martes, 28 de febrero de 2017

Hasta el último hombre, de Mel Gibson

Desmond Thomas Doss (7 de febrero de 1919–23 de marzo de 2006) fue el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor por actos heroícos del ejército de EEUU. Soldado raso de infantería, asignado al destacamento médico,  en mayo de 1945, participó en el asalto anfibio de los aliados a la isla de Ryukyu de Okinawa, junto a un batallón de marines enviado a tomar una posición japonesa sobre un acantilado de 120 metros. Al llegar a la cima, los hechos históricos dan fe de una cruenta, atroz carnicería que Mel Gibson recrea con un realismo visual necesariamente horrendo y gore. La primera vez que se contempló de forma explícita, en una película comercial la carnicería salvaje y sanguinaria de un conflicto bélico fue en Salvar al soldado Ryan y Gibson parece coger el testigo  estilístico de Spielberg mostrándonos, durante gran parte del metraje de Hasta el útlimo hombre, categoricamente, cuerpos despedazados, destrozados, por bombas y metralla; cabezas que explosionan, miembros que saltan por los aires, entre la mirada de horror de un elenco protagonista excelente, encabezado por el actor Andrew Garfield, cuya interpretación logra dotar a su personaje de esa mezcla de ingenuidad, fragilidad, horror pero también de determinación: en retirada desesperada de su batallón, él se queda para socorrer, durante toda la noche, a todos los supervivientes que se va encontrando, para arrastrarlos hasta el acantilado y hacer descender a los mismos mediante cuerdas. Logró, hora tras hora, escondiéndose de unos japoneses que recorrían toda la zona de batalla para rematar a los que aún no hubieran muerto, salvar así la vida a 75 soldados, según las crónicas. Todo ello se recrea en la película, contangiando al espectador de una angustia sólo posible en una situación como la que vivió Desmond Thomas, en una planificación de secuencias y montaje propios de una narrativa de cine clásico, cabe recordar, salvando todas las distancias Sargento York, de Howard Hawks: descripción del personaje, su (desafortunado) entorno familiar, el amor, la guerra, su llegada al ejército y su postura inquebrantable para desesperación de los mandos de no tocar un arma, en una narración muy fluida, articulada en constantes planos medios, muy trabajados visualmente y unos diálogos construidos a la medida  de la descripción psicológica de este complejo personaje. De ahí, directamente, Gibson sitúa al protagonista en la masacre de Ryukyu, que centra gran parte del metraje de la película, sin dejar respiro al espectador: el objetivo es llegar a la esencia atroz de lo que significa un conflicto armado y sus consecuencias en los hombres; físicas y morales, en un escenario donde exclusivamente la locura, la sinrazón y la sangre parecen tener lugar, con las mismas tesis que Samuel Fuller proponía en Uno rojo, división de choque. Un escenario del que surge el heroismo o quizás la locura heroíca de alguien que parece querer demostrar al mundo que no es un cobarde, sólo un objetor de conciencia. O quizás un loco heroico. Una ambiguedad calculada,  en la película, que Gibson oferta al espectador, en esta notable película, obsequiándonos en sus minutos finales con filmaciones y declaraciones del verdadero  Desmond Thomas, en su ocaso vital, rememorando su papel en aquel atroz episodio de la Guerra, uno de tantos. Muy recomendable.

