domingo, 26 de marzo de 2017

Cuarteto Garnata: Chorotango y Piazzola

Excelente el viaje musical propuesto por el Cuarteto Garnata: Peter Biely (violín), Josias Caetano (viola), Arnaud Dupont (violoncello) y Elena López (piano). De Brasil a Argentina, el espectáculo propuesto, Chorotango, recrea con una interpretación siempre brillante, la música de Villa-Lobos, Nazareth y el gran Piazzola (con el colorido inserto del Tico - Tico de de Abreu: difícil sustraerse a la imagen onírica de Carmen Miranda, irrumpiendo sobre el escenario). De Piazzola se interpretó Oblivion, La muerte del ángel y Estaciones porteñas y cabe reseñar la maestría y entrega de Peter Biely con su violín, justo en el epicentro sonoro, romántico, sensual y trágico característico de Piazzola, esa armonía disonante, tan criticada por los puristas hace décadas. Piazzola pulió su estilo a base de audacia: conjunción de armonía, ritmos, tempos y contrapuntos convergiendo a una suerte de fuga de influencias barrocas desarrollando una estructura de superposición de temas, buscando la atonalidad basada en los contratiempos, en el contrapunto de varios instrumentos. Oblivión, en este contexto musical, es melancolía, nostalgia, con una parte central en la que el olvido se evidencia vía una melodía nítida y candenciosa. El recuerdo se abre paso y una suerte de placer que parece descubrir la belleza de vivir y sobre todo la consciencia de estar vivo alcanza un clímax que va difuminándose de nuevo en la profunda tristeza que transmiten las notas de Piazzola. El olvido propuesto por el músico argentino es la amnesia de la vida misma: querer olvidar es empeñarse en recordar. La muerte del ángel es una de las composiciones que forman la serie del ángel, quizás la más conocida de ellas. Las tres primeras composiciones de la serie fueron creadas para una obra de teatro de Alberto Rodríguez Muñoz, en la que un ángel visitaba y sanaba a los vecinos de un edificio ubicado en un suburbio de Buenos Aires. Piazzolla impone un clímax enigmático, sentimental, ahondado en una tristeza melódica que conforma una de las composiciones más exquisitas de la historia de la música. Por fin, Las estaciones porteñas no fueron compuestas simultaneámente ni concebidas como una suite. Constituyen la consagración de un estilo, en esa forma singular de converger un pulso rítmico decididamente tanguero con otros procedimientos armónicos y contrapuntísticos asimilados por Piazzola en su periplo europeo, en una suerte de música decididamente descriptiva con sensaciones distintas según la estación. En la Primavera Porteña están presentes la carnalidad y la seducción en una ciudad que revive después del invierno. El equilibrio rítmito y melódico, a partir de un tema fugado deriva a la naturaleza, que despierta, que revive, al compás de todos los instrumentos, tocados al unísono. En definitiva, un maravilloso viaje de una hora hacia el placer de cerrar los ojos, dejándose cubrir por capas y capas de sensibilidad.


Ara Malikian

Ara Malikian está de moda. El armazón de sus espectáculos, invariables, se apoya en una mezcla de más que discutible comicidad (monólogos humorísticos) y las (re)interpretaciones, muy arropado por solistas de cuerda y percusión, de clásicos como Vivaldi, carismáticas piezas del pop y el rock (Led Zeppelin, entre otros) y composiciones propias. Se suceden, de esta manera, sus versiones de Bach, El Verano del citado Vivaldi, La campanella de Paganini, Led Zeppelin y su Kashmir o de David Bowie y su célebre Life on Mars, entre soliloquios a veces insoportables, bien por su desmedida duración o por el escaso ingenio de la propuesta humorística (los cangrejos y su origen extraterrestre). Todo ello, no obstante, servido con una indiscutible despliegue de energía sobre el escenario, una de las señas de identidad de Malikian y que tanto gusta al público: saltos por aquí y por allá, sin dejar de tocar el violín, a veces de rodillas, otras paseándose por el patio de butacas. Entre medias, la historia de su vida: su violín es el protagonista de un viaje que empieza cuando, a los 3 años, el músico lo recibió de su padre; un violín con el que su abuelo logró huir del genocidio armenio en Turquía en 1915 y que le ha acompañado toda su carrera. Las influencias armenias y orientales, constantes durante dos horas,  se hicieron notar especialmente en temas como el de homenaje a su abuelo, en El vals de Kairo, dedicado a su hijo o en el tema centrado en la terrible situación de los refugiados. Buena música sin duda alguna, interpretada irregularmente a lo largo del espectáculo según la complejidad de la pieza, que tiene la virtud de llegar a un público que dificilmente estaría predispuesto, en circunstancias normales, a escuchar durante dos horas a un violín armenio con toda su reminiscencia de mixturas de música de acordes y sonidos de zíngaros y paisajes sonoros árabes, judíos, gitanos, criollos, hispanos, rusos, de Oriente Medio y la India, por más sugerentes que puedan ser los mismos en otro contexto distinto al mestizaje musical propuesto por Malikian. Lo mejor: la presencia de niños en el espectáculo, disfrutando realmente con la discutible propuesta del showman y violinista libanés de origen armenio. Que le dure, el filón que ha encontrado.

