonoridades jazzísticas quedan muy diluidas, por no decir que inexistentes en un estilo de sonido irremediablemente british y Northern Soul e influencias abundantes de Staple Singers e incluso la música disco más ochentera, En definitiva, un artista, desde mi punto de vista de relativo interés y absolutamente desconextualizado del género que caracteriza al festival, pero... al que las mil personas allí presentes siguieron, corearon y bailaron con absoluta entrega todos su temas. Y eso quizás, sea lo más importante, por encima de todo. Que el festival nos siga acompañando cada verano, al menos durante otros treinta años.  

sábado, 22 de julio de 2017

Je ne veux pas travailler


Ma chambre a la forme d'une cage
Le soleil passe son bras par la fenêtre
Les chasseurs à ma porte
Comme les p'tits soldats
Qui veulent me prendre
Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Déjà j'ai connu le parfum de l'amour
Un million de roses n'embaumerait pas autant
Maintenant une seule fleur dans mes entourages
Me rend malade
Je ne veux pas travailler
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Je ne suis pas fière de ça
Vie qui veut me tuer
C'est magnifique être sympathique
Mais je ne le connais jamais
Je ne veux pas travailler
Non
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume
Je ne suis pas fière de ça
Vie qui veut me tuer
C'est magnifique être sympathique
Mais je ne le connais jamais
Je ne veux pas travailler
Non
Je ne veux pas déjeuner
Je veux seulement l'oublier
Et puis je fume

sábado, 15 de julio de 2017

Primer baño estival

Llegó el primer baño, sin duda tardío, durante la semana, inmerso aún en cuestiones laborales que se sucederán durante unos días más. Sin embargo, el baño en la playa, hizo el efecto terapéutico que todos esperamos: liberar neuronas de su habitual presión y relajar esa bloqueo, al que nos habituamos, de los hombros: no dejamos, a diario, de soportar pesadas cargas, algunas reales, otras hipotéticas, pero  todas dispuestas a desgastarnos si no somos capaces de afrontarlas, superando frustraciones, propias y con mucha frecuencia, ajenas, no en vano, según Unamuno, "la envidia es la íntima gangrena del alma española". Un rasgo cultural que marca nuestra idiosincrasia, o quizás el efecto de otra carencia. La envidia, quizás, es la capa superficial de un problema más de fondo: la falta de un espíritu autocrítico genuino, de la que tan escasos estamos en España y quiero pensar que en cualquier otro país. Sea como fuere, somos, con frecuencia, no sólo producto de nuestro propio esfuerzo personal y nuestra perseverancia diaria; también somos esa persona que los demás quieren y desean que seamos, sobre todo cuando somos víctimas potenciales de falacias lógicas de falsos dilemas o falsas dicotomías: o estás con nosotros o estás contra nosotros, por ejemplo, frase tan característica, aunque nadie la verbalice, en según qué organizaciones donde la ideología es un vehículo al servicio de intereses comunes. Por encima de todo y de todos, la consecución de los mismos en clara confrontación con los criterios propios, sean personales y/o técnicos. Seamos realistas: el mundo es así, simplemente. No conseguiremos cambiarlo, de la misma manera que nuestras acciones individuales difícilmente pueden afectar a una realidad impuesta por muchos, dispuestos a marcar al unísono y con suma disciplina el paso de la oca. Pero siempre será reconfortante pensar que la libertad individual, cuanto menos, podrá imponerse circunstancialmente a esas reglas del juego que se antojan inquebrantables y axiomáticas, como lograba Oscar, el protagonista de El tambor de hojalata, de Günter Grass, capaz, con su tambor, de transformar las notas de un marcha militar en un vals. O de ese Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, me temo que muy olvidado, que no dejaba de hacerse preguntas en su camino personal de superación.
Sea como fuere, debemos ser nosotros mismos para gozar, realmente, de un baño estival. Si renunciamos a nuestra propia identidad, ese baño lo disfrutará esa otra persona en la que, tristemente, nos habremos convertido. No podemos dejar que la metamorfosis se complete, asumiendo el rol de un Mr. Hyde, por más que incluso pueda llegar a gustarnos, esa es la gran paradoja, meternos en la piel y en los pensamientos de semejante individuo, por más parabienes que nos prometan si completamos la transformación. “Propónete ser tú mismo, y ten por seguro que aquel que se encuentra a sí mismo, pierde su desdicha"Matthew Arnold dixit.  "Sigue siendo tú mismo", me dijeron un día, cuando a mi alrededor, todos parecían conjurarse. Y ciertamente, no he dejado de hacerlo, entre bosques repletos de maleza para los que hace falta, necesariamente, un machete. Y en consecuencia, este primer baño del verano lo he disfrutado intensamente, uniendo a la salitre de las olas la esencia de mi propia persona, no la de otra. Sí, ser uno mismo tiene sus bellas, insustituibles ventajas, aunque los golpes duelan. ¿Pero qué es el dolor, comparado con un abrazo permanente, de nuestra propia conciencia?....