Cielo sobre Berlín, de Win Wenders

En 1987 Wenders estrena esta aclamada película, contando en la parte técnica con el famoso director de fotografía Henri Alekan y en el guión, entre otros, con el dramaturgo Peter Handke. Damiel (Bruno Ganz) es un ángel que vaga por el cielo de la ciudad de Berlín, con frecuencia acompañado por el también ángel Cassiel  (Otto Sander) y a veces solo, entregado a los pensamientos de las personas,  consolándolas, guiándolas y procurándoles consuelo, cuando están dolidas. Desde el principio de la película, Damiel está interesado en experimentar la vida terrenal, interés que se convierte en anhelo cuando conoce a una trapecista de circo, Marion (Solveig Dommartin) y se enamora de la melancolía de ésta, su arte con el trapecio y su físico. Un poema de Handke se reitera, en off, durante la película (Cuando el niño era niño), con variaciones a lo largo del metraje, proporcionando a sus personajes una suerte de conciencia abstracta que se extiende a la propia ciudad, un Berlín cuya fisonomía se traza por los viajes de Damiel por el cielo, contribuyendo en su conjunción a ese lirismo constante que caracteriza la película y transmitiendo con la cadencia propia de la poesía las inquietudes, filosóficas, existenciales de un protagonista que expresa, en su proceso de humanización, a su compañero Cassiel que Observar no es mirar hacia abajo, sino al nivel de los ojos. Marion, la trapecista, sueña con Damiel y repite los versos del poema como el eco de unas inquietudes que crecen en su interior y que comparte con el protagonista. Un poema que invoca a la pureza de la infancia (los niños son capaces de ver a los ángeles, a diferencia de los adultos), pero también a la necesidad de la dimensión material de la vida, mezclándose con los monólogos que un inmortal Homero (Curt Bois) recita para sí mismo, siempre acompañado del ángel Cassiel: Si la humanidad pierde algún día su narrador, habrá perdido también su infancia, expresa con melancolía y nostalgia, rememorando una suerte de conciencia global que se creaba y se transmitia a través de oradores rodeado de un círculo de personas, transmutadas en esa metáfora del conocimiento que es la Biblioteca Estatal de Berlín, morada de ángeles, filósofos y otros albaceas del saber que parecen compartir la sensibilidad que genera la consciencia, la razón. Una sabiduría, siempre desde el punto de vista de los ángeles protagonistas, enmarcada en un preciosista blanco y negro, que corre el riesgo de perderse y a la que quiere acceder Damiel. Cuando lo logra, el color inunda la pantalla, así como un optimismo, paralelo a las sensaciones del protagonista, que quiere transmitirnos la esencia de una vida que comienza (el protagonista renace, encarnado en su material esencia humana) y que se entrega a ella, precisamente, con los ojos de un niño: el primer café, el descubrimiento de los colores, la primera ropa propia que luce y sobre todo, el encuentro con Marion, dejando atrás el lirismo abstracto de una preciosista música que invoca a las bandas sonoras constantes del cine mudo e infiriendo asímismo a los pasajes del mundo espiritual un halo ancestral y antiguo y reemplazandola por los versos musicales de Nick Cave, en dos conciertos de éste ubicados en locales con evidentes referencias a  La Caverna de Platón. Los protagonistas alcanzan el conocimiento conjuntamente, al conocerse y salir, escapar, de sí mismos. Como quizás lo hizo antes Peter Falk, otro de los protagonistas de la película, en un ejercicio de metalenguaje, que encarna a su vez otro ángel caido que sigue percibiendo a los ángeles y que estrecha, simbólicamente, la mano de Damiel, cuando éste aún no ha alcanzado su naturaleza humana. Vivir es consustancial a la materialidad del conocimiento, sin que jamás dejemos de lado al mismo, parece sugerirnos Wenders y Handke en este poema visual, repleto de lirismo, sensibilidad y finalmente, vitalidad en la escena final de Damiel y Marion, donde el círculo que traza la trapecista es metáfora de un camino, el del conocimiento, al que nos invita la película a que recorramos. Espléndida película, tuvo su continuación en Tan lejos, Tan cerca, si bien con una recepción más tibia. El círculo poético y de conocimiento de los protagonistas, ya se había cerrado, magistralmente, en Cielo sobre Berlín.

sábado, 25 de febrero de 2017

Moving, de Macaco

La ley universal de la locomoción no puede fallar en este momento...

