sábado, 9 de diciembre de 2017

Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clásicas, muy seleccionadas, en un sofá más que acogedor. La previsión de trabajo durante aquellos días se había desmoronado por completo y el cúmulo de trabajo postergado, inexorablemente, iba seguir su natural crecimiento exponencial. Había que saber parar, de vez en cuando, así como vivir y disfrutar de la maravillosa cotidianeidad del hogar, la familia, las compras y sobre todo de la contemplación y el crepitar de esos leños que ardían y cuyas llamas me desplazaban, consciente o inconscientemente, a territorios oníricos, justo allí donde las fronteras entre lo vivido y lo fantasioso se extinguen, dando paso a los sueños.

Todos los años adquiero, vía una exitosa web de venta entre particulares, algún juguete de los que disfruté en mi infancia. A modo de ejemplo, un fuerte de madera, con sus soldados, indios y pistoleros varios. Un juego de magia muy popular en su época y desde luego mucho antes de Harry Potter. Varios muñecos disfrazados de diferentes temáticas, listos para la acción. Y si no encuentro el juguete que busco, siempre encuentro la colección completa de algún cómic (o tebeo, como se decía antes) característico de aquellos años. Un ritual que no sé si es nostalgia, añoranza o afán de coleccionismo, quizás todo al mismo tiempo. El hecho es que volver a tener entre mis manos algún objeto asociado al ocio que viví y disfruté siendo niño me proporciona momentos de singular placidez, entre cataratas de imágenes que parecen despertarse, adormecidas en la memoria, jaleadas por una sensación cercana a la euforia, que debería caracterizar esa infancia que consigue tener entre sus manos ese objeto de deseo que, al menos en otros tiempos nada lejanos, en el contexto de otra sociedad con una precaria economía en todos los hogares, había que contentarse con mirar y volver a mirar, generalmente con la nariz pegada a algún escaparate o a escasa distancia de aquel kiosco abarrotado de tebeos, juguetes y chucherías, esos paraísos soñados de la infancia.

Durante uno de estos días de puente, contacté con un particular que ofrecía una caja, sin abrir, de las más grandes que se vendían en su tiempo, recopilando hasta cincuenta y cinco juegos de mesa clásicos. Un juguete que fue un referente en todos los hogares, en su tiempo: esos juegos de mesa podían ocupar toda una tarde, incluso fines de semana, entre tableros, cubiletes y dados, al calor del hogar con amigos y familiares y entre meriendas interminables.
De la primera comunicación mediante correo electrónico y dado que este particular residía en la misma provincia, enseguida hablamos por teléfono, convenciéndome que visitara su casa, reconvertida en una especie de juguetería y librería particular, dado que tenía a la venta centenares de juguetes clásicos y tebeos de diferentes épocas. Tentado por la curiosidad, al día siguiente visité a este señor, dispuesto a asombrarme, como así ocurrió. Aquel piso era, en todo los sentidos, un auténtico museo de la historia del juguete, con objetos en estanterías, esparcidos en alfombras o directamente guardados en aquellas innumerables cajas que se amontonaban en todas sus estancias, incluidos los pasillos. Deslizándome con temor, a cada paso, a dar con mi pie en alguno de esos objetos o desmoronar una montaña de ellos, admiré juguetes de hojalata, espléndidamente conservados, trenes eléctricos, el universo entero del western con carretas de madera y lona incluidas, las mil y un caras de los agentes secretos, castillos que se montaban pieza a pieza, cajas de tamaño impensable repletas de tramos para su ensamblaje y disfrute de réplicas de deportivos a toda velocidad... No era menor el volumen de tebeos, prácticamente cualquier editorial y personaje imaginable, estaba a mi disposición, primorosamente preservados en plástico las correspondientes coleccione, en colecciones amontonadas en estanterías infinitas.

Conversando con aquel individuo de edad indefinida y cuyo aspecto afable generaba enseguida confianza, me contó que toda su vida se había dedicado al coleccionismo para su venta. Su familia había sido dueña de una famosa juguetería, una referencia obligada durante décadas, que vino a menos según los hábitos de ocio fueron cambiando. Él fue el único miembro de aquella familia interesado en seguir con la tradición familiar pero desplazando aquella ubicación tradicional, escasamente rentable desde la década de los noventa, al universo digital. Una acertada decisión, según contaba que le había sido muy rentable económicamente. Siempre hay personas dispuestas a vender y personas dispuestas a comprar, es así de sencillo, el secreto consiste en que cualquiera de esas personas te tenga como referente y tampoco somos muchos los que nos dedicamos a esto profesionalmente... me contó, mientras me mostraba aquella caja de juegos reunidos en la que estaba interesado. Viajero incansable, había estado por toda Europa, adquiriendo aquello que estaba a la venta y que pudiera tener interés para futuros compradores. La persona que vende es por mera necesidad, se lo aseguro. Y la que compra, impulsado por la nostalgia. Como usted mismo, supongo
- Debo confesarle que no estoy seguro de por qué lo hago; mi referente son las navidades, exclusivamente. Creo que no es tanto nostalgia como querer revivir, durante unos instantes, aquellos sentimientos de niño, en aquél día tan esperado - confesé. 
- ¿Pero creía usted en los Reyes Magos, realmente? - me preguntó con picardía mi interlocutor. 
- Siempre, se lo aseguro; en mi infancia, todos los niños éramos bastante más ingenuos que ahora - respondí, sin poder apartar los ojos de un espectacular autobús de dos pisos de latón. 
- Sin ingenuidad, es difícil la fantasía. La magia en la infancia es una mezcla de inocencia y deseo. Y la felicidad, colmar esos deseos desde la perspectiva del candor. Cuando dejamos de ser niños, sólo nos quedan los recuerdos de esas sensaciones. Un objeto sin valor emotivo, para un adulto, es un objeto sin encanto. Somos producto de ese resquicio, dentro de nosotros, en la que todavía quedan restos de nuestra memoria sentimental... - el discurso profundo de aquél hombre, me conmovió, en su sensibilidad. Un filósofo de su profesión, que me mostraba un juguete tras otro, según nos desplazábamos por aquella vivienda, que parecía no tener fin.

Seguimos conversando, asombrándome con sus profundos conocimientos técnicos sobre cualquier juguete que reclamaba mi curiosidad. Sabía perfectamente el año de producción, las piezas empleadas, el año en que dejó de fabricarse así como la suerte de la empresa correspondiente. Antes de darme cuenta, ya había anochecido. Pensé que tenía que despedirme de él, cuando volvió a sorprenderme, con un regalo inesperado.
- Como puede observar, es una caja de madera, estilo lapicero, de dos pisos, con una pequeña llave y pintada con vivos colores y grabados que recuerdan a la simbología egipcia. Le pido un favor: espere a estar de nuevo en su casa, tranquilamente, para dar unas cuantas vueltas a la llave. 
No quiso revelarme nada más, dejándome absolutamente intrigado. La caja era exquisita en su ejecución, pero no podía imaginar qué mecanismo podía ponerse en marcha y cómo, dada la aparente rigidez de la misma. Tras aceptar aquel inesperado regalo, que no pude rehusar y despedirnos, inicié mi regreso, sorprendiéndome que lo hacía con anhelo. Ardía en deseos de estar en mi casa, instalarme tal como había prometido y descubrir en qué consistía mi regalo misterioso.

Ya muy entrada la noche, me encontraba frente a un mesa sobre la que descansaba la caja. El interés por los juegos reunidos había quedado completamente desplazado por la intriga creciente que me había causado aquel pequeño misterio.  Por razones incomprensibles, temía dar cuerda a aquél objeto, al que observé desde todos sus ángulos. La descripción realizada por aquél singular vendedor era más que adecuada; incluso en sus dimensiones, aquella caja era muy parecida realmente a un plumier de madera, muy característico en la década de los setenta entre los escolares, de dos pisos, aparentemente completamente sellada. Tras leves intentos de los que desistí enseguida, ante el temor de estropear lo que adivinaba era un mecanismo complejo, desistí de intentar abrirla, dado que aquel objeto, por otra parte, era más pesado de lo que se podría sospechar. Aún más intrigante que aquellos pequeños jeroglíficos, realizados con suma precisión por todas sus caras, me resultó el hecho que al agitar ligeramente el objeto, se dejaba escuchar un sonido metálico apenas audible, como si algo se deslizara imperceptiblemente de un lado a otro. Todo un misterio al alcance de aquella pequeña llave, que temía girar, hasta que al fin, impulsado más por la ardiente curiosidad y venciendo esa sensación de inexplicable temor que me asaltaba, di varias vueltas a la misma.

Muy lentamente, los dos pisos giraron noventa grados, alineándose y mostrando el interior del objeto: hasta tres  cilindros de metal dorado, de escaso diámetro, por los que se deslizaban, ensartadas en los mismas, con ínfimas dimensiones, lo que parecían ser unas gemas de diferentes colores que desaparecían a la vista por un extremo y volvían a aparecer por el otro, mediante el mecanismo que debía estar oculto en la base. Conté hasta cinco en cada una de las varas de metal y comprobé, aunque fuera inexplicable, que tras cada nueva aparición, las gemas se renovaban, tanto en forma como colores, en cada uno de aquellos cilindros dorados. Sucumbí, durante bastante tiempo, a aquella magia deslumbrante y sólo salí de mi aturdimiento cuando fui consciente que el salón se estaba llenando de un humo de color azul que se desprendía de aquella caja mágica, por orificios invisibles a los ojos. Antes de que pudiera reaccionar, toda la estancia estaba completamente cubierta de aquel humo impenetrable a la vista. Aquél color había hecho desaparecer todo lo visible. Intenté desplazarme, torpemente, pero era como si no me moviera, a mi alrededor sólo aquella bruma y ese color casi tangible. Sentía que el pánico me invadía, cuando de repente, una voz surgió desde las profundidades de aquella niebla, una voz que no podía estar ahí, pero que se dirigía a mí, llamándome por ni nombre.