viernes, 24 de marzo de 2017

Perros de paja, de Sam Peckimpah

La famosa y celebrada película de Peckimpah se abre con un plano de los pezones de la actriz Susan George marcados en un suéter. El sexo será determinante en la espiral de violencia en la que se verá envuelta la pareja protagonista, Emmy (Susan George) y David Summers (Dustin Hoffmann), una joven inglesa y un matemático norteamericano en cuanto llegan a un pequeño pueblo de la campiña escocesa. Un pueblo del que es originaria Emmy y en el que David desea encontrar el aislamiento que busca para sus investigaciones. Pronto descubrimos la personalidad de David: entra al bar del pueblo y es testigo de como el viejo Tom, uno de los símbolos masculinos de la localidad, alcoholizado, brutal y sanguinario,  se niega a  abandonar dicho bar cuando el barman anuncia su cierre, destrozando un vaso en la mano de éste, irrumpiendo violentamente tras la barra y sirviéndose a sí mismo. David actúa ante la violencia rechazando y evitando la misma y con un miedo evidente en la magnífica interpretación de Dustin Hoffmann. La convulsa década de los 70 en EEUU  queda reflejada en las preguntas incómodas que dirigen a David los lugareños al respecto y posteriormente, en la incisiva crítica de su esposa: él está en el pueblo escondiéndose de la violencia en EEUU. David es una persona de personalidad débil, incapaz de llamar la atención a los obreros que trabajan para él, cuando Amy descubre que alguien ha dejado ahorcado a su gato dentro de un armario; alguien que es incluso incapaz de satisfacer sexualmente a su mujer, absolutamente frustrada en su matrimonio. Pero que a pesar de todo, se siente superior a los habitantes del lugar, a los que desprecia, desde su rol de culto outsider en un contexto de paletos; una postura moral para esconder su débil personalidad, su cobardía, que estallará, sin embargo, en un violencia desmedida en un celebrado climax final en el que debe defenderse de un asedio a su casa, por varios de esos lugareños, absolutamente ignorante que dos de ellos som responsables de una (ambigua) violación a su mujer días antes y que el tonto del pueblo (David Warner), al que intenta proteger, ha asesinado a una adolescente. La brutal escena de la violación es el resultado de un crescendo continuo de miradas de deseo de los obreros que trabajan en la casa del matrimonio, de la  constante decepción de Emmy para con David, de escenas donde la frustración de todos ellos se acumula, incluida la de Emmy que no duda en mostrarse desnuda ante los obreros, uno de ellos antiguo novio suyo. Será éste el que a golpes, la reduzca y acabe por hacer el amor con ella, venciendo las resistencias iniciales de Amy y evidenciándose que la misma también está gozando sexualmente. Una terrible ambiguedad en Amy y una de las escenas más controvertidas de la película: quizás un deseo reprimido, una frustración vital y sexual acumulada con su marido. Pero la escena aún sigue: otro de los obreros, rifle en mano, obliga con gestos al primero a colocar de espaldas a Amy para sodomizarla a continuación en una violación aún más brutal e inequívoca.
El montaje propuesto por Peckimpach en el asedio a la casa es ejemplar: insertos breves continuos de los personajes, moviéndose dentro y fuera de la casa cercada por la niebla, el rostro de David cuando descubre que su esposa no sólo está dispuesta a ceder al tonto del pueblo que intenta proteger de la horda que lo reclama, sino que además está dispuesta a marcharse con ellos; domina el montaje alterno constante y las escenas de absoluta brutalidad en las que los asediadores van perdiendo la vida, el destrozo de la casa (ventanas que estallan, continuamente, a pedradas) ejemplifica ese estilo visual tan celebrado de Peckimpah: la violencia inunda, desborda la pantalla. David se convierte en uno más de aquellos a los que desprecia: tan violentos o más como cualquiera de ellos, disfrutando además de la absurda muestra de hombría ante su mujer, en un matrimonio definitivamente quebrado al final de la película. Una masculinidad obligada, en una sociedad rural, aislada, tierra de hombres donde la misoginia impera y la mujer es propiedad masculina y símbolo, a su vez, de un liderazgo basado en la testosterona. El liderazgo que alcanza David, tras la orgía de sangre, sin lograr salir de su ignorancia, pero gozando de su nuevo rol, tras dar un ejemplo de masculinidad a su mujer ("perros de paja, he acabado con todos ellos", exclama eufórico) y cumpliendo con su compromiso de detener a los agresores y no perder la propiedad, que en definitiva es su propia vida, sin conciencia de que el único satisfecho con su actuación es él mismo, justo en medio de un reguero de cadáveres.
En el. ideario de Peckimpah, la violencia nunca es gratuita, es la esencia de nosotros mismos y el resultado de nuestro propio comportamiento. Una película magnífica, en la que cabe reseñar las interpretaciones de todo el reparto (cabe preguntarse por qué Susan George, absolutamente espléndida no tuvo una carrera cinematográfica más continuada) y un guión, bastante alejado del original literario de Gordon Williams, absolutamente ejemplar en todos los matices que se suceden en la pantalla. La carrera de Peckimpah, tan sugerente como errada a veces, dada la personalidad desbordante del director y su alcoholismo declarado, se sucedería alternando películas sin interés con otras obras maestras como La Huida, Pat Garret y Billy The Kid y sobre todo, la que quizás sea la película más personal de su director:  Quiero la cabeza de Alfredo García, un ejercicio de estilo al servicio del más contundente de los nihilismos. 