Moving, all the people moving, one move for just one dream
We see moving, all the people moving, one move for just one dream
Tiempos de pequeños movimientos, movimientos en reacción
Una gota junto a otra hace oleajes, luego mares... océanos
Nunca una ley fue tan simple y clara: acción, reacción... repercusión
Murmullos se unen forman gritos, juntos somos evolución

Moving, all the people moving, one move for just one dream
We see moving, all the people moving, one move for just one dream
Escucha la llamada de Mama Tierra, cuna de la creación
Su palabra es nuestra palabra, su quejio nuestra voz
Si en lo pequeño está la fuerza, si hacia lo simple anda la destreza
Volver al origen no es retroceder, quizás sea andar hacia el saber

Moving, all the people moving, one move for just one dream
We see moving, all the people moving, one move for just one dream
This is the Life fest under your feet


miércoles, 22 de febrero de 2017

Elle, de Paul Verhoeven

La protagonista, de nuevo una impresionante Isabelle Huppert, está incapacitada para amar. Tanto ella como los demás personajes de Elle: el deseo es el motor vital, lo único importante para todos ellos, en un planteamiento de un universo de absoluta gelidez emocional  donde la moral no tiene lugar. Por el contrario, los personajes planteados por Verhoeven viven entregados a dichos deseos y a un nihilismo vital desconcertante, no exento de un morbo que deja de ser tal cuando la protagonista simplemente, ha acabado por socializar el deseo, convirtiéndose en cotidiano. Cuando descubre a su violador, lejos de denunciarlo, lo busca, lo acosa, para que vuelva a violarla lo más salvajemente posible: de la violación brutal, al placer de la brutalidad. Al mismo tiempo, el violador le contesta que la violó "porque lo necesitaba". Cuando le confiesa a su amante que no puede acostarse con él porque acaban de violarla, éste, lejos de inmutarse, le pide que le masturbe. El trabajo de la protagonista es dinamizar el trabajo de una empresa de software dedicados a videojuegos con un alto componente erótico. Cuando descubre al empleado que ha distribuido una animación sexual con su rostro, le obliga a bajarse los pantalones: de nuevo, el placer de la venganza es sexual. Y un arma vital contra el tedio y el paso del tiempo: Verhoeven no duda en mostrarnos el cuerpo desnudo, sin duda envejecido de una protagonista que es evidente que jamás piensa en ello y que durante todo el metraje, jamás vive un solo tiempo muerto. Por el contrario, incluso en una fiesta la protagonsita confiesa a su mejor amiga que se está acostando con su marido "simplemente para follar". En definitiva, un universo muy al gusto del famoso director, en una de sus películas más personales, alejado de la estela de los grandes estudios de Hollywood. Un Verhoeven desbocado que por momentos parece cuanto menos tangencialmente, acercarse al universo de Zulawski, si bien planteando unos protagonistas que jamás podrán sufrir o que quizás lo hicieron excesivamente en su momento: el pasado terrible de la protagonista, a través de la figura de un terrible padre pederasta es la única explicación que nos facilita Verhoeven, quizás para que los espectadores podamos encontrar un asidero, una explicación, a una personalidad, la de Elle, que se nos antoja tan inalcanzable como incomprensible, tan enigmática como definitivamente inexplicable. Pero así era, cabe recordar, el prototipo de mujer interpretado por Sharon Stone en aquel exitoso Instinto Básico: otra mujer entregada a sus deseos y utilizando su cuerpo y su inteligencia para conseguirlos. O, cabe recordar también, la protagonista de Los señores del acero,  olvidada película, muy recomendable, en la que Jennifer Jason Leigh lograba sobrevivir en un mundo de hombres utilizando un cuerpo completametne desinhibido. El sexo, que sería la tesis de Verhoeven, en la mujer, es en el caso de Elle, más que la materialización del deseo vital, una forma de existencia. En los otros dos personajes mencionados, una herramienta para conseguir otros fines. Pero sexo, al fin y al cabo, bien como herramienta, bien como forma de vida y en el caso de Elle, impregnando todas las secuencias de esta difícil y magnífica película. 