Continuará...

viernes, 8 de diciembre de 2017

El poema de Frost

Limpió la barra con un trapo que había vivido mejores tiempos y cumpliendo con el ritual de todos los días, abrió la puerta del bar, esperanzado con hacer caja y aliviar las deudas que le habían quitado el sueño en los últimos meses. Maldecía el día en que había cedido ante las presiones de su hijo, para hipotecar no sólo el bar, sino su propia casa para aquel crédito millonario que se había esfumado en escaso tiempo, devorado por un negocio ruinoso que sólo había servido para que el banco estuviera a diario instándole a pagar o a ser desahuciado y para que se le rompiera el alma ver a su hijo ingresar en la cárcel. Desde aquél día sabía que el fin se avecinaba, también para él. No había vuelta atrás: su modo de vida se desmoronaba, el negocio que había logrado dar de comer a él y a toda su familia, ya estaba prácticamente en manos de otros.

Recordó, mientras servía el desayuno a un cliente de los habituales, sus comienzos tras la barra del bar. Allí instalado sirviendo el café, la cerveza, las tapas, el anís y el coñac de toda la vida, se sintió en paz consigo mismo, tras una infancia difícil en la que su madre luchó por él y sus hermanos toda su vida, día a día limpiando todo aquello que le ofrecían, desolladas literalmente las manos y las rodillas, pero siempre con una sonrisa amable para con sus hijos. Cocido, lo mejor del mundo, repetía siempre que conseguía ofrecer esa comida a los suyos. Falleció de puro desgaste, no sin antes dejar bien colocados, al menos desde el punto de vista de una mujer que había renunciado a tener vida propia desde que su marido desapareció completamente de su vida, a él y a sus dos hermanos, en trabajos que podían ser ejercidos por personas sin la más mínima cualificación, como era el caso: tanto él como sus hermanos habían dejado los estudios siendo aún niños y toda su vida había transcurrido como aprendices en cualquier negocio que les daba trabajo. Habían crecido en la más pura miseria, con sueldos que apenas eran propinas y sin aprender gran cosa de ninguno de los segmentos profesionales que habían vivido, que fueron muchos. Sólo la perseverancia de aquella madre abnegada y envejecida con apenas veinte años, a base de labrar amistad, logró lo que ellos mismos nunca lograron ni buscaron, unos contratos fijos y un sueldo mensual en diferentes empresas. Uno de sus hermanos, en un negocio de maderas; otro, como aprendiz de una pequeña tienda de electricidad y a él, el más negado de todos, un puesto en un bar que con el paso de los años, sería suyo. El bar que estaba a punto de perder o que ya, de hecho, había perdido.

Aquél bar consiguió transmitirle, desde el primer día, lo más parecido al bienestar personal. Se sentía útil y el trato diario con tantas personas era de su agrado. Su vida, tras la barra, se sucedió durante años, sin que apenas fuera consciente de ello. Un día, el dueño falleció sin que nadie de su familia tuviera interés en seguir al frente del negocio y desde aquél día, gracias a el escaso dinero que tenia ahorrado y la ayuda también de sus hermanos para el traspaso, se sintió completamente realizado. Su vida le pertenecía, fruto de su trabajo, de su esfuerzo personal, fruto de sus propias decisiones sin interferencia de nadie, salvo su mujer, una prima lejana con la que estuvo obligado a casarse tras dejarla embarazada. Una mujer que como su madre, hacía todo lo posible por contribuir a la economía del hogar que habían conseguido montar con abnegado esfuerzo, fuera limpieza, arreglar ropa usada, cuidar niños o incluso ejercer de pinche de cocina: un piso de protección oficial, cuya hipoteca pagaron puntualmente, cada mes. Dichoso autobús, maldito mil veces, susurró entre dientes. El autobús que se llevó por delante la vida de aquella mujer que llegó a amar con el tiempo, cuando el hijo de ambos apenas tenía diez años. 
- ¿Qué tenemos hoy de tapeo? - preguntó uno de los mecánicos del taller de enfrente, un grupo de clientes que nunca le fallaban. 
- De todo: tortilla de patatas, magro con tomate, papas a lo pobres con huevo frito...

La mañana había pasado rápidamente, como era habitual en aquellos días en los que no podía dejar de recordar, de reflexionar. La tristeza había hecho mella en él hasta tal punto que la vida parecía pasar por su lado, apenas rozándole. Simplemente, hacía su trabajo, comía, dormía y se recreaba en recuerdos que pudieran menguar esa desazón que lo devoraba. Una rutina que solo rompía una vez por semana, cuando iba a visitar a su hijo en la prisión, portando la comida que había elaborado con mimo, el día anterior. El rato que estaba con él, volvía a vivir, a sentir sensaciones, emociones. Era ya un hombre adulto, de treinta años, pero él lo seguía viendo con aquellos diez años que fue la edad en la que perdió a su madre y tuvo que recibir como único cariño el de su padre, que se entregó a él cada día. No podía tolerar carencias en su hijo, como las que él mismo había vivido, de ningún tipo, sobre todo afectivas y ejerció de padre y de madre día a día, recreando a la suya propia en todas sus acciones: su hijo creció feliz, finalizó una carrera universitaria, hecho éste que no se cansó de repetir a todos sus clientes y parecía encaminado a una existencia dichosa, cuando consiguió aprobar unas oposiciones. ¿Quién le metería la idea de aquél negocio ruinoso?,  se repetía a sí mismo, cada día. Miró el reloj: la noche había ya transcurrido, con la película en televisión finalizada. Era el momento que más temía, acostarse y no poder conciliar el sueño. No podía alejar de sí mismo la imagen, inexorable, de sí mismo, viviendo en una residencia de tercera categoría, la que pudiera permitirse con el dinero de su jubilación, sin techo propio, deambulando entre otros desgraciados que como él, estaban destinados a morir entre extraños. Le aterrorizaba sólo pensarlo, pero había logrado aminorar el miedo inventando una fantasía en la que veía a su hijo salir algún día de la cárcel y prosperar, convirtiéndose incluso en una persona de prestigio profesional. Una quimera que había construido noche tras noche, en forma de lejana esperanza y que le permitía, no sin dificultad, lograr conciliar el sueño, según transcurrían las horas nocturnas.

Pronto llegó el día en el que el banco cumplió sus amenazas. Ni siquiera los muebles de su casa le pertenecían, ni los enseres de cocina de su bar. Sólo le quedaba para sí los álbumes de fotos, así como su propia ropa. Toda su vida había quedado reducida a una maleta, que transportó hasta esa residencia que había gestionado, confirmando desde la primera visita, sus peores sospechas. Un sitio de aspecto cochambroso, con funcionarios vencidos por la rutina y una habitación que se asemejaba a la de cualquier pensión económica.

Allí transcurrieron los días, los años, en una rutina sin fisuras: desayuno, juegos de mesa, tiempo libre que prácticamente nadie usaba para salir, almuerzo, televisión, cena... Se había ofrecido para ayudar en la cocina, explicando toda su experiencia en el bar, pero fue inútil: él había venido a descansar,  que era la frase que repetían, constantemente, todos los que allí trabajaban. Había logrado, no obstante, hacer amistad, entre muchas de las personas que como él, estaban allí olvidadas por el mundo y aficionarse, obligadamente, a la lectura, para matar las horas, en aquella escasa, incómoda y mal iluminada biblioteca. Cada día, el espejo le devolvía su propia imagen, más que envejecida, destrozada. Todo su rostro se había descolgado, su pelo era apenas un recuerdo y todos los huesos de su cuerpo crujían, al menor de los movimientos. Se sentía cerca del final, que para su sorpresa, transcurría con calma, sin sufrimientos, con una conciencia ajena al desasosiego. Todos los que compartían sus días en aquella residencia se habían contado, muchas veces, la historia de sus vidas y había logrado relativizar la suya propia. Como él mismo, la mayoría apenas tenía visitas de familiares y el dolor que le provocó su hijo, tras salir de la cárcel, que prácticamente nunca fue a visitarle, fue a menos gracias a esa solidaridad compartida, obligada, entre todas aquellas personas de edad cada vez más avanzada.

Jamás había escrito apenas un párrafo, pero aquella inédita afición por la lectura le llevó de una manera natural a escribir un diario. Se lo regaló, unas navidades, un hombre culto cuya vida había transcurrido entre avatares aún más desgraciados que los suyos. Escribir te ayudará, pero hazlo siempre con juicio, dejando atrás la ira, le dijo éste, aquel día de navidad. Y eso hizo: convertir aquel dietario en su propia voz, que contuvo siempre para que fuera reflejo de sí mismo, no así de su simple estado de ánimo. Escribió cada noche, antes de dormir, al menos una página y a ese dietario le siguieron otros dos. Todos ellos los recibió su hijo, cuando le comunicaron el fallecimiento de su padre, por causas naturales. Había expirando en pleno sueño nocturno.

El destino del hijo de aquél sencillo hombre, contra todo pronostico, había transcurrido de forma afortunada, según transcurrieron los años. Había dejado atrás la fausta experiencia de la cárcel y se había situado, esta vez con fortuna, en el negocio de las inmobiliarias, rehaciendo por completo su vida tras casarse con una compañera de trabajo. Aquella fantasía que había alimentado su padre, para lograr conciliar el sueño entre tanto infortunio, se había materializado: su hijo era realmente una persona bien considerada en el sector de su profesión. Un hijo entregado a su trabajo, a su propia familia, huyendo hacia adelante de su pasado y que nunca tuvo tiempo para su padre, que había fallecido sin apenas saber nada de su nueva vida, quizá porque formaba parte, precisamente, de ese pasado que no quería volver a recordar. Decidió, consciente o inconscientemente, romper con todos los recuerdos, volver a empezar para poder volver a vivir.

