domingo, 28 de mayo de 2017

Lion, de Garth Davis

Un niño llamado Saroo, de cinco años, interpretado magistralmente por Sunny Pawar, vive en una pequeña población de la India, en condiciones míseras pero sin embargo feliz junto a su madre y hermanos. Por una serie de circunstancias, se quedará dormido en un tren que le llevará hasta Calcuta, en la que perdido y desemparado, sobrevivirá durante meses hasta que es llevado a un hogar abarrotado de niños abandonados en el que será adoptado por una pareja australiana  (Nicole Kidman y David Wenham). Transcurridos los años, el niño se ha transformado en un hombre (interpretado por Dev Patel) cuyos recuerdos de una infancia truncada le persiguen y le obsesionan: utilizando herramientas digitales logrará localizar el pueblo que abandonó con cinco años y emprenderá un largo viaje desde Australia para reencontrarse con su pasado. 
Saroo Brierley escribió su libro autobiográfico sobre su singular singladura vital, A Long Way Home y se publicó en 2014. En la pequeña villa cuyo nombre desconocía, llamada Ganesh Talai, ubicada en Khandwa, Madhya Pradesh transcurrió su infancia hasta los cinco años, hasta ese día en que toda su existencia cambia abruptamente.  Garth Davis, en su primer largometraje, tras ciertas experiencias en televisión, demuestra un notable pulso narrativo y sobre todo un sentido de la elipsis magistral, al plantear en imágenes los hechos descritos por Saroo en su libro. Resulta ejemplar, en la escena de la estación del tren, en la que el hermano de Saroo deja a éste que duerma en un banco prometiendo que volverá enseguida, la mirada subjetiva del protagonista: su hermano desaparece, literalmente, en la oscuridad, como tragado por la misma; es la última vez que verá al mismo, antes que sus ojos se cierren, vencidos por el sueño. Al despertar, la soledad absoluta ha invadido dicha estación, metáfora visual del destino del protagonista. Por otra parte, lejos de la truculencia, las visicitudes de Saroo perdido en Calcuta son sutil y trágicamente sugeridas visualmente : huyendo, desesperadamente de unos hombres que se dedican a capturar a todos los niños que como él, duermen en los túneles de la estación de tren. Huyendo del destino incierto que le brinda una pareja de actitudes inquietantes que en principio, parece acogerle en Calcuta. Observando como los guardias del orfanato estatal despiertan por la noche a un niño, que grita desesperado. El horror está presente en todas las situaciones que vive Saroo durante los meses que mendiga por Calcuta, omitiéndose en la película su concreción: el horror se evidencia en sugerir las mismas. Cabe reseñar la interpretación de Sunny Pawar, al respecto: una mirada que refleja desesperación, tristeza y un instinto de supervivencia que le permitirá sobrevivir a duras penas a un destino cruento, del que escapa, rumbo a Australia, adoptado por una pareja con la que vivirá hasta cumplir los 21 años. Con la llegada de otro niño indio al hogar, con evidentes problemas de salud y un abrazo de Saroo a su madre adoptiva, Garth Davis introduce una eficaz y eficiente elipsis que mostrará a Saroo, ya un hombre, interpretado por Dev Patel, integrado en las coordenadas de su nueva vida en Australia y con una obsesión que marcará la segunda parte de la película: la vuelta a sus orígenes, a sus recuerdos, el verdadero tema de fondo del film.
La memoria sentimental del protagonista gira a torno a su infancia truncada, a sus recuerdos, que se visualizan intensos: la cantera donde trabaja su madre, las peripecias en busca de una supervivencia día a día con su hermano mayor, sus carreras por las calles de esa localidad cuyo nombre desconoce pero que las nuevas tecnologías van a permitir que la encuentre, convertidos sus recuerdos en una obsesión que arrastra a Saroo a buscar y reencontrarse con sus orígenes. Un reencuentro marcado por las emociones y la conmovedora necesidad del protagonista de regresar allá donde sus sentimientos reclaman su vuelta. El montaje alternativo Saroo adulto / Saroo niño en su regreso a  Ganesh Talai muestra la esencia de la naturaleza humana, asociada a la intensidad de las emociones y los recuerdos de la infancia, indisoluble de nuestra propia personalidad, de nuestra manera de ver el mundo, de nuestras propias existencias, pero también del afán de superación vital que marca toda la vida del protagonista, que logra finalmente abrazar a su verdadera madre y posteriormente, en una escena documental, lograr que sus dos familias se encuentren en esas calles en que transcurrieron su infancia, nunca olvidadas, encuentro que cierra la película, desbordante de emotividad, ternura y una lírica que contagia, que forma parte inherente de nuestras vidas, a condición, como hace el protagonista, que la dejemos crecer en nuestro interior y que forme parte de nuestra manera de ver, sentir y vivir. En los títulos de crédito, finales, un alarmante dato: Más de 80.000 niños se pierden en India cada año. La productora de Lion, See-Saw, espera llamar la atención mundial sobre este problema y sobre la necesidad de ayudar a las organizaciones que trabajan para resolverlo, a través, necesariamente, de una solidaridad activa y comprometida, como la que personifican la señora Sood, que dirige orfanatos en Calcuta e hizo posible la adopción del protagonista por ejemplar matrimonio que acogen en su hogar a Saroo y a otro niño indio, una historia paralela de fraternidad y fidelidad que encarna, en el rostro de Nicole Kidman, el mejor y más loable ejemplo de compromiso hacia los más necesitados, en su entrega al protagonista y la más contundente de las acciones humanitarias frente a la xenofobia: no en vano, tras sus desventuras y desgracias vitales, Saroo vuelve a sonreir, de nuevo, al contemplar por primera vez a la que será su segunda madre. Una película magnífica, necesaria, ejemplar, de múltiples lecturas al servicio de la sensibilidad y una toma imprescindible de conciencia ciudadana al respecto de la infancia más desprotegida.  
 