domingo, 9 de julio de 2017

Hablemos de los que nos une a todos/as


Hablemos, siempre desde la base de la confianza mutua. Reconozcamos que son más nuestras similitudes que nuestras diferencias. Logremos, primero a través de la palabra para seguir con los hechos, sentirnos cercanos los unos a los otros desde la base de proyectos comunes que sean fuente de aprendizaje humano, profesional. No podemos crecer desde una perspectiva aislada, con meras acciones individuales: debemos sentirnos, en nuestro singladura vital y profesional, apoyados, reconocidos y nada mejor que ello ocurra desde la base de la afectividad sentida y sincera, que impregne, día a día, nuestro trabajo diario. No parece tan díficil: solo hace falta un poco de confianza y de respeto mutuo. La cena que tuve el honor de compartir, el jueves 06 de julio de 2017 con no pocas personas a las que conozco y que tienen toda mi admiración, así como otras a las que iré conociendo es ejemplo de ello. Seguiremos creciendo juntos, todos, mientras aprendemos los unos de los otros, porque si bien los contextos profesionales son muy distintos, los objetivos que perseguimos son los mismos. Y sobre todo, porque creemos en lo que hacemos y porque la sensibilidad, durante la cena, reinó en todos nuestros gestos, en nuestras palabras, que inundaron de emoción esos momentos inolvidables que transcurrieron entre ricas viandas, en una absoluta identificación de ideales, deseos y apuestas por un futuro por el que apostamos todos. Ciertamente, nada como sentirse bien acompañado, a diario, incluso cuando las dificultades pugnan por abrirse paso. Mi frase característica: lo importante no son los problemas; lo importante son las soluciones. Un brindis estival por todos los que estuvimos en esa cena inolvidable.   