Aquella noche, de vuelta a casa tras el entierro, al que sólo acudieron él y su mujer, comenzó a leer los diarios de su padre. La sorpresa inicial se transformó en rendida admiración, sin dejar de dar crédito a lo bien que escribía su padre, una persona prácticamente analfabeta, así como a la profundidad de sus reflexiones, una lección de vida que se desprendía de cada una de aquellas páginas en las que volvió a vivir su infancia, volvió a sentir a su madre junto a él y a recordar tantos y tantos días de su propia vida, entre recuerdos que se volvían intensos y emocionantes. Comprendió que había cometido el mayor error de su vida, al desprenderse de todos ellos y sobre todo de su propio padre, al que ahora anhelaba profundamente, pero que le volvía a hablar, desde aquellos párrafos que leía y releía con fruición. Amanecía cuando su mirada recorrió cada palabra de las últimas escritas por su padre, horas antes de fallecer. Había copiado un poema de Frost:

"La naturaleza verde es como el oro, es difícil retener su color. Su primer brote es una flor, pero solo dura un instante, luego una hoja sustituye a otra y el edén se torna melancólico. Así le ocurre al amanecer. El oro no permanece". Creo que significa que eres oro cuando eres niño como la hierba. Cuando eres niño todo es nuevo como el amanecer. Lo mismo ocurre con la puesta de sol, es oro siempre que nos paremos a mirar, que nos detengamos para contemplar que el mundo está lleno de cosas buenas. Debemos evitar que el edén de nuestras vidas se marchite, basta con detenernos, mirar a nuestro alrededor y sentir que nosotros también somos, si queremos, oro reluciente. No importan los infortunios, sólo cuenta lo bien que logremos sentirnos, cada día de nuestras vidas... 


martes, 5 de diciembre de 2017

Godot


Vladimir: ¡Qué! ¿Nos vamos?
Estragon: Sí, vámonos.
No se mueven. 

Vladimir: Si no nos movemos, no podremos irnos. 
Estragon: Es lógico.
Vladimir: ¿Nos movemos?
Estragón: No estoy seguro, he acabado sintiéndome a gusto aquí sentado. Déjame pensar.
Se quedan inmóviles.

Vladimir: ¡Qué! ¿Nos movemos? ¿Nos vamos? 
Estragón: Podemos movernos, sin necesidad de irnos
Vladimir: ¿Si no nos vamos, para qué queremos movernos?
Estragón: Puede ser divertido. Probemos: nos levantamos, hacemos palmas y volvemos a sentarnos. 
Vladimir: Vamos a probar. A la de tres: uno, dos y tres.
Se levantan, tocan palmas simultáneamente y se vuelven a sentar.Se miran fijamente, en silencio.

Estragón: ¿Qué decías? Vayámonos, ahora.
Vladimir: Me has despertado, dormía plácidamente. He soñado con una ciudad en la que todos sus habitantes acordaban dar un zapatazo contra el suelo, el mismo día, a la misma hora.
Estragón:  Eso me recuerda que hace semanas que no me corto las uñas de los pies (se descalza)
Vladimir: Me estoy preguntando: ¿Acaso duermo en este instante? Mañana, cuando crea despertar, ¿qué diré acerca de este día? Por cierto, tus pies huelen horriblemente. 
Estragón: Recordarías el olor de mis pies y este único árbol, en el que no se posa ningún pájaro.
Vladimir: Sin embargo, cabe la posibilidad de no estar equivocado. Todo esto es un sueño, nada existe. 
Estragón: Si así fuera, ¿qué hacemos esperando a que venga alguien que no existe? 
Vladimir: Porque quizás venga, a pesar de todo. ¿Nos vamos? 
Estragón: Si, vámonos. Pero si viene, no nos encontrará. 
Vladimir: Entonces, debemos seguir esperando, por si acaso viene.
Se quedan en silencio. Irrumpe un muchacho. 

Muchacho: Soy otro muchacho, distinto a los que ustedes han conocido en otras ocasiones. Vengo a anunciarles que Godot aparentemente, no vendrá hoy, pero vendrá mañana por la tarde.
Estragón: Oye, muchacho, ¿ha sido Godot en persona quien te lo ha dicho?
Muchacho: Es algo que no podría inventarme. Demasiada responsabilidad y aún soy un niño. 
Vladimir: Está bien, esperaremos a mañana
El muchacho desaparece. Vladimir y Estragón miran al vacío y acaban mirándose entre sí.

Estragón: ¿Y si el muchacho miente? A mí no me parece ningún niño.
Vladimir: Más bien parecía un adulto que quiere seguir siendo un niño
Estragón: ¿Cuántos años tienes Vladimir?
Vladimir: Nací en el 52. Muchos
Estragón: Los mismos que yo. Y desde luego, no me siento niño. Aunque tampoco un anciano.
Vladimir: Ojalá recordara mi infancia. Supongo que fue feliz. O quizás no, cuando eres un niño, no eres capaz de distinguir entre felicidad e infelicidad. 
Estragón: ¿Es capaz de hacerlo un adulto? 
Vladimir: Claro que sí. Prueba a ello: ¿eres feliz o infeliz? 
Estragón: Feliz no sé; infeliz no sé; pero me gustaría estar enamorado, eso sin duda.
Vladimir: A mi no, demasiada responsabilidad. Preferiría ser artista de circo.
Estragón:  Puestos a elegir, sería artista callejero. Siempre me he preguntado cómo es posible tragarse un sable.  
Aparece Lucky, dando saltos.

Lucky: Os vengo a anunciar que ya no soy un esclavo. He dejado a Pozzo.
Vladimir: Incluso hablas. ¿Cuándo recuperaste la voz? 
Lucky: Ocurrió justo en el momento que me puse a correr y dejé atrás al cruel Pozzo. 
Estragón: Eso merece un aplauso. No todos los días hay un Pozzo al que despistar. 
Los dos aplauden a Lucky, que hace una reverencia y se sienta en el suelo, entre ambos. 

Vladimir: ¿Vas a esperar tú también a Godot?
Lucky: ¿Por qué no? No tengo nada mejor que hacer
Estragón: Si vas a esperar junto a nosotros, cuéntanos qué tal el mundo, para entretenernos. 
Lucky: No hay mucho que contar. Sigue igual que siempre. Unos mandan, otros obedecen y los días pasan. 
Vladimir: Ah, como nos aferramos a las tradiciones. 
Estragón: Tradición es mi sombrero hongo y también el tuyo.
Lucky: Yo no tengo sombrero. Me temo que no podremos hacer el famoso número. ¿Sabéis que ya nadie lleva sombrero, salvo las mujeres en ocasiones muy especiales?
Vladimir:  Lo sabía, lo sabía
Estragón: ¿Qué es lo que sabías? 
Vladimir: Sabía que algo iba a ocurrir. O al menos, deseaba que algo ocurriera. 
Estragón: Ah, te comprendo. ¿Quién no tiene deseos, de vez en cuando? 
Lucky: Yo aprendí a vivir sin deseos; pero en cuanto tuve la oportunidad de tener uno, me puse a correr. Me pregunto qué vida habría tenido, caso de haber corrido mucho antes. 
Vladimir: No me gusta correr. Me gusta estar aquí, sentado. Es cómodo.
Estragón: Se me ocurre un juego mientras esperamos. ¿Seremos capaces de sincronizarnos y decir todos, al mismo tiempo, una palabra o una frase? 
Vladimir: ¿Qué palabra, qué frase?
Lucky: Se me ocurre una. Vamos a probar los tres, repetid conmigo: Moses supposes his toeses are roses
Estragón: Moses supposes his toeses are roses. Ya lo tengo.
Vladimir: Moses supposes his toeses are roses. Yo también.
Lucky: Muy bien. Ahora, los tres a la vez.
Los tres repiten la frase simultáneamente. Lo vuelven a hacer. De nuevo, levantándose y bailando. Finalizan, enmudecen y se vuelven a sentar. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Aprendices de brujo