domingo, 19 de febrero de 2017

Into the Wild, de Sean Penn

Christopher McCandless es hoy día todo un símbolo popular, en EEUU, tras la publicación del libro sobre su vida de Jon Krakauer y sobre todo, a partir de 2007, cuando se estrena la película dirigida por el actor Sean Penn. No son pocos los jóvenes que intentan imitar, vía senderismo, supervivencia en la naturaleza sin más elementos que un escaso equipo y sobre todo probándose a sí mismos, a este singular joven que falleció en la tundra de Alaska, tras estar dos años recorriendo Arizona, California y Dakota del Sur en condiciones absolutamente precarias, dando forma a un estilo de vida vagabundo y solitario, alejado por completo del concepto de vida urbana y con un rechazo absoluto a las posesiones materiales, buscando la supervivencia en contacto permanente con la naturaleza. Su absoluta inexperiencia no fue obstáculo para bajar en canoa por el río Colorado, en dirección al golfo de México ni para sobrevivir hasta cuatro meses, ya en territorio de Alaska, su gran objetivo vital, que imaginaba como una suerte de utopía vital que le permitiría vivir de la tierra y de la caza, a pesar de su absoluto desconocimiento de estos dos ámbitos. Esos cuatro meses estuvo alojado en el interior de un autobús abandonado en la zona de Stampede Trail (al que denominó el autobús mágico), teniendo como equipamiento una bolsa de arroz, un rifle semiautomático y municiones, un libro sobre las plantas locales y un escaso equipo de campamento. Ni un simple mapa de la zona, que le hubiera salvado la vida. Fue encontrado dentro de su saco de dormir, con apenas treinta kilos de peso y todo apunta a que murió de absoluta inanición, si bien John Krakauer siempre ha mantenido que la ingesta de alguna planta venenosa fue determinante en su muerte, tesis que también está presente en la película de Sean Penn. Todo lo que dejó escrito a modo de dietario Alexander Supertramp, que es como se hizo llamar Christopher McCandless durante los dos años que duró su singular aventura vital nunca despejaran estas dudas, si bien el mito del joven trotamundos, autosuficiente, que se prueba a sí mismo cada día y rechaza radicalmente los patrones sociales imperantes y consumistas tomando la supervivencia en la naturaleza como el referente vital de su propia existencia, está, a estas alturas, ajeno a cualquier otra lectura que no sea el mito en sí mismo, enlazando con On the road de Kerouack y sustituyendo la búsqueda existencial por una busqueda interior sublimada en el ecologismo. Es la lectura que proporciona Sean Penn, en su película, de gran éxito crítico y comercial en su estreno, dotando al personaje de un lirismo intenso y emocional, magníficamente interpretado por  Emile Hirsch. Para Penn y para el imaginario colectivo, las aventuras de Christopher McCandless constituyen una iniciación hacia el camino de la sabiduría, del conocimiento profundo de sí mismo. Y sus desventuras, una oportunidad de volver a levantarse de nuevo y seguir andando, así se describen de forma explícita en uno de los diálogos del film: encontrarse a sí mismo es el fin último del ser humano y la naturaleza, majestuosa y despiadada al mismo tiempo, el único entorno que permite esa búsqueda, lejos de la urbe, la socialización artificial en la misma y las posesiones absurdas como forma de vida (el protagonista rechaza el automovil que quieren regalarle sus padres, el dinero que tenía lo dona a una  fundación, rechaza la beneficiencia cuando se pasea como un vagabundo por la ciudad e incluso regala su última moneda a un anciano, moneda que le hubiera permitido contactar con su familia). Una naturaleza que lo pierde ("la naturaleza me ha atrapado", dice en off, en la película, el protagonista)  a medida que se va extinguiendo en la misma, dejando poco a poco de existir (la secuencia del oso que pasa por su lado y lo ignora). Una gran película, con una banda sonora obra de Eddie Vedder, vocalista de Pearl Jam, con excelentes canciones folk de éste al servicio de una poesía visual abundante en belleza y de ternura hacia el personaje de Christopher McCandless, al que tanto jóvenes seguirán emulando. Y un magnífico libro de Jon Krakauer, personaje fascinante a su vez del que un día hablaremos. Que disfruten de todo ello, pero sobre todo, de la misma vida.  