Moonlight, de Barry Jenkins


Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de Tarell Alvin McCraney y su título hace referencia a una idea popular en EEUU que afirma que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna. Pero en el magnífico film que nos ocupa, la luz de la luna también va a ser testigo de uno de los escasos momentos de felicidad de Chiron, el protagonista: un lugar, en la playa y un momento mágico en la vida del protagonista en el que podrá amar y sentirse amado, un hecho singular, inédito, en su desgraciada biografía que Barry Jenkins nos narra en tres actos: infancia, adolescencia y madurez, mostrando con sutil elegancia los hechos que marcan el sombrío mensaje de una vida marcada por una madre drogadicta, el bullying, la homosexualidad y el racismo entre personas de color. Moonlight es la crónica de una dura infancia y una desesperanzada adolescencia de un joven afroamericano en los peores barrios de Miami; el fim que respira grisura y opresión, rehuye sin embargo los esterotipos y la sordidez, desarrollando un profundo retrato psicológico de todos los personajes y enfatizando la soledad de un personaje cuyas profundas carencias no impiden, en el tercer acto de la película, el segmento más intenso y emocionante, que Chiron muestre que sigue atesorando, por encima de sus circunstancias, una enorme sensibilidad que sólo anhela afecto, amor, comprensión. Los excelentes diálogos del film están presentes en el texto original del dramaturgo Tarell Alvin McCraney, autor del guión, con abundantes elementos biográficos y del propio Jenkins: Chiron (interpretado sucesivamente en sus diferentes etapas vitales por los actores Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes, todos magistralmente) sólo en su etapa de madurez  consigue hablar con fluidez, comunicarse con su primer y único amor, recuperando con la palabra una existencia que le fue robada por su propia madre y unos crueles y despiadados compañeros de colegio, que desemboca en tragedia. En este tercer acto, Chiron es un hombre musculado que impone respeto a su alrededor y que ha seguido los pasos, como traficante de drogas, de la única figura paterna que le acompañó brevemente en su infancia; pero en su interior sigue siendo el chico confuso y retraído que siempre fue, en esa ruptura explícita del protagonista con el arquetipo de personaje afroamericano tan presente en el cine. “Cuando creces, te dicen que siendo un hombre negro tienes que ser mejor que tus colegas. Tienes que ser fuerte, masculino y la fuerza más dominante en la habitación siempre. Así que automáticamente te bloqueas y no piensas que sea posible mostrar ningún tipo de vulnerabilidad en ti”, declaró Trevante Rhodes a los medios de comunicación. La ruptura del arquetipo, en tal sentido, es absoluta, mostrando durante todo el film a alguien que es víctima, en su fragilidad, de un ambiente permanentemente violento y hostil pero que no deja de soñar con un amor romántico y sexual durante su vida: la más terrible de las carencias, en el ser humano, es la ausencia absoluta de afectividad. Un drama sutilmente narrado (con ecos del Cassavetes de sus inicios) con un mensaje final esperanzador. Imprescindible, una de las mejores películas del año.

jueves, 22 de junio de 2017

La fiera de mi niña, de Howard Hawks

Referirse a La fiera de mi niña (Bringing up Baby, 1938) no es sólo entrar en el universo de sus grandes protagonistas o de la excelencia de la filmografía de Howard Hawks. En el guión, otro nombre propio del cine, Dudley Nichols, uno de los guionistas más prolíficos de Hollywood, guionista de directores como John Ford, con uno de sus más famosos guiones: La diligencia (Stagecoach, 1939);  Elia Kazan, Sam Wood, Fritz Lang, René Clair, Leo McCarey, George Cukor, Jean Renoir... Cobró aún más celebridad al ser uno de los primeros galardonados con un Oscar (por el guión de la película El Delator (The Informer, 1935) de John Ford) que rechazó el premio, por su pertenencia al Gremio de Guionistas, entonces en huelga contra los grandes Estudios. Paradójicamente, junto a Nichols en esta película figura como coautora del guión Hagar Wilde responsable del relato Bringing Up Baby en el que se inspira la famosa película y de efímera carrera en Hollywood; apenas hay reseñas en la web sobre ella, salvo su nombre en otros escasos films. Una triste metáfora  de la fragilidad laboral que subyace en Hollywood, incluso con películas tan exitosas como la que nos ocupa.
La filmografía Howard Hawks es un absoluto festín cinematográfico, que goza, entre otras muchas virtudes, de una intemporalidad sólo posible en esos clásicos del cine resistentes al paso del tiempo y que además se constituyen en obras maestras, presentes en la memoria cinéfila de tantas generaciones que han visto y han vuelto a ver, sólo por citar algunas de sus famosas películas: Bola de fuego (Ball of Fire, 1941), con Gary Cooper y Barbra Stanwyck; Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes1953), con Jane Russell y  Marilyn Monroe; Río Bravo (1953), con John Wayne, Dean Martin, Ricky Nelson y Angie Dickinson; Hatari! (1962), con John Wayne,  Hardy Kruger, Elsa Martinelli y Bruce Cabot, película homenajeada por Jean Luc Godard en El desprecio (Le Mepris, 1963); Su juego favorito (Man's Favorite Sport?, 1964), con Rock Hudson y Paula Prentiss... Western, cine bélico, musicales, cine de aventuras, comedias... Las películas de Howard Hawks tienden a reiterar, de un film a otro, características que definen el estilo del director: dinamismo y vitalidad en las escenas, preferencia por la acción y afán por entretener, aparente simplicidad narrativa, concesión de libertad al actor desde el punto de vista interpretativo, profunda caracterización psicológica de los personajes definidos por sus acciones e interacciones, en esa vitalidad narrativa propia de Haws; con frecuencia  un enaltecimiento de la amistad como referente de las relaciones de los protagonistas y en relación a las mujeres, las mismas nunca pasarían inadvertidas, influyendo considerablemente en los comportamientos masculinos, con frecuencia de manera decisiva, a pesar de su aparente servidumbre al hombre. El el caso de La fiera de mi niña, un slapstick fundacional, dada su enorme influencia en no pocas películas posteriores, de sus personajes y estructura narrativa, como la divertidisima Qué me pasa doctor? (What's Up Doc?, 1972) de Peter Bogdanovich, donde  Katherine Hepburn es el motor de esta screwball comedy desplegando un escenario dominado por un caos ilógico pero humorístico donde un puñado de personajes sofisticados, excéntricos y atractivos quedan enmarañados en una y mil aventuras delirantes, a causa del impulso arrollador de su personaje, Susan Vance, en fiel representación de las heroínas de Hawks, mujeres autónomas, libres y pudientes en obstinada persecución de sus deseos y anhelos sentimentales y sociales, va a desplegar sobre David Huxley, papel interpretado por Cary Grant, un tímido panleantólogo de vida gris y monótona cuyo universo existencial va a sufrir un cambio absoluto cuando accidentalmente conoce a Susan y ... a su tigre. Un soplo de felicidad al ritmo de "Todo te lo puedo dar menos el amor, baby..."