Los aprendices se reúnen alrededor del brujo y se invocan a ellos mismos. En definitiva, se trata de hacer y deshacer sin más contemplaciones que el propio interés personal. Ellos no se rigen como el común de los mortales, sometidos a las Leyes. Para los aprendices no hay reglas, no hay normas y si las hubiera, basta con ser omitidas,  rechazadas o pospuestas, en última instancia, basta con no aplicarlas.
Lejos de la imaginería usual no hay sotanas ni sombreros en forma de cucurucho. Ni siquiera la música de Paul Dukas. En su lugar, trajes, corbatas y despachos con aire acondicionado, como único sonido de telón de fondo a las conjuras propias de aquellos que un día decidieron que las decisiones estaban en sus manos: cosas del poder, en definitiva. En cualquiera de estos escenarios, el brujo hace un ademán y descansa los codos en la mesa, gesto que es automáticamente imitado por el resto de aprendices. Baja ligeramente la cabeza y todos hacen lo propio. Habla y el silencio es sepulcral: su voz inspira, su voz es el summum de ese conocimiento al que todos aspiran y por otra parte son aprendices gracias a que el brujo así lo decidió. Bastaría su dedo índice para precipitarse al triste mundo donde el poder deja de existir y cualquiera de ellos daría las dos orejas para que eso no ocurriese.  Un peligro acecha: al fin y al cabo para jugar a aprendices hay que saber esquivar los riesgos que conllevan las acciones de los que se resisten a ser aprendices, esos descerebrados que invocan a la ética personal y a la profesionalidad. Constituyen el elemento más molesto de todas las molestias concebibles y desde luego, desde la mentalidad de los aprendices, el más incomprensible: ¿por qué, si es tan sencillo hacer y deshacer, pueden concebirse personas que pongan objeciones, basándose en absurdos criterios de conciencia profesional?, se preguntan los aprendices. El problema, alega uno de ellos, con aún más ganas de destacar que el resto, es que el sistema permita, lamentable error, que junto a ellos, los elegidos, puedan coexistir ésos otros que vienen a estropearlo todo, con su dichosa profesionalidad a cuestas. Por otra parte, acierta a decir otro de los aprendices, nunca he comprendido absolutamente nada cuando hablan de deontología, ¿qué es eso?, pregunta con una expresión en su rostro que refleja no sólo ignorancia, sino además un concentrado de ira, cólera y furor asesino que ha vuelto completamente rojas sus orejas.
- Bueno, bueno, no es tan grave... - clama el brujo, preocupado por los suyos - ... basta con bloquear, obstaculizar todas sus acciones, marginándolos por supuesto. O están con nosotros o están contra nosotros. La mayoría, afortunadamente, son personas inteligentes, que comprenden enseguida que una organización sobrevive gracias a que todos sus miembros acatan las reglas de la misma. Sus reglas, no otras. Y para esa escasa minoría que no quiere entender, que se resiste a comprender que esas reglas son áureas, indiscutibles y axiomáticas, simplemente os digo que la condenaremos a la más absoluta inanición... - El líder recibe una salva de aplausos y sonríe satisfecho, al comprobar la sonrisa de felicidad en el rostro de sus brujos: son como niños, piensa. Sin embargo, algo le preocupa. Sabe que no existen héroes, salvo en el imaginario popular; que cualquier persona tiene, simplemente, un precio. Y sin embargo, por increíble que pueda parecer ha podido intuir no sólo francas resistencias, en alguna de esas personas indeseables que se resisten a engrosar las filas de los aprendices de brujo. Además, esas personas, por más que pase el tiempo, por más que se arremeta contra ellos, siguen permaneciendo fieles a sus malditos principios, independientes  e impermeables a las reglas de la organización.
El brujo despide a sus aprendices y se queda en la soledad de la gran estancia, ante una mesa de grandes proporciones. Por unos instantes, ha sentido un temor desconocido. Un miedo subliminal que por unos segundos le ha sumido en hondas preocupaciones. Ha pensado que quizás, sólo quizás, ésos pocos que no quieren formar parte de la organización quizás puedan ser más en el futuro. ¿Pero tantos como para hacer peligrar unos cimientos construidos durante décadas, a base de perseverancia y un aprendizaje constante que incluye el paso de la oca? No, no es posible, se repite a sí mismo. La organización seguirá, somos ese  perpetuum mobile, inherente al poder. Y el poder seguirá siempre en nuestras manos: los aprendices de brujo somos muchos y aún son más los que desearían serlo. El brujo mira por la ventana, se relaja por completo y contempla el paisaje del mejor de los futuros. Pero la suerte hoy no está con él: identifica, a lo lejos, a uno de esos escasos y odiosos héroes, que maleta en mano, camina con paso seguro por la calle, imperturbable a coacciones, marginaciones e incluso insultos. La sonrisa que había esbozado, desaparece y de nuevo, una sombra de preocupación, se apodera de él...


martes, 28 de noviembre de 2017

Llegar

El hombre siente que "está llegando". La mujer, a su lado, tiene una expresión que se traduce como "llegar... ¿era esto?". Fuera como fuese, ambos están obligados a seguir el protocolo, allí donde quiera que hayan llegado. Sonríen, de oreja a oreja, al fin y al cabo para eso están allí, mientras contribuyen a hacer bulto alrededor de ese Mesías que micrófono en mano promete y arremete, en monótona cadencia verbal, con estudiados crescendos que deben aplaudirse y vitorearse para que el discurso vuelva a empezar de nuevo. El hombre saca pecho, sonríe aún mas si ello es posible y empuja con delicadeza a los que junto a él, forman la masa humana que aparecerá en televisión, arropando al líder. El sueño del hombre es, por supuesto, una instantánea en los medios de comunicacion, con suerte un primer plano en que se muestre, además de sonriente, interesante e inteligente. Aguantando la sonrisa, intenta elevar las cejas, para parecer interesante y a continuación se pregunta qué hacer para mostrarse, además inteligente: instintivamente, cierra ligeramente el ojo izquierdo y petrifica, de tal guisa, el rostro, evitando la mirada de incomprensión de la mujer, que alterna los aplausos con las aclamaciones reprimiendo un bostezo. La suerte hay que buscarla, piensa el hombre, impotente para dibujar en el desencajado rostro un nuevo matiz de heroicidad, empujando con delicadeza a la mujer y a todos los que se interfieren en su camino para llegar junto al líder, justo allí donde la fotografía de su vida le espera. Aplaude y empuja, arremete y logra unirse, sin desdibujar la sonrisa, al clamor milimétrico de la multitud cada vez que el líder acentúa la inflexión de su potente voz, hasta desgañitarse. El sudor recorre el rostro del hombre, pero erre que erre, rostro desencajado, avanza lentamente hasta llegar a su meta, allí donde las cámaras de televisión, los fotógrafos, hacen su trabajo. Aquí me quedo, piensa el hombre, mientras sueña despierto: un alto cargo, faltaría más; coche con chofer a su disposición; un sueldo elevado que ya se encargaría él de elevar a millonario. Pero el sueño se desvanece justo cuando la lluvia comienza a arreciar: el discurso finaliza, abruptamente, la masa humana, junto al líder, se dispersa y lo peor de todo es que es incapaz de volver a poner en orden su descompuesto rostro. La sonrisa pugna por seguir allí, las cejas y el ojo izquierdo han decidido no alterar esa composición imposible. Mira alrededor, buscando ayuda, pero la mujer también ha desaparecido. El hombre corre en cualquier dirección, bajo la lluvia, que comienza a menguar y llega hasta una plaza en la que otro mitin comienza a desarrollarse. Ya puestos, piensa: comienza de nuevo a empujar a su alrededor, mientras pletórico, vuelve a sentir que está llegando.  


sábado, 25 de noviembre de 2017

Preferiría no hacerlo

Bartleby me miró sin verme. Su mirada perdida navegaba, quizás, entre funestos recuerdos de vivencias nunca superadas, por brumas amargas de retazos de vida en forma de puñaladas, entre mares de profundas tristezas. Su única frase conocida, la única que acertaba a pronunciar, junto a esa mirada que conmovía, definían al más infeliz de los hombres, que tras su mesa de despacho, imperturbable, parecía extinguirse a ojos vista, en la más absoluta inmovilidad, inmerso en sí mismo, indescifrable a la razón si bien sus sentimientos se volvían omnipresentes en aquella estancia sumida en la penumbra, en mezcla de aciagas sensaciones e infaustas sensibilidades al servicio de la más profunda de las aflicciones.
Recuerdo mi primer encuentro con Bartleby, en un día de almuerzo familiar, en el campo. Tras la paella cocinada con leña, el café al atardecer y todo esos maravillosos tiempos muertos entre paseos, recolección de flores silvestres e improvisadas escaladas a los árboles, el atardecer se caracterizaba, en aquellos domingos, por un rato de lectura coincidiendo con el día tocando a su fin. La lectura del libro de Melville, elegido para la ocasión, constituyó una de las mayores experiencias de inmersión literaria que recuerdo. Yo estaba allí, junto al infeliz escribiente, contemplando su tragedia, compartiendo la perplejidad del narrador ante aquel indescifrable personaje y viviendo, junto a él, la tragedia de un hombre que un día prefirió no hacer nada, absolutamente nada, salvo quizás dejarse extinguir por la más absoluta inanición. La tristeza me invadió, profundamente, aquella tarde de domingo y la imagen propia que creé de aquél, el más desdichado de los hombres, me acompañó siempre, como símbolo del desconsuelo humano, si bien evité volver a leer posteriormente el magistral relato, en un intento inútil de dejar atrás tan vivos recuerdos surgidos de mi propia imaginación. Hasta hoy, que una nueva edición cayó en mis manos y la tentación superó mi débil voluntad. De nuevo, ante mi, Bartleby había aparecido, con sus ojos vidriosos y apagados, prefiriendo fallecer junto a reyes y consejeros, víctima quizás de la lectura de tantas y tantas cartas que jamás llegaron a su destino, portando esperanzas para aquellos que probablemente murieron antes de poder recibirlas, de sentirlas. 
Triste humanidad, capaz de volver aún más tristes a los hombres, devorándolos hasta el fin.