martes, 21 de marzo de 2017

Tiempo de amar, tiempo de morir, de Douglas Sirk

Es inevitable volver a Sirk; el melodrama, en manos del director de Escrito sobre el viento, marca el destino trágico, inexorable de los personajes con profundos trazos psicológicos, en una sucesión de escenas que parecen trazadas con un compás, tal es el perfecto trazo en el estilo, inconfundible, de este famoso cineasta, heredero a su vez de las claves de la tragedia griega teñida de un profundo halo romántico, que une el destino de sus protagonistas. Es el caso de Tiempo de amar, tiempo de morir, inspirado en un relato del célebre escritor Erich Maria Remarque: durante la Segunda Guerra Mundial, un soldado alemán destinado en el frente ruso, obtiene un permiso que le permite regresar durante unos días a su localidad de origen, enfrentándose a un panorama desolador: las bombas han reducido a ruinas su casa, así como a media ciudad. En un escenario escalofriante, donde las sirenas de alarma no dejan de sonar, intenta encontrar una pista sobre sus padres desaparecidos, reencontrado en su búsqueda a toda suerte de personajes que formaron parte de su vida, todo ellos marcados por la tragedia. Uno de esos encuentros, en la persona de una antigua compañera de colegio, permitirá al protagonista (John Gavin) conocer el amor, que se abrirá paso, como una quimera, en un escenario de muerte y desolación en el que los dos amantes, que llegan a casarse, intentarán sobrevivir. El magnífico diseño de producción sitúa a los dos protagonistas intentando abstraerse, a través del amor, de la angustia de una destrucción desoladora, de sus destinos inciertos, amenazados por un tiempo, el de morir, que se cierne inexorablemente en el protagonista, forzado a volver al frente ruso y ser víctima, tras un gesto inútil que le lleva a enfrentarse a uno de los suyos para evitar una matanza, de un disparo de uno de las personas que ha salvado. Mientras agoniza, intenta alcanzar la carta que su mujer le ha escrito, que se aleja de él irremediablemente en la corriente de un rio. Una carta que solo ha podido leer a medidas, donde su mujer le anuncia que van a tener un hijo. Una esperanza de vida que deja atrás para siempre al protagonista, víctima de la desvastación de una Guerra absurda. Uno de las secuencias  más líricas que recuerdo, en el que la desesperanza desborda la pantalla, en una de esas películas antibelicistas imprescindibles que no debemos dejar de ver, filmada por uno de los cineastas más influyentes en la historia del cine. 