viernes, 16 de junio de 2017

La Costilla de Adán, de George Cukor

Es inevitable regresar al universo cinematográfico que película a película, generó Hollywood en su Edad de Oro, hasta 1960 en sus famosos estudios: Twentieth-Century Fox, Metro Goldwyn Mayer, Warner Brothers, etc., en un vaivén constante de unos a otros de esos nombres propios de la Historia del Cine, que fueron logrando, vía géneros cinematográficos y talento a raudales, la concepción del cinematógrafo como el llamado Séptimo Arte. Dichos estudios tenían a miles de personas en nómina, entre actores, directores, escritores, especialistas, mecánicos y técnicos y sobre todo productores como el mítico David O. Selznick que concebían toda esta industria al servicio de películas de calidad incuestionable que finalmente tuvieran a su vez un buen recorrido comercial. La industria, al servicio del arte. Todo iba a cambiar con la irrupción de la televisión como competidora del cine y sobre todo fiascos comerciales asociados al cine de autor capaces de hundir económicamente a un estudio, como fue el caso de La puerta del cielo (Heaven's Gate, 1980) de Cimino y la United Artists, paralelamente a la irrupción de Spielberg y Lucas y el descubrimiento de Hollywood del concepto del blockbuster y el merchandising asociado a un público, el adolescente, destinado a llenar las salas los fines de semanas vía películas muy lejanas de aquellos productos teen serie b o incluso z de antaño (por recordar una de las más conocidas y más visibles: Yo fui un hombre lobo adolescente (I Was a Teenage Werewolf, 1957), de Gene Fowler Jr.). 
El ingenio, la agudeza, la inteligencia de los guionistas de la Edad de Oro era el pilar básico en el que se sustentaban las buenas películas: no hay película sin una buena historia, como le contaba John Ford a Peter Bogdanovich en uno de esos libros imprescindibles que todo cinéfilo debe leer. Entre esos guionistas destacados, cabe mencionar al matrimonio formado por Ruth Gordon y Garson Kanin, responsables del magnífico guión de La costilla de Adán (Adam's Rib, 1949) de George Cukor, quizás la película más representativa del género de comedia americana "guerra de sexos"al servicio  de Katherine Hepburn y Spencer Tracy y de esa famosa química que desprendieron como pareja cinematográfica en todas las películas que protagonizaron juntos. El humor inteligente, el ingenio, la ironía como vehículo feminista y como vía de exploración sobre el significado y practicidad de la ley al respecto de la desigualdad entre el hombre y la mujer, con secundarios de lujo, como Judy Holliday y Tom Ewell, en un escenario de eficaz comicidad, la sala judicial donde se celebra la causa que enfrenta a los dos protagonistas (otro género cinematográfico en sí mismo), tanto en el ámbito profesional como en el privado. George Cukor filma a sus protagonistas con una precisión de cirujano y esa maestría para la composición de los planos tan característica, dejando espacio libre a las personalidades de los dos famosos protagonistas. A recordar, en tal sentido, la secuencia magistral con la que arranca la película: Cinco minutos de cine mudo, con suspense y comedia a raudales, en los que seguimos a una mujer en su plan de vengarse de su marido infiel y que generará toda la trama de esta inolvidable película, un clásico imprescindible. 