jueves, 23 de noviembre de 2017

A la sombra de Bukowski

El empleo era aún peor de lo que me imaginaba. Una estación de gasolina olvidada por el mundo y solo frecuentada por taxistas, prostitutas y algún conductor despistado. A diferencia de otras gasolineras, sus puertas estaban abiertas, a cualquier hora de la noche, para inspirar confianza entre la clientela, según singulares teorías del dueño de aquel antro, un anciano desvencijado cuya vida había transcurrido entre aquellas cuatro paredes, como un pez en una pecera. Mi trabajo consistía en recibir al cliente, llenar el depósito de su coche y cobrarle el importe en el interior de la tienda, animándole a consumir bollería industrial, refrescos, lotería e incluso charcutería. Cada noche de cada semana, a cambio de un sueldo miserable pero que en mi precaria situación económica, ese dinero se me antojaba una auténtica fortuna.
La primera noche me pareció eterna. Las horas parecían no transcurrir en un escenario desolado, por la ausencia absoluta de clientes. En efecto, aparecía algún taxista de manera ocasional, pero nada más. La zona de polígonos industriales cercana rebosaba de prostitutas pero ninguna hacía acto de presencia. Un negocio ruinoso: habían pasado cuatro horas y sólo habían repostado dos clientes. Tuve que vencer las tentaciones continuas de cerrar y ponerme a dormir y quizás lo hubiera hecho si no hubiera aparecido, de repente, en el umbral de la puerta, una de las furcias que me miraba fijamente. 
- ¿Puedo entrar? - preguntó. Observé la escasa ropa que llevaba y por lo demás, su lamentable aspecto físico. ¿Qué clase de hombre podría buscar sexo en una mujer como ella? 
- ¿Por qué no podrías hacerlo? - respondí, intentando mostrarme amable con ella. Al fin y al cabo, ambos éramos despojos. 
- El anterior empleado nos prohibió la entrada; decía que no quería sida en los lavabos... - me confesó, mientras se acercaba a mí. Visitó los lavabos, compró una lata de cerveza que consumió allí mismo sin dejar de hablarme de sus clientes, sus servicios y su independencia - Los chulos son para las más idiotas; para vender mi cuerpo, me basto y me sobro... 
Al día siguiente, ella volvió, acompañada de más mujeres que como ella, buscaban los lavabos, bebida fresca y sobre todo un descanso de la calle. Hablaban entre sí, se contaban sus penurias y sobre todo bromeaban con el penoso anecdotario a costa de clientes que rehuían mirarlas a los ojos. Entre ellas destacaba Lucy, una chica joven, de Senegal, que era como el alma de aquel grupo que fue en aumento, según transcurrieron los días. Lucy tenía liderazgo, personalidad y un cuerpo que exprimía, cada noche: necesitaba dinero, mucho dinero. 
- Quiero volver con los míos, cuanto antes; pero quiero hacerlo con dinero. Montaré un buen negocio, me casaré y tendré una vida normal, con niños - contaba cada noche al resto de mujeres. Un sueño compartido por todas, una quimera para la mayoría, desgastadas por un trabajo del que nunca podrían escapar. 
En un cajón disponía de un revolver, listo para usarse pero con la prohibición expresa de usarlo. Sólo podía exhibirlo en caso de peligro, nada más. El dueño no disponía de licencia y yo aún menos: un arma persuasiva, para situaciones extremas, que se habían dado en el pasado. Lucy acostumbraba a beberse su cerveza descansando su espalda sobre un expositor que estaba justo al lado de la puerta, mostrando, quizás exhibiendo su perfil, enmarcado en un voluptuoso cuerpo del que gustaba hablar continuamente. Dinero invertido en tetas y culo, explicaba, entre risas. Una noche tuve una visión y le cedí la pistola, a condición que posara en su sitio habitual y que pusiera imaginación al hecho de portar un arma cargada. No andaba equivocado: Lucy se convirtió, con sus posados, en una letal presencia, tan sexual como mortal, una fascinante mezcla que en su rol de mantis religiosa, no tenia rival. 
Cada noche venía buscando la pistola y cada noche representaba su papel, para jolgorio de sus compañeras. Los escasos clientes que venían a repostar no salían de su incredulidad, la gasolinera parecía regentada por prostitutas y Lucy era la líder absoluta de aquél tinglado imposible del que escapan  a toda prisa. 
Una noche, el dueño y un fornido taxista se presentaron en el local, justo en medio de la fiesta habitual. El anciano me dijo de todo y me despidió, mientras el taxista la emprendió a patadas con las chicas, que huyeron despavoridas, entre ellas Lucy, con la pistola y maldiciendo. 
Me fui a mi casa: el enésimo empleo perdido; dormí profundamente y al despertar, me obsequié con un desayuno copioso, mientras escuchaba la radio. Una estación de gasolina había ardido durante la noche. No constaban  víctimas, se habían escuchado disparos y era posible que los mismos dieran origen al fuego. Recordé a Lucy, el umbral de la puerta, dibujando su figura en el contraluz de la noche, enfrentándose sola al mundo y a los hombres, cada día. 





sábado, 18 de noviembre de 2017

Comedia del Arte

Arlequín me analiza, semioculto tras una gran jarra de cerveza, de la que bebe lentamente. Yo he preferido, en una mañana de sol radiante en Venecia un té helado. Justo en medio de ambos, Colombina se arregla por enésima vez su pelo, llamando la atención de tantos hombres de cierta edad que llenan la plaza de San Marcos. Goldoni, siempre enamorado de ella, la contempla sonriente, tras pagar unas monedas a un acordeonista para que toque alguna romanza veneciana. El músico, que parece salido de algún cuadro de Francis Bacon, nos sorprende a todos, interpretando a Brassens. Irrumpe de repente Polichinela, tan repulsivo de aspecto como inteligente en ese humor contagioso que desprende, rompiendo el momento de solaz y cantando junto al acordeonista. 
- A pesar de estar constantemente apaleado, qué máscara más alegre... - suelta Colombina, acompañando con sus palmas la improvisada canción.
Peor es pasar a la posteridad sin pronunciar ni una sola palabra... - responde Arlequín, con su habitual cinismo. 
- Entregaos a este maravilloso tiempo muerto en Venecia, criaturas... además, hablar de los ausentes significa, en esta ciudad, hacerlos presentes... - reflexiona Goldoni. En efecto, Pierrot aparece, sigilosamente, tras una columna. Primero su pierna, a continuación un brazo y de un pequeño salto, a nuestro lado. Los niños de la plaza, al verlo, corren hacia ese Pierrot que aún con el rostro melancólico de Jean-Louis Barrault, promete, con su sola presencia, toda la diversión de un mimo. El espectáculo comienza, con la expresión corporal del clown melancólico a las reacciones de los transeúntes. La plaza se llena de una alegría contagiosa. Goldoni sonríe satisfecho y obsequia a Colombina con una de las rosas que una mujer con atuendo de maga, nos ofrece, a cambio de unas monedas. 
- De vos no quiero ninguna moneda, señor, sólo quisiera ver la palma de vuestra mano derecha, si no os parece una proposición demasiado atrevida... - me susurra la maga veneciana, ante la curiosidad de general. Le tiendo la mano, sin poder resistirme a la tentación de un conocimiento disfrazado de quimeras, tal es la tradición de la quiromancia, pienso, sin poder apartar la mirada de esos ojos verdes de edad indefinida que escrutan con curiosidad las líneas de la vida. La maga se detiene en alguna de ellas, eleva el dedo índice y traza círculos con el mismo para volverse a concentrar de nuevo, inconsciente de Pierrot, que la imita a sus espaldas, para regocijo general. Al cabo de unos instantes, Arlequín venciendo su habitual discreción, se levanta de la silla y con su voz estridente, interrumpe las posibles profecías de mi maga particular: 
- Señora, no me hace falta leer su mano para saber su futuro... basta contemplar su rostro, sus gestos y adivinar sus pensamientos, que es como decir sus dudas, sus incertidumbres y quizás, en el fondo, sus propias debilidades... -  recita Arlequín, con voz prodigiosa, desplazando la atención, hasta ese momento centrado en Pierrot a su propia persona. Pierrot se sienta en la mesa, adoptando un gesto de atención y mostrando en su rostro sorpresa ante cada frase de Arlequín, gestos que los niños también imitan, entre risas y vítores hacia éste, animándole a seguir su perorata.
- ... porque este hombre es más producto de sus propias debilidades, que las afronta como retos, que de las metas que consigue en cada uno de sus propósitos... creedme si os digo que no obstante de ello, su mente no deja de trabajar, incluso dormido: piensa y vuelve a pensar, reflexiona, medita y disecciona; contempla, analiza, investiga, considera y si ello no es suficiente, vuelve a comenzar... - suelta Arlequín, cada vez más histriónico y duplicado en sus gestos por el arte del mimo Pierrot. 
- Este criado con ínfulas de filósofo tiene toda la razón, señor... - me confiesa la maga, mientras Goldoni asiente - ... Recordad que hay que vivir para vivir... dejad de lado las reflexiones y abandonaros a los momentos, según lleguen y dejaos llevar, según transcurran... 
- Si, debéis vivir para vos mismo, recordando quién sois y sin dejar de ser esa persona que tan bien conocéis en todos los momentos, a condición de que disfrutéis de ellos... - me declara Colombina, mirándome fijamente hasta que el beso, inevitable, surge entre nosotros, entre una salva de ovaciones.
- De sabios es tomar nota: en el empleo de vuestra propia vida, olvidaos de los patronos, gobernad en vosotros mismos y  junto al que os quiera. Recordad que el amor ingenioso (aquel que no es un plato de habichuelas) es el único verdadero - acierta a exclamar Arlequín, como frase final, mientras Pierrot a su lado hace gestos románticos mirando hacia una luna incipiente y la maga acaricia la calva de Goldoni, desconsolado ante Colombina. Es el momento de que todos en pie, alineados sobre el escenario, miremos de frente al publico e inclinemos ligeramente la cabeza ante los aplausos y justo antes que caiga el 
TELÓN