viernes, 17 de febrero de 2017

Que Dios nos perdone, de Rodrigo Sorogoyen

Un thriller premeditadamente oscuro, social, descorazonador y atroz. No hay abundancia, en el cine español, de asesinos en serie; uno de los mas antológicos lo interpretó Vicente Parra en La semana del asesino, de Eloy de la Iglesia, película muy olvidada y masacrada por la censura de la época. El que nos ocupa en esta película surge como subtexto en una película situada en un espacio y tiempo concretos, reflejo de una soledad y amargura social necesitada de cambios (los movimientos del 11 M), de violencia socializada por los medios de comunicación  y sobre todo, signo estilistico de la película, de cochambre, de inmundicia física (contenedores repletos de basura, viviendas decrépitas...), así como una decrepitud moral que está presente en todos los personajes de la película. El personaje del magnífico Antonio de la Torre vive una vida vacía, que solo cobra sentido con su trabajo. Su compañero, interpretado por Roberto Álamo, a su vez, ha quedado reducido a un personaje frustrado y violento, que no supera el fracaso de su matrimonio. Como marionetas, se mueven por un Madrid que parece imaginado por Céline, a la búsqueda de un criminal que asesina y viola ancianas, que tardaremos en ver y visualizar uno de sus horrendos crímenes. Todas sus acciones poco tienen que ver con un Dios que parece haber dejado de existir en una sociedad donde reina el neoliberalismo económico, a pesar de la visita del Papa a Madrid. Por el camino, todo un ejercicio de estilo, cámara en mano los dos primeros tercios de la película y un cambio drástico a plano fijo cuando el rostro del asesino se materializa ante el espectador, logrando una profundización psicológica en todos los personajes que evitando cualquier moralina se muestran como lo que son: personajes víctimas de sí mismos; en el caso del asesino, de sus experiencias traumáticas; en el caso de los dos policías, del vacío vital que caracteriza la vida de ambos. Un ejemplo de thriller que como en los tiempos de Hammet, cobra aún más sentido en sus parámetros sociales e históricos, explícitos en la película, realizado con compás y un ejercicio de estilo absolutamente loable, incluido el anticlimax, tres años después de los hechos con el que finaliza el fim. A destacar además, ya se ha comentado, la muy compleja caracterización de Antonio de la Torre y la música de Olivier Arson, al servicio de un dramatismo incesante. 

domingo, 12 de febrero de 2017

Sing Street (2016), de John Carney

El mejor cine es el que tiene la virtud de emocionar al espectador. Y emoción es lo que derrocha, durante todo su metraje, Sing Street, de John Carney, director aupado en Sundance en su primera y anterior película, Once y consagrado con esta película, Oscar a la mejor canción original en el año de su estreno. Una historia de superación personal en un escenario que se vuelve contra el protagonista, ferozmente: la crisis económica que golpea a Irlanda y de la que no escapa la familia protagonista, un siniestro escenario en el nuevo colegio público del que es víctima, los padres que discuten a diario hasta decidir separarse, un hermano que se ha abandonado por completo al fracaso... La música ayudará a Brendan, magníficamente interpretado por el actor Ferdia Walsh-Peelo, a superar este vía crucis, descubriendo el amor y trazándose a sí mismo un objetivo vital que le permita dejar atrás un escenario en el que parece reinar exclusivamente el fracaso y la desesperanza. Todo a ritmo de la música ochentera y las creaciones propias que Brendan y su grupo van perfilando, según influencias de los músicos que van descubriendo y de las propias vivencias personales del protagonista. Bien lejos de cualquier moralismo o de intención de crítica social, el film se sustenta en las genuinas emociones de Brendan, en la vitalidad que transmiten sus experiencias, sus deseos y frustraciones; en su encuentro con el amor, en la superación de sus adversidades, en su capacidad para hablar de su sentimientos a través de las (magníficas) canciones que completan la banda sonora del film. Imposible, realmente, gracias al magistral pulso narrativo del director, no sentirse identificado con alguien que reune fuerzas y voluntad para superarse a sí mismo, a las circunstancias que lo rodean y que busca el amor y el futuro en un horizonte incierto y abundante en dificultades (esa metáfora visual, cuando un barco corta el paso de los protagonistas), pero al que mira de frente, depositando ilusiones y esperanzas, reflejado en ese plano final del rostro del actor Ferdia Walsh-Peelo, con el que se cierra la película. Una película sencilla, magníficamente dirigida que supedita la simplicidad narrativa al contenido de una historia conmovedora que constituye una lección de vida, una apuesta por la importancia de tomar decisiones y creer en ellas. Muy recomendable.