domingo, 11 de junio de 2017

Déjame salir, de Jordan Peele

Déjame salir (Get Out, Jordan Peele, 2017) es una muy singular película de bajo presupuesto (siete millones de dólares) que ha suscitado admiración entre la crítica especializada, a pesar de ser una opera prima de un actor secundario en películas de escasa calidad y que se trate de un film fallido. Sin embargo, son más las virtudes que los posibles defectos, los ofrecidos por Déjame salir, una sorprendente mezcolanza de ciencia ficción, terror y de denuncia social hacia una xenofobia omnipresente en EEUU, incluso en los sectores de izquierda aparentemente más progresistas, en los que se focaliza la película. Las influencias cinematográficas, por otra parte, presentes en el film, son abundantes: John Carpenter, John Frankenheimer y su Plan diabólico (Seconds, 1966), impresionante película injustamente olvidada, Stanley Kramer y su fundacional Adivina quien viene esta noche (Guess Who's Coming to Dinner, 1967), Roman Polanski y La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968), entre otras. Peele combina las líneas narrativas de su película con un notable pulso narrativo y una brillante composición de las escenas al servicio de una narrativa fílmica cuyo objetivo es sugerir y provocar, in crescendo, inquietud en el espectador; es ejemplar, en tal sentido, cómo se filma la llegada del protagonista y su novia, Chris y Rose al hogar de ésta: un plano general, lejano, en el que los personajes se saludan, a la entrada de la casa, sin poder distinguir a los padres de la chica; un breve travelling de retroceso que permite entrar en el plano a un criado negro, visto de espaldas: hemos visto la escena desde su punto de vista subjetivo para que finalmente, el verdadero protagonismo de la escena sea la casa misma, una mansión sureña inquietante. El terror que Peele nos plantea es el sugerido por las situaciones cotidianas: una aparente amabilidad de los padres de la chica y una naturalidad ante su condición de hombre de color que parece generalizarse a todos los vecinos. Una aparente ausencia de prejuicios en una amplia comunidad de personas progresistas y sonrientes pero con elementos que no dejan de provocar desasosiego al protagonista: la presencia de personas de color, bien en tareas de servicio doméstico o como uno de los miembros de la comunidad de vecinos, cuyas actitudes con Chris son sorprendentemente groseras; la madre de Rose, capaz de hipnotizar al protagonista... Como en la película citada de Polanski, el terror se oculta bajo la superficie de una cotidianeidad que se intuye artificiosa y en el caso de esta película, descubriendo sustratos donde la posición social y el color de la piel son elementos al servicio del sector más acomodado de la raza blanca, incluso de su inmortalidad, cuando el film se adentra en las vertientes del género de ciencia ficción sin dejar de constituirse como una cruel metáfora de la pervivencia de la esclavitud. Los únicos elementos que deterioran el impecable pulso narrativo de Peel son las secuencias oníricas, innecesarias y la introducción, forzada, del humor, a través del esperpéntico amigo del protagonista, así como su secuencia final, un singular anticlimax escasamente convincente. Pero por encima de todo, una película ejemplar en su propuesta y sobre todo su puesta en escena, sin duda uno de los más originales films de terror del año, muy recomendable.  