martes, 14 de noviembre de 2017

El vitral marino

A escasos metros, el mar embravecido, narrando historias milenarias. Presto atención a relatos que hablan de Ulises, de Simbad pero también del Kraken y otras criaturas monstruosas como el Leviatán. Una historia sobre sirenas se abre paso, entre las otras y decido escucharla, mientras apuro una bebida que me han prometido que es auténtica hidromiel, recuperada de una ánfora de barro encontrada por un buceador griego. Al beber de ella, noto en mi cuerpo una transformación asombrosa: recupero, de repente, la juventud. Si sigo bebiendo, me pregunto, regresaré al útero materno, esa caverna de Platón que nunca recordamos, pero a la que siempre anhelamos volver. 
- No me dirás que vas a establecer una ingenua relación entre la obsesión masculina por las mujeres y el útero materno...Por favor, esos tópicos no son dignos de ti - me suelta Ahab, con brusquedad, mientras me sirve un ron infernal. 
- Me gustan los tópicos: una vela que es apagada por el viento, el crujido del suelo de madera, el ruido de unas pisadas, la aparición de un marinero, en el umbral de la puerta, con aspecto espectral... - contesto, sintiendo mi estomago perforado por el ron, que he bebido de un trago, en una pose estudiada y en un rol destinado a un público invisible. 
- No nos desviemos de la cuestión... - interviene Kurtz, con una pose aún más teatral, mientras todos esperamos esa frase final que, inevitablemente, siempre repite al respecto del horror -... lo importante, realmente, es dirimir si más allá de estas líneas de texto, seguiremos o no existiendo en el inconsciente colectivo y sin que yo tenga, necesariamente, que tener el rostro de Marlon Brando. Os confieso que es cansino... 
Meditaba alguna frase ingeniosa para contestar a Kurtz, pero unos golpes en la puerta interrumpen mi, por otra parte, frágil concentración y aparece ante nosotros Anne Bonny que sonríe con una tarta entre las manos.
- Eh, Anne, hay que temer a una mujer que nunca va vestida de mujer excepto precisamente hoy... - interrumpe Corto Maltés, con una mirada que no deja lugar a dudas y que Anne sostiene durante unos segundos.
- Marino, a mi me deberías temer siempre, tenga el vestido que tenga... - responde la mujer pirata, mientras nos invita a probar su tarta.
 Un trozo de esa deliciosa tarta y otros tragos de ese ron surgido de las llamas del infierno. De nuevo, el mar brama toda clase de historias que se resisten a ser olvidadas. Me pregunto cuantas historias surgirán nuevas, en el presente, en el futuro, condenadas a que nadie hable de ellas, perdidas en los laberintos de un tiempo incansable, de recovecos inencontrables más allá del laberinto del Minotauro.
- Vamos, todos a cantar y a brindar por la belleza de Anne... - sueltan  dos tritones que agarrados por los hombros, se tambalean mientras entonan con voz cavernosa una canción que habla de tesoros escondidos y por supuesto de mucho ron.
Sandokán, muy en su rol bravío, se sube a una mesa, tras romper el cuello de una botella y brindar por Anne, exhibiendo músculos, mientras Corto Maltés lo mira de soslayo. Hermosos tópicos, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas. Salgo de entre la bruma, corro hacia la playa y tras desnudarme, no dudo en sumergirme en las acogedoras aguas mediterráneas. Infinitos relatos me esperan, en cada una de sus olas. En una de ellas diviso a  Davy Jones, en compañía de Calipso: nado hacia ellos.




sábado, 11 de noviembre de 2017

La mujer de los sueños

En el segundo día de mi viaje, conocí a la mujer del encargado de la posada donde me alojaba. Por alguna razón, no pude articular palabra cuando la vi, mientras ella me miraba fijamente. No era una cuestión de mera atracción física, era algo más carnal que sería difícil de explicar con palabras, pero semejante a esa sensación que en un museo, te recorre de arriba abajo cuando tienes frente a ti al original de esa obra pictórica que tantas veces has visto reproducida. Y es que aquella mujer de rasgos perfectos, de mirada felina, penetrante, era sin duda una obra de arte cuya visión excitaba todos los sentidos, al tiempo que los colmaba: contemplar aquel cuerpo, aquel rostro, significaba rendir tributo a la belleza femenina, en su máxima expresión cuando se encuentra con la divinidad de las formas, de unos rasgos y proporciones a cuyo lado, el resto de mujeres no podían competir, convertidas en meros reflejos de aquella diosa que ese día me miró durante unos minutos, mientras yo la admiraba, hasta desaparecer tras unas cortinas. 
Las ocupaciones que me habían llevado hasta aquella localidad perdieron cualquier interés: las desarrollé con desgana y procurando darles carpetazo cuanto antes, ante el asombro de mis interlocutores, que esperaban ver en mí a un agresivo y omnipotente representante del más grande los bancos. Incluso mi contacto en la localidad, cuando almorzábamos, se permitió preguntarme si estaba enfermo. Quizás, contesté, sin saber explicar que desde aquella mañana, ya no era la misma persona. 
Pasé horas en la sala de estar de la posada, esperando el momento de volver a ver a aquella mujer, pero mis desvelos fueron en vano. Sólo el marido asomaba de vez en cuando por la estancia, sonriendo y sirviendo la bebida a los huéspedes. Cuando anochecía, me armé de valor y pregunté directamente: 
- Celebro haber elegido vuestro hotel, con toda franqueza. La estancia está siendo muy agradable y tengo que felicitarle por el amable trato... espero, antes de irme, poder felicitar también a su mujer, creo que la vi esta mañana... - le dije a aquel hombre de aspecto afable, intentando ser lo más natural posible. Para mi desconcierto, palideció y su mirada cordial desapareció de su semblante. Unos minutos eternos se sucedieron, el uno frente al otro, antes de recibir la sorprendente, inexplicable respuesta: 
- Señor... mi esposa murió hace más de un año...- acertó a explicarme mi interlocutor, consciente de mi asombro. Insistí que yo había visto aquella mañana a una mujer, al lado del mostrador y describí su fisonomía, si acaso ello era posible, insistiendo que si bien ella no me había dirigido palabra alguna, nuestras miradas se habían cruzado por unos minutos y que no tenia dudas que era su esposa, puesto que era la misma mujer que aparecía en una fotografía al lado del dueño de la posada y que lucía tras el mostrador de la entrada, fotografía que señale a aquel hombre que me miraba con creciente incredulidad y que volvió a insistir que su esposa, en efecto presente en aquella fotografía había fallecido.
Enmudecí por completo, mirando fijamente los ojos tristes de aquel hombre, que quizás estaría pensando que me estaba burlando despiadadamente de él. Me disculpé como pude, le hablé de una lamentable confusión y que de hecho, no me sentía nada bien desde aquella mañana, algo que además era cierto. Con estas excusas, me escapé a mi habitación, haciéndome servir una botella de brandy y un té con leche que consumí al calor del fuego de la chimenea, haciéndome muchas preguntas, sin encontrar ninguna respuesta, hasta que el sueño llego junto a la embriaguez. 
Volví a ver a aquella mujer, cuyo nombre desconocía, en imágenes oníricas que se sucedían a mi alrededor. Corría tras ella, por las estancias de la posada y fuera de ella, sin lograr alcanzarla, hasta que llegamos a un bosque en cuyos árboles parecía esconderse. Su voz era dulce, sensual, en forma de cántico y me llamaba constantemente, en aquel trayecto sin fin en el que, continuamente, cuando parecía estar junto a ella, aparecía de repente lejos de mi. Desesperaba por llegar a ella, alcanzarla, tocarla, a pesar que las fuerzas parecían abandonarme. Sólo cuando caí de rodillas, extenuado, apareció junto a mí y entonces pude abrazar sus piernas, llorando de emoción. Le confesé todos mis sentimientos, le rogué que permanecería a mi lado y seguí declarando todo mi amor hacia aquella mujer que finalmente abracé y besé, sintiéndome el más feliz de los hombres, llorando como un niño entre sus brazos, mientras aquel bosque comenzaba a ser devorado por un fuego devastador que nos rodeaba a ambos. Nos desnudamos, hicimos el amor rodeado de llamas, bajo las estrellas, extasiados de placeres que nadie había jamás sentido: levitamos más allá de las copas de los árboles, sin dejar de mirarnos, de sentirnos. 
Y entonces desperté, justo en el bosque soñado, completamente desnudo y lejos de la posada que ardía como la yesca. Miré, busqué, en todas direcciones, pero ella había desaparecido, tal como desapareció hacía más de un año, cuando falleció. Nunca más volví a verla, por más que intenté, al menos,  volver a sentirla, durante el resto de mi vida. 


martes, 7 de noviembre de 2017

El hombre que volaba

Ajeno a la realidad, el hombre se pasea con las manos en los bolsillos. Imposible recordar sus últimos momentos de lucidez: vivir significa recrearse en sus propias fantasías, ciego a los acontecimientos y a las personas. A su lado, Perceval Le Galois y .Lancelot Du Lac con toda la parafernalia de armaduras, escudos y lanzas; justo detrás, un tosco vikingo que canta con todos sus pulmones una anciana balada de épica y romanticismo. Su deseo, en una mañana de crudo invierno, es encontrarse con Sherezade, si bien no sabe donde encontrarla. Lancelot le susurra que probablemente allá donde el castillo se alza y entonces nuestro hombre sonríe feliz, al recordar su último cuento, aquél que dejó inconcluso su amada con palabras que parecían levitar a su alrededor.
El castillo aparece ante su mirada, desolado y con tintes de amenaza. Perceval le recomienda prudencia, pero el vikingo, hacha en mano, destroza la puerta, con decisión. Todos entran y comienzan a subir la empinada escalera de caracol, carcomida por el tiempo y por el olvido. Nuestro hombre cierra los ojos, con cierto disgusto: no hay música en la escena que está viviendo, que está imaginando. Un juglar aparece en escena y su laúd es del agrado de todos menos de Lancelot, que sospecha de una posible celada en las almenas: saca su espada y avisa del peligro. Sus temores no son infundados: maza en mano y aspecto grotesco, un ogro espera su llegada. Pero al hombre le parece demasiado tópico este personaje y decide sustituirlo por un esqueleto con cuatro brazos. Un esqueleto con cuatro espadas, mucho más terrorífico, se dice a sí mismo. Y ahora, una lucha terrible, que se resolverá favorablemente para nosotros, mientras Sherezade nos contempla desde una de las ventanas. La lucha se sucede, resultan heridos levemente Perceval y el vikingo y un beso final del protagonista con su amada debería coronar la épica escena. Pero no, no es original; la epica y el romance son inevitables, pero todo esto es excesivamente lineal. Debo volver a empezar...
El hombre se ve a sí mismo, de nuevo, andando, esta vez por un frondoso bosque. A su lado, Scherezade, agarrada de su brazo, le susurra cuentos infinitos. Alrededor de ellos pulula Puck, travieso en compañía de otros duendes. Pájaros, rayos de sol filtrándose entre las copas de los árboles, una música que surge de una lira... y ahora, el peligro, piensa. Un galopar de caballos en cuyas grupas se sostienen unos templarios de amenazante aspecto. Mucho mejor, piensa el hombre, mientras desenvaina la espada. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Fundido en negro