miércoles, 24 de mayo de 2017

Los frustrados


No toleramos que nuestros proyectos, metas incluso deseos se conviertan en irrealizables. Convertimos, con frecuencia, dichos deseos en una necesidad de resolución inmediata que nos lleva, con frecuencia, a sentimientos de decepción que amenazan con volverse perennes, cada vez que nos sentimos defraudados con la consecución de los mismos. De la impotencia a la ira, la respuesta emocional recorre un camino que nos sume en una pronunciada desmotivación y a continuación, en el peor de los casos, si no somos capaces de canalizar nuestras propias emociones, dificultades y limitaciones, a una percepción distorsionada de la realidad, que se vuelve nuestra peor enemiga: es el muro en el que chocan, a diario, nuestros deseos. La realidad es objeto, a continuación, de toda suerte de acciones que tienen como objetivo irrealizable que acabe transformándose para parecerse, lo más posible, a nuestros propios intereses, por imposible que sean los mismos. Los problemas nunca son oportunidades para crecer con ellos, son vistos y sentidos con una intensidad desmesurada ante cualquier inconveniencia vital: al poco nos hemos convertido en monstruos, capaces de vilezas inimaginables, aún con suficiente lucidez, sin embargo, para justificarnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, los culpables siempre serán los otros, convertidos en nuestro enemigo cotidiano. Los frustrados, en definitiva, tienden a destruir su hogar, transmitiendo absurdas exigencias a los suyos y transmitiéndoles a todas horas todo un torrente de impulsos negativos; impulsos que con frecuencia, se convierten en acciones absolutamente perjudiciales para la estabilidad emocional de las personas, que sufren la irracionalidad de alguien que expresa, con vociferios, su propia intolerancia a una frustración o frustraciones, convirtiendo la sinrazón en una forma de existencia. El lugar de trabajo del frustrado es una suerte de terapia para éste: en la medida que, en su distorsionada mente, todos son sus enemigos, la irascibilidad contra todos y cada uno es constante, con frecuencia visceral, acompañada de deseos inherentes de hacer justicia:  ellos son los que no saben hacer su trabajo, ellos son los conspiradores, ellos son los que quieren destruir toda esa organización laboral: el frustrado se ve a sí mismo como el héroe destinado a limpiar el mundo de semejantes personas, impropias de estar junto a él, en el mismo lugar de trabajo. Y esa ironía nos lleva a la mayor de las tragedias: al ser incapaces de canalizar nuestras propias emociones, nos convertimos en héroes imaginarios, dispuestos a llevarnos, en nuestra última caida a todos y cada uno de esos villanos que nos hemos inventado: seguimos despedazando la realidad, solo para sentirnos mejor ante la incapacidad de enfrentarnos a nosotros mismos. Qué fragil, el camino que nos lleva de la cobardía al fingido heroísmo, o al revés. Y qué tiempos más complicados, como decía Julio César en La guerra de las Galias, nos ha tocado vivir, tan complicados que adultos de edades impensables se transforman a sí mismos en niños malcriados, entre rostros desencajados y vanidades que sueñan y se recrean consigo mismas. Con lo sencillo que resultaría ponerse un chandal y correr entre árboles, respirando profundamente, entregándonos, sin más, al placer de sentir nuestros propios pasos, un ratito a pie y otro caminando....   