viernes, 2 de junio de 2017

Edén al Oeste, de Costa Gavras

Edén al Oeste (2009) es una coproducción de Grecia, Francia e Italia en la que se narra las desventuras de un inmigrante ilegal, Elías (Riccardo Scamarcio), que busca su oportunidad vía utopía europea y París como destino de sus sueños. El tratamiento de fábula de la historia no oculta, en el ejercicio de estilo Costa Gavras, la tragedia del protagonista y el drama de los inmigrantes que buscan desesperadamente una oportunidad para una vida mejor; lejos del tratamiento trivial y rehuyendo tópicos, el protagonista se ve obligado a sobrevivir en situaciones delirantes y premeditadamente chapliniescas, huyendo constantemente de la policía en un recorrido por toda Europa, con evidentes referencias a Homero y a su Ulises.: varias mujeres se enamoran de Elías e intentan retenerle, como Calipso y Circe en la Odisea. Más adelante es víctima de la explotación laboral en una fábrica de reciclaje de televisores, episodio que recuerda al de la cueva del Cíclope, pero también a Tiempos Modernos, de Chaplin. Cruza una frontera escondido en los bajos de un camión, igual que Odiseo escapa de Polifemo oculto entre las ovejas. Las situaciones se suceden entre la fábula, la aventura y el dramatismo; Elías arriba a una playa nudista que pertenece a un resort veraniego donde el contraste entre su precariedad y el lujo se revela a medio camino entre el drama y la comedia, gracias a la magnífica interpretación de Scamarcio en la dulce composición de su personaje, constantemente sorprendido ante unas circunstancias que le desbordan y a las que debe hacer frente con improvisación e imaginación, logrando bondades (la mujer con la que tiene una relación en el resort, la transeunte de Paris que le regala una chaqueta, los camioneros que le dan cobijo) y venciendo maldades (el conductor que le arrebata su dinero, el matrimonio que tras acogerlo, obligan a que se baje en mitad de un paisaje nevado). La xenofobia, por otra parte, es explícita, en toda la película: “En Francia hay mucha gente que pregunta indignada a los inmigrantes si se sienten franceses. Es una cuestión mal planteada. De lo que se trata es de si ellos los consideran como tales. A partir de ese momento es cuando lograremos crear una verdadera integración. Cuando se habla de este asunto es fácil olvidar que un 30% de la sociedad francesa está compuesta por personas que provienen originariamente de otro país”, declaraba Costa Gavras en una entrevista, extranjero él mismo en Francia. El realismo mágico impregna toda la película, al servicio de una tesis de múltiples lecturas sobre el drama de la inmigración, rehuyendo el dramatismo exarcebado, en un magnífico ejercicio de estilo que convierte a este film en algo muy especial, todo un festín de semiótica cinematográfica, en una película necesaria e imprescindible, con un final abierto: si bien el mago al que busca Elías en París rechaza a éste (con un ejército de policías situándose simultaneámente tras el protagonista, de nuevo Chaplin), la magia parece continuar: Elías cree iluminar la Torre Eiffel con la varita que el mago que le ha regalado y se dirige, ilusionado, hacia ella. La esperanza, es el mensaje de Costa Gavras,  debe continuar.
  
 