El hombre chasquea los dedos mientras su cuerpo interpreta la coreografía tantas veces ensayada. Las luces se posan en él y la música irrumpe en el escenario, simultáneamente a la aparición de todo el cuerpo de baile, que lo rodea, al unísono, uniendo sus cuerpos a los cronometrados movimientos del baile que marca la coreografía, inundando de emociones cada rincón del teatro. Telón y un nuevo atrezo para un escenario que vislumbra un arriesgado pas de deux, dada su evidente dificultad técnica: a la entrée  le sucede el adagio, las dos variaciones donde ambos bailarines se lucen y una coda final que corta la respiración de todo el patio de butacas, que aplaude durante varios minutos, agradeciendo ese viaje emocional e intenso a territorios oníricos. 
Al salir, la lluvia ha irrumpido sobre el asfalto. La gran ciudad es un charco imposible de esquivar: mis pies notan enseguida la humedad y decido refugiarme en un bar cercano, más atraído por su música que por sus neones: qué grande Ellington,, que es capaz de concentrar los pasos perdidos de tantos transeúntes, incluidos los míos, una vez instalado en la barra, con un brandy doble que me reconforta del chaparrón. El camarero no da de sí, corriendo literalmente de un lado a otro de la barra, en un bar atestado y a pesar de estar prohibido, repleto de humo. Pyramid se abre paso, entre conversaciones, griteríos y miradas que desean encontrarse: incluso yo me topo con la que me está esperando, una mujer que estando acompañada, me mira fijamente, desde su soledad. Le devuelvo la mirada, que intento sea amable y vacío mi copa de un solo trago, sintiendo hervir mi estómago. De nuevo, la calle, la lluvia, acompañado de esa mirada que no puedo dejar atrás. 
Neones, ocultos por las cortinas de agua; ruido de automóviles que esquivan a los peatones y un callejón por el que siempre recorto unos metros de distancia hasta mi apartamento: un sofá acogedor y una selección de música me esperan, me digo a mí mismo, superando el desasosiego de sentir todo el cuerpo empapado por la lluvia. Una sorpresa me espera, al final de ese callejón: un individuo con ojos inyectados en sangre, que parece tambalearse. Me pide, tartamudeando, la cartera, mientras siento el  filo de una navaja amenazante sobre mi garganta. No soy ningún héroe, pero mi instinto de conservación se impone: salgo corriendo, seguro que ese zombi no va a poder alcanzarme, si bien siento sus pasos pisándome los talones, antes de alcanzar de nuevo la avenida principal y coger un taxi. Tiemblo, en el trayecto, quizás de frío, quizás de miedo. 
Al fin, mi cuerpo descansa en el sillón soñado, tras una ducha. La música seleccionada, una selección de privilegiadas voces femeninas de jazz, acompaña mi somnolencia, interrumpida por el teléfono, siempre inoportuno. Es una voz femenina que se presenta a sí misma como la mujer que cruzó la mirada con la mía y que insiste en verme inmediatamente. Le doy mi dirección y espero, intrigado por tener respuestas al hecho de que una desconocida conozca mi número de teléfono. Fuera, la lluvia arrecia; consumo el cigarro con parsimonia, mientras la voz incomparable de Billie Holiday me susurra: Blue moon, Now I'm no longer alone, Without a dream in my heart, Without a love of my own... Entonces, suena el timbre de la puerta. 


domingo, 29 de octubre de 2017

En la biblioteca circular

Una biblioteca familiar, sin inventariar, sin clasificar. Una tarea pospuesta durante toda la vida, viendo crecer, año tras año, de forma imparable, el volumen de libros y siempre en el marco de la misma pregunta: ¿Cuántos volúmenes?. Alrededor de un millón, me contestó siempre mi padre, cuando yo era aún un niño y mucho después. Una cifra que quizás era un deseo o tal vez, un temor. Fuera como fuese, mi infancia transcurrió, en gran parte, entre aquel hipotético millón de libros, rodeado de todos los clásicos que se abrían paso desde sus estantes, alentando poderosamente mi imaginación desde aquellas portadas que antes de comenzar a leer su contenido, el libro que tenía en las manos, fuese de Salgari, Verne, Dumas, Rider Haggard, P.C. Wren, Twain, London, Kipling, Richmal Crompton y tantos otros, me prometía un universo de aventuras, experiencias y personajes inolvidables. 
Extenuado del juego en la calle, de la bicicleta y de unos muñecos articulados, tal como exponía la publicidad de su tiempo, elementos que marcaron mi infancia, corría, con el pijama puesto y sin apenas haber digerido la cena, a aquella biblioteca que constituía una cita ineludible cada noche, a pesar de los gritos de mi madre para que me acostara. Me sentaba en el suelo, al pie de alguna de las estanterías y leía con voracidad, olvidándome del tiempo y de mí mismo. Navegaba entre inmensos peligros, cabalgaba entre las estepas rusas, acompañaba a varios científicos en el África Austral, sorteaba los peligros de una selva, viajaba hasta las entrañas de la tierra hasta que me dormía y amanecía en mi cama, de nuevo acompañado de la voz de mi madre alertando que se me hacía tarde para el colegio. Cuando la infancia comenzó a extinguirse, no pude romper la tradición y mis lecturas siguieron, siempre sentado en el suelo, descubriendo a Homero, Shakespeare, Defoe, Jonathan Swift, Goethe, Jane Austen, Poe, Gógol, Emily Brönte, Dickens, Melville, Dostoievski, Bécquer, Pérez Galdós, Flaubert, Henry James, Clarín, Ibsen, Chejov, Antonio Machado, Marcel Proust, Thomas Mann, Faulkner, Camus, Hemingway, Juan Ramón Jiménez... Un verano rompí la tradición, al descubrir a Lovecraft y a García Márquez, simultáneamente: en mi bicicleta, rumbo a las playas de Fuengirola, llevaba en mi mochila algún libro de estos escritores y era allí, al lado del mar, donde seguía leyendo, transportado en volandas a universos indescriptibles, para volver finalmente a mi casa entre extenuado y maravillado.
La vida se abría paso: universidad, novias, oposiciones, una cinefilia que me obsesionaba... Pero allí estaba siempre, incluso en la distancia, la biblioteca familiar que seguía creciendo y que siempre me esperaba, una cita esencial que no podía evitar; si pasaba mucho tiempo sin visitarla, no podía dejar de pensar en ella, anhelando en recorrer de nuevo, con mi vista las estanterías, en abrir al azar alguno de esos volúmenes y sobre todo de dejar pasar el tiempo, sentado de nuevo al pie de las mismas, escuchando de nuevo la voz de mi madre llamando mi atención sobre el absurdo de estar sentado en el suelo, de la hora o de una comida que se enfriaba. 
- Hay que catalogar los libros, alguna vez, es un legado familiar muy importante... ¿a qué esperas? - me dice, desde siempre. Si le contesto que no tengo tiempo, no me creería, porque ha sido la excusa sempiterna, a modo de réplica que siempre he utilizado. No sé cuándo acometeré semejante gesta, pero si bien estoy seguro que tendré que ponerme a ello algún día, no puedo dejar de pensar que ese hipotético millón de libros, cifra mágica, existirá siempre que sean leídos, catalogados o no. Que no se lea ninguno de sus ejemplares significaría lo mismo que para el protagonista de The Time Machine, de H.G. Wells, cuando en el viaje a un desesperanzador y terrible futuro, pregunta por libros que puedan explicar qué ha ocurrido, en la historia de la humanidad y al acceder a ellos se desintegran en sus manos, carcomidos por el tiempo y por el olvido. "Si, los libros me lo dicen todo", responde lacónico. 
Daría la sensación que con el imparable avance de las tecnologías de la información y la comunicación, se nos ha inoculado la idea de que el saber no tiene sentido si no aporta dividendos, en estos tiempos en  que la cultura está amenazada por la lógica del beneficio, olvidando que ni toda la riqueza del mundo es capaz de comprar el conocimiento y la dignidad. Leemos y estudiamos para ser mejores personas, el saber es el fruto, el resultado, de un esfuerzo personal y únicamente quien lleva a cabo ese esfuerzo puede entender el sentido de lo que está aprendiendo, pues esa experiencia siempre es única y singular; es una interiorización de experiencias y momentos mágicos que a lo largo de nuestra vida, nos hace crecer como personas. El conocimiento no es un don sino una conquista, una costosa y apasionante conquista cotidiana.que cambia nuestras vidas: la lectura de un clásico, la literatura, pero también la filosofía, el arte, la música, todos esos conocimientos  que conforman la cultura, crean en nosotros unas reacciones, una conciencia que nos lleve a comprender mejor el mundo en el que vivimos y el corazón del ser humano, camino necesario para un concepto de sociedad solidaria. 
Un mundo sin libros es un mundo sin fantasía, profetizada por Ende en La historia interminable, Y un mundo en el que sus habitantes son incapaces de soñar, es un mundo moribundo, expuesto a esos riesgos como los representados en un pasaje muy revelador de una novela de David Foster Wallace. Nuccio Ordine lo explica de la siguiente manera: "Se trata de un episodio en el que se plantea la pregunta de qué es el agua. Y hay dos pececillos jóvenes que nadan en el acuario y no saben nada del medio en el que se mueven. Igual que esos pececillos, hoy nosotros, no comprendemos que la cultura y el conocimiento constituyen el agua en la que nadamos en cada instante de nuestra vida. No es por casualidad que los gobernantes, en todos los países del mundo, sin excepción, lo primero que recortan son aquellas cosas que ellos consideran inútiles y que, al revés, son las más útiles para conseguir que las sociedades sean más humanas". Si cultivamos nuestra esencia humana, estaremos a salvo de todo sesos traficantes de certezas, los traficantes de la verdad, porque justo en los momentos de crisis, de incertidumbre, son momentos en los que es fácil la explosión irracional. Surgen líderes que empujan a la gente  a abrazar determinados fanatismos porque es en esas etapas de crisis cuando se crea la necesidad de tener puntos de referencia seguros. Por eso el fanatismo religioso, el fanatismo político y otros, encuentran hoy un campo de cultivo muy fértil. Sólo es posible un pensamiento crítico a través de una sensibilidad, cultivada día a día. 
Así que me siento al pie de una de las estanterías, habiendo elegido antes, al azar, uno de entre ese millón de ejemplares. Observo la portada de Thomas Henry y no dudo en dejarme llevar, por enésima vez, al divertido universo de Richmal Crompton, tan bien descrito por Savater. Viajo a mi infancia, entre sorbos de una limonada casera y no puedo evitar recordar la frase de Giotto: ¿por qué realizar una obra cuando es tan bello sólo soñarla?.