viernes, 10 de febrero de 2017

Cumpliendo años

Pues si, el tiempo pasa y como siempre, no somos conscientes de ello; el ritmo de los dias nos hace olvidarnos de que cada uno de ellos transcurre en las hojas de ese calendario de nuestras vidas, de ese dietario que escribimos a diario y que pocas veces leemos. Si nos pararamos, por un instante, a leer una de esas páginas, quizás comenzáramos a mimar, bastante más de lo que hacemos, dicho dietario. Escribiríamos con delicadeza cada una de esas páginas e incluso trataríamos de no repetirnos, conscientes que todos los días no pueden ser iguales; bien pronto llegariamos a la conclusión que además de no reiterarlos, lo importante sería, por encima de todo, vivirlos intensamente. Así, el soplido anual a las velas, siempre nos parecería surgido de un universo propio, irrepetible, irremplazable, infinito de vivencias necesariamente inolvidables. Y por ende, tan indescriptible como satisfactorio. Lejos de la utopía, tan imporante es vivir como saber vivir; si, en efecto, el carpe diem que Robin Williams mostraba a sus alumnos; la joie de vivre, que desprende ese lienzo maravilloso de Renoir, Desayuno en la hierba. Y por encima de todo, esos tiempos muertos en los que, con un poco de esfuerzo, estamos, nada menos, que con nosotros mismos, disfrutándonos: una taza de café humeante ante una ventana, contemplado la lluvia otoñal; o sentados en una silla de playa, frente al atardecer del mediterráneo. Pero mejor, claro está, si esos tiempos muertos los disfrutas acompañados, por las personas que amas y te aman.  Así debería ser el tiempo: para vivir y para amar, que nos susurraba Moustaki en Le temps de vivre. No esperemos más en acceder a ese diario de nuestras vidas que nos está esperando: rocemos sus delicadas páginas y comencemos a leer, pero sobre todo a escribir....

