viernes, 2 de junio de 2017

Edén al Oeste, de Costa Gavras

Edén al Oeste (2009) es una coproducción de Grecia, Francia e Italia en la que se narra las desventuras de un inmigrante ilegal, Elías (Riccardo Scamarcio), que busca su oportunidad vía utopía europea y París como destino de sus sueños. El tratamiento de fábula de la historia no oculta, en el ejercicio de estilo Costa Gavras, la tragedia del protagonista y el drama de los inmigrantes que buscan desesperadamente una oportunidad para una vida mejor; lejos del tratamiento trivial y rehuyendo tópicos, el protagonista se ve obligado a sobrevivir en situaciones delirantes y premeditadamente chapliniescas, huyendo constantemente de la policía en un recorrido por toda Europa, con evidentes referencias a Homero y a su Ulises.: varias mujeres se enamoran de Elías e intentan retenerle, como Calipso y Circe en la Odisea. Más adelante es víctima de la explotación laboral en una fábrica de reciclaje de televisores, episodio que recuerda al de la cueva del Cíclope, pero también a Tiempos Modernos, de Chaplin. Cruza una frontera escondido en los bajos de un camión, igual que Odiseo escapa de Polifemo oculto entre las ovejas. Las situaciones se suceden entre la fábula, la aventura y el dramatismo; Elías arriba a una playa nudista que pertenece a un resort veraniego donde el contraste entre su precariedad y el lujo se revela a medio camino entre el drama y la comedia, gracias a la magnífica interpretación de Scamarcio en la dulce composición de su personaje, constantemente sorprendido ante unas circunstancias que le desbordan y a las que debe hacer frente con improvisación e imaginación, logrando bondades (la mujer con la que tiene una relación en el resort, la transeunte de Paris que le regala una chaqueta, los camioneros que le dan cobijo) y venciendo maldades (el conductor que le arrebata su dinero, el matrimonio que tras acogerlo, obligan a que se baje en mitad de un paisaje nevado). La xenofobia, por otra parte, es explícita, en toda la película: “En Francia hay mucha gente que pregunta indignada a los inmigrantes si se sienten franceses. Es una cuestión mal planteada. De lo que se trata es de si ellos los consideran como tales. A partir de ese momento es cuando lograremos crear una verdadera integración. Cuando se habla de este asunto es fácil olvidar que un 30% de la sociedad francesa está compuesta por personas que provienen originariamente de otro país”, declaraba Costa Gavras en una entrevista, extranjero él mismo en Francia. El realismo mágico impregna toda la película, al servicio de una tesis de múltiples lecturas sobre el drama de la inmigración, rehuyendo el dramatismo exarcebado, en un magnífico ejercicio de estilo que convierte a este film en algo muy especial, todo un festín de semiótica cinematográfica, en una película necesaria e imprescindible, con un final abierto: si bien el mago al que busca Elías en París rechaza a éste (con un ejército de policías situándose simultaneámente tras el protagonista, de nuevo Chaplin), la magia parece continuar: Elías cree iluminar la Torre Eiffel con la varita que el mago que le ha regalado y se dirige, ilusionado, hacia ella. La esperanza, es el mensaje de Costa Gavras,  debe continuar.
  
 



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