sábado, 28 de octubre de 2017

Retazos de un pasado

La tienda en la que entro es un universo caótico donde conviven muebles, cuadros, libros, inodoros y quizás cualquier objeto que podamos imaginar, bastaría con solicitarlo a cualquier miembro de esa numerosa familia que se pasea por estrechos pasillos que convergen a estancias atestadas de elementos en convivencia forzada, localizando en segundos aquello que piden los clientes, en un alarde de memoria fotográfica. Un perchero de madera, con aspecto clásico, demanda una señora mayor; allí lo tienen, apenas perceptible tras un desfasado mueble de salón que sin duda vivió mejores tiempos en décadas pasadas y semioculto tras un biombo chino. El tiempo se pasea, en esa torre horizontal de Babel, acariciando los recuerdos insondables de cada uno de esos objetos  que sus dueños, la mayoría, vendieron por mera necesidad o por deshacerse, los menos, de esos muebles que ya no querían tener en la casa. Observo que los proveedores del negocio se suceden continuamente, todos con la esperanza de obtener algo de dinero con el que salir del paso a cambio de una bañera antigua, una mesa y sus sillas de madera de roble, una lámpara, una colección de libros. Los libros no los compramos; aunque los pongamos a la venta a un euro, no se venden, me confiesa el patriarca de la familia, concentrado y preocupado por la autenticidad de unos jarrones, cuyo veredicto espera con anhelo una pareja de jóvenes cogidos de la mano. 
Decido perderme en ese laberinto del Minotauro, intrigado en encontrar aquello que no logro imaginar, pero que me susurra, desde algún rincón invisible, hablándome de su existencia. Me abro paso entre alfombras, más sillas y mesas, todos los sofás imaginables, colchones, televisores, puertas antiguas, lienzos de la caza del ciervo, montones de discos de vinilo y llegó allí donde esa voz me ha invitado. Un diario, ahogado en polvo, con una pequeña cerradura sellando su contenido en una estructura de metal que enmarca una ilustración que identifico de María Pascual, la famosa ilustradora de los cuentos troquelados. Inconfundibles, esos ojos grandes, la exigua nariz en una cara redonda y pecosa. Lleva tiempo ahí, como no tenemos la llave, habría que forzar la cerradura y no queremos estropearlo, es un diario que regalaban a las niñas en los años 70... me explican, con escaso interés, cuando cerramos el trato por cinco euros. Al salir de la tienda, siento la voz más perceptible, acompañando mis pasos. 
Con un simple destornillador hago saltar la cerradura y me entrego al misterio de ese contenido que reclama mi atención. La letra del dietario no es de una niña, es de alguien con más edad; sorbo el café, me dejo llevar por los rayos de sol que se filtran por los orificios de la persiana y entonces, leo la única página escrita del diario: 
Me hacía ilusión comenzar con este diario, escribir en él cada noche, antes de acostarme; nunca hubiera imaginado que estas navidades serían las últimas que viviría en mi casa y la última al lado de mi madre; la siento aún a mi lado, estoy segura que siempre estará conmigo, aunque haya fallecido. No sé qué es el cáncer, pero se la ha llevado, después de haberla consumido. Mi padre dice que todos, él, yo y mis hermanos vamos a comenzar otra vida y que volveremos a ser felices. Pero su rostro ha cambiado, desde que mi madre nos dejó, jamás sonríe. Sus ojos miran siempre al suelo y su voz se apaga en cuanto comienza a hablar. Al menos, en el pueblo, estarán mis tías, mis primos, que nos ayudarán. Pero siento que algo muy importante se va a quedar aquí, en esta casa donde hemos vivido felices durante tantos años. Pensar que nunca volveré a ella, me entristece profundamente y me hace preguntarme cómo serán los futuros años, sin mi madre. Pero también debo recordar que soy la mayor de mis hermanos y debo hacerme fuerte: cuidaré de vosotros, cuidaré de mi padre e intentaré cuidar de mí misma. La vida es aquello que tantas veces escuché decir a mi madre, justo la que nosotros queramos construir. 
Y nada más. Un retazo de existencia, un deseo y sobre todo una esperanza de futuro. Ningún nombre, unas fechas: esa mujer, fuera quién fuese, debía tener hoy día alrededor de 60 años. También el nombre de una localidad  andaluza, apuntada al final de la página. Un pasado recobrando vida a través de un extraño, marcado por una tragedia pero iluminado por un firme propósito de encontrar felicidad. Una persona extraordinaria, que en su juventud hizo el propósito de afrontar el futuro con entereza. Y sí, me pregunto que habrá sido de ella, de su padres y sus hermanos. Si habrá conseguido, a lo largo de su vida, encontrar esa felicidad, entre la tragedia que marco su vida. Me pregunto tantas cosas que no puedo evitar calcular la distancia, en coche, hasta esa localidad. Y me dejo llevar por esa voz, que vuelve a mí, apenas un murmullo audible: hago la maleta y salgo, decidido a emprender el viaje, con el propósito de encontrar a la dueña del diario y devolverle esa parte de su pasado. Arranco el motor: el Sur de Ulises nos espera a ambos.

sábado, 21 de octubre de 2017

La brújula moral

Es la expresión utilizada por Isabel Coixet, estos días, en sus declaraciones, con motivo del estreno de su última película y con Cataluña inmersa en su propio laberinto. Bella expresión, la brújula moral, una invitación a recorrer los caminos de la ética personal frente a otras posturas, otros principios, otras éticas en definitiva que son sinónimos de estrecheces mentales, enajenaciones allá donde la cultura se extingue provocando que una inmensa mayoría de personas se deje arrastrar por lo que parece más fácil, más cómodo, sin duda más conveniente. El precio, con suma frecuencia, es la marginación, el bullying de toda una organización que aspira a un pensamiento único convirtiendo en una máxima que el odio de una persona puede llevar a que todos acaben por odiar a alguien que no lo merece pero que traiciona esos postulados en los que se apoya dicha organización: sin el pensamiento único, la misma no sobreviviría y nada peor que alguien que se mantiene, a pesar de las presiones, fiel a sí mismo y a un código ético inquebrantable. 
Cantaba Tina Turner, en los 80, We Don't Need Another Hero y resulta imprescindible recordar, en el contexto del heroísmo, a Fernando Savater y ese libro imprescindible que es La ética del héroe: "Llamo ética a la convicción revolucionaria y a la vez tradicionalmente humana de que no todo vale por igual, de que hay razones para preferir un tipo de actuación a otros, de que esas razones surgen precisamente de un núcleo no trascendente, sino inmanente al hombre y situado más allá del ámbito que la pura razón cubre; llamo bien a lo que el hombre realmente quiere, no a lo que simplemente debe o puede hacer, y pienso que lo quiere porque es el camino de la mayor fuerza y del triunfo de la libertad". En efecto, convicciones íntimas, ajenas a imposiciones hoy día necesariamente mediáticas, en plena vorágine de la sociedad de la información; razones innatas impregnadas de voluntad, que es la esencia del individuo frente a la masa.
Así pues la libertad humana encuentra por todas partes resistencias y obstáculos, pero esas resistencias y esos obstáculos no tienen sentido sino en y por la libre elección que la realidad humana es: "Estamos condenados a la libertad", sentenciaba Jean Paul Sartre, cabría preguntarse por qué tan olvidado. La formula ser libre, no significa obtener lo que se quiera sino determinarse a querer por si mismo; el éxito no interesa en ningún modo a la libertad, el único éxito que interesa a la moral es el de la propia autonomía de elección. Puedo elegir lo que quiera y en ese aspecto soy libre pero no puedo elegir el querer mismo que determina mi elección, mis motivos me condicionan. Así Schopenhauer explica claramente este concepto: obraré siempre según lo que soy, es decir, mi carácter pero no podré conocer mi carácter sino después: se revela a través de mis acciones. Intentemos, vale la pena,  vivir con nobleza y cordura, aunque sea sobre un fondo fatal y azaroso en que la existencia humana parece recortarse a diario, a medida que los beneficios de una cultura que se extingue, tienden a menguar, sumiéndonos tristemente en un concepto cercano a la barbarie civilizada. Necesitamos héroes, necesitamos ser héroes de nosotros mismos, inclusos en estos contextos. Vale la pena buscar respuestas en el viento de un controvertido premio Nobel:

Cuántos caminos debe recorrer un hombre,
antes de que le llames "hombre"
Cuántos mares debe surcar una blanca paloma,
antes de dormir en la arena.
Cuántas veces deben volar las balas de cañón,
antes de ser prohibidas para siempre.
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento,
la respuesta está flotando en el viento.
Cuántos años puede existir una montaña,
antes de que sea lavada por el mar.
Cuántos años pueden vivir algunos,
antes de que se les permita ser libres.
Cuántas veces puede un hombre girar la cabeza,
y fingir que simplemente no lo ha visto.
La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento.
La respuesta está flotando en el viento.
 


Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clá...