domingo, 28 de mayo de 2017

Lion, de Garth Davis

Un niño llamado Saroo, de cinco años, interpretado magistralmente por Sunny Pawar, vive en una pequeña población de la India, en condiciones míseras pero sin embargo feliz junto a su madre y hermanos. Por una serie de circunstancias, se quedará dormido en un tren que le llevará hasta Calcuta, en la que perdido y desemparado, sobrevivirá durante meses hasta que es llevado a un hogar abarrotado de niños abandonados en el que será adoptado por una pareja australiana  (Nicole Kidman y David Wenham). Transcurridos los años, el niño se ha transformado en un hombre (interpretado por Dev Patel) cuyos recuerdos de una infancia truncada le persiguen y le obsesionan: utilizando herramientas digitales logrará localizar el pueblo que abandonó con cinco años y emprenderá un largo viaje desde Australia para reencontrarse con su pasado. 
Saroo Brierley escribió su libro autobiográfico sobre su singular singladura vital, A Long Way Home y se publicó en 2014. En la pequeña villa cuyo nombre desconocía, llamada Ganesh Talai, ubicada en Khandwa, Madhya Pradesh transcurrió su infancia hasta los cinco años, hasta ese día en que toda su existencia cambia abruptamente.  Garth Davis, en su primer largometraje, tras ciertas experiencias en televisión, demuestra un notable pulso narrativo y sobre todo un sentido de la elipsis magistral, al plantear en imágenes los hechos descritos por Saroo en su libro. Resulta ejemplar, en la escena de la estación del tren, en la que el hermano de Saroo deja a éste que duerma en un banco prometiendo que volverá enseguida, la mirada subjetiva del protagonista: su hermano desaparece, literalmente, en la oscuridad, como tragado por la misma; es la última vez que verá al mismo, antes que sus ojos se cierren, vencidos por el sueño. Al despertar, la soledad absoluta ha invadido dicha estación, metáfora visual del destino del protagonista. Por otra parte, lejos de la truculencia, las visicitudes de Saroo perdido en Calcuta son sutil y trágicamente sugeridas visualmente : huyendo, desesperadamente de unos hombres que se dedican a capturar a todos los niños que como él, duermen en los túneles de la estación de tren. Huyendo del destino incierto que le brinda una pareja de actitudes inquietantes que en principio, parece acogerle en Calcuta. Observando como los guardias del orfanato estatal despiertan por la noche a un niño, que grita desesperado. El horror está presente en todas las situaciones que vive Saroo durante los meses que mendiga por Calcuta, omitiéndose en la película su concreción: el horror se evidencia en sugerir las mismas. Cabe reseñar la interpretación de Sunny Pawar, al respecto: una mirada que refleja desesperación, tristeza y un instinto de supervivencia que le permitirá sobrevivir a duras penas a un destino cruento, del que escapa, rumbo a Australia, adoptado por una pareja con la que vivirá hasta cumplir los 21 años. Con la llegada de otro niño indio al hogar, con evidentes problemas de salud y un abrazo de Saroo a su madre adoptiva, Garth Davis introduce una eficaz y eficiente elipsis que mostrará a Saroo, ya un hombre, interpretado por Dev Patel, integrado en las coordenadas de su nueva vida en Australia y con una obsesión que marcará la segunda parte de la película: la vuelta a sus orígenes, a sus recuerdos, el verdadero tema de fondo del film.
La memoria sentimental del protagonista gira a torno a su infancia truncada, a sus recuerdos, que se visualizan intensos: la cantera donde trabaja su madre, las peripecias en busca de una supervivencia día a día con su hermano mayor, sus carreras por las calles de esa localidad cuyo nombre desconoce pero que las nuevas tecnologías van a permitir que la encuentre, convertidos sus recuerdos en una obsesión que arrastra a Saroo a buscar y reencontrarse con sus orígenes. Un reencuentro marcado por las emociones y la conmovedora necesidad del protagonista de regresar allá donde sus sentimientos reclaman su vuelta. El montaje alternativo Saroo adulto / Saroo niño en su regreso a  Ganesh Talai muestra la esencia de la naturaleza humana, asociada a la intensidad de las emociones y los recuerdos de la infancia, indisoluble de nuestra propia personalidad, de nuestra manera de ver el mundo, de nuestras propias existencias, pero también del afán de superación vital que marca toda la vida del protagonista, que logra finalmente abrazar a su verdadera madre y posteriormente, en una escena documental, lograr que sus dos familias se encuentren en esas calles en que transcurrieron su infancia, nunca olvidadas, encuentro que cierra la película, desbordante de emotividad, ternura y una lírica que contagia, que forma parte inherente de nuestras vidas, a condición, como hace el protagonista, que la dejemos crecer en nuestro interior y que forme parte de nuestra manera de ver, sentir y vivir. En los títulos de crédito, finales, un alarmante dato: Más de 80.000 niños se pierden en India cada año. La productora de Lion, See-Saw, espera llamar la atención mundial sobre este problema y sobre la necesidad de ayudar a las organizaciones que trabajan para resolverlo, a través, necesariamente, de una solidaridad activa y comprometida, como la que personifican la señora Sood, que dirige orfanatos en Calcuta e hizo posible la adopción del protagonista por ejemplar matrimonio que acogen en su hogar a Saroo y a otro niño indio, una historia paralela de fraternidad y fidelidad que encarna, en el rostro de Nicole Kidman, el mejor y más loable ejemplo de compromiso hacia los más necesitados, en su entrega al protagonista y la más contundente de las acciones humanitarias frente a la xenofobia: no en vano, tras sus desventuras y desgracias vitales, Saroo vuelve a sonreir, de nuevo, al contemplar por primera vez a la que será su segunda madre. Una película magnífica, necesaria, ejemplar, de múltiples lecturas al servicio de la sensibilidad y una toma imprescindible de conciencia ciudadana al respecto de la infancia más desprotegida.  
 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Los frustrados