   

domingo, 19 de marzo de 2017

Juego de lágrimas, de Neil Jordan

Fergus (Stephen Rea) es un voluntario en el Ejército Republicano Irlandés. Él y su banda raptan a un soldado británico (Forest Whitaker) y durante el tiempo que transcurre su cautiverio, la relación entre ambos se intensificará hasta el punto que el soldado le arranca a Fergus la promesa que en caso de que muera, él cuidará de su novia Dil (Jaye Davidson). La búsqueda y conocimiento de Dil por parte de Fergus abrirá un juego de ambivalencias, sentimientos, romanticismo,así como de rendenciones anheladas por el protagonista, víctima de sí mismo, de abrazar causas equivocadas y de un complejo de culpa que le sume en una ceguera en la que el amor aflora esquivando la realidad, hasta que estalla la tragedia y en un final inspirado en PickPocket, de Bresson, que cierra la película, Fergus alcanza el perdón, su propio perdón, vencidos sus problemas de conciencia y quizás los últimos resquicios de prejuicios morales ante la verdadera sexualidad de Dil. 
Juego de lágrimas es una intensa película romántica, vestida de drama, ganadora del oscar al mejor guión original obra del propio Neil Jordan, tras ser nominada a seis oscars en el año 1993. En el año de su estreno, lejos aún las posibilidades de spoiler a través de la web, muchos espectadores se sorprendían, al igual que Fergus, de la verdadera naturaleza sexual de Dil, tal era la caracterización andrógina de Jaye Davidson, que mereció una candidatura al oscar. En una célebre escena que marca un climax derivado de la sorpresa, la perplejidad, las lecturas  sobre la ternura intensa y el apasionado romanticismo de Fergus y Dil cobran más lecturas, más matices y mayor complejidad en un escenario marcado por la violencia inútil y sinsentido del terrorismo. Fergus es esa persona que parece haber estado toda su vida en el lugar equivocado, defendiendo causas equivocadas y aún más alejado, en sus convicciones y precariedad ideológica, de la violencia que lo persigue. Neil Jordan introduce con sutil estilo narrativo la necesidad del protagonista de ser quién realmente es, una persona sensible en un contexto brutal; alguien cuya ternura abre paso a los sentimientos que Forest Whitaker hace aflorar para sobrevivir; sentimientos que  Dil anhela en su soledad; sentimientos, al fin, que Fergus necesita exteriorizar para ser él mismo. 
Extraordinaria película, representa la esencia del cine de Neil Jordan, siempre poético, exploratorios de esos ámbitos que surgen de la conciencia herida de sus protagonistas, rozando lo onírico y con personajes que intentan sobrevivir a sí mismos, a sus propios destinos. No se la pierdan.     

