domingo, 29 de enero de 2017

Un monstruo viene a verme

El universo infantil, en su extrema fragilidad, repleto de contradicciones y permanentemente expuesto al paso a una madurez forzada, es el tema (universal, ampliamente retratado por el cine y la literatura) elegido por Juan Antonio Bayona en su tercera película, al situar a su protagonista, el niño Connor (magnífico Lewis MacDougall), en el epicentro absoluto del drama personal y en consecuencia, de sus últimos momentos en el reducto de una infancia que se le escapa de las manos, ante la necesidad de crecer ante la desgracia: víctima de un cruel y constante bullying en su colegio;  una madre que se extingue a diario, consumida por el cáncer; un padre que tiene una nueva vida para la que no ha tenido en cuenta en absoluto a Connor; una abuela destrozada por el dolor y lejana a su nieto; y sobre todo, la soledad forzada ante un dolor que siendo tan explícito, intenta trascender y contagiar al espectador por acumulación y desesperanza. No la hay para el niño protagonista, víctima absoluta de las circunstancias al que sólo le queda su propio imaginario para afrontar su propio destino. Un imaginario en forma de árbol que cobra vida, de cuentos que se postulan como metáforas que deben guiar a Connor en su adiós a la infancia y de una conciencia que debe reconocer sus debilidades para dejarlas atrás. 
Se ha comparado la película, por su semejanza temática, e incluso estilística, con El laberinto del fauno, sugerente película de Guilermo del Toro que situaba a su protagonista en una aventura onírica (inspirada a su vez en el clásico Alicia, de Lewis Carrol) como respuesta a la necesidad infantil de un universo alternativo a los horrores de la Guerra Civil. En la película de Guillermo del Toro, el universo paralelo que construye su protagonista se integra en la propia trama: el metalenguaje cinematográfico cohesiona todos los elementos de la película; no es el caso de Un monstruo viene a verme, donde los niveles de lectura parecen unirse por mera yuxtaposición: las (técnicamente brillantes) secuencias animadas, correspondientes a las historias que cuenta el monstruo al niño no se muestran metafóricamente eficaces ni despiertan, el principal problema de la película,  emociones en el espectador, descontextualizadas del contexto orgánico, valga la expresión, en el que se desarrolla el drama personal del niño protagonista. El monstruo protagonista, a su vez, adolece, en su plasmación visual (de nuevo técnicamente impecable) de una escasa fragilidad poética y sobre todo, de una integración o simbiosis en la línea argumental o universo de Connor que hubiera permitdo que la película, finalmente, hubiera sido algo más que una mera acumulación de desgracias y desdichas del niño protagonista. No basta con saturar de desgracias: el metalenguaje debe estar al servicio de la narrativa y no al revés; articular las claves del drama exarcebado requiere mucho más que de unos magníficos efectos especiales.  Películas absolutamente magníficas han dado muestra de ello, en su tratamiento del drama de la infancia que está a punto de quedarse a trás: Matar a un ruiseñor (en una de las secuencias de Un monstruo viene a verme, se puede observar el cartel publicitario), de Robert Mulligan; El otro, del mismo director; Viento en las velas, de Alexander Mackendrick; incluso King Kong, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, otra de las abundantes metáforas de la película, todas muy explícitas, del fin de la inocencia, que quizás sea o debería haber sido el verdadero tema de la película. 
En definitiva, una película absolutamente fallida (como muy recientemente Mi amigo el gigante, de Spielberg) contrapuesta a alguna escena brillante: Connor intentando desesperadamente seguir asiendo a su madre, antes de que ésta caiga a un vacío abierto bajo los pies del protagonista, metáfora (de entre tantas) al servicio de la impotencia del niño para evitar el destino al que más teme, su verdadera tragedia.  Desconozco la suerte comercial del film, si me consta la división de la crítica especializada y cabe no obstante matizar, independientemente de todo lo expuesto, que ojalá estuvieran presentes bastantes más películas como la que nos ocupa, en el cine español, conseguidas o no. Estaríamos hablando de una verdadera industria del cine y fundamentalmente, de auténticos autores que evitaran que algunas de las películas más taquilleras hayan sido No desearás al vecino del quinto, Torrente, así como Ocho apellidos vascos,  ese inesperado e incomprensible éxito. Cabría preguntarse qué les ha ocurrido a esos autores en otro tiempo brillantes: Almodovar, con una sucesión de películas muy poco afortunadas. Amenabar, que rueda muy espaciadamente y mal; Julio Medem, prácticamente missing. Incluso Isabel Coixet, por más que parece que siempre nos ofrezca la misma película. Que vuelva ese talento, por favor. 