domingo, 14 de mayo de 2017

Ragtime, de Milos Forman



E.L. Doctorow (Nueva York, 6 de enero de 1931 - Nueva York, 21 de julio de 2015), escribió Ragtime (1975) a modo de fresco histórico del Siglo XX, centrado en un un fiel retrato de los primeros quince años en Nueva York Las páginas de este magnífico libro se impregnan de la situación política y social, la inmigración, la pobreza, y un omnipresente racismo que marcan gran parte de un relato a caballo entre la ficción y la crónica histórica; por sus página aparecen  Houidini, J.P. Morgan, Pancho Villa, Freud, Henry Ford, la anarquista Goldman, como exponentes significativos de de la historia norteamericana reciente. Es precisamente el tratamiento de la trama uno de lo logros de la novela, pues de múltiples líneas aparentemente documentales e inconexas, Doctorow, va haciéndolas converger en un único argumento de consecuencias trágicas, durante los años previos a la Primera Guerra Mundial en los que se gestaron algunos de los movimientos que marcarían los grandes cambios sociales de dicho Siglo XX: la situación de los inmigrantes, las primeras huelgas obreras, la oposición de las personas de raza negra contra la discriminación racial o el papel de la mujer en la sociedad. La historia al servicio de una ficción dramática, dando vida a unos personajes que viven sus destinos marcados por toda esa sucesión de acontecimientos sociales que conforman el preámbulo de una conflagración mundial. El autor de El arca del agua (1995) publicó esta obra maestra de la literatura consolidando todas sus virtudes que la crítica especializada ya había observado en El libro de Daniel (1971): su escritura se caracterizó por un formalismo realista emparentado con el nuevo periodismo estadounidense, pero con una tendencia a lo experimental y una profundización psicológica en sus personajes que siempre le dio heterogeneidad a su obra. Un constante candidato al Nobel de Literatura, sospecho que desgraciadamente muy olvidado fuera de las fronteras de EEUU. 
En 1981, Dino de Laurentiis ofreció al director checo Milos Forman la realización de Ragtime. Forman ya había estrenado, con un clamoroso éxito crítico y comercial Alguien voló sobre el nido del Cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975) y antes de su exilio a EEUU cuando la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia para poner fin a lo que se llamó la Primavera de Praga, había rodado varias películas en formato comedia que lo habían convertido en una celebridad dentro y fuera de su país y uno de los máximos exponentes de la nueva ola de autores cinematográficos en Checoslovaquia, como Los amores de una rubia (Lásky jedné plavovlásky, 1965). Forman declaró, al respecto de su sintonía con la novela de Doctorow: ‟El dilema de Walker me era demasiado familiar ya desde Praga. En la Checoslovaquia comunista, uno siempre tenía que enfrentarse a los tontos que tenían poder y se regocijaban humillando a los demás. Quien se les enfrentaba, arriesgaba su sustento y, a veces, también su vida.”. Para la interpretación del comisario de policía  Forman convenció al legendario  actor James Cagney que abandonara por un momento su jubilación artística, actuando junto a Pat O`Brien, otro gran actor clásico. El diseño de producción de Laurentiis, majestuoso, junto a la magnífica fotografía del gran Miroslav Ondříček, se pusieron al servicio de las grandes dotes de Forman para recrear en imágenes el drama de Doctorow, logrando una película cuidadosamente estructurada y refinada. El planteamiento como un extenso y abigarrado puzzle de personajes (todos magníficamente interpretados), es sutil hasta su convergencia en imágenes que poseen una fuerza indudable gracias a una narrativa clásica capaz de tejer las vidas de unos personajes con hilos invisibles vía incidentes aislados que poco a poco adquieren grandes dimensiones en un drama coral que se desencadena por la lucha por el derecho a ser respetado o recibir justicia, en un contexto histórico en el que las personas de raza negra sabían que el empeño por defender una causa justa, por muy pequeña o simple que pudiera parecer, les podía costar incluso la vida. Matizar que recibe el nombre de Ragtime un tipo de música negra, generalmente a piano, surgida en el Siglo XIX en EE.UU., con sus raíces en el jazz; dicho estilo musical se hizo muy popular y comercial a principios del siglo XX, época en la que transcurre la película, a la vez que nacían también las primeras películas de cine norteamericano (nacimiento que se recrea en esta película). Cabe recordar como un ragtime muy popular, el que sirvió de banda sonora en la película El golpe, (The Sting, 1973), dirigida por George Roy Hill. En esta imprescindible película, la música de ragtime es el marco musical de la toma de conciencia de la población negra estadounidense de la primera parte del Siglo XX para reinvidicar sus derechos ante una xenofobia social por desgracia aún no superada. Absolutamente magnífica.