domingo, 12 de marzo de 2017

Animales nocturnos, de Tom Ford

Es conocido que el famoso diseñador y ocasional director de cine (la exitosa A Single Man, 2009) Tom Ford es un personaje mediático en sí mismo: Gucci, Yves Saint Laurent fueron sus plataformas (sin duda controvertidas) al firmamento exclusivo de los diseñadores de élite. A lo largo de su carrera, Ford ha sido reconocido por importantes consejos culturales y de diseño de todo el mundo y la propia revista Times. No es extraño que, Susan, la protagonista de Animales nocturnos (una magnífica Amy Adams), sea, en su contexto profesional, una especie de alter ego de Ford, marchante de arte moderno y miembro de un universo de absoluto elitismo que, igual que el mundo de la moda, en la película se representa falso, frívolo y superficial, un mundo nihilista que refleja eficazmente la personalidad de una protagonista (un cambio sustancial respecto a la novela original, en la que la protagonista es una simple ama de casa) que recibe de su primer marido (Jake Gyllenhaal) el manuscrito de una novela cuya lectura la va situando, progresivamente, en tres planos paralelos: su pasado, a traves de diversos flash backs, su presente, reducido a una existencia lujosa y absolutamente infeliz y la recreación de la novela que lee, un atroz episodio de muerte y venganza, situado en carreteras perdidas y encarnado en un desgraciado protagonista al que Susan imagina con el rostro de su primer marido.  En una suerte de metalenguaje onírico que hubiera agradado a Borges, Susan recuerda sus primeros momentos con el escritor, el romanticismo de la relación, sustituido enseguida por toda suerte de diferencias en las que el futuro o la ausencia del mismo en la concepción que Susan, influenciada por su madre, comienza a tener de su marido, la de un simple fracasado, deteriora por completo la relación. Mientras recuerda su pasado y lee, su existencia actual queda eficazmente trazada visualmente: extraviada en estancias de diseño,  una lujosa y enorme casa, un marido que la engaña sin apenas disimulo. Duerme, se baña y lee, carente de una vida propia e inconsciente de que su vacua existencia se reduce a vivir rodeada de lujo; las emociones que el libro de su primer marido le van transmitiendo: miedo, amor, incertidumbre, caos, muerte y un deseo inevitable de venganza son detonantes de un despertar de las propias emociones de Susan, enterradas por tantas decisiones equivocadas en su vida, incluido el aborto del hijo de su primer marido y a espaldas de éste, cuando ya ha iniciado relaciones con el que será su nuevo marido. Sin embargo, es incapaz de comprender que la atroz historia que se narra en el libro, que se salda con una venganza y un suicidio está articulada en ella misma: a sentirse aún más sola y fracasada, en un restaurante mientras espera inútilmente, la llega de su primer marido, en su nueva conciencia de mujer que consciente que su vida ha sido un error, ha olvidado también lo que significa sentirse viva: ella ha sido, finalmente, el objeto de venganza. Un magnífico montaje alterno, con tempos narrativos muy precisos, logran transmitir al espectador toda esta zozobra existencial planteada originalmente en el libro de Austin Wright en el que se basa. El único problema en la película es el actor Jake Gyllenhaal, no muy a la altura de la complejidad de los dos personajes que interpreta. Por lo demás, una película excelente, que ha dividido a la crítica especializada y que acusa, sin duda, la enorme influencia del cineasta Douglas Sirk en la profunda caracterización psicológica de sus personajes, sobre todo a través de Susan, que Amy Adams recrea a través de gestos pero sobre todo miradas que ahondan en todo ese cúmulo de sensaciones, entre la conmoción, el dramatismo, la emotividad, la exaltación, el suspense que se contagian a toda la película, cúmulos de emociones recreados metafóricamente, cabe recordar, en los minutos iniciales de la película, vía una mujer monstruosa pero al mismo tiempo fascinante visualmente. Cine clásico al servicio de un melodrama intemporal.