viernes, 27 de enero de 2017

Patético

Patéticos, ridículos, esperpénticos, esos politicos catalanes en el Parlamento Europeo, haciéndose el peor de los favores a sí mismos y a la causa que con tanto ahinco defienden, a pesar que los/as ciudadanos/as catalanes/as no parecen, a tenor de todas las últimas encuestas de opinión en Cataluña, sentirse tan identificados con ella. Pero asi es la política: los objetivos propios, por encima de todo y de todos. Y si hay que gastar una millonada en un viaje como el que se ha realizado, se gasta y en paz, recortes o no recortes al resto de los ciudadanos; ambulancias o no ambulancias; niños o no niños que fallecen por ausencia de estas últimas. Patético, estamos de acuerdo. Tan patético como otro político bastante más conocido, asegurando que la gotas de lluvia permitirán finalmente que la tarifa eléctrica se abarate sustancialmente. Patético, en efecto, que nos traten, estos políticos, como si fuéamos niños de cinco años, por más que éstos sean más inteligentes que la mayoría de los adultos; "¿Que si no entiendo estas explicaciones?, ¿bromea?; las entendería un niño de cinco años", decía Groucho Marx en una de sus películas, para añadir, a continuación: "¡Todos a buscar a un niño de cinco años!". Habría que buscar a uno, urgentemente y en consecuencia, para que nos explicara por qué en una Comunidad Autónoma, de nuevo los políticos, hacen oídos sordos a miles de personas de toda clase y condición que se manifiestan, unidos en la mejor de las causas comunes, en todas las provincias, denunciando los recortes en la sanidad pública. O habría que buscar a dos niños de cinco años, cuanto menos, para entender cómo es posible que la capital de España se haya convertido en una de las ciudades más sucias de Europa y que su actual máxima responsable se limite, ante la abundancia de criticas a su  absoluta inanición ante la falta de gestión al respecto,  a llamar, literalmente, guarros a sus ciudadanos. Patético, estoy de acuerdo. Como el rostro de todos y cada uno de esos banqueros, condenados a prisión, por utilizar el dinero público para el rescate de su banco, para fines tan personales como jubilaciones multimillonarias. Patético como el rostro de granito de Bárcenas. O los rostros de esos energúmenos pateando salvajemente a una chica. Aunque no sé si tanto como el de un ex actor que vive en Cuba justificando de la forma más torpe y vil dicha agresión. Pero para rostro patético, el de Trump y su proyecto de muro kilométrico. Qué lejos parece quedar aquel muro de Berlín derruido a martillazos como símbolo de una nueva era. No debemos olvidar que en definitiva, han sido los propios ciudadanos norteamericanos los que han dado con su voto y consentimiento carta blanca a este muro de la verguenza. Y conviene recordar,  para los más desmemoriados, que en España también tenemos el nuestro. En fin, bienvenidos/as al mundo de las ideologías. Pasen, si se atreven y están mal de la cabeza y vean....  