No toleramos que nuestros proyectos, metas incluso deseos se conviertan en irrealizables. Convertimos, con frecuencia, dichos deseos en una necesidad de resolución inmediata que nos lleva, con frecuencia, a sentimientos de decepción que amenazan con volverse perennes, cada vez que nos sentimos defraudados con la consecución de los mismos. De la impotencia a la ira, la respuesta emocional recorre un camino que nos sume en una pronunciada desmotivación y a continuación, en el peor de los casos, si no somos capaces de canalizar nuestras propias emociones, dificultades y limitaciones, a una percepción distorsionada de la realidad, que se vuelve nuestra peor enemiga: es el muro en el que chocan, a diario, nuestros deseos. La realidad es objeto, a continuación, de toda suerte de acciones que tienen como objetivo irrealizable que acabe transformándose para parecerse, lo más posible, a nuestros propios intereses, por imposible que sean los mismos. Los problemas nunca son oportunidades para crecer con ellos, son vistos y sentidos con una intensidad desmesurada ante cualquier inconveniencia vital: al poco nos hemos convertido en monstruos, capaces de vilezas inimaginables, aún con suficiente lucidez, sin embargo, para justificarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, los culpables siempre serán los otros, convertidos en nuestro enemigo cotidiano. Los frustrados, en definitiva, tienden a destruir su hogar, transmitiendo absurdas exigencias a los suyos y transmitiéndoles a todas horas todo un torrente de impulsos negativos; impulsos que con frecuencia, se convierten en acciones absolutamente perjudiciales para la estabilidad emocional de las personas, que sufren la irracionalidad de alguien que expresa, con vociferios, su propia intolerancia a una frustración o frustraciones, convirtiendo la sinrazón en una forma de existencia. El lugar de trabajo del frustrado es una suerte de terapia para éste: en la medida que, en su distorsionada mente, todos son sus enemigos, la irascibilidad contra todos y cada uno es constante, con frecuencia visceral, acompañada de deseos inherentes de hacer justicia:  ellos son los que no saben hacer su trabajo, ellos son los conspiradores, ellos son los que quieren destruir toda esa organización laboral: el frustrado se ve a sí mismo como el héroe destinado a limpiar el mundo de semejantes personas, impropias de estar junto a él, en el mismo lugar de trabajo. Y esa ironía nos lleva a la mayor de las tragedias: al ser incapaces de canalizar nuestras propias emociones, nos convertimos en héroes imaginarios, dispuestos a llevarnos, en nuestra última caida a todos y cada uno de esos villanos que nos hemos inventado: seguimos despedazando la realidad, solo para sentirnos mejor ante la incapacidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Qué fragil, el camino que nos lleva de la cobardía al fingido heroísmo, o al revés. Y qué tiempos más complicados, como decía Julio César en La guerra de las Galias, nos ha tocado vivir, tan complicados que adultos de edades impensables se transforman a sí mismos en niños malcriados, entre rostros desencajados y vanidades que sueñan y se recrean consigo mismas. Con lo sencillo que resultaría ponerse un chandal y correr entre árboles, respirando profundamente, entregándonos, sin más, al placer de sentir nuestros propios pasos, un ratito a pie y otro caminando....   

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