sábado, 11 de marzo de 2017

Yo, Daniel Blake de Ken Loach

Ken Loach, a sus 80 años, sigue mostrándonos, a través de sus películas, a esos personajes que intentan sobrevivir dentro de una atroz maquinaria social que parece creada para enseñarse con ellos, esos perdedores condenados a resistir, hasta perecer. Como Daniel Blake, un carpintero que ha estado trabajando toda su vida hasta que un infarto lo lanza a ese sumidero burocrático poblado por funcionarios deshumanizados que le niegan que esté enfermo, a pesar de todos los informes médicos, su derecho al paro, su derecho finalmente a la dignidad y al respeto que los mismos medios concebidos para proteger al ciudadano le rebaten, una y otra vez. Hasta el fatal desenlace, Daniel Blake se pasea por el desolado paisaje de los poligonos industriales en busca de un empleo que no existe, por el banco de alimentos, por delante de una pantalla de ordenador perdido en un mundo digital que ignora, pero sacando fuerzas para una solidaridad necesaria, acompañando y ayudando a una mujer y a sus hijos, a su vez victimas de un sistema que acorrala, aplasta a los más desamparados: la mujer deberá dedicarse a la prostitución, para que sobrevivan sus dos hijos.  Lejos del discurso reivindicativo o de secuencias moralizantes, las pequeñas escenas del film transcurren como una crónica documental de la miseria moral y de esa épica diaria que derrocha el protagonista en su ejercicio de supervivencia constante. Se nos muestra, junto al reverso más patético y feroz de la realidad, las emociones a flor de piel de unos héroes condenados a ser devorados por una sociedad que no está dispuesta a admitir que la misma está poblada por hombres, mujeres y niños abandonados, literalmente, por el Estado y a los que la justicia a su vez ignora, todos ahogados por la más siniestra burocracia que desea impedir, a toda costa, que tengamos mala conciencia de nosotros mismos. Daniel Blake es símbolo de esos tantos y tantos desamparados que el Estado de Bienestar desprecia. Y es también un triste poema a la dignidad, al respeto de todas las personas, ese respeto que el protagonista sigue exigiendo incluso cuando ya ha fallecido y con el que se cierra este ejemplo necesario de cine que reivindica a todos los desfavorecidos y los estafados, los suburbios en este caso de Inglaterra y de Escocia, retratando con veracidad y realismo el sufrimiento de los perdedores, su cotidiana y épica lucha frente a una sociedad que les vuelve la espalda. Un cine imprescindible dispuesto a despertar conciencias y un Ken Loach en plena forma que, esperemos, siga denunciando tanta injusticia en el mundo. Una injusticia de la que todos somos cómplices y víctimas, al mismo tiempo. Cómplices en nuestro silencio, nuestra hipocresía; víctimas en nuestra resignación diaria ante una compleja realidad inventada por todos. Que alguien, como Loach, sea capaz de levantar la voz e incomodarnos, en nuestro cómodo sofá, es motivo más que suficiente para que no nos perdamos esta magnífica película. 
 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Falling In Love With You, UB40



"(I Can't Help) Falling In Love With You" (originally by Elvis Presley)
Wise men say - Only fools rush in,
But I can't help falling in love with you.

Wise men say - Only fools rush in,
But I can't help falling in love with you.

Shall I stay - Would it be a sin,
But I can't help falling in love with you.

As the river flows
gently to the sea
Darling so we go
some things were meant to be

Take my hand - Take my whole life too,
But I can't help falling in love with you.

As the river flows
gently to the sea
Darling so we go
some things were meant to be

Take my hand - Take my whole life too,
But I can't help falling in love with you.

I can't help falling in love with you.
I can't help falling in love with you.
I can't help falling in love with you.

lunes, 6 de marzo de 2017

La puerta abierta, de Marina Seresesky

Dos mujeres, un travesti, una niña de madre rusa y una corrala de vecinos. El pequeño universo que plantea esta película quiere transmitirnos el valor de lo fortuito, de las segundas oportunidades y de la necesidad, fundamental, de amar y sentirse amado. La debutante Marina Seresesky (si bien cuenta con algún exitoso corto anterior: La boda) se mueve entre coordenadas que rehuyen la sensiblería sin dejar de mostrar la sórdida realidad de las protagonistas y el mundo de la prostitución al que el destino las ha abocado. Un mundo de absoluta desesperanza que va a cambiar gracias a la manía de una de ellas, Terele Pavez, impresionante en su papel, de dejar siempre la puerta abierta, por la que un nuevo destino se asoma fortuitamente, materializado en una niña. Mientras ese nueva oportunidad vital llega, Carmen Machi, quizás no tan convincente en su papel, hace la calle para que su madre y ella puedan subsistir a diario, en ese patio de vecinos que aboca a la miseria moral de los que lo habitan, condenados a odiarse mutuamente. Todo ello, en una película realizada con muy escasos medios y con una planificación visual, no se sabe si intencionada o no, extremadamente funcional (planos medios, plano/contraplano, ausencia de travellings). Como si la cámara estuviera al servicio de esos rostros inmensos, el de estas dos actrices, que no cesan de reflejar dolor, marginación, desesperanza, en ese universo acotado, metáfora de una prisión sin posible escapatoria.  Cabe matizar que siendo una película bastante fallida en la plasmación visual final de todas estas profundas intenciones, no obstante el tour de force de Carmen Machi y Terele Pavez es tal que al concluir la misma, tenemos esa sensación de dejar atrás a dos personas con la que hemos compartido parte de sus vivencias, tan reales, tan trágicas y en consecuencia, tan convincentes. Y ahí radica el gran mérito de esta pequeña e imperfecta película: sus protagonistas acaban por traspasar la pantalla, más allá de imperfecciones de filmaciones, montaje, algún personaje algo desdibujado como el travesti que interpreta, no obstante de forma muy convincente Asier Etxeandía e incluso unos diálogos a veces algo forzados. Dos mujeres rotas que tras la muerte de una de ellas, un nuevo y mejor destino completará su sorprendente ciclo en la otra, proporcionándole un renacimiento, una segunda vida con el mar de fondo, símbolo de una nueva libertad, de una nueva vida, de esa segunda oportunidad merecida. Por todo ello, una película que debe verse y disfrutar, antes que su escaso recorrido comercial en las salas (se han distribuido escasas copias) la condene a un injusto olvido, a pesar de los premios cosechados. Un Goya a Terele Pavez o Carmen Machi hubiera estado más que merecido y habría supuesto, quizás, una revitalización comercial de la película, pero no pudo ser. Pero no se la pierdan:  muy recomendable.