miércoles, 8 de febrero de 2017

Siempre Hitchcock

He vuelto a visionar, distanciadas en el tiempo, Marnie la ladrona y El hombre que sabia demasiado (versión 1956), dos de las grandes películas de la filmografía de Alfred Hitcock. Es inevitable regresar a Hitcock, periódicamente y el reencuentro es siempre un gran placer, por más que, como en mi caso, se hayan visionado todas sus películas. Absurdo detenerse en elementos críticos y semióticos de estas dos conocidas películas, analizadas y referenciadas hasta la saciedad. Sin embargo, imposible no volver a reseñar toda la sexualidad latente de la primera y ese primer beso entre la pareja protagonista (Sean Connery y Tippi Hedren), con un travelling de acercamiento antológico. En la segunda, es bien conocido el Macguffin: una trama de espionaje internacional cuyo objetivo es asesinar al primer ministro inglés y la búsqueda de su hijo por el matrimonio  MacKenna (James Stewart y Doris Day) que desemboca en una más que celebrada escena, realizada con la precisión de un compás, sin diálogos, en el  Royal Albert Hall de Londres. En las dos, la música de Bernard Herrmann funciona como un elemento dramático imprescindible, subrayando las tramas y las situaciones. Un gozo cinematográfico, en definitiva. sin herederos directos en estas lecciones de cine que Hitchcock nos brindó en todas sus películas, salvo las de la última parte de su filmografía, que no estuvieron, quizás por razones de edad, a la altura del resto. Tengo también en reserva, quizás las vea en verano, las primeras temporadas de su famosa serie televisiva, Alfred Hitchcock presenta, ejercicios de estilo cada uno de sus capítulos. Mientras tanto, estoy seguro que me entregaré al placer de la semiótica con Rebeca, por ejemplo (¿cómo no reencontrarse con esa ama de llaves siniestra y de reminiscencias lesbicas?) o quizás también, a lo largo de los meses, con esa otra en la que Cary Grant huye desesperado de una avioneta asesina al ritmo, de nuevo, de una de las partituras más celebres de Herrmann. Todo un legado cinematográfico que es al mismo tiempo una lección magistral de cine, analizado en Conversaciones con Hitchcock, de Truffaut, un libro que se reedita constantemente por motivos obvios. Un legado, como he comentado, sin herederos directos, por más que Brian de Palma en su filmografía haya hecho constantes ejercicios de estilo con una influencia indiscutible de Hitchcock en muchas de sus películas. Y lo cierto es que la mayoría de los nuevos cineastas, visto lo visto en las pantallas, deberían acudir a las fuentes imprescindibles del cine, si quieren hacer buenas películas. Hitchcock es una de esas referencias ineludibles, gracias, cabe recordar, al buen trabajo de Cahiers du Cinema, en su tiempo (el propio Truffaut y Claude Chabrol, entre otros), que hicieron notar, ante la critica mundial que el cineasta era bastante más que el autor comercial  que todos creían, reivindicando su filmografía como obra de autor. Cegueras de la crítica especializada ante el autor de la famosa escena de la ducha en el hotel de Norman Bates. No lo duden, disfruten de las películas del genial cineasta.

lunes, 6 de febrero de 2017

Tarde para la ira de Raúl Arévalo

La venganza que se cobra en los suburbios precisa de un realismo sucio cinematográfico que la dote de veracidad, vía thriller. Las premisas de Raúl Arévalo, conocido actor en esta su opera primera como director, se sustentan en dicha tesis sustentada sobre elementos minimales, incluido un diseño de producción que se adivina más que ajustado, si bien absolutamente excelente en alguna escena, como la que transcurre en el mugriento gimnasio y sus bajos, donde el protagonista se cobra su primera víctima. El thriller de Arévalo comienza con un plano secuencia filmado desde el asiento trasero de un coche, que nos retrotrae, inevitablmente, a Joseph H. Lewis y aquella increíble película, paradigma de la inventiva de la serie B de la década de los 50: El demonio de las armas. ¿Homenaje o simple experimentación cinematográfica? Abundan en la película los travellings de acompañamiento situándose detrás de los actores, cámara en mano, que parecen confirmar que Arévalo ha buscado un estilo propio narrativo, sugerido, buscando una cierta veracidad visual  sustestándose, durante la primera parte de la película en miradas y gestos, insinuaciones y un protagonista (Antonio de la Torre) monolítico en su singular interpretación (¿inspirada en el Alain Delon, salvando todas las distancias de El silencio de un hombre, de Melville?), aislado de la cotidianeidad del resto de los personajes, pero integrado en la realidad de éstos para conseguir sus propósitos. Hay algo de arritmia narrativa en este juego de realidades cotidianas que se muestran y otras que comienzan a emerger, al prinicpio sugeridas hasta hacerse cruelmente explícitas:  el visionado del protagonista del asalto al banco que descubre al espectador la cruel muerte de su pareja. La liberación de la cárcel del personaje de Curro (magnífico Luis Callejo) cambiará el registro narrativo de la película, paralelamente a la transformación de José, el personaje que interpreta Antonio de la Torre: como si esa contención del actor a dicho personaje hubiera estado esperando el momento de consumar su sangrienta venganza y mostrar al monstruo que lleva dentro. Venganza visualmente explícita y atroz, en su primera víctima, que por momentos recuerda a alguna escena de Henry, retrato de un asesino de John McNaughton, parcialmente mostrada en la segunda (el cañón de la escopeta que busca el rostro de alguien que dejó atrás la delincuencia) de ellas y finalmente insinuada la última (magníficamente diseñada en la pantalla: el protagonista entra en el bar; el niño que está en su interior, en la mesa, con su mirada descubre al espectador los movimientos de éste). Como esa disminución de la violencia visual fuera pareja a los deseos de venganza del protagonista hasta llegar a ese final melancólico, en donde el protagonista parece perderse, consumados los asesinatos, en la carretera, dejando con vida al que podría haber sido su última víctima y a la mujer de éste, dejando atrás y rechazando el que podría haber sido su propio destino. O quizás, en otra lectura, arrojando a Curro en brazos de la mujer que lo ha traicionado, como punto y final a su venganza. Película notable, singular, quizás no del todo conseguida pero con una intencionalidad de cine de autor que es de agradecer en el panorama del cine español. Reseñar por último que el nombre de Peckimpah ha sonado, asombrosamente, en algunas críticas presuntamente especializadas como fuente de inspiración de Arévalo: nada más lejos, estilisticamente y en cualquier otro sentido. el tratamiento de la violencia propuesto por este director y aquella estilística lírica, cual sinfonía, de Peckimpah.Tampoco parece muy acertado acercar el universo urbano del director y ese estilo de pollard francés al universo del western, otra supuesta influencia reseñada por la crítica especializada; Arévalo no es Walter Hill, ese magnífico director injustamente olvidado y por el contrario, el contexto social y humano singularizado que se presenta parece sugerir que sólo en los reductos más miserables de la gran urbe es posible que se suceda una historia como la que se narra en esta interesante película. 