martes, 17 de enero de 2017

Nadie conoce a nadie

Otra niña que se suicida y otra vez el ceremonial de despropósitos en los que todos los responsables educativos evitan reflejarse: ni el centro educativo, ni la administración educativa. Para todos ellos, sus actuaciones fueron poco menos que ejemplares y cabe concluir, en consecuencia, que la niña que decidió quitarse la vida lo hizo sin motivo alguno; al menos es lo que parece que intentan que creamos. Como esa niña, en el hospital, con magulladuras: no hubo agresión física, a decir del máximo responsable educativo de esa Comunidad Autónoma. Como ese otro niño, que también se suicidó: el Director del centro llegó a declarar que "tenía la conciencia muy tranquila".  En definitiva, no hay agresiones, no hay acoso escolar. No pueden existir, aunque se produzcan. Y por lo tanto no hay víctimas, por más que a todos se nos revuelva el estómago cuando conocemos estas noticias: basta pensar en ellas con el rostro de nuestros propios hijos e hijas e intentar comprender cómo una persona tan jóven considera que ya no tiene nada que hacer en la vida. No, no es esta la sociedad que todos queremos. Ni es este el sistema educativo que deseamos. ¿Protocolos contra el acoso? Parece que muchos y abundantes. Pero necesitados de mucha más conciencia para aplicarlos y sobre todo de más sensibilidad para situarse allá donde ocurre la tragedia: justo en el epicentro de las sensaciones del niño o de la niña que sufre lo indecible ante el rechazo. Si no es así, el mero hecho de reducir estas tragedias cotidianas a unas meras entrevistas y completar un documento va a dar por resultado la peor colección imaginable de conciencias colectivas porque todos seremos culpables. Unos, por seguir teniendo la conciencia muy tranquila, a pesar de la magnitud de la tragedia; otros, por no reclamar, a gritos si hace falta, a los profesionales de la educación que sean mucho más profesionales en el desarrollo de sus funciones ante niños y niñas desamparados. Y aún otros, los últimos, padres y madres de acosadores metamorfoseados en monstruos, por contribuir a esa metamorfosis. La sociedad que tenemos, cabe recordar, es la que entre todos, hemos construido, para llegar a la triste conclusión que es la que no queremos. Cabría preguntarse, si alguien es capaz de responder, cómo es posible cambiarla para evitar semejantes tragedias, antes de habituarnos a ellas, si acaso ya no lo estamos. Si así fuera, habriamos completado nuestras metamorfosis: en efecto, todos seríamos monstruos cómplices. 

sábado, 14 de enero de 2017

Código de silencio

Es el viejo problema de la supervivencia. Sobrevives aceptando las reglas: te vuelves sordo, ciego y las reglas, a cambio, son amables contigo. Si te atreves a seguir manteniendo, contra viento y marea, una convicción moral que consideras más solida que el código de silencio y ceguera impuesta, quizás estés perdido: la cobardía tiene demasiados adeptos que acaban volviéndose orgullosos de ser cobardes: a base de exhibirla, confunden esta condición con una suerte de ética privilegiada que sólo aquellos que se benefician de los supuestos privilegios y parabienes que les otorgan esas reglas inquebrantables, pueden comprender. Así son las reglas: o son veneradas y eres de esa singular élite que han dejado de ser personas o las rechazas, pasando a la condición de ser despreciable, si bien de convicción moral sólida, inquebrantable. Los primeros no podrán dormir, por ser quienes son; los segundos, dormirán a pierna suelta. Aquellos gozaran día a día por ser miembros de esa aristrocracia artificial pero selecta y no recordaran que un día tuvieron alma; éstos, no tendrán nada, salvo a sí mismos y sus circunstancias, fruto de su mero esfuerzo y de la integridad que les caracteriza. Aquellos que se vendieron, beberán a bortones, a diario, vasos repletos de nepotismo. Los que no lo hicieron, se sentirán sedientos y obligados a recorrer el mundo, hasta encontrar, con mucha suerte y aún más perseverancia, tras mucho excarvar, esa fuente que les quite la sed. Pero será su propia fuente, aquella a la que han accedido con sus propias manos, con su esfuerzo personal. Una satisfacción personal que debería ser más que suficiente para afrontar un mundo repleto, colmado, rebosante, sin embargo, de sordos y ciegos. Qué terrible vértigo, pensar que son tantos y el resto, tristemente tan pocos. Pero... !A por ellos, que son pocos y cobardes!", que cantaba Loquillo, si la situación se vuelve, me temo que siempre lo hace, desesperada. Suerte a todos/as los que han decidido seguir viendo y oyendo.Para el resto... me temo que aunque a alguno de ellos les cayera un rayo, como a veces ocurre, afortunadamente con mayor frecuencia, el resto seguiría tan sordo y ciego como siempre.
   

miércoles, 4 de enero de 2017

Futuro Imperfecto

The best is yet to come, repetía un ya expresidente, en sus, por otra parte brillantes, campañas electorales. Me temo que sus ciudadanos no han llegado a ver ese hipotético futuro, repleto de esperanzadoras promesas. Quizás, entre otras razones, porque el camino a recorrer desde la mera oratoria hasta los hechos constatados es más complejo de lo que cabría pensar; si el saldo final se queda reducido a las meras promesas iniciales, no cabe más remedio que hablar de fracaso, por más que esta palabra sea tabú, por motivos obvios, entre la clase política. La supervivencia de una formación política pasa, necesariamente, por obviar el fracaso: en última instancia, dicho fracaso debe ser resultado de las acciones de los otros, en los mismos términos de la película de Amenábar. Y si ello no fuera suficiente, dicho fracaso debe ser publicitado, a toda costa, como un éxito; ahí están los micrófonos y con frecuencia, algunos medios de comunicación, para apoyar semejante táctica. Y muy última instancia, condenar, además, al ostracismo a alguien en quién depositar los males propios y ajenos: alguien debe tener la culpa, al fin y al cabo, máxima necesaria en el devenir histórico, sustancialmente en el político.
En España, hemos visto extinguirse, literalmente, por falta de votos, una de esas formaciones políticas; perder más y más votos a otra de ellas, en cada una de las últimas elecciones hasta desembocar en un forzado stand by que no está evitando los inevitables movimientos internos que en última instancia buscan el poder. El mismo que persiguen las dos cabezas más visibles, ambos en pugna, de otro partido político que parece condenado a un quiero pero no puedo perpetuo. Mientras, el partido que gobierna en España, a su vez se ha dejado por el camino muchísimos votos, por más que siga siendo el más votado y gobierne, precisamente, gracias a otra formación política cada vez con menos simpatizantes. En definitiva, todos parecen perder, por más que uno de ellos, sólo en apariencia, haya ganado. No cabe esperar de semejante panorama ningún the best is yet to come, por más optimistas que puedan ser, es un decir, sus respectivos votantes. Ventajas de creer, supongo. O de la necesidad de mantener un puesto de trabajo en muchos casos, basado en dicha creencia. Singular utilización de los áxiomas.
Tampoco está nuestro sistema educativo para muchos trotes, visto el historial que llevamos en las evaluaciones externas de carácter internacional, si bien la diferencia entre Comunidades es más que abrupta. Las que tienen los peores resultados rehúyen cualquier balance o análisis, paradójicamente. De nuevo, la culpa de esos tristes datos son el resultado de las acciones de los otros y si acaso alguien le recuerda a los máximos dirigentes de estas Comunidades que se equivocan y no hay otros a quién culpar, el culpable entonces, dado que hay que encontrar alguno desesperadamente, será el propio organismo evaluador. Y que el tiempo pase, como en anteriores ediciones, sin más. Así de simple, así de sencillo. Mucho más económico, por supuesto, en tiempo y esfuerzo, que analizar datos, factores y proponer, con carácter urgente, propuestas de mejora. Al fin y al cabo, dentro de varios meses, ya nadie hablará de ello y eso es lo que parece realmente importante, para poder seguir exhibiendo supuestos parabienes y culpar a los otros  de cualquier resquicio en ese Shangri-La en el que deberíamos creer, según imposiciones,  generalmente mediante vociferios populistas, de no pocos políticos y políticas en el supuesto poder, aprendices de brujo y de Mandrake el mago, pero que la inmensa mayoría no alcanzamos a ver. Quizás estemos ciegos o hayamos decidido voluntariamente volvernos discípulos de Edipo. O quizás es que nos resistimos a ir repitiendo como loros disciplinados consignas triunfales y de exaltación, única vía posible para rozar el Shangri-La tantas veces prometido, justamente ése que algunos han acabado, cual espejismo, por contemplar. Y unos pocos privilegiados, por habitar. Ventajas de pertenecer a la más alta cúpula de alguno de esas formaciones políticas, por más que con frecuencia, contemplando los perfiles correspondientes, nos preguntemos por el misterio insondable, incomprensible, irresoluble, de cómo precisamente esas personas han podido llegar a esos puestos de poder, por más relativo y transitorio que sea éste. Pero para muchos y muchas, lo importante es llegar, supongo. Y mantenerse el mayor tiempo posible, a toda costa. Por más que casi siempre el regreso sea extremadamente abrupto. Cosas de la política, la triste política y de esos futuros sociales que por culpa de todo ello, siempre serán más que imperfectos. Y no parece que exista pluma o estilográfica que sea capaz de enmendar este tiempo del verbo. 
En fin, un pequeño desahogo literario, en los primeros días de este año nuevo. Como decían Tip y Coll: "La próxima semana hablaremos del Gobierno". Felicidades a todos/as.
 

El terror y lo cotidiano

El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terroris...