viernes, 12 de mayo de 2017

Viernes, en la ciudad

El sonido del saxo no existe y es imprescindible: en minutos, todas la estancias de mi casa son recorridas por Charlie Parker y noto que al fin, mis articulaciones se relajan y mis neuronas regalan al vacío sus últimas resistencias, "por fin es viernes", susurran, casi convencidas. Quizás si busco el tema Last Dance de Donna Summer, de la exitosa película del mismo título, acabarían por abandonar el escepticismo que las caracteriza, pero, me digo a mi mismo, es inútil intentar engañar a la propia naturaleza: optimismo, sin duda, pero con ese ápice de reserva que no nos abandona, prácticamente desde que adquirimos conciencia de nosotros mismos. Me asomo a la ventana y reflejo mis recuerdos infantiles en una transeunte que parece elevarse en su andar pausado sobre la acera, recreando aquellos tiempos en que la vida era eterna, la magia aún posible y el deseo infantil, insaciable. Pero a continuación, también me veo sobre una vespa color rojo, respirando bocanadas de atardeceres estivales, pleno de deseos y rodeado de colores intensos de esperanza, entre espetos de sardinas, lecturas de Thomas Mann y la más abrumadora, en definitiva, de las ingenuidades, rosas en el mar.
"Y yo me pregunto, cómo es posible pasar de la apatía a la euforia, de los jirones de la piel al compás de una verbena etílica, del vértigo de los acontecimientos al anhelo de que acontezcan vértigos...", escribo, dejándome llevar por Bird pero también, a continuación, por Malú, pastiches sólo excusables por un tiempo de primavera otoñal. No hay excusas, no hay argumentos, ni Torres de arena (en la voz, obviamente de Marife de Triana), sólo la vida misma y salmos compulsivos entre frases orgásmicas: "¿por qué realizar una obra cuando es tan bello sólo soñarla?", como expresaba, quizás, Giotto. Soñemos, sin duda, en primer lugar, pera a continuación, venciendo nuestras dudas, procedamos a tallar la estatua de nuestro jardin botánico, de nuestras propias vidas. Que el cincel y el martillo se recreen entre visiones románticas de la naturaleza, que diría Ruskin y retornemos a la ingenuidad de los acordes de Nacha Pop: me asomo a la ventana y es la chica de ayer, jugando con las flores en mi jardín...
Es hora de que mis ropas me vistan de mí mismo; que mis pisadas se pierdan entre calles laberínticas adornadas por neones, música en off y ruidosas aglomeraciones en las que reina la euforia etílica y el deseo del otro. Bares, qué lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar: me espera, en la mejor de las compañías, algún que otro vermut entre asentadas miradas cómplices abundantes, en efecto, de romanticismo, entre crisoles de esperanza donde vivir para vivir es realmente lo importante. Salimos por la puerta y el ruido de la misma vida, nos envuelve.