miércoles, 1 de febrero de 2017

El porvenir, de Mia Hansen-Løve

En El Porvenir, la vida trazada hasta ese momento por la protagonista se desmorona a su alrededor: sus hijos comienzan a ser independientes; su madre agoniza y su marido le anuncia que ha conocido a otra persona y que se marcha; los textos de filosofía que ha escrito para una editorial comienzan a tener muy bajas ventas, su alumnado (ella es docente de filosofía) le reporta escasas satisfacciones... Y ella misma es ya una mujer madura (tiene 60 años) que afronta todos los cambios que van a sucederse en su vida con entereza y unas sobresalientes dosis de estoicismo para conseguir reubicarse vitalmente en sí misma y en una nueva vida cuyas coordenadas afronta como un renacimiento interior. 
El gran mérito de la película es mostrar todos estos acontecimientos sin falsas estridencias y sin absolutismos dogmáticos; la narración fluye, elegantemente, con el protagonismo absoluto de la gran actriz  Isabelle Huppert, que nos transmite una hondura psicológica en todas las situaciones que Mia Hansen-Løve plantea en su película, retratando esta condición connatural a la existencia humana de manera más patente con el fango que pisa la protagonista en una espléndida metáfora visual. La realidad es plural y los deseos nunca pueden ser totalizantes, en la medida que en el curso de la vida, como a todos/as, nuestras circunstancias cambian y a veces radicalmente, como a la protagonista de la película: así fluye el metalenguaje propuesto por Mia Hansen, elegantamente, en cortas escenas que acaban situando finalmente al personaje que interpreta Isabelle Huppert al lado de sus hijos, de su nieto (ese otro paso del tiempo de las circunstancias vitales, explícito en la película, de la adolescencia a la madurez de su hija) en el simple devenir de los días, en el dulce porvenir que la aguarda así expuesto en esta magnífica película, dejando atrás lo superfluo y sobre todo, un pasado que ha dejado de existir. Toda una lección de vida y de estilo cinematográfico. 

Oculto entre juguetes I

Llevaba todo el puente disfrutando de la chimenea, de comidas caseras y breves paseos por la playa, junto al visionado de películas clá...