sábado, 4 de marzo de 2017

A contracorriente

"Quiero ser yo mismo, no quiero ser lo que los otros quieren que yo sea", pronuncia decidido el hombre, mientras sus pasos se pierden por la acera. Habla consigo mismo, resistiéndose a abrir el paraguas en una tarde desapacible, convenciéndose a sí mismo que su decisión, difícil, quizás insoportable entre tantas miradas esclavas, es el vehículo para el mejor de los propósitos: seguir conservando el alma. Las leves gotas de lluvia le traen una suerte de consuelo sensual: decide dejar de apretar los puños e intenta aminorar el paso, disfrutar, si ello es posible, de un paseo que le libere de angustias acumuladas. Rememora, entre escaparates que incitan al consumo, su adolescencia en bicicleta, mientras soñaba con un destino glorioso, pedaleando sin cansarse y transportando un libro de Boris Vian y un bocadillo, rumbo a alguna playa. Veranos repletos de futuro e inviernos abundantes en materias, asignaturas, aliviados por aquellos primeros amores que siempre parecían distintos. Estudiar, soñar, trabajar, amar, seguir soñando en un ciclo vital que se completara y que al fin, le cubriera de dicha, de bienestar, solo para descubrir que la verdadera felicidad no se encuentra a nuestro alrededor, sino que es fruto de uno mismo. "Como la arcilla que moldeamos; la obra de arte es fruto no sólo de una técnica: es resultado, sobre todo de una pasión", recita ya en el ascensor. Se tumba en el sofá, enciende el ordenador y sus pensamientos vagan de nuevo por el pasado, reciente y lejano, incapaz de ubicarse en el mundo digital. Desde la ventana, los transeuntes se asemejan a corredores de fondo: todo el mundo parece tener mucha prisa, salvo un individuo extraño que habla solo y deshace sus pasos continuamente. alguien a contracorriente, sin duda un pobre loco. "Y ése es el problema: si no eres uno de ellos, es que estás contra ellos", se sugiere a sí mismo, deleitándose con un bombon de licor. La decisión, siente, se ha completado y su conciencia se ha relajado: si hay que ser un profesional ajeno a influencias, a costa de parecer un loco, optará por representar ese papel, si ello le permite ser la persona que siempre ha querido ser: alguien, desde siempre, hecho a sí mismo, rehuyendo el pensamiento único, las reglas, los dogmas que careciendo de sentido, intentan convertirnos en soldados disciplinados. No, definitivamente ése no es el camino, por más que no pocos regimientos marquen a diario un sincronizado paso de la oca, todos formados por personas con la mejor opinión de sí mismos. "No, francamente no; soy mucho más que uno de tantos, al servicio de unos pocos, aún a riesgo de ser el único", apostilla para sí. Y de repente, una sensación de bienestar le invade. Quizás la felicidad, quién sabe; probablemente, la satisfacción de sentirse, a pesar de todo, apreciado por unos pocos que a su vez, decidieron un día, como él ahora, seguir moldeando, con pasión, una arcilla cuyo resultado final es, debe ser siempre, impredicible. "No hay nada escrito", por más que nos repitan lo contrario a diario. El hombre se desnuda por completo, engulle otro bombóm de licor y baila consigo mismo, encima de una mullida alfombra, al son de las notas de Pyramid de Duke Ellington.

El terror y lo cotidiano

El terror: 14 personas fallecidas y más de 120 heridas, trágico y provisional balance del sangriento y despiadado atentado terroris...