sábado, 6 de mayo de 2017

Yo era un tonto y lo que vi (y oí) me hizo dos tontos


Para la generación del 27 el cine se convirtió en  una gran novedad artística:  Todos ellos se declararon adictos al cine, lo consideraron, quizás de forma muy apresurada, el gran renovador de las artes, opinando que el teatro debía sumergirse en el cine, aprender de de su narrativa. Yo era un tonto y lo que he visto me hizo dos tontos rompió los moldes en el 27 con un poemario insólito. Alberti es el autor que mayor rendimiento poético le ha sacado a un género específico como es el de la comedia americana: por sus páginas asoman Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy,entre otros muchos brillantes actores cómicos de los inicios del cine, probablemente muy olvidados y sin duda desconocidos para las nuevas generaciones. Alberti retrata al tonto como ese buen hombre, el que nunca va con segundas intenciones, el que se lleva los trompazos y al que golpea la policía por cualquier motivo, como tantas veces recreó Charles Chaplin en pantalla, a través de Charlot, el vagabundo en cortos y películas impregnadas de delicadeza y gags inolvidables. El título del poemario, que se debe a José Bergamín, ha quedado como una frase hecha, también olvidada, que define el infortunio inesperado, sin duda injusto y necesariamente cómico al sumir a su víctima en situaciones absolutamente extravagantes (Chaplin cocinando sus zapatos en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925), Buster Keaton perseguido por docenas de mujeres vestidas de novia en Siete ocasiones (Seven chances, 1925),  Harold Lloyd colgado del reloj de un edificio en la icónica El hombre mosca (Safety Last!, 1923), Stan Laurel y Oliver Hardy utilizan los dedos de sus manos a modo de mechero en una  escena de Way Out West, 1937... La eclosión absoluta del splastick al servicio de abundantes situaciones con universos humorísticos, imposibles, profundamente surrealistas. Como la que yo viví recientemente, como espectador de una mesa redonda, con representantes de diversas formaciones políticas y gran protagonismo, cada uno de ellos/as, en el sistema educativo, dando que están presentes en las instituciones en la que se organiza políticamente el autogobierno de nuestra Comunidad Autónoma. Nuestros legisladores en todos los aspectos que conforman el sistema educativo. Sus intervenciones, sin embargo, estaban muy lejos del conocimiento y desde luego de cualquier análisis riguroso de los indicadores básicos de la Educación. Por el contrario, las argumentaciones, si acaso merecen esta denominación las meras exhibiciones ideológicas a veces manifestadas a través de discursos vacíos tristemente populistas de los presentes, no interesaban lo más mínimo, en un contexto de profesionales del mundo educativo con profundos conocimientos al respecto. En definitiva, una triste tortura que alguien, a mis espaldas, no dudó en sintetizar en voz alta: "... y estos son nuestros representantes políticos, nada menos, del mundo de la educación..."  Una lapidaria afirmación a esa esperpéntica sublimación al mero servicio de la confrontación política que caracterizó aquella mesa de expertos en educación de varias formaciones políticas. Al finalizar la misma, abundaba el escepticismo inteligente, en forma de humor negro pero sobre todo una descorazonadora ironía ante el futuro. Si estas personas eran los especialistas en materia educativa y posiblemente responsables de las decisiones ejecutivas que van a decidir qué deben hacer y cómo los miles de profesionales que prestan sus servicios en los Centros Educativos, ¿qué se puede esperar, en el futuro, incluso a medio plazo, de uno de los pilares fundamentales de la sociedad si pretendemos que la misma esté integrada por personas abundantes en conocimiento y competentes para usar el mismo, esto es, de ciudadanos en un marco democrático de convivencia? Yo era una de ese largo centenar de personas, presentes en un salón de actos abarrotado, uno de muchos tontos al esperar tanto y recibir tan poco. Un tonto asistente a un  espectáculo de broza dialéctica, en el que lo que vi y oí, me hizo ser dos tontos.

 


Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño...